La vecina que descubrió mi rincón secreto del arroyo
Me llamo Esteban, tengo cincuenta y cuatro años y vivo solo casi todo el día en una casa al final de un camino de tierra, en las afueras de Mendoza. Trabajo medio horario desde hace un par de años, así que las tardes me pertenecen por completo. Mi mujer vuelve pasadas las ocho y mis hijos hace rato que armaron su propia vida lejos de acá.
Detrás del terreno, escondido entre cañaverales y zarzas, hay un brazo de arroyo que nadie más parece conocer. El agua baja limpia desde la montaña y forma un remanso del tamaño de una pileta. Lo encontré por casualidad persiguiendo a un perro, y desde entonces lo hice mío. Primero me bañaba con malla. Después, cuando entendí que ningún vecino se asomaba jamás a ese rincón, empecé a meterme desnudo.
No sé explicarlo del todo. La idea de estar completamente expuesto en un lugar abierto, sabiendo que nadie iba a aparecer, me encendía de una manera que la rutina de mi casa hacía años que no lograba. Era mi secreto, y los secretos a esa edad valen más que el oro.
***
Una tarde de enero, desde la ventana de mi estudio, vi un destello breve en la casa de al lado. Tardé en entender qué era. Después lo vi de nuevo: el reflejo del sol sobre un par de prismáticos. Y detrás de ellos, una chica.
Era Camila, la hija mayor de mi vecino. Tendría veintidós años. Su padre era uno de esos hombres rígidos que cierran la casa con doble llave y miden los minutos de cada permiso. La tenía estudiando en línea, sin salidas, sin novios conocidos, sin nada que él no aprobara antes. La veíamos poco, siempre del brazo de su madre, siempre con la mirada baja.
Y ahora esa mirada baja estaba clavada en mi ventana, a través de unos prismáticos, mientras yo me llevaba la mano al pantalón sin haberlo decidido del todo.
Pude haber cerrado la cortina. No lo hice. Hice exactamente lo contrario: la corrí del todo, dejé que la luz me bañara entero y la miré de vuelta. Que ella supiera que yo sabía. El pulso me golpeaba en las sienes. Si abría la boca con su padre, mi vida se incendiaba en una tarde. Y esa certeza, lejos de frenarme, fue lo que terminó de empujarme.
***
Una semana después la crucé en el arroyo. Yo estaba en calzoncillos, con la toalla al hombro, y ella apareció entre la maleza con una rama en la mano, llamando bajito a un gato.
—Tranquila —le dije, sin moverme—. Acá no viene nadie. Es un lugar que solo conozco yo.
Se quedó quieta, evaluándome. No huyó. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una curiosidad que no se molestó en disimular, y en ese gesto entendí que la chica encerrada sabía bastante más de lo que su padre creía.
—Se me escapó Tomás —dijo al fin—. El gato. Vino para este lado.
La ayudé a buscarlo. Caminamos por la orilla apartando ramas, y el bicho terminó apareciendo solo, panza arriba sobre una piedra tibia. Nos sentamos a la sombra. Hablamos de cualquier cosa: del calor, del aburrimiento de su casa, de lo callado que era ese rincón. Antes de irse, le dije que el arroyo estaba ahí siempre, por si alguna vez quería refrescarse.
—Mi papá me mata si se entera —murmuró.
Pero lo dijo sonriendo, y en sus ojos había cualquier cosa menos miedo.
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Empezó a venir a escondidas, siempre a la hora en que su padre dormía la siesta. Al principio solo mojaba los pies en el remanso, sentada en el borde, las rodillas pegadas al pecho. Después se animó a meterse con una malla que yo mismo le había dejado, doblada sobre una piedra, sin decir nada. Una malla mínima, apenas dos triángulos de tela, que ella aceptó sin reclamar.
La tensión entre nosotros se volvió un idioma propio. Le enseñé a flotar de espaldas, y mis manos quedaban más tiempo del necesario en su cintura. Cuando le corregía la brazada, su pecho rozaba el mío bajo el agua. Ella fingía no notar mi erección, pero se le encendían las mejillas y apretaba los muslos, y yo sabía leer esas señales mejor que cualquier palabra.
—Estás temblando —le dije una tarde.
—Es el agua —contestó.
El agua estaba tibia. Los dos lo sabíamos.
