Lo que pasó en el vestuario después de mi título
La final había terminado hacía menos de una hora, pero yo todavía temblaba. No de cansancio: de algo que llevaba años conteniendo. Acababa de ganar el campeonato más importante de mi vida, tres sets durísimos sobre la arcilla, y el trofeo descansaba ahora sobre el banco del vestuario con polvo rojo aún pegado al metal. Afuera, el estadio seguía rugiendo. Aquí dentro solo se oía el goteo de una ducha lejana y mi propia respiración.
Me había quitado la cinta del pelo. El cabello, largo y húmedo, me caía desordenado sobre los hombros. Seguía con la camiseta empapada pegada a la piel como una segunda capa, los shorts adheridos a los muslos, las manchas de tierra en las rodillas. Olía a sudor, a esfuerzo, a victoria. Y no quería ducharme todavía. Quería seguir oliendo así cuando él entrara.
Porque sabía que entraría.
La puerta se abrió y apareció Damián, mi entrenador desde que yo tenía diecisiete años. Alto, delgado pero fibroso, el pelo corto castaño con las primeras entradas, una barba de tres días que nunca terminaba de afeitarse. Llevaba la acreditación colgando del cuello y esa expresión calculadora que yo conocía de memoria, la misma que ponía cuando estudiaba al rival desde el banquillo.
Cerró la puerta con llave sin que yo se lo pidiera. Ese gesto lo dijo todo.
—Felicidades —dijo, seco, sin acercarse—. Has jugado como nunca.
Me giré despacio. La adrenalina aún me ardía en las venas, pero ya se mezclaba con otra cosa, algo más oscuro y más viejo.
—Gracias. Pero no me quedé aquí para oír eso.
Caminé hacia él. Mis zapatillas resonaban contra las baldosas. Damián retrocedió un paso, casi por instinto, y apoyó la espalda contra la pared de azulejos.
—Hay prensa esperando —dijo—. Tu familia, los patrocinadores, todo el protocolo de siempre.
—El protocolo puede esperar —corté, parándome a un metro de él—. Quiero darte las gracias de verdad. No con palabras.
Durante años había aprendido a leer cada gesto suyo desde el otro lado de la red: cuándo me ordenaba subir a la red, cuándo aguantar desde el fondo, cuándo arriesgar. Ahora era yo la que lo leía a él. La mandíbula tensa, la respiración un poco más corta de lo normal, los ojos que bajaban un instante a mi pecho empapado y volvían a subir, fingiendo que no lo habían hecho. Lo tenía estudiado como a un rival.
Cruzó los brazos, defensivo.
—Ya me las has dado mil veces. En la pista, en cada entrevista. No hace falta nada más.
Sonreí, pero no fue una sonrisa amable.
—Sí hace falta. Llevo años viéndote mirarme, Damián. En el gimnasio, cuando hago sentadillas y la camiseta se me pega de sudor. En los hoteles, cuando subes a mi habitación a repasar tácticas y te quedas más tiempo del necesario. Cuando me corriges el saque y tu mano se demora un segundo de más en mi cadera. No soy ninguna ingenua. Sé perfectamente el efecto que te hago.
Desvió la vista hacia la puerta cerrada, como buscando una salida que él mismo había bloqueado.
—Esto no puede pasar. Soy tu entrenador. Hay contratos, hay límites. Si alguien se entera…
—Nadie se va a enterar —dije, dando otro paso—. Puerta cerrada, vestuario vacío, seguridad afuera conteniendo a los periodistas. Nadie entra aquí sin mi permiso. Y no pienso darlo.
Me quité la camiseta de un tirón. Quedé en top deportivo negro, el pecho subiendo y bajando con la respiración acelerada, los pezones marcándose duros contra la tela fina. Vi cómo se le movía la garganta al tragar.
—Para —murmuró, pero no se movió ni un milímetro.
—No voy a parar —respondí, acercándome hasta que casi nos rozábamos—. Te deseo desde hace demasiado tiempo. Hoy no salgo de aquí sin tenerte. Puedes decir que no, puedes apartarme, puedes irte por esa puerta. Pero los dos sabemos que no vas a hacer ninguna de las tres cosas.
Mis manos fueron a su cinturón. Le solté el botón del pantalón con dedos que ya sabían lo que querían, le bajé la cremallera. Respiraba fuerte, pero no me detuvo. No iba a detenerme.
—Es un error —dijo con la voz ronca.
—Es mi error favorito —contesté, deslizando la mano dentro y sacándolo. Ya estaba duro, grueso, la punta brillante. Llevaba excitado mucho más tiempo del que estaba dispuesto a admitir.
Lo miré un segundo, como evaluaba yo una pelota antes de devolverla, y me arrodillé sobre las baldosas frías.
—Voy a chuparte hasta que te corras en mi boca —dije, sin rodeos, la voz baja y firme—. Y después decido yo qué hacemos. Pero empieza aquí.
Abrí la boca y lo envolví de golpe, succionando fuerte desde el primer movimiento. La lengua plana, presionando, la cabeza subiendo y bajando deprisa, la garganta relajándose para tragarlo entero hasta que la nariz le rozaba la piel. Damián soltó un gruñido ahogado. Una mano se le fue contra la pared; la otra se enredó en mi pelo sin atreverse del todo a empujar.
