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Relatos Ardientes

Mi hijo dormía mientras yo cumplía mi fantasía prohibida

Me puse a cocinar algo rápido, pero mientras revolvía la sartén no podía dejar de pensar en Bruno. En cómo aguantaba, en cómo había pasado casi toda la tarde duro dentro de mí, y en esos pocos minutos en que se ablandó, justo después de correrse sobre mi vientre por segunda vez. Hice unos espaguetis solo para él, porque yo ni siquiera tenía hambre. Para mi hijo, unos vegetales y el biberón.

Lo llamé a comer con esa voz suave que uso cuando está medio dormido. Se levantó adormilado, se frotó los ojos y se sentó a la mesa. En eso salió Bruno del cuarto, en un bóxer amarillo que yo no había visto, porque cuando se desnudó esa tarde se bajó el pantalón con todo y la ropa interior.

Salió despeinado, todavía con la piel brillante de sudor, y el bóxer le quedaba más abajo de como cargaba el pantalón. Se le marcaba esa línea en forma de V que bajaba desde la cintura, y un bulto que tensaba la tela. Cuando se dio cuenta de que lo miraba, se acomodó con la mano y sonrió.

—¿Qué hora es? ¿Te ayudo en algo? —preguntó.

—Son las siete y media. Siéntate, ya está lista la comida —le contesté, fingiendo que su presencia no me alteraba.

Caminó hacia la mesa con esa seguridad tranquila, y cada paso suyo me apretaba algo por dentro. Se me pusieron los pezones duros bajo la bata. Se sentó al lado de mi hijo, le serví el plato grande de espaguetis y, cuando me agaché, me dio una palmada suave en la cadera y se rió bajito.

—¿Tú no comes? —me preguntó.

—Yo no ceno —respondí.

—Ya mismo vas a comer otra cosa —dijo entre risas, y yo le di un golpecito en el hombro, muerta de la vergüenza y de las ganas.

Me sentía caliente solo de tenerlo ahí, en bóxer, frente a mi hijo, con esa boca descarada y yo en bata, sin sostén, con la ropa interior todavía húmeda de la tarde.

Le serví un vaso de jugo y acerqué el biberón a la mesa. Entonces Bruno me agarró de la cintura y me sentó sobre sus piernas.

—No, así no, estamos delante del niño —protesté en voz baja.

—No estamos haciendo nada malo. Solo estás sentada. Y así estás más cerca para darle de comer —murmuró.

No dije nada más. Me quedé sobre sus muslos, sintiendo su sexo todavía blando contra mis nalgas. Él estiró un brazo por delante de mi cintura y yo me di cuenta de que estaba aún más mojada que cuando lo vi caminar hacia la mesa. Le daba la comida a mi hijo en la boca mientras Bruno comía con la derecha y me abrazaba con la izquierda.

—Come rápido, mi amor, antes de que se enfríe —le decía a mi hijo, mimosa.

—Ricos están estos fideos —dijo Bruno—, pero más rica está la que los cocinó.

Y me dio un apretón en el muslo. Le dije «tonto» por lo bajo y él se rió. Seguí dándole de comer al niño, y Bruno empezó a colar la mano por la abertura de mi bata, acariciándome el estómago en círculos lentos.

—Para, está aquí el niño —susurré.

—No estoy haciendo nada —contestó, y no paró.

Sentí cómo su sexo crecía bajo mis nalgas hasta ponerse duro como una piedra. Subió la mano, me cubrió un pecho y me pellizcó el pezón. Di un pequeño salto y quise apartarle la mano.

—Shhh, mami, no hagas bulla —me dijo al oído—. Se nota que estás caliente de estar sentada así, encima del que te tuvo dos horas esta tarde.

No respondí. Lo dejé seguir. Terminé de darle de comer a mi hijo mientras Bruno jugaba con mi seno y yo me derretía por dentro.

***

Cuando el niño acabó, lo bajé de la silla y le dije que fuera al baño a lavarse las manos, que ya lo iba a bañar. Corrió por el pasillo. Yo llevé los platos al fregadero y Bruno se levantó detrás de mí. Me puso las manos en la cintura y fue subiendo hasta abarcarme los dos pechos.

—Mira cómo están de parados estos pezones —me susurró, y empezó a besarme el cuello.

Sentí el bulto contra mi espalda, pero no dije nada. Lo dejé manosearme hasta que una de sus manos bajó y me rozó por encima de la ropa interior.

—Qué necesitada estás —dijo—. Esto pide más.

—En cualquier momento entra el niño —le quise apartar las manos.

—Tranquila. Aunque nos vea, no entiende nada de lo que pasa.

