Confesé lo que pasó esa noche en el parque vacío
La noche estaba tibia, de esas en las que el aire de julio se queda quieto entre los árboles y huele a tierra mojada y a jazmín. Renata caminaba sola por el parque de la avenida Quintana, sus tacones marcando un ritmo seco contra el pavimento agrietado. No tenía un destino. Hacía meses que salía a esas horas sin rumbo, cuando la casa se le caía encima y el silencio de su cama vacía le pesaba más que el cansancio.
A los cuarenta y siete años se conocía bien. Sabía lo que quería y sabía que casi nunca lo conseguía. Había aprendido a llamarlo de muchas maneras —ansiedad, insomnio, costumbre—, pero la verdad era más simple y más incómoda: tenía hambre de pija, de una buena, de una que la hiciera acabar en serio, y ningún hombre se la había calmado del todo.
Las farolas estaban casi todas fundidas. La penumbra le daba al parque un aire de lugar prohibido, y a ella eso le gustaba. Caminaba despacio, sintiendo cómo la tela del vestido le rozaba los muslos a cada paso, consciente de su propio cuerpo de una manera que no compartía con nadie. Debajo del vestido no llevaba corpiño, y los pezones, ya duros por el aire y por su propia impaciencia, se marcaban contra la tela fina.
Entonces lo vio.
Estaba sentado en un banco, bajo un roble enorme, con la espalda encorvada y los codos sobre las rodillas. Joven. Muy joven. Veintitrés, quizá veinticuatro. Tenía el pelo oscuro revuelto y miraba el suelo como si esperara una respuesta que no llegaba. La camiseta se le ajustaba a los hombros anchos, y había algo en su quietud, en esa mezcla de fuerza y desamparo, que la hizo detenerse.
No deberías, pensó. Y siguió caminando hacia él de todos modos.
—Es tarde para estar tan solo —dijo, deteniéndose a un paso del banco.
El chico levantó la vista, sobresaltado. Tenía los ojos claros y una expresión de sorpresa que enseguida se volvió curiosidad. La recorrió de arriba abajo, sin disimular demasiado, y Renata sintió ese escrutinio como una caricia entre las piernas.
—No podía dormir —respondió él. Su voz era grave, todavía con un resto de timidez—. ¿Y usted?
—No me trates de usted —dijo ella, y se sentó a su lado sin esperar permiso—. Me llamo Renata.
—Damián.
Hablaron poco. Él le contó que había discutido con alguien, que necesitaba aire, frases sueltas que ella apenas escuchó. Estaba demasiado ocupada mirándole las manos, grandes y nerviosas, imaginando esos dedos gruesos abriéndole el coño. Cuando Damián se quedó callado, ella apoyó la palma sobre su rodilla, sin prisa, midiendo su reacción, y la fue subiendo muslo arriba hasta rozarle apenas el bulto que ya empezaba a marcarse en el pantalón.
No la apartó. Al contrario: se abrió un poco más de piernas, casi sin darse cuenta.
—Hace mucho que no me miran como me estás mirando vos —dijo Renata en voz baja—. Y yo hace mucho que no chupo una polla como Dios manda.
Él tragó saliva. Ella vio el movimiento en su garganta, el pulso latiéndole rápido bajo la piel. Se inclinó y le habló al oído, dejando que su aliento le rozara el cuello.
—Vení.
***
Lo llevó de la mano hasta detrás del roble, donde el follaje caía denso y los escondía de los pocos faroles que aún funcionaban. La corteza del árbol era áspera y fría. Renata lo empujó contra el tronco con una firmeza que lo hizo abrir los ojos, y antes de que pudiera decir nada, lo besó.
Fue un beso largo, profundo, con la lengua entrando entera en la boca de él, sin ninguna de las dudas de la conversación anterior. Damián respondió torpe al principio, después con una urgencia que la encendió. Sus manos no sabían dónde posarse: le rozaron la cintura, subieron a la espalda, bajaron de nuevo. Renata las guió hasta sus caderas y se apretó contra él, sintiendo el bulto duro y grueso que ya empujaba contra la tela del pantalón, buscando el hueco entre sus muslos.
