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Relatos Ardientes

Aguantaba lo que fuera con tal de no perderlo

—¡Os he dicho que no me toquéis!

A Noa le faltaban manos para apartar de su pecho los dedos que se aferraban a ella sin pudor. Los tres veteranos de la facultad se daban un festín a su costa, conscientes de que sus malas artes no tendrían más consecuencia que una pataleta inofensiva.

—Pero ¿qué narices te pasa hoy? —preguntó el más atrevido, metiéndole la mano por el escote y amasándole un seno con rudeza.

—¡He dicho que no quiero! —repuso ella golpeándole hasta que logró zafarse.

—No decías eso la semana pasada…

—No te hagas la estrecha, sabemos que te encanta.

—Y con todos los demás.

Los ojos color miel de Noa se humedecieron más por tristeza que por rabia. Por mucho que intentara negar la evidencia, la realidad era tozuda: lo que decían de ella era cierto. Si albergaba alguna esperanza de pasar página, ahí estaban esos buitres revoloteando para recordarle cada una de sus rendiciones. Había estado con ellos demasiadas veces, y aquella tarde no iba a ser distinta. Pronto los tendría encima, debajo y, muy a su pesar, dentro.

Todavía no entendía cómo ella, tan prudente durante toda su adolescencia en su pueblo, había podido caer tan bajo al llegar a la ciudad. En realidad sí lo sabía. Estaba tan enamorada del cuarto ocupante de aquel piso de estudiantes que era incapaz de reconocer como tóxica la relación que la unía a Bruno. Lo quería tanto, estaba tan colgada de él, que asumía como normales situaciones que para casi cualquier otra mujer habrían sido insostenibles.

Cada vez que salía de aquella casa, cada vez que pulsaba el botón del ascensor de bajada, lo hacía con lágrimas en los ojos, jurándose que aquella había sido la última vez que cruzaba ese umbral. Y aun así allí estaba de nuevo, con la falda más corta y la blusa más escotada, compartiendo el sofá con quienes la desnudaban primero con la mirada y luego de manera literal.

Noa no se creía agraciada, más bien al contrario. Se veía como una chica del montón. Su cara era hermosa, pero su complejo empezaba del cuello para abajo: sin ser gorda, sus curvas se alejaban del estándar que tanto se vendía, y eso minaba su ya frágil autoestima. En otra época la habrían considerado una diosa; en aquella, ella misma se juzgaba vulgar.

Acomplejada y triste, recién llegada del pueblo, se había enamorado perdidamente del chico más popular de la carrera. La proporción de chicos y chicas era de uno a diez, y la probabilidad de que alguien como Bruno se fijara en ella era de una entre un millón, sobre todo viendo el físico de muchas de sus compañeras. Así que, en cuanto él le lanzó el anzuelo en una fiesta, ella lo mordió con caña y todo.

Ya la primera noche en que él se las arregló para quedar a solas, ella le entregó eso que había prometido guardar para el hombre que la llevara al altar. Su promesa se quebró apenas un mes después de salir del nido, una madrugada en la que Bruno no dejó de regalarle los oídos hasta obtener lo que buscaba. Se dejó llevar más por las falsas promesas del muchacho que por su propio deseo.

A partir de entonces su vida se transformó hasta extremos impensables. No importaba el día ni la hora; bastaba una llamada para que acudiera adonde él la necesitara. En el coche, en su cuarto, en cualquier callejón o en los baños de la facultad, Bruno saciaba su apetito sin importarle lo más mínimo lo que ella sintiera.

Aunque en teoría eran novios, rara vez salían juntos. Ni un café en la cafetería de la universidad. No era raro que él ni siquiera la saludara cuando iba rodeado de compañía femenina. La requería para una sola cosa, y ella aceptaba su destino con resignación. Si su corazón albergaba alguna duda, desaparecía en cuanto él le sonreía.

Noa no era tonta, aunque lo aparentaba. La realidad le dolía demasiado. Sabía que su chico disparaba a todo lo que se movía, que se acostaba con cualquiera que le diera cuartel. Aun así, era la novia oficial, y para ella eso bastaba. Su grado de obnubilación era tal que estaba dispuesta a lo que fuera por conservar su lugar. Por eso estaba allí aquella tarde, y por eso iba a dejarse usar una vez más: estaba segura de que, si no lo hacía ella, otra ocuparía su sitio de inmediato.

—¿Qué pasa? —preguntó uno.

—Esta, que ahora se hace la monjita.

—¡Eh, no le hables así! ¡Pídele perdón o te parto la boca! —saltó Bruno.

—¿Pero qué dices?

—Hazlo o se acabó la fiesta.