Se apretó más contra mí, corrió la tela con una mano y con la otra empezó a acariciarme, hundiendo apenas la punta de los dedos. Me quedé estática, conteniendo cualquier gemido, mientras esos dedos me recorrían y yo me mojaba todavía más.

—Si quieres me agacho y te la chupo ahora mismo —me dijo entre besos.

No le contesté. Pero en eso salió mi hijo del baño anunciando que ya estaba listo. Bruno me soltó y me acercó los dedos a los labios. Los chupé sin pensarlo.

—Baña y acuesta a ese chamaco, que después somos solo tú y yo —me dijo al oído.

Le pedí que me esperara en la sala. Cuando se alejó, vi que el bulto ya levantaba el bóxer como una carpa. Llevé al niño al baño, llené la tina y lo bañé despacio. Empezó a jugar con el agua y se demoró tanto que Bruno asomó la cabeza por la puerta.

—Uy, tienes bañera también. Aquí podríamos practicar unas cuantas cosas —dijo con esa sonrisa.

—Shhh, vete a la sala, que ya termino —le respondí, y me quedé temblando de ganas.

Saqué a mi hijo de la tina, lo sequé, lo cambié y le preparé el biberón para que durmiera. Me quedé en su cuarto como media hora, hasta que su respiración se volvió profunda. Cuando por fin salí, me llevé una sorpresa.

***

Bruno no estaba en la sala. Entré a mi recámara y lo encontré desnudo sobre mi cama, recostado en las almohadas, hojeando un folleto cualquiera con una calma exasperante. Bajó el papel apenas me oyó.

—Te estaba esperando, mami. Ven aquí —dijo.

Me quité la bata y subí gateando por la cama hasta él. Le tomé el sexo con la mano y empecé a acariciarlo despacio, besándolo, mientras él me apretaba los pechos. Me lo llevé a la boca, lamiendo esa punta que me volvía loca, jugando con la lengua mientras él hablaba.

—Pensé que ese niño no se dormía nunca —decía—. Eso es, así, despacio, no pares.

Lo tenía cubierto de saliva cuando me pidió que me subiera encima.

—Me va a doler de un solo golpe —le advertí.

—Baja despacio, a tu ritmo —dijo, y se acomodó debajo de mí.

Me levanté un poco, él guió la punta hacia mi entrada y yo empecé a bajar centímetro a centímetro. Apoyé las manos en su abdomen firme y descendí hasta el fondo. La sensación me cortó la respiración; creí que con cualquier movimiento iba a correrme otra vez.

—Muévete como aguantes —me dijo, con las manos en mi cintura.

Empecé despacio, subiendo apenas y dejándome caer, sintiéndolo entero. No tardé en gemir bajito, conteniéndome para no despertar al niño. Me corrí así, sentada sobre él, y entonces Bruno tomó el control: alzó las caderas y empezó a embestir desde abajo, rápido, hasta que no aguanté y me derrumbé sobre su pecho.

Él siguió, sujetándome de las nalgas, hundiéndose en cada empujón. Después me giró, quedó encima, y me besó el cuello mientras me embestía. Justo antes de terminar salió, se masturbó un par de veces y descargó sobre mi vientre, un chorro tibio que me llegó hasta el ombligo.

—Date la vuelta —me pidió, todavía agitado.

Me puse en cuatro con las piernas temblando. Entró de un solo empujón y volvió a moverse, agarrándome de la cintura, a veces con una palmada en las nalgas. Yo ya no gemía palabras, solo sonidos ahogados contra la almohada. Las últimas embestidas fueron lentas y profundas, y sentí cómo se vaciaba dentro de mí, esta vez apenas, agotado.

Se dejó caer a mi lado, me besó la espalda y suspiró.

—Esta ha sido la mejor tarde de mi vida —dijo, y se acomodó boca arriba con los brazos detrás de la cabeza.

***

Nos quedamos un rato así, recuperando el aliento, y empezamos a hablar como dos viejos conocidos.

—¿Alguna vez tuviste tantas veces en un día con tu marido? —preguntó.

—No. Cuando recién nos conocimos, lo máximo fueron tres en un día —admití.

—Hoy rompí mi récord —rió—. ¿Y cuál fue el lugar más raro donde lo hiciste?

—En el coche, una vez. Nada más. Casi siempre era en el cuarto.

—Tu marido no aprovechó lo que tenía —dijo con una risa burlona—. En mi país dicen que Dios le da barba al que no tiene quijada. Yo te habría buscado todos los días.

No sé por qué esas palabras vulgares, dichas por él, ahí desnudo a mi lado, me prendían tanto. La conversación siguió, cada vez más pícara, hasta que él me hizo una pregunta que me dejó callada un momento.

