La extranjera que conocí leyendo en el parque
Vivir con compañeros de piso con los que apenas comparto nada hace que mis fines de semana sean, por lo general, un desierto. Entre semana no lo noto porque trabajo de lunes a viernes, pero los sábados y los domingos pueden convertirse en una tortura si me quedo encerrado en casa. Soy de los que no para quieto: necesito moverme, salir, sentir que el día va a algún lado.
Por eso, según el humor del día, me voy a la playa, salgo a correr o, como en la ocasión que da pie a este relato, me siento en un parque a leer. Esto último no lo había probado nunca, y resultó ser una de las mejores decisiones de aquel verano.
Era un domingo de julio, de esos en los que el calor te pesa en los hombros desde primera hora. Ya había pasado la mañana en la playa, donde observé con detenimiento decenas de tetas: solas, en parejas, en grupos de tres o cuatro. A veces pienso que mirar tanta piel junta me reconfigura algo en el cerebro, que produce un cambio irreversible en mis conexiones neuronales. El problema fue que no hablé con ninguna mujer en toda la mañana, así que me quedé con la adrenalina parada en la punta de la lengua.
Decidí entonces ir a un parque a leer. Pensé que, con suerte, podría tener una segunda oportunidad. Conversar con mujeres es mi afición principal, mi deporte favorito. Me encanta su feminidad, su forma de reírse, esa manera que tienen de soltar la guardia cuando una conversación las engancha. No pierdo ocasión de hablar con una desconocida si la situación lo permite.
Elegí el parque de Viveros, en Valencia, porque me quedaba a un paseo de casa. Llevé un libro, porque también soy de los que disfruta los clásicos, y una botella de agua para no tener que volver antes de tiempo por la deshidratación. Al llegar, entré por la verja principal y tomé el sendero de la derecha, casi sin pensarlo.
Y enseguida la vi.
Una mujer hermosa que, en pleno verano, llevaba una prenda apenas un poco más larga que un top y un short diminuto. Estaba sentada sobre una manta extendida en el césped, leyendo un libro, o eso me pareció a mí. Incluso de lejos se notaba que era alta y que tenía unas piernas espectaculares: blancas, gruesas, firmes. Tal vez ella también me vio. Yo la miré, sostuve la mirada un segundo de más y seguí mi camino.
Esta mujer está increíblemente bien, pensé. Pero ¿qué tan accesible puede ser alguien así?
Decidí seguir caminando para ver si encontraba a otra mujer capaz de competir con ella. Mientras avanzaba, calculaba las altísimas probabilidades de rechazo a las que me enfrentaría en pocos minutos. No encontré a ninguna otra que llamara mi atención. Para que me decida a acercarme suelen tener que cumplirse algunos requisitos: que esté sola, que se la vea femenina y que tenga una postura corporal abierta, de esas que no levantan un muro de antemano.
Así que volví sobre mis pasos y me senté a unos veinte metros de ella. Ella, en la sombra; yo, bajo el sol de pleno mediodía. Dejé que me viera, que supiera que estaba ahí, y con un par de miradas calmas pero decididas le hice entender que en cualquier momento podía levantarme a hablarle.
No se fue ni se incomodó. No recogió sus cosas ni cambió de postura. Tomé eso como una invitación y no dejé pasar más tiempo. Me acerqué con el libro en la mano y le dije lo primero que se me ocurrió.
—Has elegido el mejor sitio para leer —le solté, señalando con la cabeza la sombra que la cubría.
Le expliqué, medio en broma, que era imposible concentrarse bajo aquel sol y que ella, en cambio, estaba bendecida por la suerte. Sonrió. Tuvo una amabilidad que me sorprendió para bien, así que aproveché el envión.
—¿Te molesta si me siento un momento?
Aceptó. Recogí mis cosas y me acomodé a su lado.
***
Nadia era una mujer muy sensual, de ojos celestes y rostro redondo. El top que llevaba me dejaba ver el abdomen, marcado de rojo por la insolación, y el short tan corto abría frente a mí esos muslos gruesos y blancos que había admirado desde lejos. Yo ya estaba con el pene durísimo. ¿Lo notará?, me pregunté, intentando mantener la conversación a flote.
Mientras hablábamos, no podía dejar de mirarle las piernas, los pechos, las axilas depiladas, y esa lengua que de vez en cuando asomaba entre sus labios. Le conté que vivía cerca de allí y que era la primera vez que iba a ese parque a leer. Ella, en cambio, no vivía por la zona: había ido porque trabajaba en un vivero, le encantaban las plantas y buscaba parques nuevos, aunque aquel en particular la había decepcionado y no pensaba volver.
A pesar de su español casi perfecto, enseguida noté que no era de aquí.
—¿Eres rusa? —le pregunté.
—No, soy de… —dijo un país que, con sinceridad, he olvidado por completo. Si tuviera que apostar, diría que era letona—. Pero llevo unos años trabajando aquí, en el vivero.
La conversación fluía sola, sin esfuerzo, como esas charlas raras que parecen venir de lejos. En un momento le pregunté por qué había ido al parque ella sola.
