La madrugada que entré a esa llantería sin salida
Me llamo Rosaura y tengo cuarenta y seis años. Soy de piel clara, de caderas anchas, de tetas grandes que todavía se sostienen solas, y todavía me doy vuelta cuando camino por la calle. Hacía mucho que no contaba algo así, pero esta confesión me pesa demasiado para guardarla. Lo que pasó esa madrugada cambió la forma en que me miro al espejo.
Todo empezó por una tontería. Mi marido se había olvidado de comprar el desayuno para el día siguiente, y eran ya pasadas las diez de la noche. Las tiendas del barrio estaban cerradas, así que, para no quedarme con la bronca, agarré las llaves del auto chico que casi no usamos. Es de caja manual y a él no le gusta manejarlo. A mí me asignaron uno en el trabajo, de modo que ese pequeño siempre duerme en la cochera.
Salí hacia un supermercado un poco alejado, de esos que abren hasta tarde. En el camino sentí el volante tirar hacia un lado y un golpeteo seco contra el asfalto. Frené unos metros más adelante y bajé a revisar. La rueda delantera estaba reventada, lisa contra el piso.
—Justo hoy —murmuré.
Volví a subir y avancé despacio un par de cuadras. Un muchacho caminaba por la vereda y bajé la ventanilla para preguntarle por una gomería cercana.
—Dos cuadras y dobla a la derecha —me indicó—. Ahí hay una.
Seguí sus señas. Cuando giré, me encontré con una calle sin salida, oscura, sin una sola luz que sirviera. Al fondo, una cortina metálica a medio bajar y un cartel descolorido: el taller. Bajé con algo de miedo, porque el lugar no inspiraba nada bueno. Salió un señor moreno de unos sesenta años, con el pelo armado en un afro entrecano y las manos manchadas de grasa.
—Ya cerramos, señora —dijo secándose con un trapo.
—Por favor, se lo pido. Se me reventó una llanta y vivo lejos.
Detrás de él apareció otro hombre, también mayor, de espalda ancha y voz pausada.
—Dejá, Aurelio. Si querés yo se la cambio —ofreció, y a mí me volvió el alma al cuerpo.
Levantaron la cortina y me hicieron entrar el auto. Les agradecí varias veces mientras Aurelio me señalaba unas sillas desvencijadas contra la pared.
—Siéntese, que esto lleva un rato.
Me senté. Estaba contenta de haber encontrado quien me ayudara, pero también nerviosa por el sitio: piso sucio, olor a aceite quemado, una sola lámpara colgando del techo. Los dos hombres me miraban de reojo, y yo sabía perfectamente adónde iban esas miradas: al escote, a los muslos, al triángulo que se marcaba bajo la licra. Iba vestida muy informal, con un short de licra corto y una musculosa deportiva sin corpiño, porque pensaba que solo entraría y saldría del supermercado. De pronto me sentí demasiado expuesta para ese lugar, con los pezones marcándose bajo la tela y el short metiéndoseme en la entrepierna cada vez que cruzaba las piernas.
Un auto viejo entró a la calle y se detuvo frente al portón. Bajó un muchacho corpulento, joven, con un pack de cervezas bajo el brazo. Aurelio se acercó a ayudarlo.
—Te demoraste un montón con el mandado —le reprochó.
—Es que la Yamila se estaba maquillando —contestó el joven, riéndose.
Me quedé con la duda de quién sería esa tal Yamila. En eso, el otro señor se asomó desde el auto.
—Su llanta no tiene arreglo. Si quiere, le vendemos una.
—Sí, sí, ponga lo que haga falta —respondí. Solo quería irme rápido.
Aurelio, para mi sorpresa, abrió una cerveza y me la ofreció.
—Tome, para que no se aburra mientras le dejamos el auto listo.
Dudé un segundo, pero el frío de la lata me convenció. Le di un trago largo. Estaba helada y bajó como seda. Mientras tanto, el muchacho abrió la puerta del acompañante de su auto y de ahí salió la famosa Yamila. Era alta, de piernas larguísimas, cintura marcada y una cola redonda que se movía sola al caminar. Pelo rubio, piel clara, perfume dulce que llenó todo el galpón. Se sentó a mi lado y me saludó con una voz grave, ronca, que no coincidía con su figura. Enseguida me di cuenta de que era una travesti, y también me di cuenta, cuando cruzó las piernas, del bulto grueso que se le marcaba en el jean apretado.
