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Relatos Ardientes

Conducía mientras tu mano subía por mi pierna

Cincuenta euros de gasolina, el depósito lleno, pago con tarjeta y salgo de la tienda de la estación. Hace algo de frío para ser viernes y me he dejado la chaqueta en el coche, así que cruzo el aparcamiento con las manos metidas en los bolsillos, encogido, mirando el cielo despejado del mediodía. Es uno de esos días raros de primavera en los que el aire corta pero el sol calienta la cara.

—Ahora te toca conducir a ti —me dices, y me lanzas las llaves por encima del techo del coche mientras te acomodas en el asiento del copiloto y lo echas un poco hacia atrás.

—Vale —contesto.

Cojo las llaves al vuelo, doy la vuelta al coche, entro, ajusto los espejos y arranco. Salimos del área de servicio y nos incorporamos a la autovía. Según el navegador, en una media hora deberíamos estar llegando al pueblo, con tiempo de sobra para pasar por el supermercado y comprar lo del fin de semana antes de subir a la casa rural.

Me pongo las gafas de sol mientras tú trasteas con el móvil, que está conectado por bluetooth a la radio. Suena lo de siempre, esa lista de canciones que armamos juntos hace años y que ninguno de los dos ha querido cambiar nunca. La primera que entra es de Lumen Roto, una que te encanta.

Conduzco tranquilo, con una mano en el volante y la otra en la palanca. Tú no paras quieta en tu asiento. Te quitas el jersey y lo dejas hecho un ovillo en el regazo, ajustas el respaldo dos veces, te descalzas las botas y, después, te quitas también los calcetines. Apoyas los pies en el salpicadero y dejas a la vista las uñas recién pintadas, del mismo negro que llevas en las manos.

Me miras y me sonríes, sabiendo perfectamente lo que haces. No puedo evitar desviar la mirada un segundo hacia tus pies, siempre tan bonitos, tan endemoniadamente apetecibles. Pero estoy conduciendo, así que vuelvo la vista al frente y aprieto un poco el volante.

No se te escapa nada. Nunca se te escapa. Y no tardas en darte cuenta de que el bulto en mi entrepierna empieza a hacerse más evidente de lo que me gustaría.

Entra otra canción, una más lenta, mientras vas repasando en voz alta la lista de la compra. Tus pies siguen jugueteando contra el cristal del parabrisas.

—A ver: pan, leche, huevos, cervezas, carne, algo de embutido… ¿Cuántas botellas de vino llevamos? ¿Y vermut, compramos vermut? —vas enumerando con los dedos.

—El vermut sí, sin duda —digo, y giro la cabeza un instante para mirarte.

—¿Tú crees que es mejor comprar todo hoy o bajar mañana otra vez al pueblo? —me preguntas, y mientras esperas la respuesta tu mano se posa, como por casualidad, sobre mi pierna.

Peligrosamente cerca de la bragueta.

—Mejor hoy —contesto—. Mañana no me apetece moverme de la casa.

Asientes, pero no apartas la mano. Todo lo contrario. Empiezas a acariciarme el muslo, despacio, apretando con los dedos, fingiendo que no pasa nada, hasta que por fin rozas algo bastante más duro que la tela del pantalón.

Me remuevo entre sorprendido y excitado. No digo nada. Dejo que tu mano vaya explorando la parte alta de la pierna, subiendo y bajando, sin prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y no media hora de carretera por delante.

Oigo un clic metálico. Tardo un segundo en entender que acabas de soltarte el cinturón de seguridad. Justo en ese momento pongo el intermitente para abandonar la autovía y meternos por una comarcal mucho menos transitada, una de esas carreteras estrechas, bordeadas de campos amarillos, que nos lleva hasta la rotonda del supermercado.

Tu mano sigue en mi muslo, pero ahora empiezo a notar un calorcito distinto en la oreja derecha. Te has incorporado en el asiento y me estás susurrando, muy cerca, lo cachonda que te pone verme conducir tu coche.

—Me encanta cómo lo llevas —dices contra mi oído—. Cómo cambias de marcha, cómo apoyas la mano. No tienes ni idea.

Te apoyas un poco más para acercarte. Tus labios ya tocan mi piel y no paras de decirme en voz baja lo mojada que estás, que llevas todo el viaje recordando aquella noche en el hotel Mirador.

Y yo también la recuerdo. Cómo no voy a recordarla.

Me hablas de aquella habitación de la última planta, de cuando te puse contra el cristal del ventanal y te follé por detrás mientras te tiraba del pelo. De cómo te ponía ver las luces de toda la ciudad encendidas allá abajo mientras notabas mi polla entrando y saliendo de ti, una y otra vez. De cómo en aquel momento solo deseabas que te ordenara ponerte de rodillas y chupármela hasta correrme en tu cara.

—Todavía me acuerdo de las marcas —murmuras—. De las que me dejaste en el culo con los azotes, mientras me empotrabas contra la ventana.

Aprieto los dientes. La comarcal está vacía y tengo que hacer un esfuerzo enorme para no salirme del carril.

Tu mano ya no está en mi pierna. Ahora se ha colado por debajo de mi camisa y tus dedos pasean por mi pecho, arañando suave, rozándome los pezones, mientras tu boca me chupa el lóbulo de la oreja y tu respiración se mete entera dentro de mi cabeza.

Y de repente la mano baja otra vez, directa a la bragueta, intentando desabrocharla con torpeza.

