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Relatos Ardientes

Me refugié de la tormenta con un desconocido

La tormenta cayó sobre Córdoba sin avisar, como si el cielo hubiera estado guardando rencor todo el día. En cuestión de minutos la avenida Colón se convirtió en un río marrón, y yo, Mariela, corría con el bolso apretado contra el pecho y los zapatos chapoteando en cada charco. El vestido se me había pegado al cuerpo como una segunda piel, marcándome los pezones duros por el frío. Maldije al municipio, a la lluvia y a mi propia idea de salir sin paraguas.

Tengo veinticinco años y esa noche aprendí algo de mí que prefiero no analizar demasiado. Por eso lo cuento acá y no en otro lado.

Buscaba un alero, una marquesina, cualquier cosa, cuando un tipo apareció a mi lado bajo un paraguas roto que apenas lo cubría. Alto, morocho, con una barba de tres días y una sonrisa que ya venía decidida.

—Che, ¿te querés refugiar? Acá a la vuelta hay un hotel. No es lejos y los dos estamos chorreando igual —dijo, mirándome de arriba abajo sin disimular, deteniéndose en mis tetas marcadas bajo la tela.

Me frené, jadeando, el pelo pegado a la cara. Lo miré bien: ojos oscuros, una seguridad que no sé si me molestaba o me gustaba. Pero un hotel de esos era para una sola cosa, y no era justamente secarse.

—No, gracias. Espero en un bar —respondí, cruzando los brazos sobre el escote mojado.

Se rio y se acercó un paso. La voz le salía ronca por encima del ruido del agua.

—Mirá, los bares ya cerraron con este temporal. Y vos estás temblando. Es solo para esperar que pare. ¿O tenés miedo de que te proponga algo más?

Sentí un cosquilleo molesto en el estómago, y más abajo, entre las piernas, una humedad que no era de la lluvia. No era miedo exactamente. Era curiosidad, mezclada con esa calentura repentina que aparece de la nada y que una no sabe bien de dónde sale.

—Nadie entra a un hotel así solo para refugiarse —dije, pero la voz no me salió firme.

—Damián —se presentó, ignorando mi objeción—. Y mirá tu vestido: se te transparenta todo. Te vas a agarrar una neumonía. Yo no muerdo, salvo que me lo pidas.

Bajé la vista y comprobé que tenía razón: el corpiño se marcaba clarito bajo la tela fina, y los pezones asomaban como dos puntas duras. Pero no era eso lo que me ponía nerviosa. Era cómo me miraba, como si ya hubiera decidido todo lo que iba a pasar y solo esperara que yo me pusiera al día.

—Está bien. Solo para secarnos —cedí, sin convicción, mientras él me tomaba del brazo con suavidad y firmeza a la vez.

***

Caminamos unas cuadras hasta una calle lateral. Damián hablaba de cualquier cosa para romper el hielo: el tránsito, los pozos, lo mucho que odiaba mojarse los zapatos. Yo contestaba con monosílabos, pero de a poco se me fue aflojando algo en los hombros.

El lugar era discreto, con un cartel de neón parpadeante. Pagó la habitación sin dudar y subimos un piso por la escalera, en un silencio cargado. Adentro estaba todo lo que una se imagina: cama grande, sábanas oscuras, un espejo enorme en el techo y una luz tenue que volvía todo más privado de lo que yo quería.

Me senté en el borde del colchón a sacarme los zapatos. Él se quitó la camisa empapada y apareció un torso definido, con un par de tatuajes que le subían por el brazo. Los ojos se me fueron solos al bulto que le marcaba el pantalón mojado, y tragué saliva.

—¿Ves? Solo refugio —dijo, tirándome una toalla, aunque los ojos se le fueron directo a mis piernas cruzadas.

Me envolví en la toalla, pero el frío seguía ahí, metido en los huesos.

—Gracias. Igual no sé si fue buena idea. Me siento rara.

Damián se sentó a mi lado, demasiado cerca.

—¿Rara por qué? Somos dos adultos escapando de la lluvia. ¿Qué tiene de malo un poco de calor?

Su mano rozó la mía y un escalofrío me recorrió entero, pero no era de frío. Tragué saliva.

