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Relatos Ardientes

Lo que pagué aquella tarde no fue solo el dinero

Me llamo Marcos y soy de Zaragoza. Esto que voy a contar lo guardé mucho tiempo, hasta que entendí que callarlo no me hacía mejor persona, solo más cobarde. No es una fantasía ni un cuento que me inventé para impresionar a nadie. Es algo que me pasó de verdad, y todavía pienso en ello más de lo que me gustaría admitir.

Soy un chico del montón. Normalito, ni guapo ni feo, de esos que pasan por una sala y nadie recuerda. Eso de ligar nunca se me dio bien. Soy demasiado blando, demasiado correcto, y ya sabemos cómo funciona esto: triunfa el que sabe ser un poco cabrón, el que no se complica con tener vergüenza. Yo me complicaba con todo.

A los veintiún años seguía sin haber estado de verdad con una mujer. Un par de besos torpes en alguna fiesta, poco más. Y llega un momento en que el deseo te pesa tanto que dejas de pensar con claridad. No tenía valor para acercarme a una desconocida en un bar, y la idea de ir a una profesional me daba algo de reparo. Lo veía demasiado frío, demasiado clínico, como entrar a comprar el pan.

Así que se me ocurrió otra cosa. Buscar a una chica normal, no profesional, alguien con quien al menos pudiera hablar. Tampoco andaba sobrado de dinero, era estudiante y vivía con lo justo. Pero algo podía rascar.

Una noche, encerrado en mi habitación con la luz apagada y la pantalla del móvil iluminándome la cara, mandé el mismo mensaje a media docena de chicas que ni conocía. Les decía la verdad, o casi: que era tímido, que no buscaba nada raro, que solo quería quedar con alguien para que me hiciera una paja a cambio de un dinero. Nada más que eso. Una amistad rara, si se quiere, donde de vez en cuando nos viéramos y yo pagara.

Me sentí patético al darle a enviar. Tan patético que cerré el móvil boca abajo sobre la mesa y me prometí que al día siguiente lo borraría todo.

***

No tuve tiempo de borrar nada. A las pocas horas, una de ellas contestó.

Se llamaba Daniela. Tenía veinte años, el pelo rubio y rizado recogido en una coleta floja, según la foto del perfil, y una manera de escribir que me desarmó desde el primer mensaje. No me trató como a un pervertido. Me preguntó cosas, se rió de mis bromas malas, me contó que andaba corta de dinero ese mes y que, mientras fuera solo lo que yo había dicho, no le importaba probar.

—Nunca he hecho nada por dinero —escribió—. Pero tampoco me parece para tanto. Y al menos tú pareces buena gente.

Buena gente. Si ella supiera lo poco que me servía eso en la vida.

Hablamos casi una hora entera. Acordamos cada detalle, qué haría ella, qué haría yo, cuánto le pagaría. Veinte euros. Lo decíamos con una naturalidad que ahora me resulta extraña, como si estuviéramos quedando para tomar un café. Y, en cierto modo, eso fue lo que más me sorprendió de todo: la facilidad con la que dos desconocidos pueden ponerse de acuerdo sobre algo tan íntimo.

Quedamos para esa misma tarde.

***

Llegué media hora antes a la puerta del centro comercial. Me temblaban las manos. Repasé mil veces lo que iba a decir, ensayé saludos, me arrepentí, estuve a punto de marcharme tres veces. El estómago se me había cerrado y notaba el corazón en la garganta.

La reconocí enseguida. Venía caminando despacio entre la gente, con unos vaqueros y una sudadera gris, mucho más guapa que en las fotos. Me sonrió de lejos, como si nos conociéramos de toda la vida, y aquella sonrisa me deshizo todos los nervios de golpe.

—¿Marcos? —preguntó.

—Sí. Eres... eres Daniela, claro.

—La misma. ¿Estás bien? Estás un poco blanco.

Me reí, y la risa me salió torpe.

—Es la primera vez que hago algo así.

—Tranquilo —dijo, y me puso una mano en el brazo—. Yo también. Vamos a hacerlo sencillo.

Caminamos hacia el interior, hablando de tonterías, como si el motivo real de aquel encuentro no existiera. Me contó que estudiaba enfermería, que vivía con dos compañeras de piso, que odiaba el invierno en la ciudad. Yo le hablé de mis clases, de lo mal que se me daban las matemáticas. Durante unos minutos casi olvidé a qué habíamos venido.

Pero el cuerpo no olvidaba. Cada vez que ella se acercaba para hablarme por encima del ruido del centro, sentía el calor de su brazo rozando el mío y el pulso se me disparaba otra vez.

Buscamos los baños de la planta de arriba, los menos concurridos. Esperamos a que saliera un señor con dos bolsas y entramos juntos en uno de los cubículos del fondo. El espacio era estrecho, olía a jabón industrial, y la luz blanca del techo lo iluminaba todo sin piedad.

Lo primero que hice fue pagarle. Saqué el billete del bolsillo y se lo tendí, y aquel gesto, por torpe que fuera, rompió algo de la tensión. Ella lo guardó sin mirarlo, como restándole importancia.

—Ya está —dijo en voz baja—. Ahora relájate.

