Mi marido me ofreció para cerrar el mejor contrato
Me llamo Marta, tengo cincuenta y un años y llevo media vida dentro de un matrimonio que la mayoría de la gente no entendería. Daniel y yo aprendimos pronto que los celos eran un lujo que no nos podíamos permitir si queríamos durar, y con los años eso se convirtió en otra cosa: un juego compartido, una manera de mantener viva una llama que de otro modo se habría apagado hacía tiempo.
Lo que voy a contar pasó el año en que tocaba renovar el contrato más importante de su empresa. Los clientes eran dos hermanos, los Valdés, dueños de una distribuidora que sostenía buena parte de las cuentas de Daniel. Rondaban los sesenta. Cada vez que venían a cenar a casa, mi marido me pedía lo mismo al oído.
—Ponte guapa. Caliéntalos un poco. No pasa nada.
Y yo lo hacía. Me gustaba hacerlo. Me gustaba la forma en que se les iba la mirada por el escote, cómo se trababan al hablar de números mientras yo cruzaba las piernas despacio al otro lado de la mesa, dejando que la falda subiera lo justo para que adivinaran el borde de la media.
Tres meses antes de la firma, Ramiro, el mayor de los dos, me atrapó del brazo en el pasillo y me apartó del resto.
—Marta, si sigues provocándome de esta manera, un día no voy a saber frenarme.
Le di un beso muy cerca de la comisura de los labios, lo justo para dejarlo en duda, y de paso le rocé con la mano el bulto que se le marcaba en el pantalón. Estaba dura ya, la polla del viejo, solo con haberme tenido cerca.
—Tú sabrás cómo lo haces —le dije, y me fui antes de que pudiera responder.
Esa noche, en la cama, Daniel me preguntó hasta dónde estaría dispuesta a llegar. No fue una pregunta inocente. Lo teníamos medio hablado desde hacía semanas: si quería cerrar la renovación en las mejores condiciones, había una carta sobre la mesa que solo yo podía jugar. Lo haríamos en la casa de campo, lejos de todo. Yo, de mujer. Ellos.
—Cariño, no son dos —me corrigió, mirándome de reojo—. Son cuatro.
—¿Cómo que cuatro?
—Los Valdés tienen dos hermanos menores en la sociedad. Y los cuatro quieren estar. A la vez.
Me quedé en silencio un momento, dejando que la idea me recorriera entera. Cuatro pollas para mí sola durante dos días. Cuatro bocas, cuatro pares de manos, cuatro cargas de semen que iban a acabar dentro. No era miedo lo que sentí. Era un calor bajo, húmedo, que me empapó las bragas ahí mismo.
—El contrato lo vale —dije por fin.
—Hasta donde nosotros queramos —contestó él—. Miércoles y jueves completos. Y después, una vez al año.
Le metí la mano en el pijama y le agarré la polla, que ya la tenía dura de imaginarme. Se la mamé despacio, mirándolo a los ojos, hasta que se corrió en mi boca y me tragué hasta la última gota. Daniel se durmió con una sonrisa. Yo me quedé un rato tocándome el coño en la oscuridad, pensando en lo que se venía.
***
El miércoles me levanté temprano y nadé mis largos en la piscina, como cada mañana. Después pasé por la esteticista y me dejé el cuerpo entero depilado salvo un triángulo que decidí conservar. Compré lencería de la que no se pone para dormir, lubricante, un par de juguetes y, por si los nervios les ganaban a los años, una caja de pastillas azules para mis invitados.
Daniel y yo llegamos a la casa de campo a media tarde. Dejamos comida y bebida para varios días y revisamos que las cámaras que habíamos instalado en su momento siguieran grabando en cada rincón. Esa era otra de nuestras reglas: quedarnos con un recuerdo que solo veríamos nosotros dos.
—¿Dónde quedaste con ellos? —le pregunté mientras me maquillaba.
—En la oficina. Con ellos y el notario. La firma es allí.
Llegamos una hora antes. Me había puesto un vestido negro de encaje que prometía mucho y escondía poco, medias con liguero, tacones altísimos y, encima de todo, una gabardina roja que me hacía sentir poderosa. Los labios, del mismo rojo. Debajo del vestido, un tanga minúsculo que ya tenía manchado antes de salir de casa.
Los cuatro hermanos aparecieron casi a la vez que el notario, un hombre mayor de gafas redondas que saludó con una formalidad que no duraría mucho. Nos sentamos los siete alrededor de la mesa larga de juntas. El notario empezó a leer las cláusulas. Yo quedé entre Ramiro y Bruno, los dos mayores.