—En serio, no vine para esto.

—No viniste para esto —repitió, inclinándose—, pero mirá cómo te miro. Sos hermosa. Contame algo de vos, nada más.

Empezamos a hablar. Yo de mi trabajo aburrido en una inmobiliaria, él de sus viajes como vendedor. La charla se fue volviendo íntima sin que yo lo decidiera. Preguntaba cosas directas: si tenía novio, qué me gustaba de un hombre, hacía cuánto no cogía. Yo respondía esquiva, pero las mejillas me ardían y sentía el coño mojado apretándose solo.

—No tengo a nadie ahora. Y no estoy buscando —dije, con la voz temblando justo en la palabra que más importaba.

—Mentira. Tus ojos dicen otra cosa. Si querés irte, andá. La puerta está ahí. Pero la lluvia sigue, estamos solos, y vos te quedaste.

Negué con la cabeza. No me moví.

—Es una locura.

—Locura es negarte algo que querés —me tomó la mano y se la llevó a la entrepierna, donde sentí la verga dura debajo de la tela—. Dejame darte un beso. Uno solo. Si después no querés más, paramos.

***

Dudé con el corazón a mil, la mano todavía apoyada en el bulto caliente de su pantalón. Cuando nuestros labios se tocaron fue como apoyar la mano en un enchufe. El beso empezó lento y enseguida se volvió hambriento; me metió la lengua hasta el fondo, mordiéndome el labio de abajo, y me atrajo de la cintura hasta pegarme a él. Yo, que un segundo antes pensaba en irme, terminé con los dedos enredados en su pelo y la mano apretándole la polla por encima de la tela.

—Esperá —murmuré, sin ninguna intención real de que me hiciera caso.

—Decime que pare —susurró él contra mi cuello, besándomelo, chupándomelo hasta dejarme una marca.

No lo dije. Me mordió apenas la oreja y se me escapó un gemido que me delató por completo.

Las caricias bajaron por mi espalda y encontraron el cierre del vestido mojado. La tela cayó al piso y quedé en ropa interior, expuesta a esa luz cálida y a su mirada. Damián me observó como quien encuentra algo que no esperaba.

—Mirá lo linda que sos —dijo, y la frase, tan simple, me derritió más que cualquier cosa sucia—. Mirá esas tetas, ese culo. Me tenés la pija dura desde que te vi bajo la lluvia.

Me cubrí por instinto. Él me apartó las manos con cuidado y me besó el pecho por encima del corpiño, despacio, mordisqueándome el pezón a través del encaje hasta que el «no» que me quedaba en la garganta se transformó en un suspiro largo.

—Decime qué te gusta —pidió, mientras me desabrochaba la espalda.

—No sé… seguí, no pares —fue lo único que atiné a contestar.

El corpiño cedió. Se quedó un momento mirándome las tetas antes de bajar la boca a ellas, primero suave, después con ganas, chupándome un pezón mientras con los dedos me pellizcaba el otro. Una mano seguía el camino que la otra abría, bajando por mi vientre hasta meterse por el borde de la bombacha. Cuando sus dedos me tocaron el clítoris, me arqueé sin proponérmelo y solté un gemido que retumbó en toda la habitación.

—Uh, mirá cómo estás de mojada —dijo, moviendo dos dedos en círculos sobre mi coño empapado—. Esto no es de la lluvia, ¿no?

—No… —admití, con la cara ardiendo.

—Acá ya estás temblando, y no es por el frío —siguió, deslizando los dedos por debajo de la tela última que me quedaba, hundiendo uno adentro mío hasta el fondo.

Grité bajito y le clavé las uñas en el hombro. Tenía razón, y eso me daba más vergüenza que estar desnuda. Empezó a bombearme el dedo despacio, después con dos, mientras con el pulgar me castigaba el clítoris. Me sacó la bombacha por las piernas con una lentitud calculada y se arrodilló entre mis muslos, abriéndomelos con las palmas. No dijo ninguna grosería; solo me miró un segundo el coño abierto y brillante, como pidiendo permiso, y bajó la cabeza.

