Mi confesión: lo que busco cada jueves en la calle
Me llamo Renata y arrastro treinta y cinco años que nadie cree cuando me los digo. No es vanidad, es un hecho: mi cuerpo no aprendió todavía a comportarse. Una mirada me endurece los pezones, una voz grave en el momento justo me deja húmeda como si tuviera veinte. Los manuales que leí por aburrimiento tienen un nombre clínico para esto. Yo prefiero llamarlo apetito, y no pienso pedir perdón por tenerlo.
Es jueves. El calor temprano de marzo se pega al asfalto y yo llevo un vestido de algodón fino, negro, casi transparente cuando el sol lo atraviesa. Sin sostén, porque odio las marcas. Sin nada debajo, porque odio esperar. Camino hacia la parada del autobús que ya no uso para ir a ningún sitio concreto. La uso para mirar. Para elegir.
Lo vi antes de que él me viera a mí.
Pelo castaño revuelto, hombros anchos de los que se ganan en una cancha los fines de semana, una camiseta que se le ajustaba a los pectorales y unos vaqueros que prometían más de lo que disimulaban. Veintiuno, calculé. La nuez de la garganta le subió y le bajó cuando nuestros ojos se cruzaron. Sonreí de lado, dejé que mis labios se entreabrieran apenas, lo justo para que se imaginara cosas que aún no se atrevía a nombrar.
Se quedó clavado en el sitio. Llegó el autobús, subí yo primero y él subió detrás. Tal como yo quería.
Me senté en la penúltima fila, pegada a la ventana. Él dudó un instante y terminó cayendo en el asiento de al lado. El coche iba medio vacío: dos oficinistas dormitando al fondo y una señora mayor con la frente apoyada en el cristal. El traqueteo del motor era la excusa perfecta para que mi muslo rozara el suyo, como sin querer.
—Perdón —susurré, sin apartarme ni un centímetro.
—No… no pasa nada —tartamudeó. Su voz tenía ese quiebre precioso del que todavía no domina lo que siente.
Giré la cara hacia él. Mi pecho subía y bajaba un poco más rápido de lo normal, y el pezón derecho ya se marcaba como un botón oscuro bajo la tela.
—¿Cómo te llamas? —pregunté, mientras deslizaba dos dedos por mi propio muslo y empujaba el bajo del vestido hacia arriba.
—Mateo —respondió, y sus ojos bajaron directos a mi mano.
—Renata —dije yo. Y sin más preámbulo abrí un poco las piernas.
No llevaba nada debajo. Él lo entendió en cuanto la tela cedió. Tragó saliva con un esfuerzo que le costó toda la cara. Le tomé la mano, que le temblaba, y la apoyé sobre mi rodilla.
—Tócame —ordené en voz muy baja—. Nadie nos mira.
Sus dedos subieron despacio, inseguros, hasta encontrarme. Cuando rozó el punto exacto con la yema, se me escapó un sonido corto que disfracé de carraspeo. Él se asustó un segundo, pero no retiró la mano. Al contrario: tomó confianza y empezó a moverse con una torpeza que me gustaba más que cualquier técnica aprendida.
—Estás… —no terminó la frase.
—Siempre estoy así cuando algo me interesa de verdad —respondí, y apreté las piernas un instante para atraparle la muñeca.
El autobús frenó en una parada. Subió una pareja de chicos que se sentaron al frente. Mateo congeló la mano. Yo no. Empujé despacio las caderas contra sus dedos mientras miraba por la ventana, la cara neutra, como si nada estuviera pasando bajo el vestido. Sentí cómo se me cerraba el vientre, cómo subía el calor por la columna.
—Más —le exigí entre dientes.
Obedeció. Cambió el ángulo, buscó a ciegas y dio con el sitio justo a la tercera. Gemí contra su hombro y tapé el ruido con un bostezo falso. Me corrí ahí, en silencio, mordiéndome el labio hasta que dejé de respirar un momento. Cuando el temblor me soltó, le retiré la mano con cuidado, me la llevé a la boca y la besé, mirándolo a los ojos.
—Bájate conmigo en la siguiente —le dije.
Asintió como si lo hubieran hipnotizado.
***
Bajamos en una parada que no llevaba a ningún lado interesante: un polígono medio abandonado, naves vacías, algún coche olvidado al fondo. Caminamos hasta el costado de un edificio sin ventanas, donde la sombra y el silencio eran los únicos testigos. Allí, sin decir palabra, lo empujé contra la pared de ladrillo.
Le bajé la cremallera con dedos impacientes. Lo liberé y lo tuve en la mano: grueso, firme, exactamente como me gusta. Más largo que ancho, con una curva ligera hacia arriba.
—¿Aquí? —preguntó, mirando hacia la calle vacía.
—Aquí —confirmé.
Me arrodillé sobre el asfalto sucio sin pensar en mis rodillas. Abrí la boca y me lo llevé entero de una vez. Mateo soltó un quejido ronco y me hundió las dos manos en el pelo. Trabajé despacio primero, recorriéndolo con la lengua plana, y después con ganas, hasta que sus dedos se cerraron con fuerza y su respiración se volvió un desastre.
