El lector que me convirtió en su juguete por chat
Escribo relatos eróticos desde hace un par de años. Lo hago de noche, cuando el departamento queda en silencio y nadie me pregunta por qué sonrío frente a la pantalla. Subo lo que escribo a una página, alguien lo lee, alguien comenta, y al día siguiente todo vuelve a su lugar. Eso era todo. Hasta que llegó él.
La noche en que publiqué mi último relato me quedé despierta más de la cuenta, revisando el correo asociado a la cuenta. Casi siempre eran mensajes breves, un «me encantó» o un «escribe más seguido». Pero esa madrugada había uno distinto, largo, escrito con calma. Lo firmaba alguien que se hacía llamar Mateo.
Decía que había leído todo lo que yo había subido, que le gustaba cómo describía las cosas, y que le costaba creer que detrás de esas palabras hubiera una mujer de verdad. Me preguntaba, con una naturalidad que me desarmó, si yo hacía en mi cama lo que les hacía hacer a mis personajes.
No tendría que contestarle, pensé. Y le contesté igual.
Le dije que sí, que a veces probaba cosas para escribirlas mejor. No sé por qué fui tan sincera con un desconocido. Quizá porque era un desconocido, justamente, alguien que no iba a verme nunca en la cola del supermercado ni en la oficina. Le conté que esa semana había empezado a explorar algo nuevo, que estaba aprendiendo a jugar con mi culo, despacio, con un solo dedo, y que todavía me dolía.
Su respuesta tardó dos minutos.
—¿Y eso lo haces seguido? —escribió—. ¿Te sientes muy puta cuando lo hacés? Apuesto a que ya podrías recibir algo más que un dedo.
Leí esa palabra, «puta», y algo se me apretó en el estómago. No de rechazo. De lo contrario. La leí dos veces.
—No seguido —respondí—. Recién empiezo. Y dudo que me entre algo más. Con esfuerzo entran dos dedos, y duele. Pero me gusta el dolor justo.
—Eso es porque todavía nadie te enseñó —contestó—. ¿Te sentís puta cuando te los metés? ¿Probaste con lubricante para que entren mejor? Tu sinceridad me tiene durísimo.
Me reí sola, en la oscuridad, con la cara caliente. Tenía la mano sobre el muslo desde hacía rato sin darme cuenta. Le dije que sí, que me sentía una puta y que me gustaba sentirme así, que por ahora me alcanzaba con mojarme yo misma para deslizar el dedo. Y entonces, no sé de dónde saqué el valor, le pregunté si quería que le mandara algo.
—Quiero verlo —escribió—. Quiero ver cómo te abrís para mí.
***
Apoyé el teléfono contra una pila de libros, a contraluz, para que se viera lo necesario y nada más. Me grabé metiéndome dos dedos, lento, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Cuando lo envié me temblaban las manos, no de miedo, de adrenalina. Era la primera vez que mostraba algo así. La primera vez que alguien me lo pedía y yo obedecía.
—Buena zorra —respondió a los pocos minutos—. Sos obediente. Lo supe apenas me contestaste el primer correo. Ahora quiero más.
—¿Más qué? —escribí, aunque ya sabía que iba a hacer lo que me dijera.
—Quiero que te metas otra cosa. Algo más largo. Un marcador grueso, de esos anchos. Buscá uno, lavalo bien, y abrite con eso pensando en mí.
Me quedé mirando la pantalla. Nunca me había metido nada que no fueran mis dedos. La sola idea me daba un poco de vértigo, y ese vértigo me encendió más que cualquier otra cosa. Me levanté, fui hasta el escritorio y volví con un marcador de los gruesos, de esos que uso para anotar ideas en hojas sueltas.
—¿Y si me lastimo? —escribí.
—No te vas a lastimar si vas despacio —contestó—. Yo te voy a ir diciendo. Tenés que aprender a ir de a poco. ¿Lo vas a hacer por mí?
—Sí —respondí.
Esa palabra, escrita así, sola, me prendió por dentro de una manera que no esperaba.
***
Lo limpié bien y me acosté de costado. Me toqué primero, sin apuro, hasta que estuve mojada y la respiración se me volvió más corta. Pasé el marcador entre mis piernas para humedecerlo, y después lo apoyé donde él quería. Empujé un milímetro. Me detuve. Empujé otro poco. Sentía cómo me iba abriendo, esa presión densa que a la vez dolía y prometía algo, y no podía dejar de pensar en él del otro lado de la pantalla, esperando.