La primera lamida fue larga y plana, de abajo hacia arriba, y me sacudió entera. Después empezó a chuparme el clítoris con la boca entera, succionándomelo, mientras dos dedos entraban y salían de mí con un ruido húmedo y sucio que me hacía morir de vergüenza y de placer al mismo tiempo. Su lengua trabajaba con una paciencia que yo no esperaba de alguien tan lanzado en la calle: la pasaba por los labios, se hundía en la entrada, volvía al clítoris a torturarlo. Una mano me sostenía la cadera contra el colchón; la otra subía y me apretaba una teta, retorciéndome el pezón.

Me agarré de las sábanas, las piernas tensas, la respiración hecha pedazos. Sin darme cuenta le empecé a apretar la cabeza contra mi coño, moviendo yo también las caderas contra su boca.

—No pares —pedí, y por primera vez en toda la noche mi voz salió sin titubear—. Ay, no pares, así, así, seguí chupando…

No paró. Metió un tercer dedo y me los curvó hacia adentro, buscándome un punto que yo ni sabía que existía, mientras su lengua no me daba tregua. El placer subió en una sola línea recta hasta que se me cortó el aliento y todo el cuerpo se me sacudió contra su boca. Me corrí con un grito que traté de tapar con la mano, empapándole la cara y los dedos, las piernas cerrándose solas alrededor de su cabeza. Me quedé temblando, con una mano sobre los ojos, sin entender del todo cómo había llegado hasta ahí.

Él se levantó, la boca y la barba brillándole de mi humedad, y se relamió sin sacarme los ojos de encima.

—Rica —dijo, y se pasó el dorso por la boca.

***

Damián se sacó el resto de la ropa. No voy a fingir que no lo miré; lo miré, y me quedé sin saliva. La tenía dura, gruesa, con la punta hinchada y una vena marcada por debajo. Me la vio mirar y sonrió de costado.

—¿Te gusta? Vení, tocala.

Me arrodillé en el borde de la cama y se la agarré con una mano. La sentí caliente, pesada, latiéndome contra la palma. No sé de dónde salió el impulso, pero me la llevé a la boca. Primero la punta, chupándosela despacio, después más adentro, hasta donde me daba. Él soltó un gemido grave y me juntó el pelo en un puño para verme mejor.

—Así, así, chupámela toda… uh, qué bien la mamás.

Le pasé la lengua por debajo, por las bolas, y volví a subir. Él me marcaba el ritmo con la mano en mi nuca, sin apurarme demasiado, dejándome jugar. Yo, que nunca me había considerado especialmente puta, me descubrí mirándolo desde abajo con la boca llena de su pija, disfrutando de cómo se le crispaba la cara.

—Pará, pará, que me voy —dijo, tirándome del pelo para separarme—. Todavía no.

Me tiró de espaldas en la cama y se me subió encima. Antes de cualquier otra cosa, me besó largo, y sentí el gusto raro de mí misma mezclado con él, como si quisiera que yo siguiera adentro de lo que estábamos haciendo y no afuera, juzgándolo. Sacó un forro del cajón, se lo puso con una sola mano y me abrió las piernas con la rodilla.

—Lista, hermosa —murmuró, y me puso la punta en la entrada del coño, restregándomela un poco, mojándola.

Cuando entró de una sola embestida, larga y firme, se me escapó un aullido. La sentí llenarme entera, tocarme fondo. Me quedé un segundo sin aire, adaptándome, y él se quedó quieto adentro mío, mirándome.

—Uh, qué apretada estás… —jadeó contra mi boca.

Lo hicimos primero así, frente a frente, con él encima, mirándome. Empezó a moverse lento, sacándomela casi entera y volviendo a meterla hasta el fondo, cada empuje más fuerte que el anterior. Yo le clavaba las uñas en la espalda y le rodeaba la cintura con las piernas, tirándolo hacia mí. Él marcaba un ritmo que iba creciendo, atento a cada gesto mío, alternando embestidas profundas con movimientos cortos que me castigaban el clítoris con su pelvis.

El espejo del techo me devolvía una imagen que no reconocía: yo, abierta y entregada, con las tetas rebotándome al ritmo de los golpes, mi coño tragándose entera la pija de un desconocido en un hotel de paso, un tipo que tres horas antes no existía en mi vida.

