Confieso lo que imagino cuando suena esa canción
Nunca se lo conté a nadie y por eso lo escribo acá, donde no me conoce ninguno. Me pasa con la música. Suena una canción cualquiera —una que el resto tararea sin pensar— y yo dejo de escuchar la letra. La melodía se me mete por debajo de la piel y empieza a armar otra historia, una versión que nadie cantó nunca. Las desnudo por dentro, a las canciones. Las morboseo. Y hay tres que se me repiten siempre, como si me esperaran. Estas son.
***
La primera me agarra cada vez que suena una de esas baladas tristes de taxista. Entonces soy yo el que maneja, de noche, con un auto viejo que huele a nafta y a cigarrillo frío. La ciudad pasa por la ventanilla como una mujer que no me mira. Llevo horas sin levantar un solo pasaje y el tanque está casi vacío, igual que mi bolsillo.
En una esquina mal iluminada la veo: un brillo de lentejuelas debajo del farol. Una mujer de tacos altos, con un vestido corto que se le pega al cuerpo y el maquillaje corrido por algo que estuvo llorando. Freno de golpe. Ella se sube atrás con un movimiento lento, cruzando las piernas, y el perfume caro me llena el auto entero.
—Llevame lejos —dice con la voz ronca—. A donde sea, pero lejos de acá.
Arranco. Por el espejo le veo la cara, los ojos rojos, la boca apretada. Le pregunto qué le pasó y ella suelta todo de golpe: un tipo con plata que la trató como a un objeto, que la usó y la dejó esperando.
—Se cree dueño del mundo por tener guita —escupe—. Y yo, como una idiota, le abrí las piernas y le creí.
—No vale la pena —le digo, mirándola por el espejo—. Y si querés devolvérsela, yo te ayudo.
Sonríe por primera vez. Es una sonrisa peligrosa, de las que te recorren la espalda. Se llama Malena, me dice, aunque sé que en la fantasía el nombre lo invento yo. Dobla en una calle oscura que le indico y, cuando vuelvo a mirar el espejo, descubro que se acomodó la falda hacia arriba, despacio, dejándome ver que no lleva bombacha. La concha depilada le brilla apenas bajo la luz de un semáforo.
—¿Y un taxista como vos qué hace seduciendo a la noche? —pregunta, divertida, mientras se acaricia con dos dedos entre las piernas, sin dejar de mirarme por el espejo.
No le contesto. Se me pone la pija dura contra el pantalón y aprieto el volante. Acelero hasta su casa, una de esas mansiones con rejas altas y jardín perfecto, y la sigo adentro como si me arrastrara un imán. Ella saca una botella, tomamos del pico, el alcohol me quema la garganta.
—Mostrame cómo se venga una mujer así —le digo, acercándome.
Se ríe. Se baja los breteles del vestido y la tela cae al piso de un tirón. Queda con las tetas al aire, chicas y firmes, los pezones ya duros. La beso con bronca, contra la pared primero, mordiéndole el labio hasta hacérselo sangrar apenas. Le meto la lengua hasta el fondo mientras le agarro una teta y le retuerzo el pezón entre los dedos. Ella gime dentro de mi boca y me busca la bragueta, me la baja, me saca la pija de un tirón y me la aprieta en el puño.
—Mirá lo que tenés acá abajo —jadea—. Ese hijo de puta la tenía la mitad.
Se arrodilla ahí mismo, sobre las baldosas caras del hall, y se me mete la verga entera en la boca de una sola vez. Me la chupa con rabia, con las dos manos agarrándome el culo, tragándomela hasta atragantarse. Me babea los huevos, me los lame uno por uno, y vuelve a subir mamándome despacio, mirándome a los ojos con el rimmel corrido hasta los pómulos. Le agarro la cabeza y la empujo hasta el fondo, y ella se deja, hace ruidos guturales, se me ahoga en la pija y no la suelta.
La levanto del pelo antes de acabarle en la boca y la tiro sobre la alfombra del living. Le abro las piernas de un tirón y bajo con la lengua. Le chupo el coño entero, de abajo hacia arriba, largo y lento, saboreándole el flujo. Le clavo la lengua adentro, se la muevo en círculos, después le agarro el clítoris entre los labios y se lo succiono. Ella arquea la espalda y me clava los tacos en la espalda, me tira del pelo, me aprieta la cara contra la concha.