—Tranquilo —murmuró contra su boca—. Tenemos toda la noche para que me la metas.
Pero ella misma no estaba tranquila. Le desabrochó el cinturón con dedos rápidos, sin dejar de besarle el cuello, la mandíbula, la oreja. Cuando le bajó el pantalón junto con el bóxer y la verga saltó libre contra su vientre, dura, gruesa, caliente, con la punta ya brillando de líquido, Renata soltó un gemido de puro apetito. Era hermosa: recta, con las venas marcadas, más grande de lo que había imaginado. La rodeó con la mano y la apretó de la base hasta la punta, arrancando de Damián un sonido ahogado y una sacudida.
—Dios —jadeó él, dejando caer la cabeza hacia atrás contra el tronco.
Renata sonrió en la oscuridad. Movió la mano despacio, retorciéndola en la punta a cada subida, esparciendo el líquido pegajoso por todo el glande, sintiendo cómo la polla se ponía todavía más dura bajo su tacto. Le gustaba esa parte casi tanto como el resto: el momento en que un hombre se rendía, en que dejaba de pensar y se entregaba a lo que ella decidiera hacerle.
Se arrodilló sobre la hierba húmeda. La tierra le manchó las rodillas y no le importó. Sacó la lengua y lamió primero desde los huevos hasta la punta, lento, con toda la lengua plana, mirándolo desde abajo. Damián gimió alto. Después le metió la verga entera en la boca, tan hondo que la sintió pegarle contra la garganta, y se quedó ahí un instante, aguantándose las arcadas, saboreando el peso duro que le llenaba la boca. Cuando la sacó, tenía un hilo de saliva colgando del labio.
—Mirá cómo la tengo —murmuró—. Es una polla hermosa. Voy a chupártela hasta que te tiemblen las piernas.
Volvió a metérsela y empezó a mamar en serio: subiendo y bajando la cabeza en un ritmo hondo, haciendo hueco con la lengua, apretando los labios en la subida. Con una mano le agarraba la base y le hacía puñeta al compás de la boca; con la otra le acariciaba los huevos, pesados y tensos, listos para descargar. Damián le enredó los dedos en el pelo, sin atreverse a empujar, temblando por el esfuerzo de contenerse. Ella lo escuchaba jadear su nombre, entrecortado, y aceleraba el ritmo, sacándola solo para lamerle la punta con la lengua puntiaguda y volver a tragársela entera.
—No voy a aguantar —avisó él, con la voz tensa, las caderas empezando a moverse solas.
Renata se apartó justo a tiempo, con los labios brillantes y la barbilla mojada, y se puso de pie. Le encantaba llevarlo al borde y dejarlo ahí, suspendido, con la polla latiendo al aire, hinchada y a punto.
—Todavía no —dijo—. Antes me llenás el coño.
***
Se levantó el vestido hasta la cintura. Debajo no llevaba más que un encaje fino que apartó a un lado con un dedo. Tomó la mano de Damián y la guió entre sus piernas, hasta donde el deseo la había dejado resbaladiza desde hacía rato. Los dedos de él se hundieron sin esfuerzo, chapoteando, y ella cerró los ojos.
—Sentí lo empapada que me tenés —susurró—. Es todo para vos. Metémela, dale, no aguanto más.
Él la tocó con una torpeza que enseguida se volvió instinto. Le metió dos dedos hasta el fondo y con el pulgar le buscó el clítoris; Renata jadeó y se abrió más, apoyó la espalda contra el árbol y le mordió el hombro. La corteza le raspaba los omóplatos a través de la tela, un dolor leve que solo afilaba todo lo demás.
—Ahora —dijo—. Levantame y metémela hasta los huevos.
Damián la sostuvo por los muslos y la alzó contra el tronco con una facilidad que la sorprendió. Ella le rodeó la cintura con las piernas, le pasó los brazos por el cuello, y cuando él le apoyó la punta en la entrada y empujó hacia arriba, los dos contuvieron el aliento al mismo tiempo.
