Su cumpleaños fue la noche en que le obedecí
Esta es, con diferencia, la aventura más intensa que he vivido, y todavía me cuesta creer que fui yo la que la pidió. La cuento tal cual la recuerdo, porque sé que si no la escribo terminaré convenciéndome de que la soñé.
Conseguí escaparme un fin de semana entero para ir a ver a Bruno, mi amante. Nos conocíamos desde hacía casi un año, siempre a ratos robados, siempre con la sensación de que el reloj nos perseguía. Por eso ese fin de semana era distinto: no había prisa, no había excusas que dar a las once de la noche, no había que mirar el teléfono cada cinco minutos. Solo él, yo y dos días por delante.
Y había algo más: era su cumpleaños. Llevaba semanas dándole vueltas a qué regalarle. No quería comprarle nada, no quería un objeto que después tuviera que esconder en algún cajón. Quería darle algo que fuera solo mío, algo que no pudiera envolver.
—Tengo tu regalo —le dije por teléfono, dos días antes.
—¿Ah, sí? —Noté la sonrisa en su voz—. ¿Y qué es?
—Yo. Todo el fin de semana mandas tú. Yo no decido nada. Hago lo que me pidas, cuando me lo pidas.
Hubo un silencio largo al otro lado. Luego oí cómo respiraba, despacio, y supe que ya estaba pensando en todo lo que iba a hacerme.
—Es el mejor regalo que me han hecho nunca —dijo al fin.
Colgué con el corazón acelerado y pasé los dos días siguientes incapaz de concentrarme en nada. En el trabajo se me iba la cabeza a mitad de una frase; en casa preparaba la maleta y la deshacía tres veces, dudando entre unas medias y otras como si de eso dependiera todo. Nunca antes había ofrecido algo así, ni a él ni a nadie, y la sola idea de haberlo dicho en voz alta me mantenía en un estado de excitación constante, una corriente baja que no se apagaba ni siquiera cuando intentaba dormir.
***
Llegué el viernes por la tarde. Él había alquilado un apartamento en una zona tranquila, lejos de cualquier sitio donde pudiéramos cruzarnos con un conocido. Subí en el ascensor mirándome en el espejo, repasándome el carmín, y noté que me temblaban un poco las manos. No de miedo. De anticipación.
Abrió la puerta antes de que yo terminara de tocar. Llevaba una camisa oscura, las mangas remangadas, y olía a la colonia que tantas veces había buscado después en mi propia piel. Me quedé en el umbral sin saber muy bien qué decir.
—Pasa —me ordenó. No fue una invitación. Fue la primera orden.
Entré. Cerró la puerta detrás de mí y, antes de que pudiera dejar el bolso en el suelo, me tomó la cara con las dos manos y me besó. No fue un beso suave de bienvenida. Fue un beso que decía «este fin de semana eres mía», y yo se lo devolví con la misma intención.
—¿Te acuerdas de lo que me prometiste? —murmuró contra mis labios.
—Me acuerdo.
—Entonces ya sabes lo que toca.
***
Me hizo desnudarme allí mismo, en el recibidor, despacio, mientras él me miraba sentado en el brazo del sofá sin tocarse, sin decir nada. Le gustaba mirar. Le gustaba el poder de mirar mientras yo me sentía completamente expuesta.
—Las medias no —dijo cuando llevaba la mano al borde de una de ellas—. Las medias y los zapatos se quedan.
Así me dejó: con las medias hasta el muslo y los tacones, y nada más. Me sentí más desnuda que si no llevara nada, y creo que esa era exactamente la idea. Me hizo girarme y apoyarme con las manos contra la pared, ligeramente inclinada hacia delante, con el trasero hacia él.
—No te muevas —me advirtió.
Oí sus pasos detrás de mí. Sentí su aliento primero, antes que sus manos, recorriéndome la espalda. Luego se arrodilló y empezó a recorrerme con la lengua, sin prisa, alternando entre los dos puntos donde más lo necesitaba. Me lamía despacio mientras me acariciaba con los dedos, y cada vez que yo intentaba empujar hacia atrás para sentir más, él se apartaba un segundo, castigándome la impaciencia.
—Quieta —repetía—. Hoy el ritmo lo pongo yo.
Me deshizo así, contra esa pared, sin permitirme tocarme, sin permitirme apurarlo. Cuando por fin metió los dedos y encontró el ángulo justo, ya no pude más. Me corrí con la frente apoyada en el yeso frío, mordiéndome el labio para no gritar, y él no paró hasta que sintió que se me aflojaban las rodillas.
—Bien —dijo, levantándose—. Eso era solo el principio.