—Vale, vale. Perdona, Noa.

Ella se sintió feliz. Bruno rara vez la defendía, y que intercediera por ella como un caballero andante resultó una novedad agradable.

—Cariño, ¿qué sucede? —le dijo él sentándose a su lado, jugueteando con un mechón rebelde de su pelo.

—Creí que íbamos a estar solos… me lo prometiste.

—Pero princesa, son mis colegas. Lo mío es suyo y lo suyo es mío, ya lo hemos hablado muchas veces y estabas de acuerdo.

Lo que para Bruno había sido una conversación había sido en realidad un monólogo en el que él explicaba su retorcida teoría sobre el amor libre y la fidelidad. Noa nunca decía nada cuando eso ocurría; se limitaba a asentir como una niña, por miedo a ser rechazada. Aunque jamás llegó a hacer suyas aquellas ideas.

No vuelvas a discutir. No lo hagas enfadar.

—Lo recuerdas, ¿no?

—S… sí —susurró ella.

—Pues anda —prosiguió él besándole el cuello—, sé buena y pórtate bien. No me hagas quedar mal, ¿vale?

—Está bien —capituló, como hacía siempre.

Desconsolada, Noa vio cómo su amado se apartaba y se acercaba al mueble bar a servirse una copa con total indiferencia, mientras el más osado de los otros atacaba los botones de su blusa. No lo detuvo, ni con palabras ni con las manos, tal y como él le había ordenado. Ni siquiera tuvo el consuelo de que fuera Bruno el primero. Dada su actitud, dudaba mucho de que fuera a participar.

Aquello no era nuevo. Desde hacía tiempo, los encuentros entre la pareja escaseaban si no había terceros de por medio. Al menos esa vez no tendría que ver a su novio revolcándose con otra delante de ella. Su ceguera era tal que lo que le hicieran a ella le daba casi igual; lo que de verdad la mataba de celos era verlo en manos de otra mujer. Los gemidos ajenos provocados por él se le clavaban en el alma como dagas.

—¡Joder, vaya pecho! —exclamó el que le metía mano sin pudor.

El tipo ya se había deshecho de la blusa y jugueteaba con sus senos con ansia. Noa no apartaba la vista de Bruno, con la esperanza de que recapacitara y acabara con aquella tortura. Pero el muy cobarde ni siquiera le sostenía la mirada; se limitaba a jugar a la consola sin dar la menor importancia a lo que pasaba a su alrededor.

Los otros dos, que hasta entonces habían esperado en la retaguardia, se lanzaron sobre la presa. A seis manos la desnudaron por completo. Tocaron cuanto quisieron tocar, le lamieron la piel sin delicadeza, con la anuencia muda de la joven y el consentimiento tácito de su novio. Le guiaron las manos hacia ellos y, después, se bajaron los pantalones a toda prisa antes de sentarse en el sofá, uno al lado del otro, entre bromas y risas.

—Venga… atiéndenos.

—Eso, eso.

—¡Y a mí!

Esta vez Bruno pasó por alto el tono con que trataban a su chica, enfrascado como estaba en su partida.

Resignada, Noa se arrodilló y se dirigió al primero que tenía cerca. Le daba lo mismo empezar con uno o con otro: sabía que terminaría complaciendo a los tres. Respiró hondo y actuó como su novio quería.

Cada vez que se metía a alguno en la boca, mientras su lengua trabajaba, le asaltaba el mismo oscuro remordimiento: qué pensaría su madre si la viera en aquel momento. Su mamá la llamaba todas las noches, le preguntaba si comía bien, le recordaba que rezara. Y ella le mentía sin pudor. A su madre se le rompería el corazón si supiera que su única hija rara vez dormía sola, y que cuando se arrodillaba no era precisamente para hablar con Dios.

Liberó la mente, dejó de pensar y actuó con precisión. No hacía ni tres meses que había empezado y ya poco tenía que aprender de sus rivales más veteranas. Fue de uno a otro como una abeja de flor en flor, hasta dejarlos a su gusto. Su único consuelo fue comprobar que aquella vez no la estaban grabando, como sí habían hecho otras veces. Sospechaba que era el propio Bruno quien hacía circular esos vídeos entre la clase, pero le resultaba más fácil para su corazón enamorado echar la culpa a terceros.

—Tu chica es un portento, Bruno.

—Una fuera de serie.

—Tendrás que pasármela cuando te canses de ella.

Aquel último comentario no le hizo ninguna gracia, y con un resto de amor propio amagó con retirarse.

—¡Cállate, idiota! —protestó Bruno alzando la voz—. No le hagas caso, pequeña. Sigue, que lo estás haciendo muy bien.