—Chupámela, chupámela toda, no pares hijo de puta —me pide gritando.
Le meto dos dedos mientras le sigo trabajando el clítoris con la lengua. Le curvo los dedos adentro, busco el punto que la hace gritar más fuerte, y cuando lo encuentro ella se pone a temblar entera. Se corre en mi boca con un alarido, empapándome la cara, y yo no la suelto hasta que se le pasa el último espasmo.
Cuando ya no aguanta, me da vuelta y se pone arriba. Se me ensarta la pija de un envión y grita como si le doliera y le gustara al mismo tiempo. Se mueve sobre mí con los ojos cerrados, las manos plantadas en mi pecho, subiendo y bajando cada vez más rápido, las tetas rebotándole, la concha empapada haciendo ruidos húmedos cada vez que se clava hasta el fondo. Le agarro las caderas y la ayudo a moverse, la empujo hacia abajo con fuerza, y ella se muerde el labio y me clava las uñas hasta hacerme sangre.
—Me estás partiendo, la puta madre, me estás partiendo —me dice entre dientes—. Así, más fuerte, rompeme.
Tiembla entera y se desploma encima mío con un grito largo. No la suelto. La doy vuelta otra vez, la pongo en cuatro sobre la alfombra cara, le levanto las caderas y se la meto por atrás de un solo golpe. La agarro del pelo y tiro para que arquee la espalda. La cojo así, a lo perro, con la pija entrándole hasta los huevos, haciendo palmear mis muslos contra su culo. Le doy una cachetada en una nalga, le queda la marca roja, y ella pide otra.
—Pegame, tratame como me trataba él, pero cogeme como él no supo nunca.
Se muerde el antebrazo para no despertar a media cuadra. Le meto un pulgar en el culo mientras la sigo cogiendo, y ella se pone a temblar de nuevo, se corre por segunda vez apretándome la pija adentro como un puño. Ya no aguanto más. La saco, la doy vuelta boca arriba y le acabo sobre las tetas y el cuello en chorros largos, uno tras otro. Ella se pasa el dedo por el semen y se lo lleva a la boca, mirándome.
Acabamos juntos, sudados, pegoteados sobre la alfombra cara de un tipo al que ninguno de los dos conoce.
—No estás sola —le digo después, recuperando el aire—. Yo sufro en mi barrio, vos sufrís en tu mansión, pero el dolor es el mismo.
En la versión que me invento, después vamos juntos a un bar elegante para que su ex la vea. Y ahí, en un rincón, está el tipo con plata abrazando a otra mujer humilde. Cuando me acerco, se me hiela la sangre: la otra mujer es la mía. La ciudad es chica y el destino es una mierda. Malena lo entiende todo con una sola mirada y, en vez de armar un escándalo, me sonríe con picardía.
—Ahora les jugamos el mismo juego —me susurra.
Y la canción se termina, y yo vuelvo a ser uno más en el colectivo, mirando por la ventanilla como si nada.
***
La segunda me pasa con una cumbia romántica, de esas que ponen fuerte en los autos del barrio. Entonces soy un tipo que vuelve a su casa con olor a grasa de taller, después de un día sin laburo. Caminé veinte cuadras bajo el sol para no gastar en el colectivo y llego con la remera pegada a la espalda.
Ella está en la cocina, de espaldas, moviendo algo en la hornalla. Le digo que me quedé sin trabajo otra vez, que por eso llego tarde y caminando. Me preparo para el reproche, pero cuando se da vuelta tiene los ojos un poco rojos y la cara de alivio.
—Pensé que era otra cosa —dice acercándose—. Pensé que había otra mujer. Que sea solo el trabajo casi me da paz.
Se llama Lucía en mi cabeza. Tiene el pelo suelto, una remera blanca sin corpiño abajo, los pezones marcándose contra la tela, y se pega a mí sin importarle que esté sucio.
—A mí no me importa la plata —murmura contra mi pecho—. Te tengo a vos, y esta pija —me la agarra por encima del pantalón— me alcanza. Me gusta que seas así como sos.
