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Relatos Ardientes

Aguantaba lo que fuera con tal de no perderlo

—¡Os he dicho que no me toquéis!

A Noa le faltaban manos para apartar de su pecho los dedos que se aferraban a ella sin pudor. Los tres veteranos de la facultad se daban un festín a su costa, conscientes de que sus malas artes no tendrían más consecuencia que una pataleta inofensiva.

—Pero ¿qué narices te pasa hoy? —preguntó el más atrevido, metiéndole la mano por el escote y amasándole un seno con rudeza, pellizcándole el pezón hasta hacerla siseó de dolor.

—¡He dicho que no quiero! —repuso ella golpeándole hasta que logró zafarse.

—No decías eso la semana pasada, cuando te tenía tragándote mi polla hasta la garganta…

—No te hagas la estrecha, sabemos que te encanta tener la boca llena.

—Y el coño. Y el culo. Con todos los demás.

Los ojos color miel de Noa se humedecieron más por tristeza que por rabia. Por mucho que intentara negar la evidencia, la realidad era tozuda: lo que decían de ella era cierto. Si albergaba alguna esperanza de pasar página, ahí estaban esos buitres revoloteando para recordarle cada una de sus rendiciones. Había estado con ellos demasiadas veces, y aquella tarde no iba a ser distinta. Pronto los tendría encima, debajo y, muy a su pesar, dentro.

Todavía no entendía cómo ella, tan prudente durante toda su adolescencia en su pueblo, había podido caer tan bajo al llegar a la ciudad. En realidad sí lo sabía. Estaba tan enamorada del cuarto ocupante de aquel piso de estudiantes que era incapaz de reconocer como tóxica la relación que la unía a Bruno. Lo quería tanto, estaba tan colgada de él, que asumía como normales situaciones que para casi cualquier otra mujer habrían sido insostenibles.

Cada vez que salía de aquella casa, cada vez que pulsaba el botón del ascensor de bajada, lo hacía con lágrimas en los ojos, jurándose que aquella había sido la última vez que cruzaba ese umbral. Y aun así allí estaba de nuevo, con la falda más corta y la blusa más escotada, compartiendo el sofá con quienes la desnudaban primero con la mirada y luego de manera literal.

Noa no se creía agraciada, más bien al contrario. Se veía como una chica del montón. Su cara era hermosa, pero su complejo empezaba del cuello para abajo: sin ser gorda, sus curvas se alejaban del estándar que tanto se vendía, y eso minaba su ya frágil autoestima. En otra época la habrían considerado una diosa; en aquella, ella misma se juzgaba vulgar.

Acomplejada y triste, recién llegada del pueblo, se había enamorado perdidamente del chico más popular de la carrera. La proporción de chicos y chicas era de uno a diez, y la probabilidad de que alguien como Bruno se fijara en ella era de una entre un millón, sobre todo viendo el físico de muchas de sus compañeras. Así que, en cuanto él le lanzó el anzuelo en una fiesta, ella lo mordió con caña y todo.

Ya la primera noche en que él se las arregló para quedar a solas, ella le entregó eso que había prometido guardar para el hombre que la llevara al altar. Bruno la desnudó despacio, la tumbó en su cama y le abrió las piernas sin preámbulos. Ella todavía recordaba el ardor punzante cuando él le clavó la verga hasta el fondo, sin darle tiempo a acostumbrarse, sin importarle el grito ahogado ni las lágrimas. La embistió duro, hasta que el propio dolor se mezcló con un placer nuevo y turbio, y cuando se corrió dentro de ella —sin preguntarle, sin sacarla—, Noa entendió que acababa de firmar su condena. Su promesa se quebró apenas un mes después de salir del nido, una madrugada en la que Bruno no dejó de regalarle los oídos hasta obtener lo que buscaba. Se dejó llevar más por las falsas promesas del muchacho que por su propio deseo.

A partir de entonces su vida se transformó hasta extremos impensables. No importaba el día ni la hora; bastaba una llamada para que acudiera adonde él la necesitara. En el coche, con las bragas por los tobillos y la cara aplastada contra el cristal empañado; en su cuarto, a cuatro patas mientras él se la follaba por detrás con una mano en la nuca; en cualquier callejón, arrodillada sobre el asfalto con la polla de Bruno hasta la campanilla; o en los baños de la facultad, con la falda subida y una pierna en alto sobre la taza, mordiéndose los nudillos para no gritar. Bruno saciaba su apetito sin importarle lo más mínimo lo que ella sintiera.