***

Me bajé los pantalones con dedos que apenas me respondían. Estaba tan nervioso que pensé que el cuerpo no me iba a acompañar, que me iba a quedar ahí plantado, ridículo, incapaz de reaccionar.

—¿Quieres que me quite algo? —preguntó ella, en un susurro.

No supe qué contestar. Me limité a asentir con la cabeza, sin atreverme a pedir nada en concreto. Daniela se subió la sudadera y se quitó la camiseta despacio, hasta quedarse en sujetador, y luego se lo desabrochó. Tenía los pechos pequeños, suaves, con los pezones ya endurecidos por el frío del baño. Verla así, semidesnuda a un palmo de mí, me cortó la respiración.

Se acercó. Su mano me rodeó y empezó a moverse, primero despacio, tanteando, y enseguida con un ritmo firme y seguro. Yo, sin saber muy bien qué hacer con las manos, las llevé a sus pechos. Los acaricié con cuidado, casi con miedo, y noté cómo ella respiraba un poco más hondo cuando le rocé los pezones entre los dedos.

—Así —dijo en voz muy baja—. No tengas miedo.

Y entonces, sin que yo le dijera nada, se arrodilló.

El frío del suelo no pareció importarle. Me miró un segundo desde abajo, con esos ojos claros, y se inclinó hacia delante. Lo que sentí cuando su boca me rodeó no se parecía a nada que hubiera imaginado en todas las noches que llevaba imaginándolo. El calor, la humedad, la lentitud con la que su lengua me recorría. Tuve que apoyarme con una mano en la pared para no perder el equilibrio.

Lo hacía bien. Demasiado bien. Alternaba la boca con la mano, subiendo y bajando, deteniéndose justo cuando creía que no podía más y arrancando de nuevo. Cerré los ojos y me dejé llevar, intentando memorizar cada detalle, sabiendo que aquello no volvería a ser igual de nuevo.

El ritmo fue creciendo. Mi respiración se volvió entrecortada y noté que el final se acercaba, esa corriente que sube desde abajo y te avisa unos segundos antes. Quise advertirle, abrí la boca para decírselo, pero ella no se apartó. Al contrario: aumentó el ritmo, me sujetó con firmeza, y me dejó terminar así, en su boca, mientras yo apretaba los dientes para no hacer ruido.

Cuando todo pasó, me quedé temblando, con la espalda pegada a la pared fría y el corazón galopándome. Ella se levantó despacio, se limpió con un trozo de papel, y me dedicó una sonrisa tranquila, sin asomo de incomodidad.

—¿Mejor? —preguntó.

—Mucho mejor —conseguí decir.

***

Salimos por separado, con unos minutos de diferencia, para no llamar la atención. La esperé fuera, junto a una fuente, sin saber muy bien si lo correcto era irme sin más o decirle algo. Cuando apareció, traía la sudadera puesta otra vez y la coleta recolocada, como si nada hubiera ocurrido.

—Oye —le dije—. Gracias. De verdad.

—No me las des. —Se encogió de hombros—. La verdad es que ha sido más agradable de lo que pensaba. Eres majo.

Nos quedamos un rato más allí, charlando, y de aquella tarde tan rara nació algo que no entraba en mis cálculos. Daniela y yo nos hicimos amigos. Amigos de verdad. Empezó a contarme sus problemas, las broncas con sus compañeras de piso, el novio que la trataba mal y del que tardó meses en separarse. Yo le hablaba de mis cosas, de mi timidez de siempre, de lo perdido que me sentía a veces.

De cuando en cuando seguíamos quedando, y yo le pagaba lo acordado, pero ya no era solo eso. Era pasar una tarde con alguien que no me juzgaba, que me hacía reír, que me había enseñado sin proponérselo que el deseo y el cariño no siempre van por caminos separados.

Aquello duró casi un año, hasta que ella terminó la carrera y se mudó a otra ciudad por trabajo. Nos despedimos con un abrazo largo en la estación, y los dos sabíamos que era de verdad un adiós, no un hasta luego.

Después vinieron otras historias, otras chicas, otros encuentros. Algunos buenos, otros que prefiero olvidar. Pero ninguno fue como aquella primera tarde, en el baño de un centro comercial, cuando un chico muerto de vergüenza pagó veinte euros y recibió, sin saberlo, mucho más de lo que había pedido.

Y por eso, todavía hoy, cuando alguien dice con desprecio que pagar por sexo es algo frío y vacío, yo me quedo callado. Porque sé que no siempre es así. A veces, detrás de un acuerdo tan simple, hay dos personas que se reconocen, que se acompañan, que se ayudan a no sentirse tan solas. Eso fue lo que pagué aquella tarde. Y el dinero, te lo aseguro, fue lo de menos.

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Comentarios (4)

PatoLector99

buenisimo!! me atrapo desde el inicio, no podia parar de leer

Marcos_lectura

por favor seguí contando, quedé con mil ganas de saber cómo terminó todo

NocheEnBA

Que relato tan bien contado. Se siente real, como si lo estuvieras viviendo mientras lo lees

Facundo_ER

el suspenso que manejás es increible. Como termina todo??

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