La abogada que me esperaba en la playa del litoral
Antes de contar lo que pasó esa mañana, necesito explicar quiénes eran ellos, porque sin eso nada de lo que sigue tendría sentido. Eran una pareja con muchos años de matrimonio, de esas que parecen haberlo probado todo y aun así se sorprenden. Él me lo contó sin vueltas: durante mucho tiempo había deseado verla con otro hombre, aunque no se animaba a decirlo.
Todo había empezado como un juego entre ellos. Una noche, mientras la acariciaba con un consolador, él le susurró al oído que imaginara que era otro quien la tomaba. Ella acabó como hacía años no acababa. Esa reacción le dio la pista que buscaba, y con el tiempo la fue llevando despacio hacia esa fantasía.
La animó a sentirse más deseada, dentro y fuera de la cama. Ella cambió la forma de vestirse, sin perder la elegancia que su trabajo le exigía, pero dejando entrever algo nuevo. Las miradas en la calle empezaron a llegar solas, y los piropos también. Eso la encendía, y de a poco fue contándole que se masturbaba pensando en otros hombres.
Lo curioso fue cómo se invirtieron los roles. Él, que siempre había sido el macho dominante, se volvió el sumiso. Ella, que se dejaba llevar, pasó a mandar. No ocurrió de un día para el otro: fueron meses de charlas íntimas, juguetes, salidas con amigas y confesiones a media voz. Cuando ese cambio terminó de asentarse, los dos descubrieron que eran más felices así.
Cuento todo esto por respeto a ellos y al estilo de vida que eligieron. Mi intervención fue parte de una fantasía compartida por los tres, cada uno en su lugar.
Nos conocimos por esta misma página. Empezamos a escribirnos, primero con él, después con ella, y al rato con los dos a la vez. Hablábamos de deseos, de límites, de lo que cada uno buscaba. Con el tiempo entramos en confianza, hasta que un día me avisaron que viajarían a Santa Lucía del Litoral: ella tenía un congreso y él la acompañaría. Quedamos en conocernos, nada más que eso.
Era principio del verano y los primeros calores ya se sentían en el norte. Todo invitaba a estar al aire libre, así que nos encontramos los tres en la costanera, a tomar algo. Eran agradables, conversadores, y desde el primer minuto se notaba que ella llevaba las riendas. Pasaba los cuarenta y cinco y se cuidaba: alta, rubia, de piernas largas y una actitud que destilaba sensualidad sin proponérselo. A su lado, él parecía apagado, con los hombros caídos y la mirada baja, como si su única función fuera acompañarla.
El atardecer caía sobre el río mientras charlábamos en un bar de la orilla. Ella lo trataba de cornudo con total naturalidad, y él lo aceptaba sin incomodarse; yo era el único que se sorprendía. Hablamos con doble sentido, nos reímos, dejamos que la tensión hiciera su trabajo. En un momento ella se inclinó hacia mí y me dijo, mirándome fijo:
—Cuando termine el congreso nos quedamos unos días. Quiero disfrutar.
No le solté la mirada. La tomé de la muñeca, apreté apenas y le respondí:
—Quedate tranquila, que vas a disfrutar mucho.
La velocidad de mi respuesta la descolocó. Por un instante nos miramos en silencio, ella sin retirar la mano. Después rió, nerviosa, y se volvió hacia su marido.
—Vamos, que hay que ir al hotel a cambiarse.
Antes de despedirnos quedamos en pasar la mañana siguiente en la playa, tomando sol. Nos dimos dos besos y los vi alejarse.
***
Las mañanas en esas playas son ideales: sol parejo, poca gente, el agua transparente y peces nadando alrededor de las piernas. Los pasé a buscar por el hotel con mi auto. Llevaba solo lo justo: una silla plegable, una sombrilla y el equipo de mate. Esperé un rato hasta que ella salió, y fue impactante. Sin su atuendo de abogada, deslumbraba.
Sandalias y un vestido de red tejido con hilos sueltos que dejaba ver la malla brasileña debajo. Anteojos oscuros, el pelo suelto, un sombrero de ala ancha y el teléfono en la mano. Caminaba con una seguridad absoluta, altiva, como si fuera dueña del lugar. La miré y pensé: si llego a tener algo con ella, voy a tener que domar a esta yegua, o me pasa por encima.
