Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La madrugada que entré a esa llantería sin salida

Me llamo Rosaura y tengo cuarenta y seis años. Soy de piel clara, de caderas anchas, y todavía me doy vuelta cuando camino por la calle. Hacía mucho que no contaba algo así, pero esta confesión me pesa demasiado para guardarla. Lo que pasó esa madrugada cambió la forma en que me miro al espejo.

Todo empezó por una tontería. Mi marido se había olvidado de comprar el desayuno para el día siguiente, y eran ya pasadas las diez de la noche. Las tiendas del barrio estaban cerradas, así que, para no quedarme con la bronca, agarré las llaves del auto chico que casi no usamos. Es de caja manual y a él no le gusta manejarlo. A mí me asignaron uno en el trabajo, de modo que ese pequeño siempre duerme en la cochera.

Salí hacia un supermercado un poco alejado, de esos que abren hasta tarde. En el camino sentí el volante tirar hacia un lado y un golpeteo seco contra el asfalto. Frené unos metros más adelante y bajé a revisar. La rueda delantera estaba reventada, lisa contra el piso.

—Justo hoy —murmuré.

Volví a subir y avancé despacio un par de cuadras. Un muchacho caminaba por la vereda y bajé la ventanilla para preguntarle por una gomería cercana.

—Dos cuadras y dobla a la derecha —me indicó—. Ahí hay una.

Seguí sus señas. Cuando giré, me encontré con una calle sin salida, oscura, sin una sola luz que sirviera. Al fondo, una cortina metálica a medio bajar y un cartel descolorido: el taller. Bajé con algo de miedo, porque el lugar no inspiraba nada bueno. Salió un señor moreno de unos sesenta años, con el pelo armado en un afro entrecano y las manos manchadas de grasa.

—Ya cerramos, señora —dijo secándose con un trapo.

—Por favor, se lo pido. Se me reventó una llanta y vivo lejos.

***

Detrás de él apareció otro hombre, también mayor, de espalda ancha y voz pausada.

—Dejá, Aurelio. Si querés yo se la cambio —ofreció, y a mí me volvió el alma al cuerpo.

Levantaron la cortina y me hicieron entrar el auto. Les agradecí varias veces mientras Aurelio me señalaba unas sillas desvencijadas contra la pared.

—Siéntese, que esto lleva un rato.

Me senté. Estaba contenta de haber encontrado quien me ayudara, pero también nerviosa por el sitio: piso sucio, olor a aceite quemado, una sola lámpara colgando del techo. Los dos hombres me miraban de reojo. Yo iba vestida muy informal, con un short de licra corto y una musculosa deportiva, porque pensaba que solo entraría y saldría del supermercado. De pronto me sentí demasiado expuesta para ese lugar.

Un auto viejo entró a la calle y se detuvo frente al portón. Bajó un muchacho corpulento, joven, con un pack de cervezas bajo el brazo. Aurelio se acercó a ayudarlo.

—Te demoraste un montón con el mandado —le reprochó.

—Es que la Yamila se estaba maquillando —contestó el joven, riéndose.

Me quedé con la duda de quién sería esa tal Yamila. En eso, el otro señor se asomó desde el auto.

—Su llanta no tiene arreglo. Si quiere, le vendemos una.

—Sí, sí, ponga lo que haga falta —respondí. Solo quería irme rápido.

***

Aurelio, para mi sorpresa, abrió una cerveza y me la ofreció.

—Tome, para que no se aburra mientras le dejamos el auto listo.

Dudé un segundo, pero el frío de la lata me convenció. Le di un trago largo. Estaba helada y bajó como seda. Mientras tanto, el muchacho abrió la puerta del acompañante de su auto y de ahí salió la famosa Yamila. Era alta, de piernas larguísimas, cintura marcada y una cola redonda que se movía sola al caminar. Pelo rubio, piel clara, perfume dulce que llenó todo el galpón. Se sentó a mi lado y me saludó con una voz grave, ronca, que no coincidía con su figura. Enseguida me di cuenta de que era una travesti.

El joven le alcanzó una cerveza a ella y otra a mí. Mientras la abría, pensé que con mi presencia les estaba arruinando la fiesta a esos tres, porque para eso la habían traído. Mejor termino el trago y me voy, me dije. Pero la cerveza ya me estaba calentando las orejas, y algo más abajo también empezaba a despertar.

—Listo el auto —anunció el de la espalda ancha.

Me levanté de un salto.

—¿Cuánto le debo?

—Quince dólares.

—¿Aceptan tarjeta?

—No, señora. Efectivo.

—No tengo encima. Si me espera, voy hasta un cajero y vuelvo —ofrecí.

—Tómese una más con nosotros y después arreglamos —dijo Aurelio, alcanzándome otra lata.

Los miré a los tres. Sabía que era mala idea. Pero la calle seguía oscura, el auto ya estaba listo y, por dentro, una parte de mí no quería irse todavía.

—Solo una más —cedí, y me volví a sentar.

***

El joven sacó un parlante portátil y puso música. Sin pedir permiso, agarró a Yamila de la mano y la sacó a bailar en medio del taller. Para entonces yo ya iba por la tercera cerveza, y el calor de las orejas se me había bajado a la cintura. Tenía la piel sensible, la respiración corta.

El señor de la espalda ancha me tendió la mano.

—¿Baila?