El joven le alcanzó una cerveza a ella y otra a mí. Mientras la abría, pensé que con mi presencia les estaba arruinando la fiesta a esos tres, porque para eso la habían traído. Mejor termino el trago y me voy, me dije. Pero la cerveza ya me estaba calentando las orejas, y algo más abajo también empezaba a despertar. Sentía el coño hinchado dentro de la bombacha, húmedo, latiéndome al ritmo del corazón.
—Listo el auto —anunció el de la espalda ancha.
Me levanté de un salto.
—¿Cuánto le debo?
—Quince dólares.
—¿Aceptan tarjeta?
—No, señora. Efectivo.
—No tengo encima. Si me espera, voy hasta un cajero y vuelvo —ofrecí.
—Tómese una más con nosotros y después arreglamos —dijo Aurelio, alcanzándome otra lata.
Los miré a los tres. Sabía que era mala idea. Pero la calle seguía oscura, el auto ya estaba listo y, por dentro, una parte de mí no quería irse todavía.
—Solo una más —cedí, y me volví a sentar.
El joven sacó un parlante portátil y puso música. Sin pedir permiso, agarró a Yamila de la mano y la sacó a bailar en medio del taller. Para entonces yo ya iba por la tercera cerveza, y el calor de las orejas se me había bajado a la cintura. Tenía la piel sensible, la respiración corta, la bombacha empapada pegándoseme a los labios.
El señor de la espalda ancha me tendió la mano.
—¿Baila?
Acepté sin pensarlo. Me tomó de la cintura y me apretó contra su cuerpo. Olía a sudor de todo un día de trabajo, un olor fuerte, masculino, que en otro momento me habría espantado y que esa noche me hizo apretar las piernas. Sentí enseguida su bulto contra mi vientre, ya duro, gordo, insistiendo contra la tela del short. Levanté la vista y vi que, en el rincón, el muchacho tenía a Yamila contra la pared, con una mano metida dentro del jean de ella y la boca comiéndole el cuello.
Aurelio se acercó con otra lata. Me la dio, me hice un giro y quedé abrazada a él, mientras el otro se ubicaba detrás de mí. Sentí sus manos grandes recorrerme la espalda y bajar hasta el short, meterse por debajo, apretarme las nalgas al aire.
—Tranquila —me susurró uno al oído—. Nadie te va a apurar. Vos marcás.
No dije nada. Y no decir nada, esa noche, fue decir que sí. Empujé el culo hacia atrás, contra la verga dura del que me tenía por la espalda, y adelanté la pelvis contra el bulto de Aurelio. Los dos entendieron.
Vino una canción más lenta. Aurelio me empezó a besar el cuello, despacio, detrás de la oreja, y se me escapó un gemido que ni intenté disimular. El otro me metió la mano por debajo de la musculosa y me apretó las tetas, sin corpiño, jugando con los pezones hasta ponérmelos como piedras. Después bajó la otra mano por delante, por dentro del short, por dentro de la bombacha, y me encontró tan mojada que se rio bajito en mi nuca.
—Mirá cómo está —le dijo al otro—. Chorreando.
Aurelio bajó también su mano y se sumó. Dos dedos gruesos, callosos, con olor a grasa de motor, se me metieron en el coño mientras el pulgar del otro me frotaba el clítoris en círculos lentos. Estaba entre los dos, rodeada, y cada uno encontraba un lugar nuevo donde tocarme. Me abrí más de piernas, apoyada contra el pecho del de atrás, y dejé que me manosearan todo.
De reojo miré hacia el rincón. Yamila ya tenía al muchacho con los pantalones por las rodillas, arrodillada frente a él, y se estaba tragando una verga morena y larga hasta la base, con la garganta abierta, sin arcadas. La mano del pibe le agarraba el pelo rubio y le marcaba el ritmo. Mientras chupaba, me cruzó la mirada, se sacó la polla de la boca un segundo —un hilo de saliva colgándole del labio— y me hizo una seña con la cabeza hacia una puerta del fondo, el cuartito del taller. Ellos entraron primero. Nosotros los seguimos.
Adentro había una sola cama angosta y un olor a encierro que se mezclaba con el perfume de ella. Yamila se sentó enseguida en el borde para seguir con lo suyo. Ya se había sacado el pantalón y quedó en una bombacha de encaje negro que no llegaba a contener la verga tiesa que se le marcaba de lado, asomando por el elástico.