Lo fui metiendo despacio hasta que solo quedó afuera la tapa. Solté la mano y dejé que mi cuerpo se acostumbrara. Después, casi sin proponérmelo, empecé a moverme con él adentro, lento, sintiendo cada centímetro. Me grabé sin saber muy bien qué estaba mostrando, solo pensando en que era para Mateo, en que él me lo había pedido, en que yo lo estaba haciendo porque me lo había pedido.
Cuando terminé me quedé un rato quieta, agitada, mirando el techo. Después envié el video antes de arrepentirme.
—Qué rico —respondió enseguida—. Lo disfrutaste, se nota. Estabas empapada. Sabía que eras obediente y no me equivoqué.
—Sí —le escribí—. Se sintió distinto. Más profundo. Más fuerte que con los dedos. ¿Te gusta que sea tu putita obediente?
—Me encanta —contestó—. Y todavía tengo ideas para vos. Para ir abriéndote de a poco. Tengo experiencia en esto, en enseñarle a una mujer a entregarse. Con vos voy a disfrutar mucho.
—¿Y cuál es la próxima idea? —pregunté.
—Algo un poco más ancho. El mango de un cucharón, por ejemplo. O lo que tengas a mano que sea grueso y liso. Pero eso es para mañana. Hoy ya fuiste muy buena.
***
No pude dormir. Daba vueltas en la cama repasando cada mensaje, cada palabra suya, y me descubría sonriendo en la oscuridad como una idiota. No era solo lo físico. Era que alguien me decía qué hacer y yo quería hacerlo. Toda mi vida había sido la que decide, la que organiza, la que no le pide permiso a nadie. Y de pronto un desconocido escribía dos líneas y yo obedecía con el cuerpo entero, y eso me daba una paz rara, una calma que no entendía pero que no quería soltar.
Al día siguiente trabajé distraída. Pensaba en él en reuniones, en el ascensor, mientras hacía la cena. Me sorprendí buscando con la mirada el mango del cucharón en la cocina, calculando el grosor, y sentí que me ardía la cara sola, en medio de la nada.
Esa noche, apenas se hizo el silencio, abrí el chat.
—Estuve pensando en lo que me dijiste todo el día —escribí.
—Ya sé —contestó, como si me conociera—. Por eso me escribís ni bien podés. Te gusta que te diga qué hacer.
—Me gusta —admití.
—Entonces hoy quiero verte de nuevo —dijo—. Pero antes contame algo. ¿Qué fantaseás mientras lo hacés?
Le conté la verdad. Que me imaginaba que era él quien me abría, despacio, diciéndome al oído lo que me iba a hacer. Que me imaginaba contra la pared, entregada, dejándolo hacer conmigo lo que quisiera.
—Eso es exactamente lo que voy a hacer cuando te tenga —escribió—. Primero te voy a desnudar despacio para mirarte. Después te voy a poner contra la pared y vas a sentir todo el peso de mi cuerpo en tu espalda. Y recién cuando estés rogando, te voy a dar lo que pedís.
Leía y me movía sola, la mano otra vez donde no debía. Le respondía con frases cada vez más cortas, porque ya casi no podía pensar.
—Hacelo —escribió—. Mostrame.
Y lo hice. Esa noche me metí más que nunca, aguanté más, llegué más adentro, y todo el tiempo lo único que sostenía mi cabeza era su voz escrita, su «buena zorra», su «así me gusta». Me corrí mordiendo la almohada, con el teléfono grabando, sintiéndome más puta y más libre que en toda mi vida.
***
De eso ya pasaron varias semanas y seguimos hablando casi todas las noches. No nos conocemos en persona. No sé si quiero que eso cambie o si prefiero que se quede así, en este territorio de palabras y madrugadas donde yo soy otra. A veces me pregunto qué diría la gente que me ve durante el día, tan correcta, tan dueña de mí, si supiera lo que hago cuando se apaga la luz y aparece su nombre en la pantalla.
Sigo escribiendo relatos. Pero ahora hay uno que no voy a publicar, que es mío y suyo, y que se escribe solo, cada noche, un mensaje a la vez. Me volví más curiosa, más atrevida, más capaz de pedir lo que quiero. Él me enseñó que entregarse no es perderse: a veces es la única manera de encontrarse.
Y si están leyendo esto, quizá entiendan por qué lo cuento. Porque escribir siempre fue mi forma de tocar algo que no me animaba a decir en voz alta. Y esta vez, por primera vez, el relato es completamente real.
—Lu 💋