***
Me llevó al dormitorio de la mano, como si después de lo de la pared mereciera un trato más amable, aunque los dos sabíamos que era mentira. Sobre la cómoda tenía preparadas algunas cosas. Reconocí un par de juguetes que habíamos usado otras veces y un frasco de lubricante, todo dispuesto con una calma que me puso más nerviosa que cualquier brusquedad.
—Date la vuelta otra vez —me pidió—. Y abre las piernas.
Obedecí. Lo oí destapar el frasco, sentí el líquido frío, y luego sus dedos preparándome con paciencia, primero uno y después otro, hasta que dejé de tensarme y empecé a empujar contra su mano. Solo entonces usó los juguetes. Me llenó despacio, uno en cada sitio, atento a mi respiración, deteniéndose cada vez que me oía contener el aire.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja. Esa pregunta, en medio de todo, fue lo más íntimo de la noche.
—Sí —jadeé—. Sigue.
Me sostuvo un momento por las caderas, dejándome sentir todo lo que me había puesto antes de moverme, comprobando si aguantaba el peso de aquella sensación nueva. Me ardía la cara, me ardía la piel entera, y aun así lo único que quería era que no se detuviera. Esa entrega total, la de no tener que decidir nada, la de confiar en que él sabía hasta dónde llevarme, era justo lo que le había prometido por teléfono. Y cumplirla me excitaba más que cualquier caricia.
Cuando me tuvo así, completamente a su merced, se tumbó en la cama y me hizo subir encima de él, pero al revés, de modo que quedamos cara a cara con el cuerpo del otro. La vieja posición de siempre, esa en la que nadie puede esconder nada.
—Ahora mi regalo de verdad —dijo, con una sonrisa que sentí más que vi—. Hazlo como solo tú sabes.
***
Lo tomé con la boca tal como le gustaba: despacio al principio, mojándolo bien, ganando profundidad poco a poco. Él era generoso por naturaleza, y siempre me había costado tomarlo entero, así que esa noche me lo propuse como parte del regalo. Cada vez que conseguía llegar hasta el fondo, él respondía moviendo los juguetes dentro de mí, hundiéndolos hasta que yo gemía con la boca ocupada.
Encontramos el ritmo casi sin buscarlo. Cuando yo bajaba, él empujaba. Cuando yo subía a tomar aire, él aflojaba. Era una conversación sin palabras, un acuerdo de dos cuerpos que se conocían bien. Tuve otro orgasmo así, con él en la boca y las manos aferradas a sus muslos, y noté cómo le temblaban las piernas debajo de mí.
—No pares —dijo con la voz quebrada—. No te atrevas a parar ahora.
Lo sentí cambiar, sentí esa tensión que conocía de memoria, la señal de que estaba a punto. En lugar de apartarme, aceleré. Quería que ese cumpleaños terminara exactamente así, con él perdiendo por completo el control que tanto le había gustado tener toda la tarde.
Cuando llegó, lo hizo con una intensidad que me sorprendió incluso a mí. Lo recibí entero, sin apartarme, apretando los labios para no perder nada. Parecía no tener fin, una ola detrás de otra, y mientras tanto él seguía moviendo los juguetes dentro de mí, empujándome a un último orgasmo que me sacudió de arriba abajo. Me corrí con él todavía en la boca, los dos temblando, los dos sin aire.
***
Después nos quedamos quietos un buen rato, yo con la cabeza apoyada en su pierna, él acariciándome el pelo, los dos demasiado rendidos para hablar. Por la ventana entraba la luz anaranjada de las farolas de la calle, y en algún piso de abajo sonaba música apagada.
—¿Sabes una cosa? —dijo al fin, riéndose por lo bajo—. Llevaba toda la semana esperando esto. Casi no dormí pensando en cómo iba a ser.
—¿Solo pensando? —Levanté la cabeza para mirarlo.
—No solo pensando. —Me sostuvo la mirada, descarado—. Me guardé toda la semana para ti. No quería desperdiciar nada antes de hoy.
Me reí, entre incrédula y halagada. Que un hombre planeara su cumpleaños con esa clase de detalle me pareció, en ese momento, lo más romántico que nadie había hecho por mí, por absurdo que suene contado así.
—Pues ha valido la pena la espera —le dije, y volví a apoyar la cabeza en su pierna.
Nos quedaba todavía el sábado entero, y la noche del sábado, y la mañana del domingo antes de que cada uno volviera a su vida de siempre. Pero esa primera noche ya sabía que no iba a olvidarla. No por los juguetes, ni por las posturas, ni por nada de lo que cualquiera pensaría al leer esto.
La recuerdo por la sensación de haberme entregado del todo a alguien y haber salido de allí sintiéndome más mía que nunca. Le di las riendas durante un fin de semana, sí. Pero el regalo, al final, me lo hice yo.