—Joder… —dijo entre dientes.
Lo saqué un instante, un hilo de saliva colgando de mis labios.
—¿Lo ves? Te encanta. Dilo.
—…sí —admitió, derrotado.
Volví a metérmelo, acelerando, succionando con ganas, la lengua girando alrededor de la punta cada vez que subía. Con la mano libre le acariciaba abajo, sintiendo cómo todo se le tensaba. Jadeaba, las caderas moviéndose solas, perdiendo poco a poco el control que tanto le importaba.
—No aguanto… —avisó—. Me corro…
—Córrete —ordené, sacándolo solo para hablar—. En mi boca. Todo. Quiero tragarlo.
Lo volví a meter profundo y succioné con fuerza. Se tensó entero, un gemido roto escapó de su garganta, y se vació en mi boca en oleadas calientes. Tragué sin apartarme, exprimiéndolo hasta la última gota, lamiendo la punta sensible mientras él temblaba apoyado contra la pared.
Me levanté despacio, limpiándome la comisura con el dorso de la mano. Me quité el top y lo dejé caer. Luego los shorts, después la ropa interior, hasta quedar completamente desnuda frente a él: el cuerpo bronceado, todavía brillante de sudor, cada músculo marcado por tres horas de partido.
—Ahora siéntate —dije.
Lo empujé contra el banco hasta que cedió. Me subí a horcajadas sobre él, guiándolo de nuevo hacia mí. Seguía duro, como yo sabía que estaría.
—Ahora me toca a mí —murmuré pegada a su oído—. Y no quiero que te contengas.
Bajé de golpe, sintiéndolo entrar entero. Solté un gemido largo, cerrando los ojos un segundo mientras mi cuerpo se ajustaba a él.
—Dios… —jadeé.
Empecé a moverme con la misma potencia explosiva que usaba en la pista, las caderas subiendo y bajando con fuerza, los pechos rebotando contra él. Damián me agarró por detrás con las dos manos, los dedos hundiéndose en mi carne firme, ayudándome a marcar el ritmo. Toda su resistencia se había evaporado.
—Más rápido —gruñó, ya entregado del todo.
Lo miré a los ojos mientras me movía sobre él. Quería que viera exactamente quién mandaba ahora. Durante siete años él había decidido mis horarios, mi dieta, cada golpe de mi revés, cada minuto de mi descanso. Esta tarde, por primera vez, era yo la que marcaba el ritmo, y él solo podía seguirme. Esa idea me encendía más que el roce.
Obedecí, acelerando, frotándome contra él en cada bajada, buscando el punto exacto. El sonido húmedo de nuestros cuerpos llenaba el vestuario vacío, mezclándose con el eco lejano de las gradas que aún coreaban mi nombre allá afuera. Nadie imaginaba lo que pasaba aquí dentro.
—Más fuerte —exigí, clavándole las uñas en los hombros—. No te cortes.
Empujó desde abajo, las caderas chocando contra las mías, tomando por fin la iniciativa. Eché la cabeza hacia atrás, el pelo húmedo pegado a la espalda, los gemidos saliéndome roncos y sin control. Llevaba años imaginando esto en silencio, en habitaciones de hotel, en el banquillo, fingiendo que solo lo admiraba como entrenador. Y ahora lo tenía dentro, sudando debajo de mí, repitiendo mi nombre como una plegaria.
—Me voy a correr —avisé, la voz quebrada—. Córrete conmigo. Dentro. Quiero sentirlo.
Llegué primero, el cuerpo entero sacudiéndose, los músculos apretándose alrededor de él en oleadas. Apenas tuve tiempo de recuperar el aire cuando lo sentí tensarse: empujó profundo una última vez y se dejó ir dentro de mí, caliente, abrazándome contra su pecho mientras los dos temblábamos.
Nos quedamos así unos segundos, jadeando, pegados, sin decir nada. Después me incliné y le mordí suavemente el labio inferior.
—Buen trabajo —susurré—. Ahora sí lo hemos celebrado como se debe.
Me levanté despacio y empecé a recoger mi ropa del suelo sin ninguna prisa. Él seguía sentado en el banco, mirándome como si no terminara de creérselo, como si hubiera perdido un partido que llevaba años jugando contra sí mismo.
—Vístete —le dije, recogiendo el trofeo del banco—. La prensa lleva una hora esperando.
Salí a la rueda de prensa veinte minutos después, sonriente, con el pelo todavía húmedo y la medalla al cuello. Hablé de la táctica, del rival, del orgullo de mi país. Nadie notó nada. Y cuando un periodista me preguntó a quién le dedicaba el título, miré un segundo hacia el fondo de la sala, donde Damián observaba con los brazos cruzados, y respondí lo de siempre.
—A mi equipo. No habría llegado hasta aquí sin ellos.
Lo que de verdad le dediqué esa tarde nunca apareció en ninguna crónica. Y es la única confesión que, hasta hoy, jamás me había atrevido a contar.