—Mirate —dijo, siguiendo mis ojos hacia arriba—. Mirá cómo estás. Mirá cómo te la estoy metiendo.

Me dio un poco de vergüenza y muchísimo placer al mismo tiempo. Verme así, como si fuera otra, me terminó de calentar. Cambiamos de posición; me puse encima y marqué yo el ritmo un rato, cabalgándolo, con sus manos firmes en mis caderas guiándome, sus ojos sin despegarse de mí y de mis tetas moviéndose. Me incliné hacia adelante para que él pudiera chupármelas mientras yo lo montaba, y sentí cómo la pija se le hinchaba todavía más adentro mío.

—Así, cogémela vos, dale, sos una puta divina —me dijo al oído, y en vez de ofenderme me apreté más contra él.

Me dio vuelta boca abajo, me levantó la cadera con las dos manos y me la volvió a meter por detrás, en cuatro. Ese ángulo me llegaba distinto, más adentro, y cada empuje me arrancaba un gemido que ya no me molestaba dejar salir. Me agarró del pelo y me tiró la cabeza hacia atrás sin lastimar, follándome como si me estuviera domando.

—¿Te gusta así, sucia? —me preguntó, dándome una palmada en la nalga que me hizo pegar un salto—. Decime que te gusta.

—Me gusta, me gusta, no pares, dame más, dame toda…

Después me llevó contra la pared, una pierna en alto apoyada en su cadera, y ahí ya no hubo más conversación, solo cuerpos y respiraciones entrecortadas, el ruido húmedo de nuestros sexos chocando y el sonido de la lluvia que seguía afuera. Él me clavaba con embestidas cortas y rabiosas, mordiéndome el cuello, y yo sentí que se me venía otro orgasmo desde el fondo del vientre.

Acabé otra vez antes que él, apretándome alrededor suyo con espasmos que no podía controlar, y enseguida lo sentí terminar con un gemido grave contra mi cuello, empujando hasta el fondo, quedándose quieto adentro mientras se descargaba. Caímos en la cama uno encima del otro, sudados, riéndonos sin saber bien de qué.

***

Pensé que ahí terminaba. Pero al rato, mientras me acariciaba la espalda con la punta de los dedos, Damián bajó la mano más allá de la cintura, me acarició una nalga y separó apenas, deteniéndose ahí.

—Esto nunca lo hiciste, ¿no? —preguntó bajito, con la yema del dedo justo en el borde de mi culo.

Me tensé. Entendí enseguida a qué se refería.

—No. Y no sé si quiero. Dicen que duele.

—Duele si se hace mal y rápido —respondió, sin presionar, la voz tranquila—. Si vas despacio, no. ¿Confiás en mí esta noche?

Era una pregunta rara para hacerle a un desconocido. Lo absurdo es que, después de todo lo anterior, le dije que sí con un movimiento apenas de la cabeza.

Fue paciente de verdad. Buscó el lubricante del cajón, me avisó cada paso, me dio tiempo. Me puso boca abajo primero, con una almohada bajo la cadera para levantarme el culo, y me echó un chorro de lubricante frío entre las nalgas que me hizo pegar un respingo. Empezó con la mano, despacio, un dedo apenas, apoyando la yema y presionando de a poco, atento a cuándo me tensaba y cuándo me soltaba, sin apuro por avanzar. Cuando el primer dedo entró entero, se quedó quieto, moviéndolo apenas en círculos hasta que yo empecé a respirar de nuevo.

—Respirá hondo. Soltá. Si te duele de verdad, paramos y listo.

—No pares todavía —me sorprendí diciendo, con la cara hundida en la almohada.

Metió un segundo dedo, con más lubricante, y esta vez la sensación fue más rara que dolorosa. Me estiraba, me llenaba en un lugar donde nunca había tenido nada. Con la otra mano me metió dos dedos en el coño al mismo tiempo, y la doble sensación me hizo gemir contra la tela.

—¿Ves qué rico puede ser? —murmuró, moviendo las dos manos coordinadas.

Cuando decidió pasar a la pija, me puso otro forro y echó todavía más lubricante. Se acomodó detrás mío y me apoyó la punta con cuidado. Empezó a empujar de a poco, centímetro a centímetro, frenando cada vez que yo me quejaba, esperando a que el cuerpo se me abriera solo. El primer instante fue molesto, ardió, sentí como si me partieran. Aguanté la respiración.