Fue Ramiro el primero. Su mano se posó en mi rodilla por debajo de la mesa, subió despacio por el interior del muslo y se detuvo justo donde terminaba la media. Por el otro lado, Bruno hizo lo mismo. Yo eché la silla un poco hacia atrás para que pudieran llegar mejor, sin dejar de asentir a lo que el notario leía como si nada ocurriera. Los dedos de Ramiro apartaron el tanga y encontraron mi coño empapado. Se le escapó un gruñido bajo que disimuló con una tos. Bruno, más brusco, me metió dos dedos de golpe y empezó a moverlos dentro, buscando ese punto que me hace apretar los dientes.
—Marta —dijo Ramiro en voz baja—, quítate la ropa interior. Delante de tu marido y del notario.
Me levanté, me subí al borde de la mesa y, mirando a Daniel a los ojos, deslicé las bragas hasta dejarlas caer al suelo. Se me abrió el vestido lo justo para que los cuatro hermanos vieran el triángulo depilado y los labios brillantes. El notario carraspeó y fijó la vista en los papeles, pero se le notaba el bulto en el pantalón.
—A ver, firmemos de una vez —dijo Bruno con una sonrisa—. Que esta tarde tenemos mucho trabajo con la señora.
Firmaron los cuatro hermanos. Después Daniel. Después yo. El último, el notario, que recogió sus carpetas y se marchó casi sin despedirse. Daniel hizo ademán de acompañarlo, pero Ramiro lo retuvo de la muñeca.
—Espera, chico. Tú también participas.
***
Lo que pasó en aquella sala todavía me cuesta ordenarlo. Tomás, el tercero de los hermanos, se acercó a mi marido y le bajó el pantalón de un tirón. Le sacó la polla, ya medio dura, y se arrodilló frente a él. Se la metió en la boca entera de un solo golpe, hasta la base, y empezó a mamársela con una técnica de tantos años de práctica escondida. Daniel, que nunca había escondido que esa parte también le gustaba, cerró los ojos, apoyó una mano en la nuca calva de Tomás y se dejó follar la boca sin resistirse.
A mí, Ramiro ya me había sacado el vestido por la cabeza y me tenía tumbada de espaldas sobre la mesa. Le desabroché el cinturón y le liberé la verga: gruesa, oscura, con las venas marcadas y una gota espesa asomando ya por la punta. Le recorrí toda la longitud con la lengua, de la base al glande, antes de metérmela en la boca hasta arcarme. La chupé con hambre, apretando los labios, sacando ruidos de saliva mientras Bruno me abría las piernas y Andrés, el menor, me daba la vuelta media cara para lamerme el culo. Tenía la lengua de Bruno hundida en el coño, la de Andrés metida entre las nalgas, y la polla de Ramiro golpeándome la garganta. No sabía a cuál atender primero, así que me dejé ir. Grité con la boca llena y sentí cómo el primer orgasmo me subía desde los pies.
Ramiro apartó a sus hermanos de un gesto, me puso a cuatro patas sobre la mesa y le pidió a Daniel que lo ayudara. Mi marido, lejos de molestarse, se acercó, se la preparó con la boca —lamiéndosela entera, escupiendo saliva sobre el glande para lubricarla— y la guio hacia mi coño. Sentí la punta abrirme y después toda la verga entrando de golpe, sin piedad, hasta el fondo.
—Qué apretada la tienes, hija de puta —gruñó Ramiro—. Como una de veinte.
Daniel se colocó a mi lado, a cuatro patas también sobre la mesa, mientras Tomás lo penetraba por detrás. Oía el chapoteo del lubricante, los gemidos ahogados de mi marido, el golpe seco de las caderas de Tomás contra el culo blanco de Daniel. Los dos éramos follados a la vez, uno al lado del otro, y yo estiraba la mano para agarrarle la polla mientras Ramiro me embestía.
Ramiro me sujetaba del pelo y me obligaba a arquear la espalda. Entraba y salía con una fuerza que me arrancaba sonidos que no reconocía como míos. La verga entera, hasta las pelotas, un ritmo de martillo. Bruno se me acercó a la cara y me metió su polla en la boca; se la mamé como pude, entre embestida y embestida, saboreando ese sudor macho, salado. Andrés se puso debajo de la mesa, se coló entre las patas y empezó a lamerme el clítoris mientras su hermano me follaba. Era demasiado. Tenía orgasmos uno detrás de otro, encadenados, sin tiempo para recuperar el aliento, hasta que Andrés me llenó la boca de un chorro caliente y espeso, y me dejó sin voz. Tragué lo que pude; el resto me resbaló por la barbilla. Ramiro terminó dentro de mí con un gruñido, tres empujones largos, y sentí cómo se vaciaba caliente contra el fondo de mi coño. Se retiró despacio, dejando un hilo espeso que goteó sobre la mesa.