Yo me revuelvo en el asiento del conductor, entre sorprendido y reventando, con una erección descomunal y unas ganas inmensas de que me liberes de tanta presión. Pero el ángulo es malo, no llegas bien, y tardas demasiado.

—Espera —digo entre dientes.

Sin soltar el volante, con la mano derecha me suelto yo mismo el cinturón. Eso te da el espacio que necesitabas. Ahora usas las dos manos y, después de pelearte un poco con el botón, consigues bajarme el pantalón unos centímetros. Lo suficiente para meter la mano por debajo del calzoncillo y notar la dureza extrema de mi polla.

Sé exactamente lo que estás pensando. Se te hace la boca agua. Te conozco esa sonrisa.

Yo intento mirarte, pero tienes la vista clavada en mi entrepierna y no quiero desconcentrarme, así que vuelvo las dos manos al volante y la mirada a la carretera. Adelanto a un camión justo en el instante en que tus dedos logran sacarme la polla por completo, fuera del calzoncillo. Te quedas mirándola un segundo, como hipnotizada. Después tu mano derecha la agarra y empieza a masajearla, despacio al principio, observando cómo me va cambiando la cara.

Te acercas otra vez a mi oreja.

—¿Quieres que te la chupe? —dices.

Asiento con la cabeza, sin palabras.

—No te oigo. ¿Quieres que te la chupe? —repites, apretando un poco más la mano.

—Sí —se me escapa—. Por favor. Chúpamela.

Sonríes, satisfecha, y empiezas a doblarte sobre el asiento.

Sin más preámbulos te colocas de medio lado, sin soltar mi polla en ningún momento, y te vas inclinando poco a poco hasta que tus labios se abren lo justo para dejar que mi miembro entre, lento, dentro de tu boca.

Noto el calor de tu lengua, la humedad de tu saliva resbalando por todo el tronco, una sensación que no sé describir. Me encanta cómo me la chupas. Tus mamadas me vuelven loco y lo sabes; sabes perfectamente que en este momento estoy completamente a tu merced, con las dos manos atadas al volante y la mirada obligada a seguir en el asfalto.

Sigues metiéndotela entera, una y otra vez, rozándome el vientre con la barbilla cada vez que te la tragas hasta el fondo. A veces toses, te atragantas un poco, vuelves a empezar. Mi polla, cada vez más dura, brilla mojada por tu saliva. Tu otra mano empieza a jugar con mis huevos mientras aceleras el ritmo.

Suelto la derecha del volante un segundo, solo para cogerte del pelo y marcarte el compás, ese ritmo nuestro que conocemos los dos de memoria. Empiezo a notar un cosquilleo en la boca del estómago, esa señal inconfundible de que la cosa se me está yendo de las manos.

Cada vez me la chupas más rápido, más profundo, sin dejar un centímetro sin atender, con la mano siguiendo el movimiento de tus labios. Un calor inmenso me sube por dentro. Hago un esfuerzo casi sobrehumano por mantener los ojos en la carretera, en las líneas blancas que desaparecen bajo el coche. Notas que estoy cerca y empiezas a gemir, con la boca llena, y ese sonido me termina de rematar.

Sin poder evitarlo, con un espasmo que me recorre el cuerpo entero como una descarga, me corro dentro de tu boca. No te sorprende; lo estabas esperando, lo querías así. Te incorporas un poco, me miras de reojo y me sonríes, dejando que se te escape un hilo por la comisura de los labios.

Tu mano sigue sin soltar mi polla, que todavía tiembla. Con la otra coges un pañuelo de la guantera, te limpias y me limpias a mí con un cuidado que contrasta con todo lo anterior.

—En doscientos metros está la salida del pueblo —dices, como si nada, dándome un beso en la mejilla—. No te pases.

***

Y entonces me despierto de golpe.

Doy una sacudida en el asiento y tardo un par de segundos eternos en entender dónde estoy. La autovía. El sol. La música sonando bajita. Tú, en el asiento del copiloto, con los pies en el salpicadero y las uñas negras, mirándome divertida porque he dado una cabezada de las buenas.

—¿Te has quedado frito? —preguntas riéndote—. Llevas un rato con la cabeza colgando.

Joder. Solo era un sueño.

Trago saliva, todavía con el corazón a mil y el pantalón apretándome de una manera que no puedo disimular. Pongo el intermitente para salir hacia la comarcal, la de verdad, la que nos lleva al supermercado y a la casa rural.

—No sabes lo que estaba soñando —digo, con la voz un poco ronca.

Me miras de arriba abajo, te detienes un instante en mi regazo y arqueas una ceja. No hace falta que diga nada más. Esa sonrisa tuya, la misma del sueño, me dice que el fin de semana va a ser largo.

Y que a lo mejor lo del supermercado puede esperar.

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Comentarios(6)

RominaDelSur

tremendo!!! me quede con ganas de saber como termino el viaje jaja

LectorConfeso

Las confesiones son mi categoria favorita y este es de los mejores que lei ultimamente. Se siente demasiado real, felicitaciones!

Grabi

Jajaja el supermercado fue la excusa del siglo. Ese detalle me mato de risa

VelvetRoad

Me encanto la tension desde el principio, se nota que quien escribe sabe crear ambiente sin apurarse. Muy recomendado!

CataMar22

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años jaja. Muy bien narrado, se siente autentico

Sylvina_ok

Dios, que situacion... lo lei de un tiron. Muy bueno

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