Acepté sin pensarlo. Me tomó de la cintura y me apretó contra su cuerpo. Olía a sudor de todo un día de trabajo, un olor fuerte, masculino, que en otro momento me habría espantado y que esa noche me hizo apretar las piernas. Levanté la vista y vi que, en el rincón, el muchacho y Yamila ya se estaban besando.

Aurelio se acercó con otra lata. Me la dio, me hice un giro y quedé abrazada a él, mientras el otro se ubicaba detrás de mí. Sentí sus manos grandes recorrerme la espalda y bajar hasta el short.

—Tranquila —me susurró uno al oído.

No dije nada. Y no decir nada, esa noche, fue decir que sí.

***

Vino una canción más lenta. Aurelio me empezó a besar el cuello, despacio, detrás de la oreja, y se me escapó un gemido que ni intenté disimular. El otro me metió la mano por debajo de la musculosa y me apretó los pechos, jugando con los pezones hasta endurecerlos. Estaba entre los dos, rodeada, y cada uno encontraba un lugar nuevo donde tocarme.

De reojo miré hacia el rincón. Yamila ya tenía al muchacho con los pantalones por las rodillas y se lo llevaba a la boca con ganas. Mientras lo hacía, me cruzó la mirada y me hizo una seña con la cabeza hacia una puerta del fondo, el cuartito del taller. Ellos entraron primero. Nosotros los seguimos.

Adentro había una sola cama angosta y un olor a encierro que se mezclaba con el perfume de ella. Yamila se sentó enseguida en el borde para seguir con lo suyo. Ya se había sacado el pantalón y quedó en una bombacha de encaje que apenas la contenía.

A mí los dos hombres me siguieron desnudando. El mayor me bajó el short y la bombacha de un tirón, me abrió las nalgas con las dos manos y hundió la cara entre ellas. Sentí su lengua y casi pierdo el equilibrio. El otro me sacó la musculosa por la cabeza y me llevó los pechos a la boca, mordiendo apenas. Tuve un primer orgasmo de pie, temblando, sostenida por sus brazos para no caerme.

***

Después decidí tomar yo el control. Los aparté un poco, me senté en el borde de la cama y los atraje de las manos. Les desabroché los cinturones a los dos y les pedí que se sacaran el pantalón. Uno tenía calzoncillos; el otro, nada debajo. Tenían los penes oscuros, gruesos, duros a pesar de la edad. Los olí —olían a sudor, a metal, a noche entera de trabajo— y me los llevé a la boca, uno y después el otro, alternando, escuchándolos resoplar.

Me subí a la cama en cuatro patas. El mayor se acomodó detrás y me penetró despacio mientras yo seguía con el otro en la boca. Sentí cada centímetro, el peso de su cuerpo sobre mi espalda, su mano apretándome la cintura.

Yamila se trepó a la cama paralela a mí, y el muchacho la montó del mismo modo. La de ella era más fina, más clara que la de los morenos. Entre risas y jadeos, en un gesto que no me reconozco, le ofrecí a Yamila que probara también al mayor. Ella aceptó encantada, y por un rato compartimos la misma boca, los mismos hombres, sin envidia ni apuro.

***

Sentí que el mayor cambiaba el ritmo, más rápido, más profundo, hasta que un calor lo recorrió y terminó dentro de mí con un gruñido largo. Se apartó a descansar contra la pared, agarrando una cerveza nueva.

El muchacho, que había estado con Yamila, se acercó a mí. Me recorrió la espalda con las manos, me acomodó de costado y siguió donde el otro había dejado. No aguantó demasiado: a los pocos minutos también se vino, agitado, y se dejó caer a un lado.

Me quedé acostada un rato, mirando cómo el segundo señor seguía con Yamila al otro lado de la cama, hasta que él también terminó. Cuando todo parecía haber acabado, fue ella la que se acercó a mí. Se acomodó encima, en misionero, y me besó el cuello mientras me hacía suya despacio, casi con ternura, hasta vaciarse con un suspiro.

La noche siguió. Cervezas tibias, música baja, cuerpos cansados que volvían a buscarse cuando menos se esperaba. Perdimos la cuenta de las veces y de la hora. Solo me di cuenta de que amanecía cuando una línea gris se coló por la rendija de la puerta.

***

Me vestí en silencio, con el cuerpo molido y la cabeza dándome vueltas. Pagué los quince dólares de la llanta —que para entonces era lo último que me importaba— y manejé de vuelta con las ventanillas bajas para despejarme.

Llegué a casa con la primera luz, despeinada, oliendo a cerveza y a cosas que prefiero no nombrar. Mi marido todavía dormía. Y, después de todo, ni siquiera traje el pan para el desayuno.

Nunca volví a esa calle sin salida. Pero cada tanto, cuando paso por una gomería de noche y siento el olor a goma y a aceite, algo en mí se vuelve a despertar. Por eso lo confieso acá: porque hay madrugadas que una se guarda para siempre, y esta ya no la quería cargar sola.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(4)

lector_secreto

impresionante... de esos relatos que no podes soltar

BrunaK

por favor conta como termino esa noche!!! quede con mil preguntas

NocheDeVegas

Los relatos de confesiones son otra cosa cuando son reales. Este me engancho desde el principio, no pude parar

PatriRdzz

Y despues volviste? jaja pregunto en serio. Muy bueno el relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.