A mí los dos hombres me siguieron desnudando. El mayor me bajó el short y la bombacha de un tirón, hasta los tobillos, y se arrodilló detrás de mí. Me abrió las nalgas con las dos manos, grandes, oscuras, y hundió la cara entre ellas. Sentí la lengua caliente lamerme del culo al clítoris, ida y vuelta, chupándome los labios hinchados, metiéndose adentro, y casi pierdo el equilibrio. El otro me sacó la musculosa por la cabeza, me dejó las tetas al aire y me las llevó a la boca, chupándome un pezón y después el otro, mordiendo apenas, mientras yo le apretaba la cabeza contra el pecho.
La lengua del mayor no paraba. Me lamía el coño con hambre, como si tuviera sed, sorbiendo los jugos, clavando la punta en el hoyo del culo y volviendo abajo. Sentí que se me venía el primer orgasmo desde los pies, tembloroso, y me corrí de pie, gritando bajito, sostenida por los brazos del de adelante para no caerme. Se me aflojaron las rodillas y me dejé caer sentada en la cama, agitada, con la cara del mayor todavía brillando de lo mío entre las piernas.
Después decidí tomar yo el control. Los aparté un poco, me quedé sentada en el borde de la cama y los atraje de las manos hasta que se pararon uno a cada lado de mí. Les desabroché los cinturones a los dos, les bajé los cierres y les pedí que se sacaran el pantalón. Uno tenía calzoncillos que se le tensaban con la verga marcada de costado; el otro, nada debajo. Cuando se los bajé del todo, las dos pollas me saltaron a la cara, oscuras, gruesas, venosas, duras a pesar de la edad, con los prepucios ya replegados y las cabezas moradas brillando. Los agarré uno con cada mano, los sopesé, sentí el peso caliente en las palmas. Olían a sudor, a metal, a noche entera de trabajo.
Empecé por Aurelio. Se la lamí primero por debajo, siguiendo la vena gruesa que le corría hasta el glande, y le chupé los huevos uno por uno mientras con la otra mano se la pajeaba al otro. Después me la metí en la boca hasta donde pude, empujando con la lengua, y sentí que se me atragantaba en el fondo de la garganta. Aurelio gimió y me agarró la nuca. Cambié al otro y le hice lo mismo, sin soltar al primero, alternando, escuchándolos resoplar. Los dos me clavaban miradas de admiración, como si no pudieran creer que la señora bien vestida que había entrado media hora antes ahora les estaba mamando la verga arrodillada.
—Qué bien mamás, mamita —dijo el mayor con la voz ronca—. Tenés hambre de pija vos.
—Hace rato que no tomo dos juntas —le contesté con la boca llena, y ellos se rieron.
Me subí a la cama en cuatro patas y les mostré el culo. El mayor se acomodó detrás y me la fue metiendo despacio, empujando de a poco, abriéndome. Era gruesa. Sentí cada centímetro que iba entrando, la cabeza abriéndome paso, el tallo estirándome las paredes. Cuando llegó al fondo, gemí largo y bajé la cabeza. El peso de su cuerpo se apoyó sobre mi espalda y sus manos me apretaron la cintura. Empezó a moverse, primero lento, después con embestidas más firmes que me hacían avanzar unos centímetros en la cama con cada golpe. El sonido de sus muslos chocándome el culo llenaba el cuartito.
El otro se puso delante de mí y me presentó la verga en la boca. La agarré con la mano y me la metí hasta la garganta, siguiendo el ritmo del de atrás. Cuando el de atrás empujaba, yo tragaba más adentro; cuando se retiraba, yo me deslizaba hacia afuera. Los dos me tenían atravesada, y yo estaba en el medio, jadeando por la nariz, con la baba corriéndome por el mentón.
Yamila se trepó a la cama paralela a mí, en la misma posición, y el muchacho la montó del mismo modo, penetrándola por atrás. Tenía la verga más fina y más clara que la de los morenos, y se la metía en el culo a Yamila con embestidas rápidas que le hacían saltar las nalgas. Ella gemía con esa voz grave que ya no me sorprendía, y su propia verga rebotaba dura entre sus piernas, chorreando en la sábana. Entre risas y jadeos, en un gesto que no me reconozco, le ofrecí a Yamila que probara también al mayor. Ella aceptó encantada. El mayor se salió de mí un segundo y le pasó la verga por la boca a Yamila, que se la tragó entera de una, mostrándome cómo se hacía. Por un rato compartimos la misma boca, los mismos hombres, sin envidia ni apuro, turnándonos, chupándonos incluso los labios entre nosotras cuando la verga cambiaba de dueña.