Esa frase me desarma siempre. La levanto en brazos y ella me enrosca las piernas en la cintura. La llevo al sillón viejo, que cruje, y le saco la remera de un tirón. Tiene las tetas grandes, blancas, con los pezones rosados parados. Se las chupo una y otra, primero despacio y después con hambre, mordiéndole los pezones hasta hacerla gritar bajito. Ella me desabrocha el cinturón con dedos torpes, me baja el pantalón y el calzoncillo juntos, y me agarra la pija con las dos manos.
—Vení para acá —me dice, y se baja del sillón, se arrodilla entre mis piernas y se me mete la verga en la boca. Me la chupa lento, la lengua enroscándose en la punta, bajando por el tronco, subiendo, escupiendo saliva para lubricar. Me mira desde abajo mientras me la mama, con esos ojos que me repiten al oído, sin hablar, que aunque se caiga el cielo nunca voy a estar solo. Me la traga hasta la garganta, se atraganta, respira por la nariz y sigue. Me tiene los huevos en una mano y me los aprieta suave, después me pasa la lengua por ahí también, uno por uno, sin dejar de acariciarme la pija con la otra mano.
Cuando ya estoy por acabarle en la boca, la levanto, le arranco el pantaloncito de entrecasa y le bajo la bombacha de un tirón. La tiro sobre el sillón, le abro las piernas y le entierro la cara entre los muslos. La concha le está chorreando. Se la chupo entera, lamiéndole los labios, metiéndole la lengua adentro, subiendo al clítoris y bajando otra vez. Le meto la lengua todo lo que puedo, me la clavo como una pija, y ella me tira del pelo y arquea la espalda contra el respaldo.
—Cogeme ya, por favor, no aguanto más —me ruega.
Me subo sobre ella y me hundo de una vez, hasta el fondo, y grita mi nombre con las uñas en mi espalda. Cada empujón hace crujir el sillón contra la pared, y a ninguno de los dos le importa. La cojo con fuerza, con ganas de tres días guardadas, sintiendo cómo me aprieta la pija con la concha caliente y empapada.
—Más fuerte —pide, ronca—. Quiero sentirte hasta adentro, quiero que me revientes.
La doy vuelta, la pongo de rodillas sobre el sillón y la tomo de las caderas. Le entra de un solo golpe y ella grita contra el respaldo. Le doy una palmada en una nalga y suelta un gemido sucio, pidiéndome otra. Le doy otra, y otra, hasta que las dos nalgas le quedan coloradas. Sigo así, marcándole el ritmo, sacándosela casi entera y volviéndola a hundir hasta los huevos. Le agarro las tetas por debajo, se las aprieto, le retuerzo los pezones mientras la sigo cogiendo por atrás.
—Chupame los dedos —le digo, y le meto dos en la boca. Ella me los chupa como si fueran mi pija, gimiendo alrededor de ellos.
Se los saco, húmedos, y le acaricio el ojete del culo. Ella se sacude, empuja hacia atrás pidiendo más. Le meto un dedo despacio, y ella se aprieta entera, se pone a temblar, y se corre gritando ahogada contra el sillón, con la concha apretándome la pija en espasmos que casi me hacen acabar. Aguanto un poco más, dando estocadas cada vez más fuertes, hasta que la siento correrse por segunda vez, y ahí sí, la saco y termino sobre su espalda y su culo, en chorros gruesos que le corren por el hueco de la espalda hasta la raya del culo.
Se queda tirada, respirando fuerte, con mi semen brillándole en la piel. La ayudo a acostarse de costado y me acurruco atrás, todavía duro, restregándome contra su culo.
—Nunca me dejes —me dice—. Pase lo que pase.
—Aunque no haya un peso —le contesto—, esta pija es tuya y esta concha es mía, y eso no se va nunca.
Se ríe bajito y se me refriega para atrás, sintiéndome duro otra vez. Afuera sigue sonando la cumbia desde algún auto. Y le creo. En la fantasía, siempre le creo.
***
La tercera es la que menos cuento, porque en esa yo no estoy. Soy apenas el que mira. Me pasa con una de esas canciones dulces que hablan de consolar a una amiga que llora. Y entonces veo a dos mujeres en un departamento, de noche.
Una está hecha pedazos en el sillón, con los ojos hinchados. La dejó el novio por otra y siente que el mundo se le vino encima. La otra, su mejor amiga —en mi cabeza se llama Ana—, la mira desde la puerta sin saber qué hacer. Después se acerca, se sienta al lado y la abraza.