Detrás venía él, completando el cuadro: cargaba el bolso y la esterilla, con malla tipo bermuda y una gorra, en actitud de sumiso perfecto. Ella subió adelante; él, atrás. Dos besos en la mejilla para ella, un choque de puños para él, y arrancamos.
Fuimos a una de las playas que quedan a la vera del puente General Lavalle. El día era pleno, con un calor que invitaba a tirarse en la arena. Buscamos un lugar en un extremo, lejos del poco gentío que había a esa hora. Él armó todo con esmero —silla, sombrilla, esterilla— para que ella se acostara a tomar sol. Mientras tanto, ella y yo nos metimos al río, y él se quedó observando.
El momento en que se sacó el vestido fue de lo más sensual que vi. Se paró con las piernas apenas abiertas, llevó las manos a los hombros, corrió los breteles y dejó caer la prenda despacio. La tela se trabó un instante en sus pechos y terminó en la arena. Quedó a la vista de todos con una malla fucsia de bordes blancos que resaltaba sobre su piel tostada. De inmediato atrajo las miradas de los hombres y la envidia de las mujeres.
Caminamos hacia el agua pisando la arena ardiente, apurando el paso hasta llegar a la orilla.
—Está fría —dijo ella.
—Dejá que el cuerpo se acostumbre. Seguí, por lo menos hasta que te tape la cintura.
Me hizo caso. Se sumergió hasta el cuello y volvió a salir; el cuerpo mojado dejaba ver dos picos que traspasaban la tela. Sus pezones estaban durísimos. Charlamos un buen rato, refrescándonos, mirándonos con detenimiento, como escaneándonos. Yo le miré los ojos, los pechos firmes, las piernas largas. Ella reparó en mis hombros, en mi espalda y, sin disimular, bajó la vista hacia mi malla mojada.
Cuando salimos del agua la dejé ir adelante. No podía dejar de mirarle el culo, y ella lo intuyó, porque movió la cintura más de lo necesario. Se exprimió el pelo, se puso los anteojos y se tiró boca abajo en la esterilla.
—¿Me ponés bronceador? —preguntó.
Creí que se lo decía al marido, pero insistió mirándome a mí.
—Vos, no él.
El marido me alcanzó la crema y se sentó al lado, bajo la sombrilla.
Empecé despacio, desde los tobillos, subiendo por detrás de las rodillas con una leve presión, casi un masaje. Cuando llegué a la zona del culo lo salteé a propósito y fui hacia los costados de las caderas. Ella se contoneó por las cosquillas y soltó una risita corta. A su lado, el marido miraba con los ojos muy abiertos; disfrutaba que yo manoseara a su mujer frente a él.
—Cómo me gusta —dijo ella, con un tono de gata en celo.
La cosa se estaba poniendo caliente. Eché aceite en su espalda y, sin pedir permiso, desabroché la tira de la malla. Ella tomó sus pechos de costado, apoyó los codos y se levantó apenas. Distribuí el líquido por la espalda, en círculos, rozando el nacimiento de los pechos y bajando por la columna hasta el borde de la tela. A partir de ahí cambié la actitud: dejé de ser amable. Le arañé suavemente la espalda, bajé hasta el culo y le di una pequeña palmada. Ella se sobresaltó y me miró sorprendida. Le sostuve la mirada, como diciéndole quién mandaba. Bajó la vista y sonrió.
El marido se movía para tapar la escena del resto de la playa, para que nadie notara cuánto se estaba excitando su mujer. Y ella, mientras tanto, pensaba en quién la miraba, en quién podía reconocerla. Pensarán que soy una cualquiera, y soy abogada. Esa idea la calentaba todavía más.
Ahí estábamos los tres: ella boca abajo, con la parte de arriba desprendida y el cuerpo brillante de aceite. Yo a su lado, rozándole la piel en cada toque. Y él, callado bajo la sombrilla, abanicándose con la gorra y tomando agua, nervioso, tratando de cubrir la visión del resto del balneario.
Me incliné sobre ella, la rocé con el pecho y le pregunté al oído:
—¿Querés que siga?