—Quería hacer algo distinto a estar con mi novio —me confesó—. Él se fue a la playa y yo vine aquí, para descansar un poco el uno del otro.
El novio, también extranjero y de un país aún más lejano que el suyo, era de un celo enfermizo. No la dejaba ni que su propio hermano le escribiera por mensaje. Le revisaba el teléfono, borraba las conversaciones de quienes la contactaban y los eliminaba de los contactos.
En mi cabeza se acumulaban las confirmaciones: uno, no me iba a dar su número; dos, no volvería al parque; y tres, no iba a salir pronto de esa relación porque ya compartían piso. No se lo dije, claro. Solo intenté animarla y hacerla reír, aunque ella ya era de por sí una persona muy alegre.
Me preguntó si usaba aplicaciones de citas. Le dije que sí, pero que en ninguna había visto a una mujer tan hermosa como ella. Sonrió, aceptando el hecho de que no había forma de escapar a su belleza, de que cualquier hombre que se le acercara lo haría con intenciones, cuando menos, románticas.
***
La charla transcurrió de la forma más amena hasta que, sin querer, llegó el momento de despedirnos. Al levantarse, se puso encima una prenda larga y abierta que la cubría desde los hombros hasta media pierna, y echamos a andar juntos hacia la parte alta del parque.
En el camino nos cruzamos con un grupo de chicas que tomaban el sol en topless sobre el césped. Aquel parque, al ser un sitio turístico, tiene unas casetas de madera cuya utilidad todavía no he logrado descifrar, además de algunos juegos para niños y unos baños en el otro extremo. La salida que elegimos pasaba justo al lado de esas casetas, y como era domingo a la hora de comer, no había nadie cerca.
Al despedirnos, los dos teníamos clarísimo que no volveríamos a vernos ni a hablar. Quizá por eso ella decidió dejarme una marca, algo que recordar. Quedamos de frente y, cuando me acerqué para darle un beso en la mejilla, pasó su brazo derecho por encima de mi hombro izquierdo, me tomó del cuello y se pegó a mí.
En ese instante sentí lo que tanto había mirado de reojo: su pecho derecho chocó contra el mío mientras me besaba la mejilla. Mi erección fue inmediata, pero más veloz aún fue mi reflejo de poner las dos manos en su cintura desnuda y apretarla fuerte. Sentía que ninguno de los dos respiraba. Al cambiar de mejilla para el segundo beso, tiré de su cintura hacia mí para quedar todavía más pegados.
La noté paralizada un segundo, pero algo en mi cabeza me decía que estaba tan encendida como yo. La tomé de la mano y la llevé hacia una de las casetas vacías. Nos besamos con torpeza primero, con hambre después, mientras apretaba mi pene contra ella. Cada vez que hacía una pausa, repetía una frase que a esas alturas ya había perdido todo su peso.
—Tengo novio —murmuraba, sin convicción.
Poco me importaba. Metí las manos por debajo de su top y le acaricié los pezones rosados, los apreté entre los dedos. Se los mordí suave y la dejé gemir bajito, conteniéndose por miedo a que alguien la oyera. Le tomé la mano y la apoyé sobre mi pantalón, a la altura del pene, y no la dejé apartarla.
—Solo te la chupo —me dijo, mirándome a los ojos—. No puedo hacer más.
Acepté. Entre los dos abrimos mi pantalón. Le encantó verme. Le dije que tenía esa erección desde el momento exacto en que empezamos a hablar en el césped. Se agachó y apoyó las rodillas en el suelo, porque en esas casetas no hay asientos ni nada parecido.
Me la empezó a chupar mirándome con esos ojos celestes y redondos que parecían pedir permiso y darlo a la vez. Yo la sujetaba del pelo y movía la pelvis, ya sin ningún control. Le agarré los pechos mientras ella sacudía la cabeza. Jugaba con la lengua, lo metía y lo sacaba, y después bajaba a besarme mientras se sujetaba de mis piernas para no perder el equilibrio.
Unos instantes después de volver a metérselo en la boca, su conciencia regresó de golpe.
—No puedo seguir —dijo, levantándose.
Acepté mi destino, resignado. Me subí el pantalón y ella se acomodó el sujetador, el top, el pelo y, de paso, la vida entera.
***
Salimos de la caseta y, ya de vuelta en el camino, a la vista de todos, nos despedimos otra vez con dos besos. Volvió a apoyar su pecho contra mí y yo volví a sujetarla fuerte de la cintura, sabiendo que la devolvía a su novio bien encendida y cargada de culpa. Hubo algo cruel y dulce en esa despedida, en saber que la mandaba de regreso con un secreto que él jamás conocería.
Han pasado meses y no he vuelto a ver a Nadia. A veces, cuando paso por delante de aquel parque, me descubro mirando hacia el sendero de la derecha, por si acaso. Espero que el día que vuelva a cruzármela ya no esté con aquel novio celoso y podamos terminar lo que empezamos en esa caseta. Ella sabe dónde vivo. Yo sigo esperando.