—Soltá, soltá, no te tenses… así, muy bien.

Cuando la cabeza entró del todo, se quedó quieto un buen rato, con una mano en mi cadera y la otra alrededor por delante, jugándome con el clítoris para distraerme. Después de la molestia, empezó una presión rara que, para mi propia sorpresa, empezó a gustarme. Fue metiendo el resto de a poco, hasta que lo sentí entero adentro, apoyado contra mi culo.

—Ya está toda —dijo, y me besó la nuca—. Avisame cuando quieras que me mueva.

Esperé unos segundos y moví yo la cadera hacia atrás. Él entendió y empezó a moverse lento, un vaivén corto, mientras me seguía masajeando el clítoris con dos dedos. Al principio era todo nuevo, casi ajeno; después me di cuenta de que cada empuje me mandaba una onda por todo el cuerpo, distinta a cualquier cosa anterior. Empecé a mover el culo contra él, buscando más.

—Uh, mirala a la señorita que no quería —se rio bajito, aumentando apenas el ritmo—. Mirá cómo te gusta ahora que te la metan por el culo.

No le contesté con palabras, solo con un gemido largo. Me llevó al borde con los dedos en el coño mientras la pija le entraba y le salía de a poco por el otro lado. Me corrí por tercera vez esa noche, de una manera distinta a todas las anteriores, un orgasmo raro que me subió desde muy adentro y me hizo temblar entera. Lo sentí terminar a él un segundo después, hundiéndose hasta el fondo y abrazándome desde atrás con un gemido ahogado.

Se quedó adentro mío un rato, latiéndome, hasta que se salió con cuidado. Nos quedamos quietos un rato largo, sin hablar, escuchando cómo la lluvia se iba apagando hasta volverse un goteo manso en la ventana.

***

—Tendría que irme —dije al fin, cuando ya no quedaba excusa de tormenta.

—Quedate un rato más —pidió, pero sin insistir.

Me quedé un rato más. Después me vestí despacio, con la ropa todavía húmeda y arrugada, las piernas flojas, sintiendo todavía el semen y el lubricante y todo lo que había pasado entre las piernas. Antes de abrir la puerta, me di vuelta.

—Fue una locura —admití—. No sé ni cómo terminé acá.

Él sonrió desde la cama, sin moverse, la pija todavía a medio bajar sobre el muslo.

—Si alguna vez querés repetir la locura, ya sabés dónde encontrarme.

No le di el número ni le pedí el suyo. Salí al pasillo y el aire fresco me golpeó la cara. La ciudad estaba tranquila, lavada, como si la tormenta nunca hubiera existido. Caminé hacia la parada con una sonrisa que no quería bajárseme y las piernas que apenas me respondían, sintiendo cómo el coño y el culo me palpitaban a cada paso.

Nunca le conté esto a nadie. Ni a mis amigas, ni a los novios que vinieron después. Es la única vez en mi vida que me dejé llevar así, con un desconocido, sin saber nada de él más que el nombre. A veces, cuando llueve fuerte sobre Córdoba, me acuerdo y me pregunto si fue real. Y entre las piernas, todavía, algo me dice que sí.

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Comentarios(8)

Celeste_Mdp

que bueno!!! me enganche desde el principio y no pude parar de leer

TormentaDeNoche

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchas ganas de saber como siguio todo

Silvina_BA

Me recordo a algo que me paso en un viaje hace unos años. Al final la vida te sorprende en los momentos mas inesperados jaja. Muy bien narrado

ManuelCordoba

Tremendo relato, de los mejores que lei en este sitio. Se siente real, no forzado. Felicitaciones y espero que sigas escribiendo

RocioLect

Una pregunta, esto paso de verdad? porque se siente muy autentico, no parece inventado

Fede_BA

increible!!! se hizo cortisimo, quiero mas

Nocturnero_BA

Lo que tiene el destino... uno sale a la calle por necesidad y la vida te regala algo inesperado. Muy bien contado

PilarDeMendoza

Sigo aca esperando la continuacion jaja, gran relato!

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