—¿De verdad?

—Pues claro. No te pares ahora. Hazles eso que a mí me gusta… ya sabes.

—Sí.

***

Animada por aquellas migajas, Noa se colocó a horcajadas sobre uno de ellos. Tomó su miembro e intentó guiarlo hacia atrás, pero el muchacho no daba la talla y resbalaba sin lograr el acople completo.

—Venga, chicos, dejad un poco de sitio.

—¡Eh, que si la tienes corta no es culpa nuestra!

—¡Pregúntale a tu madre!

—Ya te gustaría.

Entre risas, dos de ellos se apartaron para dejar más espacio. Noa probó otra postura, esa que solía adoptar cuando Bruno deseaba contemplar la escena desde un buen ángulo. Se dio la vuelta, de espaldas a su compañero, y se colocó ella misma.

Aguantó la respiración y se dejó caer. Aparte de un dolor intenso, logró otra cosa con su chillido: que Bruno dejara la consola a un lado y fijara la atención en ella. Era una recompensa mínima, lo sabía, pero andaba tan necesitada de su cariño que lo daba todo por bueno.

Sin dar tiempo a que su cuerpo se acostumbrara, empezó a mover las caderas, consciente de que sus gestos de dolor le añadían un plus de morbo a su amado. Poco después él jadeaba, hasta que con un gruñido se vació mientras ella no dejaba de gemir.

Bruno se sacó el miembro y se masturbó con parsimonia. Noa lo interpretó como una victoria pírrica: al menos uno de los dos estaba disfrutando de aquello. Se incorporó un poco para que volviera la circulación a sus piernas, pero pronto otro reclamó lo suyo y volvió a la misma postura.

La segunda vez fue más sencilla. El que la había precedido había servido de lubricante, lo que permitió que su cuerpo se amoldara con mayor facilidad. Pero lo que más la motivó fue ver la cara de Bruno, ebrio de placer, frotándose a su salud. Si su chico era feliz, ella también. Dispuesta a entregarlo todo, se empleó a fondo, arrancándole alaridos a su segundo amante mientras el dolor seguía sin remitir.

—¡Uff, vaya final! —balbuceó el tipo entre risas—. Un día de estos vas a matarme.

Noa prefirió tragarse el orgullo y hacerse la sorda. Tenía problemas más urgentes que los insultos: le ardía todo, estaba segura de que sangraba, y aún le quedaba el tercero, el más fiero. Rota, sin fuerzas, pensó en tirarse al suelo y ofrecerse al último de forma que su novio no perdiera detalle. Pero no lo hizo: sabía que a él no le gustaría, quería que ella llevara siempre la iniciativa, así que se dispuso a repetir la maniobra una vez más.

En cuanto sintió la presión supo que algo no iba bien. Veía las estrellas. Bruno lo intuyó al verla dudar.

—Venga, pequeña. Mira cómo me tienes, no me falles ahora.

Noa cerró los puños, apretó los dientes y, centímetro a centímetro, fue cediendo. Lloró, jadeó, pero no cejó en su empeño de darlo todo, regalándole a aquel indeseable un polvo que jamás olvidaría y a su novio el espectáculo que buscaba. Y aun así no bastaba.

—Quiero que la aguantes entera, ¿me oyes? Entera —le ordenó él sin dejar de tocarse.

Ella asintió; el dolor era tan enorme que las palabras no le salían. Con los ojos cerrados sopló, se retorció, notó como algo dentro de sí se quebraba como nunca, pero ni eso la detuvo. Justo cuando lo admitió por completo, el tipo explotó en lo más profundo y la dejó hecha pedazos.

—Muy bien, muy bien. Eso es, mi vida. Eres la mejor.

La joven cayó en el sofá hecha un ovillo. A duras penas pudo abrir los párpados. Le ardía todo, pero las palabras de satisfacción de Bruno lo compensaban. Él se acercó y se vació sobre su cara, tan cerca que no podía fallar. Noa ni esperó la orden: anticipándose, abrió los labios para recibir los últimos restos, y se los tragó con devoción, como si fueran el más delicado de los néctares.

—¡Eh, yo también quiero! —protestó uno.

—Y yo.

—Se lo hacemos los tres a la vez.

El alma se le rompió otro pedazo cuando Bruno, lejos de impedirlo, sacó el teléfono para grabar la escena. Noa aguantó estoica los comentarios sobre su físico mientras ellos se masturbaban frente a ella. Conservó algo de dignidad negándose a abrir la boca: no quería que la simiente de su chico se mezclara con la de aquellos indeseables.