Aunque en teoría eran novios, rara vez salían juntos. Ni un café en la cafetería de la universidad. No era raro que él ni siquiera la saludara cuando iba rodeado de compañía femenina. La requería para una sola cosa, y ella aceptaba su destino con resignación. Si su corazón albergaba alguna duda, desaparecía en cuanto él le sonreía.

Noa no era tonta, aunque lo aparentaba. La realidad le dolía demasiado. Sabía que su chico disparaba a todo lo que se movía, que se acostaba con cualquiera que le diera cuartel. Aun así, era la novia oficial, y para ella eso bastaba. Su grado de obnubilación era tal que estaba dispuesta a lo que fuera por conservar su lugar. Por eso estaba allí aquella tarde, y por eso iba a dejarse usar una vez más: estaba segura de que, si no lo hacía ella, otra ocuparía su sitio de inmediato.

—¿Qué pasa? —preguntó uno.

—Esta, que ahora se hace la monjita.

—¡Eh, no le hables así! ¡Pídele perdón o te parto la boca! —saltó Bruno.

—¿Pero qué dices?

—Hazlo o se acabó la fiesta.

—Vale, vale. Perdona, Noa.

Ella se sintió feliz. Bruno rara vez la defendía, y que intercediera por ella como un caballero andante resultó una novedad agradable.

—Cariño, ¿qué sucede? —le dijo él sentándose a su lado, jugueteando con un mechón rebelde de su pelo.

—Creí que íbamos a estar solos… me lo prometiste.

—Pero princesa, son mis colegas. Lo mío es suyo y lo suyo es mío, ya lo hemos hablado muchas veces y estabas de acuerdo.

Lo que para Bruno había sido una conversación había sido en realidad un monólogo en el que él explicaba su retorcida teoría sobre el amor libre y la fidelidad. Noa nunca decía nada cuando eso ocurría; se limitaba a asentir como una niña, por miedo a ser rechazada. Aunque jamás llegó a hacer suyas aquellas ideas.

No vuelvas a discutir. No lo hagas enfadar.

—Lo recuerdas, ¿no?

—S… sí —susurró ella.

—Pues anda —prosiguió él besándole el cuello—, sé buena y pórtate bien. Ábreles ese coñito rico que tienes y déjate follar como sabes. No me hagas quedar mal, ¿vale?

—Está bien —capituló, como hacía siempre.

Desconsolada, Noa vio cómo su amado se apartaba y se acercaba al mueble bar a servirse una copa con total indiferencia, mientras el más osado de los otros atacaba los botones de su blusa. No lo detuvo, ni con palabras ni con las manos, tal y como él le había ordenado. Ni siquiera tuvo el consuelo de que fuera Bruno el primero. Dada su actitud, dudaba mucho de que fuera a participar.

Aquello no era nuevo. Desde hacía tiempo, los encuentros entre la pareja escaseaban si no había terceros de por medio. Al menos esa vez no tendría que ver a su novio revolcándose con otra delante de ella. Su ceguera era tal que lo que le hicieran a ella le daba casi igual; lo que de verdad la mataba de celos era verlo en manos de otra mujer. Los gemidos ajenos provocados por él se le clavaban en el alma como dagas.

—¡Joder, vaya tetas! —exclamó el que le metía mano sin pudor, arrancándole el sujetador de un tirón—. ¡Mira cómo botan, la muy zorra!

El tipo ya se había deshecho de la blusa y jugueteaba con sus senos con ansia, apretándoselos, chupándole los pezones hasta ponérselos duros y enrojecidos. Noa no apartaba la vista de Bruno, con la esperanza de que recapacitara y acabara con aquella tortura. Pero el muy cobarde ni siquiera le sostenía la mirada; se limitaba a jugar a la consola sin dar la menor importancia a lo que pasaba a su alrededor.

Los otros dos, que hasta entonces habían esperado en la retaguardia, se lanzaron sobre la presa. A seis manos la desnudaron por completo, arrancándole la falda y las bragas de un tirón. Uno le abrió las piernas de par en par para meterle dos dedos en el coño sin preámbulos, hurgando dentro con brusquedad; otro le lamió las tetas y le mordió los pezones hasta hacerla gimotear; el tercero le metió la lengua en la boca con violencia mientras le apretaba el culo con las dos manos. Tocaron cuanto quisieron tocar, le lamieron la piel sin delicadeza, con la anuencia muda de la joven y el consentimiento tácito de su novio. Le guiaron las manos hacia sus vergas ya duras y, después, se bajaron los pantalones a toda prisa antes de sentarse en el sofá, uno al lado del otro, con las pollas erectas apuntando al techo, entre bromas y risas.