—No quiero verte así —le dice—. Si estás triste, no te lo guardes.
El abrazo se estira más de lo normal. Algo cambia en el aire. Ana siente el calor del cuerpo de la otra contra el suyo, las tetas apretándose contra las suyas, las curvas que siempre admiró de reojo, y le sube un cosquilleo entre las piernas que no esperaba. Le acaricia la espalda, despacio, baja hasta la cintura, sigue bajando hasta la curva del culo.
La amiga levanta la cara, con los labios temblando, y la mira de un modo nuevo. No se aparta. Ana le sostiene la mejilla y la besa, primero suave, después con la boca abierta, metiéndole la lengua, y ella responde con un gemido sorprendido enredándole los dedos en el pelo.
—Yo sé cómo se te saca esta pena —le susurra Ana—. Dejame mostrarte.
Le abre la blusa botón por botón y le baja el corpiño. Le besa las tetas sin apuro, chupándole los pezones uno y otro, mordisqueándolos hasta dejárselos duros y colorados, dejando marcas tibias con la boca por todo el pecho, mientras la otra arquea la espalda y le pide con la voz quebrada que no pare. Baja con la boca por el vientre, le desabrocha el pantalón, se lo saca junto con la bombacha, y le abre las piernas sobre el sillón.
La encuentra empapada, con el coño hinchado y brillante. Ana se relame, le sopla apenas y la otra tiembla. Después baja la cara y la prueba despacio, con la lengua plana, un lengüetazo largo desde abajo hasta arriba. Repite, cada vez más hondo, chupándole los labios, metiéndole la lengua adentro, subiendo al clítoris y trabajándolo en círculos. La amiga deja de pensar en el que la dejó. Se agarra del sillón, mueve las caderas contra la cara de Ana, jadea cosas que no termina de decir, le pide más, le pide todo.
Ana le mete dos dedos y sigue chupándole el clítoris. Se los curva adentro, se los mueve rápido, y con la otra mano le agarra una teta y le pellizca el pezón. La amiga se retuerce, se le abren más las piernas, se levanta contra la boca de Ana.
—Las penas vienen y se van —le murmura Ana entre lamida y lamida—. Otra vez vas a reírte, ya vas a ver. Vas a acabar tan fuerte que te vas a olvidar cómo se llamaba el hijo de puta.
La amiga acaba con un grito, temblando entera, arqueándose sobre el sillón, empapándole la cara a Ana. Antes de recuperar el aire ya está tirando de Ana hacia ella, arrancándole la ropa, queriendo devolverle lo mismo. Le desnuda las tetas y se las chupa con hambre atrasada, se las muerde, y baja también por el vientre hasta metérsele entre las piernas.
Las veo rodar juntas sobre la cama, enredadas, riéndose entre los gemidos. Se ponen en tijera, las conchas apretándose una contra otra, moviendo las caderas, buscándose el clítoris con el clítoris. Se acomodan al revés, una sobre la otra, y se chupan al mismo tiempo, agarrándose el culo, gimiendo contra la carne de la otra. Turnándose, sin apuro y sin culpa, se meten los dedos, se lamen los pezones, se besan con la boca llena del sabor de la otra. Acaban las dos otra vez, casi juntas, ahogadas una en la concha de la otra, hasta que quedan agotadas y abrazadas, brillando de sudor, con la piel pegajosa.
—Otra vez quiero verte feliz —dice Ana en la oscuridad, pasándole un dedo por el pezón todavía duro.
Y yo, que solo soy el que escucha la canción, apago la radio antes de que termine. Porque sé que si sigo, voy a quedarme despierto toda la noche, con la pija en la mano.
***
Eso es lo que confieso. No me drogo, no engaño a nadie de verdad, no hago nada que tenga que esconder de la ley. Pero cada vez que suena una canción en la calle, en el supermercado, en un taxi ajeno, alguien me ve la cara tranquila y no tiene idea de la película que estoy mirando por dentro. Ahora vos sí. Y la próxima vez que escuches una balada vieja, quizás te pase lo mismo, y no se lo vas a contar a nadie. Igual que yo.