***

Cuando el espectáculo terminó, Bruno volvió a la consola con sus amigos entre risas. Ni siquiera tuvo la delicadeza de interesarse por ella, que permaneció un rato inmóvil, gestionando en silencio lo ocurrido. El cuerpo le pedía llorar, pero no lo hizo por miedo a su reacción: él no llevaba nada bien las muestras de debilidad.

Permaneció desnuda, tal y como él deseaba, sin cubrirse delante de sus amigos. Pese a todo seguía siendo una chica vergonzosa, y exhibirse no se le daba bien. Cuando se repuso, se acercó a besarlo, pero él la rechazó sin apartar los ojos de la pantalla.

—¡Ni se te ocurra besarme con eso en la cara! Qué asco, hueles fatal.

—Claro, perdona. Mejor me ducho primero.

—Mejor en tu residencia, que aquí me toca a mí limpiar el baño y me da pereza.

—V… vale. Como quieras.

—Ahora puedes irte, tenemos lío. Te llamo luego.

Sin embargo, Noa no se movió.

—¿Qué quieres?

Ella suspiró, apretó levemente los puños y descendió un peldaño más en su particular escalera al infierno. Su parte sumisa volvió a imponerse a la prudente.

—¿Quieres que te la limpie antes de irme?

El ofrecimiento provocó un coro de risas entre los compañeros de un Bruno que se hizo de rogar.

—¡Por favor! —suplicó ella, dando saltitos nerviosos.

—Está bien, si insistes.

Una vez más se arrodilló. Obvió las indirectas de los presentes sobre su afición y se entregó a la tarea con la lengua, hasta dejarlo impecable. Cuando dio el trabajo por terminado, hizo ademán de apartarse, pero la mano de él se lo impidió.

—Sigue.

Permaneció inmóvil unos segundos y, sin sacárselo de la boca, asintió. Olvidando su dolor, le regaló todo el placer que supo. Conocía de sobra las reacciones de su amado y sabía que no tardaría mucho. Cuando él le sujetó la cabeza con ambas manos, supo que el final estaba cerca. Lo recibió en la boca y se lo tragó, como era costumbre. No era el beso que ella necesitaba, pero era menos que nada.

—Buena chica —susurró él, con la misma pasión con la que se felicita a una mascota por traer la pelota.

—Gracias.

—Ahora vete, de verdad tenemos lío. Nos vemos mañana en clase.

—Claro, no te preocupes, cariño. Ya me voy.

—Ah, se me olvidaba: tengo que pasar cuentas con el casero. Estaría bien que vinieras mañana y le arreglaras lo mío, como el mes pasado. Ya sabes, tengo muchos gastos.

—Sí… ya sé. ¿Me… me acompañarás?

—¿Acompañarte? Qué pereza, ¿para qué? Ya sabes lo que tienes que hacer. Solo tienes que ser amable con el viejo y listo.

Noa se vistió sin asearse, recogió el bolso y aguantó hasta el siguiente rellano para echarse a llorar. Procuró que él no la viera; no quería decepcionarlo mostrándose así.

***

Al día siguiente no usó el ascensor: el propietario del edificio vivía en el primer piso. Después de pasar cuentas, quiso subir a ver a su novio, aun sabiendo que él no la tocaría hasta que se diera un buen baño. Poco antes de llegar se cruzó con Bianca, la exnovia de Bruno, y otra compañera de clase, que la miraron con una sonrisa tan irritante como reveladora.

—¿Ya pagaste el alquiler? —le dijeron entre risas.

Noa se detuvo en la escalera, debatiéndose entre subir o marcharse. Cuando dejó de llorar, retomó el camino hacia arriba.

—¡Chicas, chicas! ¿No habéis tenido bastante? Entre las dos vais a matarme —dijo Bruno al abrir la puerta, todavía riendo.

El gesto se le congeló al descubrir quién era. Nervioso, se ciñó un poco más la minúscula toalla.

—¡Ah, eres tú, cariño! ¿Qué tal ha ido? ¿Todo solucionado?

—Sí —murmuró ella con un hilo de voz, tragándose el orgullo por enésima vez—. Todo solucionado.

—¡Genial! Eres la mejor.

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Comentarios(4)

NocturnoLector

Que relato!!! Me tuvo enganchado de principio a fin, tremendo.

Cata_cba

Se siente tan real... ese tipo de situaciones que todos conocemos pero nadie quiere admitir. Muy bien escrito.

lola_salta

por favor seguí escribiendo, necesito saber como termina!!!

LectorCurioso_BA

Quedé con ganas de mas, hay continuacion? Espero que si porque esto no puede quedar asi jaja

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