—Venga… atiéndenos. Chupa, guarra.

—Eso, eso. Mámamela bien.

—¡Y a mí!

Esta vez Bruno pasó por alto el tono con que trataban a su chica, enfrascado como estaba en su partida.

Resignada, Noa se arrodilló y se dirigió al primero que tenía cerca. Le daba lo mismo empezar con uno o con otro: sabía que terminaría complaciendo a los tres. Respiró hondo y actuó como su novio quería.

Agarró la primera polla con la mano, escupió sobre ella y se la metió en la boca de golpe, hasta el fondo. El tipo gimió y le sujetó el pelo con las dos manos, marcándole el ritmo, follándole la garganta hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas y un hilo de baba le colgó de la barbilla. Cuando la soltó, con arcadas, ella no perdió tiempo: se pasó al segundo, se lo tragó igual, chupando con la lengua enroscada alrededor del glande, subiendo y bajando con los labios apretados. Con la mano libre masturbaba al tercero, alternando saliva y muñeca, sin dejar de mamar. Iba de una verga a otra sin descanso, escupiendo, tragando, lamiendo los huevos, metiéndoselos en la boca de uno en uno, mientras ellos la insultaban entre gemidos y le decían que era una puta, una zorrita, la mejor mamadora del campus.

Cada vez que se metía a alguno en la boca, mientras su lengua trabajaba en la vena que recorría el glande, le asaltaba el mismo oscuro remordimiento: qué pensaría su madre si la viera en aquel momento, arrodillada, desnuda, con la cara embadurnada de saliva ajena y tres pollas turnándose entre sus labios. Su mamá la llamaba todas las noches, le preguntaba si comía bien, le recordaba que rezara. Y ella le mentía sin pudor. A su madre se le rompería el corazón si supiera que su única hija rara vez dormía sola, y que cuando se arrodillaba no era precisamente para hablar con Dios.

Liberó la mente, dejó de pensar y actuó con precisión. No hacía ni tres meses que había empezado y ya poco tenía que aprender de sus rivales más veteranas. Fue de uno a otro como una abeja de flor en flor, hasta dejarlos a su gusto, con las pollas hinchadas, palpitantes, mojadas de su saliva. Su único consuelo fue comprobar que aquella vez no la estaban grabando, como sí habían hecho otras veces. Sospechaba que era el propio Bruno quien hacía circular esos vídeos entre la clase, pero le resultaba más fácil para su corazón enamorado echar la culpa a terceros.

—Tu chica es un portento, Bruno. Traga como una campeona.

—Una fuera de serie. Y ese coño, joder, ese coño está pidiendo guerra.

—Tendrás que pasármela cuando te canses de ella.

Aquel último comentario no le hizo ninguna gracia, y con un resto de amor propio amagó con retirarse.

—¡Cállate, idiota! —protestó Bruno alzando la voz—. No le hagas caso, pequeña. Sigue, que lo estás haciendo muy bien.

—¿De verdad?

—Pues claro. No te pares ahora. Hazles eso que a mí me gusta… ya sabes. Móntatelos.

—Sí.

***

Animada por aquellas migajas, Noa se colocó a horcajadas sobre uno de ellos. Tomó su miembro, se lo frotó contra los labios del coño para lubricarlo con su propia humedad e intentó guiarlo hacia atrás, hacia el ojete apretado, pero el muchacho no daba la talla y resbalaba sin lograr el acople completo.

—Venga, chicos, dejad un poco de sitio.

—¡Eh, que si la tienes corta no es culpa nuestra!

—¡Pregúntale a tu madre!

—Ya te gustaría.

Entre risas, dos de ellos se apartaron para dejar más espacio. Noa probó otra postura, esa que solía adoptar cuando Bruno deseaba contemplar la escena desde un buen ángulo. Se dio la vuelta, de espaldas a su compañero, se abrió las nalgas con ambas manos y se colocó ella misma, apuntando el glande contra el aro ya castigado de su culo.