Cuando levanté la cara, Daniel seguía entre Tomás y Koldo, el cuarto, atendiéndolos a los dos a la vez con una entrega que nunca le había visto en casa. Tenía una polla en la boca y la otra en el culo, y se movía adelante y atrás sacándoles gemidos a los dos. Yo me dediqué a limpiar con la lengua, uno por uno, lo que quedaba de aquel primer asalto: las vergas blandas, pesadas todavía, los muslos manchados, el semen mezclado que se les había quedado en el vello.
***
Hicimos una pausa para comer. A mitad del almuerzo, Bruno me pidió que fuera al baño antes que él. Entendí el código y me levanté sin rechistar.
El baño de hombres estaba vacío. Dejé la puerta entreabierta a propósito. Apenas me había acomodado cuando entró un camarero, un chico de unos veinte años, y detrás de él, Bruno.
—Atiéndelo —me ordenó.
Le bajé el pantalón al muchacho, que no daba crédito a lo que le estaba pasando, y le encontré la polla ya tiesa, joven, dura como una piedra. Me la llevé a la boca con las dos manos, la engullí entera, y empecé a mamársela con ganas mientras él se agarraba al lavabo para no caerse. Bruno, detrás, me levantó el vestido y me escupió en el coño antes de meterla. Entró sin esperar, de un empujón, hasta el fondo. Me quedé un momento sin respiración, con la verga de Bruno partiéndome por detrás y la del camarero rebotándome contra el paladar.
El chico se corrió primero, con un temblor torpe de novato, y me llenó la boca de una descarga larga que no pude tragarme entera. Le chorreó por la comisura y le cayó sobre las pelotas. Bruno aguantó un poco más, sujetándome de las caderas frente al espejo, follándome a un ritmo brutal que hacía chocar mis pechos contra la porcelana. Se corrió dentro con un rugido, apretándome contra el lavabo, y se quedó un momento así, latiendo dentro de mí, antes de salir. Sentí el semen escurrirse por los muslos y no me lo limpié: me subí las medias sobre las manchas y salí del baño con la sonrisa colorada.
Cuando salimos del restaurante, ya no llevaba puesto el vestido. Solo la gabardina roja sobre la piel desnuda, las medias y los tacones. Bruno y Koldo me habían tomado encima de la mesa de un reservado: uno por el coño, el otro por el culo, los dos a la vez, mientras yo mordía el mantel para no gritar. Los dos se corrieron dentro casi al mismo tiempo. Daniel había desaparecido un buen rato con Andrés en otro reservado, y volvió con los labios hinchados y un brillo en la mirada que yo le conocía bien. Ramiro, mientras tanto, no se separó de mi boca en toda la comida; me tuvo arrodillada bajo la mesa la mitad del segundo plato, mamándosela despacio hasta que se vació una vez más entre mis labios.
***
Nos recogió una furgoneta. Los cuatro hermanos se acomodaron en los asientos de atrás y yo me senté delante, junto al conductor, un chico joven que apretaba el volante como si le fuera la vida en ello. Le iba indicando el camino hasta la casa de campo. En algún cruce me di cuenta de que la gabardina se me había abierto y tenía los pechos al aire, los pezones duros por el aire acondicionado. Él intentaba no mirar y miraba.
Me arrodillé en el hueco entre los asientos, le solté el cinturón y le bajé la cremallera. La polla saltó fuera, tiesa, roja, palpitando. Se la lamí primero por debajo, subiendo despacio por la vena hasta la punta, y después me la metí entera en la boca. Lo atendí sin prisa, chupando con ganas, dejando que la saliva le chorreara hasta las pelotas mientras él intentaba mantener la vista en la carretera. Los hermanos jaleaban desde atrás como en un partido.
—¡Cómetela toda, guarra! —gritaba Andrés.
—¡Trágatela, que no llegue una gota al asiento! —reía Koldo.
El chico se corrió antes de llegar, con un espasmo que casi lo hace salirse del carril, y me descargó en la boca un chorro caliente que me tragué sin dejar caer una gota. Ellos aplaudieron la hazaña entre risas. Nos dejó en la puerta sin atreverse a mirarme a la cara.
***
La casa nos esperaba con la piscina cubierta encendida y una mesa larga en la terraza. Mientras los hermanos se desnudaban fuera, yo llamé a dos amigas con las que comparto este tipo de tardes. Las dos están casadas, las dos disfrutan tanto como yo. Les pedí que vinieran de camareras y les dije que lo demás corría por su cuenta, si les apetecía. Les apeteció.