—Renata, espera… así no aguanto —jadeó.
—Entonces no aguantes todavía —respondí, y me puse de pie.
Me di la vuelta, apoyé las palmas en la pared y me subí el vestido hasta la cintura. Separé las piernas y arqueé la espalda.
—Ahora. Y no te corras hasta que yo te diga.
No necesitó más instrucciones. Me agarró de las caderas y entró de un solo empuje. Se me escapó un grito que rebotó en el ladrillo y se perdió en el polígono. Empezó a moverse con una urgencia que no sabía contener, el cuerpo golpeando contra el mío en un ritmo que iba ganando confianza. Llevé una mano entre mis piernas y me ayudé.
—Más rápido —pedí.
Aceleró. Me embistió como si quisiera demostrarme algo, y lo logró. Sentí el segundo orgasmo trepar, más hondo que el primero, mientras mis pechos se balanceaban libres bajo el vestido y la tela áspera me rozaba los pezones hasta enloquecerme.
—Voy otra vez… no pares —ordené, y estallé contra la pared, los músculos cerrándose alrededor de él.
—Quiero más —dije, todavía temblando—. No así, de otra manera.
***
Salí de él, me giré y salté para enroscarme en su cintura. Me sostuvo por las nalgas con las dos manos, sorprendido de su propia fuerza. Volví a empalarme, esta vez de frente, y lo besé hondo mientras subía y bajaba a mi ritmo, marcándole el compás con las caderas. Él aprendía rápido. Empezaba a entender que conmigo no había que adivinar, solo seguir.
Después lo obligué a sentarse en una caja de cartón olvidada contra la pared. Me senté sobre él, de espaldas, las manos apoyadas en sus rodillas, y lo cabalgué con movimientos amplios y lentos. Él me separaba con los pulgares para mirar, fascinado, como quien descubre algo que no sabía que existía.
—Date la vuelta —dijo de pronto.
Sonreí. Me encantó que por fin tomara la iniciativa.
Me levantó como si no pesara nada y me puso a cuatro patas sobre la caja. Entró desde atrás, ahora con embestidas largas y profundas que me arrancaban un gemido sostenido cada vez que se retiraba casi entero y volvía hasta el fondo. Apoyé la frente en el cartón y me dejé llevar.
—Quiero más —susurré, girando apenas la cabeza—. Por detrás.
Se detuvo un segundo, sorprendido.
—¿Estás segura?
—Despacio. Hazme caso y verás.
Buscó saliva, se humedeció los dedos y me preparó con una suavidad que no esperaba de alguien tan joven. Después apoyó la punta y empujó milímetro a milímetro. El cuerpo cedió poco a poco. Cerré los ojos y respiré hondo, dejando que el ardor se convirtiera en otra cosa, mientras mi propia mano volvía adelante a marcar el ritmo.
—Así, sin prisa —le dije.
—Es… —no encontró la palabra.
—Lo sé —respondí.
Empezó a moverse. Primero con miedo, después con un ritmo que ya era suyo. Me corrí de nuevo, esta vez con un temblor distinto, más largo, que casi lo expulsa. Él me sujetó las caderas y siguió hasta que su respiración se quebró del todo.
—No aguanto más, ¿dónde…?
—Donde quieras menos donde se note —dije, y me reí entre jadeos.
Se vació con un gruñido que le salió desde el fondo, el cuerpo tenso, las manos clavadas en mi piel. Nos quedamos así un momento, jadeando, el polígono en silencio alrededor.
***
—¿Quieres seguir? —le pregunté, girándome con una sonrisa que él ya empezaba a temer.
—¿Puedes… puedes más? —balbuceó, incrédulo.
—Cariño —dije, acomodándome el vestido—, llevo toda la vida entrenando para más.
Lo llevé de la mano hasta mi coche, aparcado dos calles más allá. Subimos a la parte de atrás. Con las ventanillas empañadas seguimos casi dos horas: él encima, yo encima, de costado, de mil maneras que él no había probado nunca y que descubría con la cara de quien acaba de cambiar de religión. Le pellizqué los pezones hasta hacerlo gemir, dejé que me marcara el pecho con la boca, me senté sobre su cara hasta que perdí la cuenta de las veces.
Cuando por fin paramos, el sol ya se ponía. Mateo estaba deshecho, sudado, con esa mirada perdida del que entendió de golpe lo que se había estado perdiendo. Yo, en cambio, sentía esa calma eléctrica que solo llega después de saciar —por un rato— el hambre.
Le di un beso lento.
—Gracias por el jueves, cachorro.
Él sonrió, todavía aturdido.
—¿Nos vamos a ver otra vez?
—Quizá —respondí, abriendo la puerta—. Si te portas bien… o si te portas muy mal.
Arranqué y me fui, dejando atrás el olor del sexo, el eco de los gemidos y un chico de veintiún años que probablemente no volvería a mirar a las chicas de su edad de la misma manera.
Y mientras conducía hacia casa, con el cuerpo todavía latiendo y la piel sensible, ya estaba pensando en quién sería el próximo. Porque esto que les confieso no tiene cura, y tampoco la busco.
Nunca es suficiente. Nunca lo fue.