Aguantó la respiración y se dejó caer. La polla entró de un solo empujón brutal, atravesándola hasta la base. Aparte de un dolor intenso, que le arrancó un grito que le raspó la garganta, logró otra cosa con su chillido: que Bruno dejara la consola a un lado y fijara la atención en ella. Era una recompensa mínima, lo sabía, pero andaba tan necesitada de su cariño que lo daba todo por bueno.

Sin dar tiempo a que su cuerpo se acostumbrara, empezó a mover las caderas, subiendo y bajando sobre la verga, consciente de que sus gestos de dolor le añadían un plus de morbo a su amado. El tipo debajo le agarró las tetas con las dos manos, las apretujó, le pellizcó los pezones mientras la embestía desde abajo, clavándosela una y otra vez en el culo. Noa gemía, jadeaba, mordía el aire; sentía cada centímetro de aquella polla abriéndose paso dentro de ella, arañándola por dentro. El tipo la sujetó de las caderas y la ensartó con más fuerza, más rápido, hasta que con un gruñido animal se vació hasta el fondo de sus tripas, llenándola de semen caliente, mientras ella no dejaba de gemir con la boca abierta y la lengua fuera.

Bruno se sacó el miembro y se masturbó con parsimonia, admirando cómo la corrida ajena empezaba a chorrearle a su novia por el interior del muslo. Noa lo interpretó como una victoria pírrica: al menos uno de los dos estaba disfrutando de aquello. Se incorporó un poco para que volviera la circulación a sus piernas, sintiendo cómo el semen se le escapaba del ano abierto y le resbalaba por las nalgas, pero pronto otro reclamó lo suyo y volvió a la misma postura.

La segunda vez fue más sencilla. El que la había precedido había servido de lubricante, y el culo, ya ensanchado y untado de esperma, permitió que su cuerpo se amoldara con mayor facilidad. Este segundo tipo la penetró de una embestida sola, hasta hundir los huevos contra sus nalgas, y empezó a follarla con una cadencia salvaje, sin tregua, haciendo chocar la carne contra la carne con un sonido húmedo y obsceno que retumbaba en el salón. Le agarró el pelo, tirándole la cabeza hacia atrás, mientras le mordía el cuello y le susurraba obscenidades al oído: «puta», «guarra», «te encanta que te destrocen el culo, ¿verdad?». Pero lo que más la motivó fue ver la cara de Bruno, ebrio de placer, frotándose a su salud, con la polla brillante entre los dedos. Si su chico era feliz, ella también. Dispuesta a entregarlo todo, se empleó a fondo, botando sobre él con toda su energía, apretando el ano alrededor de la polla ajena, arrancándole alaridos a su segundo amante mientras el dolor seguía sin remitir. Cuando el tipo se corrió, lo hizo entre gritos, disparando otra descarga espesa en las profundidades de su intestino, y solo entonces la soltó, dejándola caer hacia adelante, con las piernas temblando y el culo goteando.

—¡Uff, vaya final! —balbuceó el tipo entre risas—. Un día de estos vas a matarme. Tienes el culo como una aspiradora, joder.

Noa prefirió tragarse el orgullo y hacerse la sorda. Tenía problemas más urgentes que los insultos: le ardía todo, le escocía el ano dilatado, estaba segura de que sangraba, y aún le quedaba el tercero, el más fiero, el que tenía la polla más gorda y larga de los tres. Rota, sin fuerzas, pensó en tirarse al suelo y ofrecerse al último de forma que su novio no perdiera detalle. Pero no lo hizo: sabía que a él no le gustaría, quería que ella llevara siempre la iniciativa, así que se dispuso a repetir la maniobra una vez más.

En cuanto sintió la presión del glande enorme contra su ano vencido supo que algo no iba bien. Veía las estrellas. La polla era demasiado ancha, demasiado dura, y su cuerpo ya no daba más de sí. Bruno lo intuyó al verla dudar.

—Venga, pequeña. Mira cómo me tienes, no me falles ahora. Trágatela entera.

Noa cerró los puños, apretó los dientes y, centímetro a centímetro, fue cediendo. La cabeza del miembro forzó el aro con un dolor lacerante que le subió por la espalda hasta la nuca. Lloró, jadeó, sintió cómo la carne se estiraba hasta el límite, pero no cejó en su empeño de darlo todo, regalándole a aquel indeseable un polvo que jamás olvidaría y a su novio el espectáculo que buscaba. El tipo la sujetó por las caderas y la obligó a bajar más, y más, empalándola sin piedad. Y aun así no bastaba.