Llegaron vestidas de un modo imposible, con cofias ridículas y zapatos de aguja, y la fiesta arrancó de nuevo. A Daniel no le dejaron un respiro entre los hermanos menores: lo pusieron a cuatro patas junto a la piscina y se turnaron por el culo, uno detrás de otro, mientras él gemía sin vergüenza. Yo me dediqué a Ramiro: lo monté a horcajadas y lo cabalgué mientras él me sostenía en vilo con los brazos, subiéndome y bajándome a pulso sobre su verga como si yo no pesara nada. Cada bajada me la clavaba hasta el fondo y me arrancaba un gemido nuevo.
No tardé en notar otras manos abriéndome por detrás. Era Koldo, que se había escupido en la mano y se estaba lubricando la polla contra mi ojete. Empujó despacio al principio, hasta que la cabeza pasó, y después entró de golpe. Sentí dos vergas dentro a la vez, la de Ramiro llenándome el coño y la de Koldo abriéndome el culo, y por un momento pensé que iba a partirme en dos. Empezaron a moverse coordinados, uno entrando cuando el otro salía, y yo me quedé colgada de los hombros de Ramiro, gimiendo como una loca. Ramiro solo me sujetaba; Koldo hacía el resto, embistiéndome el culo con una fuerza que me hacía saltar entre los dos cuerpos. Se vació dentro de mi ojete con un espasmo largo, apretándome contra Ramiro. Su lugar lo ocupó Tomás, esta vez sosteniéndome de los muslos, mientras Ramiro seguía clavado en mí por delante. Tomás me la metió por el culo con la lubricación del semen de su hermano y me folló a un ritmo distinto, más pausado pero más profundo, mientras me susurraba guarradas al oído.
—Mira cómo te la tragas, zorra. Mira cómo aprietas el culo. Vas a acabar rota.
Ramiro embestía como si quisiera dejarme una marca. Me comía la boca con una pasión rara, casi tierna, como si en lugar de un trato cerrado aquello fuera la primera vez con alguien a quien quería de verdad. Me mordía los labios, me pellizcaba los pezones hasta hacerme gritar, y terminó dentro de mí al mismo tiempo que su hermano. Sentí los dos chorros calientes, uno en el coño y otro en el culo, y me corrí yo también con un temblor largo que me dejó sin fuerzas en las piernas. Después me llevó en brazos hasta una tumbona y me dejó allí, agotada, con las piernas abiertas y el semen escurriéndose por los dos lados.
—¿Cómo llevas el cuerpo? —me preguntó, apartándome el pelo de la cara.
—Cansada —admití—. Pero soy tuya dos días enteros y una vez al año. Pídeme lo que quieras.
—¿Le comerías el coño a mi mujer?
Lo miré sin entender del todo.
—¿A tu mujer le gustan las mujeres?
—Cree que no lo sé. Pero se folla a una secretaria mía desde hace meses. —Hizo una pausa—. Lo que de verdad me gustaría es que tu marido se la llevara a la cama. Con ella se volvería loca.
No le prometí nada. Le dije que esas cosas se hablaban con calma, otro día, y él se rio y dejó el tema flotando en el aire, como una semilla.
***
El viernes por la mañana los Valdés tenían que marcharse. Desayunamos todos juntos, desnudos en la terraza, con esa familiaridad extraña que solo se construye después de compartir lo que habíamos compartido. Me senté sobre las piernas de Ramiro y le recibí la polla una última vez, despacio, casi sin fuerzas ya ninguno de los dos. La monté al ritmo lento del que sabe que es la despedida, sintiendo cómo entraba hasta el fondo con cada bajada.
Les pedí a los otros tres que se acercaran. Los atendí de dos en dos con la boca mientras con la mano libre alcanzaba al que quedaba fuera. Chupaba una polla, la soltaba, cambiaba a la siguiente, sin dejar de masturbar a los otros dos. Se corrieron casi sin nada, vaciados después de dos días, unas gotas espesas que apenas me llenaban la lengua. Ramiro tardó un poco más, pero terminó dentro de mí con un suspiro de hombre satisfecho, apretándome contra su pecho hasta que dejó de latir.
Cuando los coches se perdieron por el camino de tierra, me quedé un rato sola en la tumbona, con Daniel a mi lado fumando en silencio. Ninguno de los dos dijo nada. No hacía falta. El contrato estaba firmado, la empresa a salvo, y yo, por una vez al año, sabía exactamente cuánto valía mi parte del trato.
Esa tarde llamé a mi masajista. Es un chico encantador, de los que devuelven el cuerpo a su sitio. Y, créeme, después de aquellos dos días lo necesitaba como nunca.