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Una tarde llegué antes que ella y me quedé dormido al sol, sin nada encima, convencido de que ese día no vendría. Desperté con su sombra sobre mí. Estaba de pie, mirándome, los labios entreabiertos.
—¿Por qué estás así? —preguntó en voz baja, sin apartar la vista.
—Porque me gustás, Camila —le dije sin rodeos—. Cuando un hombre desea a una mujer, el cuerpo lo dice antes que la boca.
Se arrodilló a mi lado, hipnotizada, y yo dejé que mirara todo el tiempo que quisiera. La sensación de estar así, a la intemperie, donde en teoría cualquiera podía aparecer, me llevaba al límite. Le tomé la mano y la guie despacio, sin apuro, dándole tiempo a frenar. No frenó.
—Nadie nos ve —le susurré—. Solo vos y yo.
Esa tarde no pasó mucho más. Pero cuando se fue, los dos sabíamos que habíamos cruzado una línea que no tenía vuelta atrás.
***
La siguiente vez fue ella la que se sacó la parte de arriba de la malla, de espaldas a mí, temblando, antes de darse vuelta. Tenía la piel clara salpicada de pecas hasta los hombros y un cuerpo delgado que la timidez no alcanzaba a esconder. La besé despacio, primero la boca, después el cuello, después fui bajando mientras ella se aferraba a mis hombros y dejaba escapar un sonido que no supo contener.
—No sé qué me hacés —dijo, con la voz quebrada.
La recosté sobre la toalla, a la sombra, y la recorrí entera con la boca hasta que arqueó la espalda y se mordió la mano para no gritar. Fue la primera vez que se corría con alguien, y se quedó mirándome después como si yo le hubiera enseñado un idioma nuevo.
***
Le mostré algunos videos en la tablet, escenas de un hombre grande con una mujer joven, y ella los miró con una mezcla de vergüenza y hambre. Después quiso imitar lo que había visto. Lo hizo torpe al principio, con las dos manos, preguntándome todo el tiempo si lo estaba haciendo bien. Le dije que sí. Le dije que pocas veces algo me había gustado tanto.
Cada encuentro era un escalón más. Y el riesgo no aflojaba nunca: a veces oíamos la voz de su padre llamándola desde el jardín de al lado, y teníamos que quedarnos inmóviles, conteniendo la respiración entre las cañas, hasta que la voz se apagaba. Esos segundos de pánico nos dejaban a los dos más encendidos que cualquier caricia.
***
El día que de verdad estuvimos juntos, sus padres se habían ido a un congreso de dos días. Camila vino al arroyo sin malla, envuelta solo en una toalla que dejó caer en la orilla. Nos metimos al agua y después salimos a la sombra, y esa vez no hubo nada que detuviera nada.
La besé largo, le acaricié cada centímetro, dejé que ella marcara el ritmo. Cuando por fin la tuve debajo, entré despacio, atento a su cara, frenando cada vez que apretaba los ojos. Le dolió al principio; lo vi, lo sentí. Después algo cambió, y empezó a moverse buscándome ella, clavándome las uñas en la espalda, repitiendo mi nombre en un susurro entrecortado.
—No pares —pedía—. Por favor, no pares.
Terminamos los dos, exhaustos, sobre la toalla, con el ruido del agua de fondo y el corazón a mil. Ella se rió de golpe, una risa nerviosa y feliz, y se acurrucó contra mi pecho como si ese rincón perdido fuera el único lugar seguro del mundo.
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Durante casi dos años el arroyo fue nuestro. Tardes robadas a la siesta de su padre, baños sin ropa, encuentros apurados donde el solo hecho de que alguien pudiera aparecer multiplicaba todo. Cada vez se animaba más, cada vez tenía menos miedo, y yo aprendí que la chica callada de la mirada baja era, en realidad, la persona más valiente que conocí.
Terminó cuando su padre, harto de no controlarla, decidió mandarla a estudiar a otra provincia, lejos de la casa, lejos del camino de tierra, lejos de mí. No nos despedimos como hubiéramos querido. Apenas un mensaje borrado a las apuradas y un último baño que ninguno de los dos sabía que sería el último.
Todavía bajo al arroyo algunas tardes. El agua sigue limpia, el remanso sigue tibio, y nadie más conoce el lugar. Me siento en la misma piedra donde la vi aparecer por primera vez, con su rama y su gato perdido, y pienso en sus pecas, en su risa nerviosa, y en el morbo imposible de aquellos años en que lo prohibido tenía nombre de vecina.