Entró de una sola estocada, hondo, llenándola por completo. Renata enterró la cara en su cuello para ahogar el gemido largo que le salió del pecho. La sintió pegarle en el fondo, tensarle todo el vientre, abrirle el coño de un modo que hacía meses no le pasaba. Por un instante se quedaron quietos, sintiéndose, el corazón de ella golpeando contra el pecho de él. Después Damián empezó a moverse, primero con cuidado, después siguiendo el ritmo que las caderas de ella le marcaban.
—Así —le dijo al oído—. Cogeme fuerte. Rompeme. No pares.
El chico la escuchó. Le agarró el culo con las dos manos, la levantó unos centímetros más y empezó a embestirla en serio, sacándola casi entera y volviendo a hundirla de un golpe. Cada estocada le arrancaba un gemido, un ¡ay! ahogado contra su hombro. El sonido húmedo de la carne contra la carne se mezclaba con la respiración entrecortada y el crujido de las hojas bajo los pies de él.
—Qué apretada estás —gruñó Damián, casi para sí—. Dios, qué rico coño.
—Es tuyo —jadeó ella—. Es todo tuyo esta noche. Metémela más, dale.
El parque entero se redujo a ese rincón de sombra y a los dos cuerpos que chocaban contra el árbol. Le clavó las uñas en la espalda por debajo de la camiseta, lo apretó con las piernas, lo empujó hacia adentro con los talones buscando lo que sabía que estaba por llegar. Le mordió el lóbulo de la oreja, le lamió el cuello, le habló sucio al oído sin dejar de moverse.
—Me vas a hacer acabar —le dijo—. Me vas a hacer acabar en tu polla, ¿me escuchás? No pares, seguí, seguí, seguí.
Llegó como una sacudida que le recorrió la columna entera. Se tensó alrededor de él, sintiendo cómo el coño le apretaba la verga en espasmos, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar, el cuerpo temblando en oleadas que tardaron en soltarla. Damián la sostuvo hasta el final, apretando los dientes, y un instante después se vació dentro de ella con un gruñido sordo contra su hombro. Ella lo sintió: los chorros calientes descargándole adentro, uno tras otro, la polla latiéndole en oleadas mientras terminaba de correrse.
Se quedaron así, jadeando, sostenidos por el tronco y por las piernas todavía trémulas de ella. Cuando él la bajó, un hilo de semen le corrió por la cara interna del muslo. Renata se lo limpió con dos dedos y se los llevó a la boca, mirándolo a los ojos.
***
Lo que cualquier otra mujer habría tomado como un final, para Renata fue apenas una pausa. Bajó al suelo con cuidado, sintiendo cómo él se deslizaba fuera todavía duro, y lo miró con una sonrisa que él empezaba a aprender a temer y a desear al mismo tiempo.
—¿Pensabas que habíamos terminado? —preguntó—. Recién empezamos, nene.
Lo tomó de la mano otra vez y lo llevó más adentro del parque, hasta un claro rodeado de arbustos donde el pasto crecía alto y nadie podría verlos. Allí se tendió sobre la hierba, se quitó el vestido por completo y quedó desnuda a la luz apenas azul del amanecer que empezaba, las tetas cayéndole a los costados, los pezones duros, los muslos abiertos y brillantes de él y de ella. Le hizo un gesto para que se acercara.
—Tenés mucho que aprender —dijo—. Y yo tengo toda la paciencia del mundo. Vení, ponete acá abajo. Quiero que me chupes el coño hasta que te pida por favor.
Le enseñó con palabras y con las manos. Le tomó la cabeza y se la bajó entre los muslos, se separó los labios con dos dedos y le puso el clítoris justo contra la boca. Damián era un alumno ansioso. Al principio lamió sin ritmo, demasiado rápido, demasiado suave, y ella le corrigió sin vergüenza.