Ella corrió el pelo de su cara y respondió, segura:
—Sí. Seguí. Quiero que él nos vea.
—Me encanta lo atrevida que sos —le dije.
Cambié de posición. Me arrodillé a su lado y metí una pierna entre las suyas, obligándola a abrirlas. Subí con ambas manos desde los glúteos por los costados, le provoqué cosquillas y llegué hasta los pezones. Les di un giro con la yema del dedo y los apreté. Ella gimió, se quejó, pero abrió más las piernas y levantó apenas el culo, dejándome una vista perfecta. Juro que de su entrepierna llegaba un perfume que me atraía como un imán.
Tomé el aceite y lo derramé sobre sus nalgas, corriendo un poco la malla para que el líquido se deslizara por el surco. Masajeé despacio, hasta que mis dedos rozaron sus labios. Sentí que se desesperaba. Levantó la cabeza, controló que nadie mirara, observó a su marido y le regaló una sonrisa.
—Te gusta cómo me calientan —le dijo a él—. Me hace sentir una atrevida.
Había un juego entre los dos que les daba placer a ambos. Él estaba al borde, tapando con la silla la visual de la gente, mirando hacia todos lados, con la malla marcada por la erección.
Su sexo estaba empapado. Lo supe por la mancha en la malla fucsia y porque mis dedos se deslizaban sin esfuerzo. Estaba muy caliente, lo sentían mis manos en todo su cuerpo. Tenía el morbo de ser la que manda en su pareja y, al mismo tiempo, estar siendo dominada por un desconocido en un lugar público. Quería resistirse y no podía. Se entregaba.
Y a mí eso me encendía más todavía. No me importaba el lugar ni la gente; al contrario. Mis dedos en forma de uve recorrían su entrepierna de arriba abajo, llegaban cerca del clítoris y lo apretaban apenas, arrancándole escalofríos. Después colé uno por debajo de la tela y jugué con ese punto hasta dejarla temblando. Sus pezones se clavaban en la arena, las piernas se tensaban, la respiración se aceleraba.
Sin aviso, metí un dedo. Ella se estremeció y hundió la cara en la esterilla. Sintió cómo avanzaba hasta el fondo y salía lento. Volví a entrar, esta vez con dos. Una, dos, tres veces. Giré la mano y busqué su punto exacto, ese lugar rugoso que la hizo ahogar los gemidos contra la arena. Gozaba en silencio, aguantándose, mientras la sensación de estar rodeada de gente la enloquecía.
En eso se acercó una pareja caminando. Él iba distraído; ella nos miró con los ojos grandes, entendió todo de un vistazo. Avergonzada, pero con algo de envidia, le dedicó una sonrisa cómplice y siguió su camino. Mi acompañante miró de nuevo a su marido —más expuesto que nunca, tomando agua y transpirando— y pensó en quién era ella fuera de esa playa: la profesional respetada, la mujer que robaba miradas en los tribunales, ahora rendida ante los dedos de un desconocido que la había seducido a la distancia y la había llevado a entregarse en plena costa.
Sentí que estaba por explotar. Apoyé una mano al costado de su cara, me recliné sobre su espalda y le hice sentir mi respiración en la nuca y mi erección contra ella. No dejé de moverme. Le susurré al oído:
—Me encanta que disfrutes así. Aprovechá, que acá nadie te conoce.
Hice una pausa y seguí:
—Ahora sos mía. ¿Entendiste?
No respondió. Insistí con firmeza:
—¿Entendiste?
—Sí… lo soy —dijo, entre la respuesta y el gozo.
Aceleré. Ella se agarró de mi brazo, tembló, tensó las piernas, estiró los dedos de los pies, contrajo todo el cuerpo. Me tomó de la muñeca de la mano que tenía hundida en ella, tratando de apartarla. No la dejé.
—Disfrutalo —le dije, justo cuando una oleada caliente me empapó la mano.
La sentí relajarse despacio. Rocé su cuerpo con el mío y fui retirando la mano sin apuro, subiendo por el surco hasta rozar su otro punto. Me acerqué al oído y le dije, con la voz más perversa que pude:
—Esto no terminó. Todavía falta lo de atrás.
Continuará…