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Relatos Ardientes

El vecino tímido al que le enseñé su primera vez

Mis queridos lectores, siguiendo con esta línea de confesiones que les vengo contando, me toca hablarles de lo que pasó después de aquella noche con don Hilario, cuando le saqué hasta la última gota a fuerza de sentones. Esa noche, si se acuerdan, alguien nos vio: el vecino de enfrente, un muchacho callado llamado Adrián, que llegó justo cuando yo cabalgaba al viejo y se quedó mirando desde la puerta. Pues bien, con ese tal Adrián también viví algo, y créanme que vale la pena contarlo.

Don Hilario se había ido al pueblo de su esposa, doña Remedios, por unos cuantos meses, y dejó la casa encargada a Adrián. Yo no lo sabía. Un día fui a tocarle la puerta porque hacía rato que no lo veía y, la verdad, me había preocupado: con la exprimida que le había dado pensé que lo había lastimado de algún lado.

Estaba tocando cuando Adrián salió de la casa de al lado.

—Disculpe, señora, don Hilario no está —me dijo—. Se fue con su esposa al pueblo unos meses. Yo quedé encargado, vengo a limpiar y a regar las plantas.

—Ah, qué bueno —respondí—. No sabía nada, pensé que estaba malito.

—No se preocupe, está bien. Solo va a estar fuera un tiempo. —Se rascó la nuca y agregó—: Me dijo que usted podía usar su casa y sus bicicletas fijas para hacer ejercicio, si quería.

—Qué amable. ¿Y cuándo puedo pasar?

—En la tarde, cuando vengo a regar. Después de las siete está abierto, sin problema.

Le di las gracias con mi mejor sonrisa.

—Eres un encanto, Adrián. Si necesitas cualquier cosa, me avisas, ¿va?

—La amiga de mi amigo también es mi amiga —contestó, y se puso un poco colorado.

Subí a mi departamento, pero no sin antes agacharme a amarrarme los tenis justo delante de él. La falda que llevaba tenía vuelo, y al inclinarme se me subió lo suficiente como para regalarle una vista completa de mi trasero embutido en la tanga. De reojo lo vi tragar saliva y apretarse el bulto del pantalón sin disimulo. Solo eso bastó para encenderme.

Ya en mi cuarto, me asomé por la ventana. Ahí seguía él, debajo de la escalera, sobándose por encima de la tela, marcándosele todo. Tuve que meterme la mano entre las piernas un momento para quitarme lo caliente. Ese muchacho tenía energía de sobra, y yo necesidades de sobra.

***

Al otro día decidí vigilarlo. A las siete en punto lo vi salir de su casa y entrar a la de don Hilario. Adrián era alto, delgado, de cabello negro, agraciado y muy tímido; calculé que andaría por los veintidós o veintitrés años. Cuando lo vi entrar, me arreglé: mallas negras bien pegadas, el pelo recogido, una nube de perfume. Esperé media hora larga antes de bajar.

La puerta estaba entreabierta. Me metí sin hacer ruido y me lo encontré frente a la computadora del viejo, viendo porno y jalándose la verga. La tenía bien parada, rosada, no muy gruesa pero larga, con la cabeza todavía cubierta por el prepucio, asomando apenas la punta. Será virgen este muchacho, pensé, y se me hizo agua la boca. Salí tan callada como entré, cerré, y volví a tocar fuerte.

—¡Ya voy, ya abro! —gritó él, agitado.

Cuando me vio se asombró.

—Ah, es usted, señora.

—No me digas señora ni nada de eso —lo corté—. Soy Marlene. Dime Mar, ¿va?

—Sí, claro... Mar —repitió—. Pase, estaba regando las plantas.

—Vengo a usar la bicicleta de don Hilario, ¿está bien?

—Sí, sí, ahí está. Si necesita algo, me dice.

Lo noté raro, con un suéter enorme que claramente no era suyo.

—¿Tienes frío? ¿Por qué ese suéter tan grande, es de don Hilario?

—Es que me mojé regando y me dio frío —mintió fatal.

Yo sabía perfectamente lo que escondía ahí abajo, pero me hice la inocente. Empecé con unos estiramientos de los que «el viejo me había enseñado», sin doblar las rodillas, inclinándome despacio para que tuviera una vista perfecta de mi culo apretado en las mallas transparentes que dejaban ver la tanga. De reojo lo vi sentarse en el sillón. El suéter empezó a levantársele como carpa de circo, y sus ojos no se despegaban de mí.

—Uno, y dos, y tres —contaba yo, marcando el ritmo.

Cuando terminé y me giré, él estaba rojo como tomate. Me hice la que no había visto nada.

Me subí a la bicicleta y empecé a pedalear bien empinada. Después me paré sobre los pedales para trabajar las piernas, subiendo y bajando, dándole un espectáculo completo. Lo miré de reojo: la tenía durísima, marcándosele contra la tela. Mi propia humedad ya empezaba a traspasar las mallas de solo saber que me devoraba con la mirada.

***

Me bajé de la bicicleta exagerando cada movimiento.

—Adrián, ¿me pasas mi botella de agua?

El pobre se levantó nervioso, y al destaparla se le derramó encima. Era agua de jamaica, y le manchó todo el suéter.

—¡Ay, qué tonto soy! —dijo, mortificado—. Perdón, le traeré otra.

—No te preocupes, ven —le dije acercándome—. Hace frío, mejor quítate eso o te vas a enfermar.

Le jalé el suéter por la orilla antes de que pudiera reaccionar, y madre mía, ahí apareció su verga parada empujando contra el pantalón.

—Ay, caray —reí bajito—. ¿Y todo eso? ¿Te alteraste con el agua, eh?