—Más lento. La lengua entera, plana. Ahí. Ahora chupame despacio, sin apurarte. Metémela adentro, la lengua, sí, así.
Él aprendió rápido. Cuando encontró el ritmo justo, ella le enredó los dedos en el pelo y empezó a moverle la cabeza al compás que necesitaba, restregándole el coño contra la boca sin ningún pudor. Damián la lamía, la chupaba, le hundía la lengua, le mordía apenas el clítoris hinchado, y entre lengüetazos le metía dos dedos que curvaba hacia arriba buscándole el punto. La inseguridad se convirtió en algo parecido a la destreza, y entonces Renata dejó de hablar y se limitó a sentir, con los talones clavados en la espalda de él y los pechos subiendo y bajando al ritmo de su respiración.
El segundo orgasmo fue más lento, más hondo, una marea que subió y la dejó sin fuerzas sobre la hierba. Le tembló todo el vientre, le apretó la cara con los muslos, le mojó la barbilla, y cuando por fin lo soltó Damián levantó la cabeza con la boca brillando y una sonrisa que no había tenido antes.
—Buen chico —jadeó ella, y le hizo una seña—. Vení. Acostate.
Se quedó un momento mirando las copas de los árboles recortadas contra el cielo, que empezaba apenas a aclararse en el borde del horizonte. Después se montó sobre él. Se agarró la polla, todavía dura, todavía brillante de saliva y de ella, se la apoyó en la entrada y bajó despacio, hundiéndosela centímetro a centímetro hasta que se le sentó encima entera.
Lo cabalgó despacio, marcando ella el ritmo, las manos de Damián en sus caderas guiándola sin gobernarla. Movía las caderas en círculos lentos, apretándolo por dentro a cada bajada, mirándolo a los ojos, observando cómo el placer le deshacía la expresión de la cara. Le gustaba eso: tener el control, ser la que decidía cuándo acelerar y cuándo detenerse al borde. Se llevó las manos a las tetas, se las apretó, se pellizcó los pezones para él.
—Mirame —le dijo, y él la miró, perdido—. Mirá cómo me la como. Acordate de esta noche. Acordate de esta puta cara.
Aceleró. Empezó a subir y bajar más fuerte, más rápido, con las palmas apoyadas en el pecho de él, sintiendo cómo la polla le entraba entera una y otra vez. Damián le clavó los dedos en las caderas y empezó a embestir desde abajo, saliéndole al encuentro, la carne golpeando contra la carne en un ritmo que se volvió frenético. Ella se tocaba el clítoris con dos dedos mientras lo montaba, sin dejar de mirarlo.
—Me voy a acabar otra vez —gimió—. Correte adentro. Llename otra vez. Dale.
Se quedaron sin aliento los dos al mismo tiempo. Damián se aferró a ella y se dejó ir por última vez con un gemido roto, descargando dentro de ella todo lo que le quedaba, y ella lo siguió poco después con un temblor que la dobló sobre su pecho, el coño apretándolo en oleadas hasta la última gota.
***
El cielo ya era de un gris rosado cuando Renata se vistió. Damián seguía tendido en la hierba, agotado, la polla blanda y brillante caída contra el muslo, mirándola como si no terminara de creer lo que había ocurrido. Ella se agachó, le dio un último beso, suave esta vez, casi tierno.
—No me busques —dijo—. No serviría de nada.
Caminó de vuelta a casa con los tacones en la mano y el pasto pegado a la piel. Sentía el semen escurriéndosele todavía entre los muslos a cada paso, tibio, y el coño palpitándole con esa sensación de haber sido bien cogida. El cuerpo le dolía de una manera que casi era agradable. Sabía que en unos días la sed volvería, como volvía siempre, y que otra noche saldría de nuevo a caminar sin rumbo.
Pero por esa mañana, mientras el sol empezaba a calentar las calles vacías, Renata se permitió sonreír. No se arrepentía de nada. Nunca lo había hecho. Y esa, quizá, era la única confesión que de verdad le importaba.