—Quiero que la aguantes entera, ¿me oyes? Entera. Hasta los huevos —le ordenó él sin dejar de tocarse.

Ella asintió; el dolor era tan enorme que las palabras no le salían. Con los ojos cerrados sopló, se retorció, notó como algo dentro de sí se quebraba como nunca, un desgarro sordo, cálido, húmedo, pero ni eso la detuvo. Bajó los últimos centímetros de un tirón y se quedó allí, ensartada por completo, sintiendo la verga palpitar hasta el fondo de sus entrañas. El tipo, al notar el fondo cediendo, la agarró de los pechos y empezó a moverla arriba y abajo, embistiéndola desde debajo con toda su fuerza, machacándole el culo destrozado hasta que, justo cuando Noa creyó que se partía en dos, explotó en lo más profundo, descargando chorro tras chorro de semen mientras ella jadeaba con la boca abierta y las lágrimas rodándole por las mejillas. La dejó hecha pedazos.

—Muy bien, muy bien. Eso es, mi vida. Eres la mejor.

La joven cayó en el sofá hecha un ovillo, con las piernas abiertas y las tres corridas escapándosele por el ano abierto y goteando sobre la tapicería. A duras penas pudo abrir los párpados. Le ardía todo, pero las palabras de satisfacción de Bruno lo compensaban. Él se acercó, se paró frente a ella con la polla en la mano, se la sacudió unos segundos más y se vació sobre su cara, tan cerca que no podía fallar. Los primeros chorros le cayeron en la frente y en los párpados; los siguientes, más espesos, sobre los labios y la barbilla. Noa ni esperó la orden: anticipándose, abrió los labios para recibir los últimos restos, sacó la lengua y los recogió con hambre, y se los tragó con devoción, como si fueran el más delicado de los néctares.

—¡Eh, yo también quiero! —protestó uno.

—Y yo.

—Se lo hacemos los tres a la vez. Le decoramos la cara a la muñequita.

El alma se le rompió otro pedazo cuando Bruno, lejos de impedirlo, sacó el teléfono para grabar la escena. Los tres se pusieron frente a ella, se sacudieron las pollas a pocos centímetros de sus mejillas y, uno tras otro, entre gemidos y risotadas, la fueron cubriendo de semen. Chorros gruesos le cruzaron la frente, se le pegaron en las pestañas, le resbalaron por el cuello y las tetas. Noa aguantó estoica los comentarios sobre su físico mientras ellos se masturbaban frente a ella. Conservó algo de dignidad negándose a abrir la boca: no quería que la simiente de su chico se mezclara con la de aquellos indeseables. Mantuvo los labios apretados, sintiendo cómo la lefa ajena se le acumulaba encima, espesa, tibia, humillante.

***

Cuando el espectáculo terminó, Bruno volvió a la consola con sus amigos entre risas. Ni siquiera tuvo la delicadeza de interesarse por ella, que permaneció un rato inmóvil, con la cara y el pecho embadurnados, gestionando en silencio lo ocurrido. El cuerpo le pedía llorar, pero no lo hizo por miedo a su reacción: él no llevaba nada bien las muestras de debilidad.

Permaneció desnuda, tal y como él deseaba, sin cubrirse delante de sus amigos, con el semen escurriéndosele por la piel y por la entrepierna. Pese a todo seguía siendo una chica vergonzosa, y exhibirse no se le daba bien. Cuando se repuso, se acercó a besarlo, pero él la rechazó sin apartar los ojos de la pantalla.

—¡Ni se te ocurra besarme con eso en la cara! Qué asco, hueles fatal, apestas a lefa.

—Claro, perdona. Mejor me ducho primero.

—Mejor en tu residencia, que aquí me toca a mí limpiar el baño y me da pereza.

—V… vale. Como quieras.

—Ahora puedes irte, tenemos lío. Te llamo luego.

Sin embargo, Noa no se movió.

—¿Qué quieres?

Ella suspiró, apretó levemente los puños y descendió un peldaño más en su particular escalera al infierno. Su parte sumisa volvió a imponerse a la prudente.

—¿Quieres que te la limpie antes de irme? Con la boca.

El ofrecimiento provocó un coro de risas entre los compañeros de un Bruno que se hizo de rogar.

—¡Por favor! —suplicó ella, dando saltitos nerviosos.

—Está bien, si insistes.