Se puso morado de la vergüenza.

—Perdóname, Mar. No pude aguantarme... te mueves muy rico.

—Tranquilo —le dije, suavizando la voz al verlo tan apenado—. Somos amigos, ¿no? No voy a decir nada. Ni a tu mamá ni a nadie. Será nuestro secreto.

—Gracias —murmuró, y me dio un abrazo tan torpe que su erección me picó el vientre.

—Oye, casi me perforas —bromeé, y él soltó una risa nerviosa—. Anda, ve al baño y échate agua antes de que llegue tu mamá y piense mal de mí.

Se metió al baño y yo, claro, fui detrás. Lo encontré con un trapo húmedo, intentando limpiarse el pantalón sin bajarse el bóxer.

—Te estás tardando mucho —le dije entrando—. Así no se va a secar nunca. Quítatelo, Adrián, en serio.

Me arrodillé y le bajé el pantalón mojado mientras él se tapaba con las manos.

—Solo apunta para allá, no me vayas a sacar un ojo —reí.

Colgué el pantalón en el patio trasero para que se secara rápido. Cuando volví, seguía cubriéndose.

—Quítate el bóxer, no te apenes por mí.

—No, Mar, cómo cree, me da pena.

—No te preocupes, he visto muchos —le dije, y se lo bajé yo misma.

Y ahí estaba: una verga preciosa, dura y caliente, temblándole de pura juventud.

***

—No puedes quedarte así —le dije agarrándosela.

Era un fierro ardiendo. Empecé a masturbarlo despacio, luego más fuerte. Él solo me miraba fijo y resoplaba.

—Apunta hacia la taza, para que salga —le indiqué.

Él asentía con la cabeza, sin decir palabra, gimiendo bajito con cada apretón. Pero pasaron cinco minutos largos y la cosa no avanzaba. Qué necio es tu amiguito, pensé.

—Para situaciones desesperadas, medidas desesperadas —dije.

Me puse en cuclillas y me la metí entera a la boca de un solo jalón.

—No, Mar, espera... no sé qué hacer —balbuceó.

—Tranquilo. Te va a gustar.

Empecé a lamerla de la base a la punta, como si fuera un helado que no quería que se derritiera. El vello le hacía cosquillas en mi nariz cada vez que me la metía hasta el fondo. Era mi primera vez con un muchacho virgen, nunca lo había hecho con alguien tan inexperto, pero el instinto y las ganas me sobraban. Él gemía y movía las caderas despacio, como si me cogiera la boca con esa verga ardiente clavada hasta donde podía.

Apenas me cabía, y aun así me las arreglaba para tragármela lo más profundo posible. Me atragantaba, se me llenaban los ojos de agua, pero la disfrutaba en cada embestida. Tenía la boca dormida de tanto abrirla, llena de saliva, y él no paraba de empujar, cada vez más rápido.

De pronto sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo. Sus caderas se volvieron frenéticas.

—Mar... Mar... Mar —repetía entre jadeos.

Me agarró la cabeza con las dos manos. Ya valió, pensé, y enseguida explotó dentro de mi boca. El primer chorro fue tan caliente y violento que se me fue directo a la garganta sin que pudiera reaccionar. Los demás los retuve en la lengua. Era su primera vez, y había terminado descargándose entero en mi boca. Le mostré todo antes de tragármelo, despacio, sin perder detalle de su cara.

***

Seguí chupando por pura inercia hasta dejarlo seco y limpio, hasta que la verga empezó a encogérsele.

—¿Estás satisfecho? —le pregunté.

—Qué rico... nunca pensé que se sintiera así —dijo todavía agitado—. Gracias, Mar. Fue mi primera vez.

—¿Tampoco has estado con nadie? ¿No tienes novia?

—No, ninguna.

—Mmm, eso me gusta —dije, y volví a tomársela.

Lo senté en la taza del baño y empecé a apretarla y a jalarla otra vez. Bendita juventud: en un par de minutos ya estaba tiesa de nuevo. Me giré dándole la espalda, me bajé las mallas con todo y tanga, y de reojo vi cómo se le iluminaban los ojos. Agarré su verga reviviendo, la apunté hacia mí y me di unos roces de cabeza contra la entrada. La cosa se iba a poner buenísima, ya me disponía a sentarme en ese tronco caliente cuando...

—¡Adrián, ven a cenar! —gritó su mamá desde la otra casa.

Me asusté tanto que me subí la ropa de volada. Salí del baño y le pasé sus cosas.

—Anda, ve, te están llamando.

—Ya voy —le contestó él a gritos—. Deja cierro la casa de don Hilario. —Y luego, bajito, a mí—: Quédate aquí, Mar. Yo me voy y tú te sales después.

Así lo hice. Esperé un rato y salí al ratito con la entrepierna empapada, chorreando de las ganas que me quedaron de meterme ese pedazo de carne. Y por dónde más, también, mis queridos lectores.

Pero eso ya es otra historia. Más adelante les contaré cómo fue desvirgar a Adrián como Dios manda, primero por delante y después por detrás. Ese muchacho tímido me dio más guerra de la que cualquiera se imaginaría.

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Comentarios(5)

Beto_Rosario

Tremendo relato!!! Me dejó sin palabras. Mas de esto por favor

Nocturno_87

jaja increible como pasan estas cosas y uno ni se entera. Muy bueno

RolandoMza

Muy bueno!! ojalá hubiera segunda parte

SantiLector09

La intro me engancho enseguida y ya no pude parar. Que relato genial

Cris_viajera

Me encanto como lo contaste, se siente autentico. Me recordó a una situacion parecida hace años, esas cosas no se olvidan jaja. Segui subiendo!

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