El mayor volvió a metérmela por atrás y esta vez cambió el ritmo, más rápido, más profundo, agarrándome de las caderas con las dos manos y estampándome contra él. Sentí que se me venía otro orgasmo, uno más largo, más adentro, y grité contra la almohada mientras me contraía alrededor de su verga. Eso lo terminó de encender: un calor lo recorrió, gruñó largo y descargó dentro de mí a chorros calientes, apretándome fuerte contra su pelvis para que no se le escapara nada. Cuando se sacó, sentí el semen deslizándome por el muslo. Se apartó a descansar contra la pared, agarrando una cerveza nueva.
El muchacho, que había estado con Yamila, se acercó a mí con la verga todavía brillando de saliva y de lo que fuera de ella. Me recorrió la espalda con las manos, me acomodó de costado en la cama, me levantó una pierna y se me clavó de un solo golpe, entrando fácil porque yo estaba llena de la corrida del otro. Era más joven, más brusco, y me la clavaba con ganas de terminar. No aguantó demasiado: a los pocos minutos también se vino, agitado, sacándomela justo a tiempo para descargarme sobre las tetas y la panza en chorros gruesos. Se dejó caer a un lado, riéndose.
Me quedé acostada un rato, la piel resbalosa de sudor y de semen, mirando cómo el segundo señor seguía con Yamila al otro lado de la cama. La tenía boca arriba, con las piernas al hombro, y le partía el culo con embestidas parejas mientras le pajeaba la verga clara. Yamila se corrió primero, disparándose ella misma sobre la panza en un arco largo, y él terminó adentro poco después, con un gemido gutural.
Cuando todo parecía haber acabado, fue ella la que se acercó a mí. Se sacó la bombacha empapada y quedó con la verga al aire, dura otra vez, más grande de lo que me había imaginado, rosada y lisa. Se acomodó encima, en misionero, y me besó el cuello. Me abrió las piernas con la rodilla y se me deslizó adentro despacio, casi con ternura. Era distinto: más fino que los hombres, pero más largo, y sabía tocarme como sabe tocar una que también tiene coño en la cabeza. Me la metió toda, se quedó quieta un segundo para que la sintiera, y empezó a moverse con movimientos lentos de cadera, apoyándose en los codos, mirándome a los ojos. Me besó en la boca —beso largo, con lengua, con sabor a verga— mientras me hacía suya. Me acabó otro orgasmo, más suave, más de piel, y ella se vació con un suspiro contra mi cuello, temblándome encima.
La noche siguió. Cervezas tibias, música baja, cuerpos cansados que volvían a buscarse cuando menos se esperaba. Aurelio me pidió que me sentara arriba y lo cabalgué un rato largo, con las tetas rebotándole en la cara, hasta que se corrió otra vez dentro. El muchacho me la puso en la boca dos veces más, solo para que se la mantuviera dura mientras se cogía a Yamila. Perdimos la cuenta de las veces y de la hora. Solo me di cuenta de que amanecía cuando una línea gris se coló por la rendija de la puerta.
Me vestí en silencio, con el cuerpo molido, los muslos pegoteados y la cabeza dándome vueltas. Pagué los quince dólares de la llanta —que para entonces era lo último que me importaba— y manejé de vuelta con las ventanillas bajas para despejarme, sintiendo cómo el semen seguía escurriéndome dentro de la bombacha con cada bache.
Llegué a casa con la primera luz, despeinada, oliendo a cerveza y a cosas que prefiero no nombrar. Mi marido todavía dormía. Y, después de todo, ni siquiera traje el pan para el desayuno.
Nunca volví a esa calle sin salida. Pero cada tanto, cuando paso por una gomería de noche y siento el olor a goma y a aceite, algo en mí se vuelve a despertar, se me humedece la bombacha sin permiso y aprieto las piernas al volante. Por eso lo confieso acá: porque hay madrugadas que una se guarda para siempre, y esta ya no la quería cargar sola.