Una vez más se arrodilló. Obvió las indirectas de los presentes sobre su afición y se entregó a la tarea con la lengua. Le tomó la polla flácida entre los labios, la lavó despacio con la boca, pasando la lengua por el glande, por el frenillo, por los huevos, chupando cada pliegue, cada gota reseca. Al poco, la verga volvió a endurecerse dentro de su boca, hinchándose contra su paladar. Ella no se detuvo; siguió chupando, aumentando el ritmo, hundiéndosela hasta el fondo de la garganta hasta hacerla desaparecer entre sus labios. Cuando dio el trabajo por terminado, hizo ademán de apartarse, pero la mano de él se lo impidió.

—Sigue.

Permaneció inmóvil unos segundos y, sin sacárselo de la boca, asintió. Olvidando su dolor, le regaló todo el placer que supo. Ahuecó los carrillos, apretó los labios, ayudó con la mano en la base de la verga, giró la lengua alrededor del glande con paciencia. Conocía de sobra las reacciones de su amado y sabía que no tardaría mucho. Cuando él le sujetó la cabeza con ambas manos y empezó a follarle la boca al ritmo que quiso, embistiéndole la garganta hasta que le saltaron las lágrimas, supo que el final estaba cerca. Lo recibió en la boca, chorro tras chorro, notando cómo el semen espeso y caliente le llenaba la lengua, y se lo tragó hasta la última gota, como era costumbre. No era el beso que ella necesitaba, pero era menos que nada.

—Buena chica —susurró él, con la misma pasión con la que se felicita a una mascota por traer la pelota.

—Gracias.

—Ahora vete, de verdad tenemos lío. Nos vemos mañana en clase.

—Claro, no te preocupes, cariño. Ya me voy.

—Ah, se me olvidaba: tengo que pasar cuentas con el casero. Estaría bien que vinieras mañana y le arreglaras lo mío, como el mes pasado. Ya sabes, tengo muchos gastos.

—Sí… ya sé. ¿Me… me acompañarás?

—¿Acompañarte? Qué pereza, ¿para qué? Ya sabes lo que tienes que hacer. Solo tienes que ser amable con el viejo, abrirle las piernas y dejar que se corra donde quiera, y listo.

Noa se vistió sin asearse, recogió el bolso y aguantó hasta el siguiente rellano para echarse a llorar. Procuró que él no la viera; no quería decepcionarlo mostrándose así.

***

Al día siguiente no usó el ascensor: el propietario del edificio vivía en el primer piso. Después de pasar cuentas —de rodillas sobre la alfombra polvorienta del recibidor, con la falda subida y la boca llena de la polla arrugada del viejo, mientras él le pellizcaba los pezones y le gruñía obscenidades hasta correrse en su lengua—, quiso subir a ver a su novio, aun sabiendo que él no la tocaría hasta que se diera un buen baño. Poco antes de llegar se cruzó con Bianca, la exnovia de Bruno, y otra compañera de clase, que la miraron con una sonrisa tan irritante como reveladora.

—¿Ya pagaste el alquiler? —le dijeron entre risas.

Noa se detuvo en la escalera, debatiéndose entre subir o marcharse. Cuando dejó de llorar, retomó el camino hacia arriba.

—¡Chicas, chicas! ¿No habéis tenido bastante? Entre las dos vais a matarme —dijo Bruno al abrir la puerta, todavía riendo.

El gesto se le congeló al descubrir quién era. Nervioso, se ciñó un poco más la minúscula toalla.

—¡Ah, eres tú, cariño! ¿Qué tal ha ido? ¿Todo solucionado?

—Sí —murmuró ella con un hilo de voz, tragándose el orgullo por enésima vez—. Todo solucionado.

—¡Genial! Eres la mejor.

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Comentarios(7)

NocturnoLector

Que relato!!! Me tuvo enganchado de principio a fin, tremendo.

Cata_cba

Se siente tan real... ese tipo de situaciones que todos conocemos pero nadie quiere admitir. Muy bien escrito.

lola_salta

por favor seguí escribiendo, necesito saber como termina!!!

LectorCurioso_BA

Quedé con ganas de mas, hay continuacion? Espero que si porque esto no puede quedar asi jaja

SoleDelSur

Me recordó a algo que viví hace años, esa sensación de saber que no esta bien pero igual volvés. Lo describis perfecto, gracias por animarte a contarlo.

MatiasLector

buenisimo!!!

GusGar77

La categoría Confesiones siempre tiene los relatos mas intensos. Este no fue la excepción, muy recomendable.

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