—¿Cuál es tu fantasía? —dijo.

Me puse tímida.

—Esto. Estar con alguien así, sin pensar en nada más —confesé a medias.

—¿Y la cumpliste? ¿Estuvo a la altura? —preguntó.

Asentí con la cabeza. Él sonrió, satisfecho, y me contó la suya: pasar un día entero completamente desnudo con una mujer, haciéndolo donde se les antojara, a cualquier hora, las veces que quisieran.

Me quedé imaginándolo. Andar desnuda junto a él, verlo caminar por la casa sin nada encima, tener sexo donde fuera, a la hora que fuera. Se me cruzó por la cabeza lo que había dicho de la bañera, y para entonces ya estaba caliente otra vez.

—Vamos a ducharnos —le dije.

—No me hago responsable de lo que pueda pasar —contestó, levantándose de un salto.

***

Salí al pasillo desnuda y él me siguió. Esa sensación de caminar así por mi propia casa me tenía electrizada. En el espejo del baño me vi como nunca: despeinada, con marcas por todo el cuerpo, el escote y el vientre cubiertos de mordiscos, y a mi lado Bruno, la piel brillante y esa presencia que me costaba creer que cabía dentro de mí.

Abrí los grifos y llené la bañera. Lo ayudé a entrar y nos sentamos enfrentados, sus piernas a mis lados, las mías sobre las suyas.

—¿Me vas a bañar tú? —preguntó, divertido.

Me reí. Lo mojé con la regadera de mano, le enjaboné el pelo, los hombros, el pecho. Cuando estiró los brazos hacia mí, los desvió directo a mis pechos.

—Quieto —le dije, y él soltó una carcajada baja.

Después me tocó a mí. Me giré, apoyé la espalda en su pecho y dejé que me enjabonara despacio, los hombros, el estómago, el resto. Me quedé tan caliente que volteé la cabeza y lo besé. Nos besamos largo, hasta que le dije lo único sensato de la noche.

—Ya es hora de dormir. Estoy agotada.

Nos secamos, salí con el pelo húmedo y volvimos desnudos a la recámara. Cambié las sábanas, que olían a todo lo que habíamos hecho, y pusimos unas limpias. Bruno me pidió quedarse a dormir y le dije que sí. Se acostó sobre mi pecho como un niño grande, aunque yo sabía que era una excusa para tener mis pezones cerca, y así nos quedamos dormidos.

***

En la madrugada, mi hijo tocó la puerta y entró.

—Mamá, tuve una pesadilla. ¿Puedo dormir contigo? —preguntó con su vocecita.

—Ven, cariño —le dije, y lo acosté a mi otro lado.

Le hice sonidos suaves hasta que se durmió. Entonces Bruno se movió hacia mí, me rodeó con un brazo y sentí su sexo, semierecto, contra mi cuerpo. Empezó a buscarme, pero yo me aparté y le susurré que el niño estaba ahí, que se comportara. Se giró sin decir nada.

Pero yo ya no pude dormir. La sensación de tenerlo así, despierto a mi lado, me dejó dando vueltas. Cerraba los ojos y los abría. En uno de esos desvelos, me moví con cuidado para no despertar a nadie, me giré hacia él y deslicé la mano bajo las sábanas hasta encontrarlo. Estaba blando y tibio. Lo acaricié hasta que fue endureciéndose, y entonces me metí entera bajo la sábana.

Lo desperté con la boca. Daba pequeños respingos, medio dormido, hasta que un movimiento mío lo hizo dar un brinco y abrir los ojos. Levantó la sábana y me encontró ahí, mirándolo.

—¿No que no, por tu hijo? —susurró, divertido.

Le hice la señal de que se callara y seguí. Me llevó las manos a la cabeza, marcando el ritmo, y luego me tomó de los pechos y se acomodó entre ellos. Lo acaricié así, en silencio, hasta que terminó sobre mi piel. No fue mucho, después de todo el día, pero a mí me bastó. Tomé la misma sábana, me limpié, y me acomodé a su lado dándole la espalda, sabiendo perfectamente lo que vendría apenas amaneciera.

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Comentarios(4)

FanDeConfesiones

increible relato, no pude parar de leer!!

Sole_Mdq

Quede queriendo mas!! Una segunda parte por favor, no puede quedar asi

nocturno_lector

Me encanto como lo fuiste contando, se siente autentico. Ese detalle hacia el final fue tremendo jaja

ConfesionesBA

Esa mezcla de culpa y morbo esta muy bien lograda. Siguio habiendo algo mas despues?

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