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Relatos Ardientes

Lo que pasó en mi despedida nunca se lo conté a nadie

Faltaban tres semanas para que me mudara al otro lado del Atlántico, y mis amigos decidieron que no podía irme sin una despedida en condiciones. Fue idea de Bruno: un fin de semana en Peñarroja, un pueblo pequeño de la costa, con sus calles blancas y una cala escondida que él juraba que era el mejor secreto del Mediterráneo. Dije que sí antes de que terminara la frase.

El viernes por la tarde nos juntamos en mi piso para organizar el viaje. Llegaron primero Bruno y Diego, después Tomás, y al rato Lucía con una bolsa llena de cervezas. Carla apareció la última, ya con cara de mala noticia.

—Yo el sábado curro —dijo, dejándose caer en el sofá—. No puedo ir.

Tomás puso una mueca de decepción que no supo disimular. Lucía pidió unas pizzas, alguien conectó el altavoz, y lo que iba a ser una reunión de logística se convirtió en otra cosa. Bailamos en el salón, nos reímos demasiado fuerte, hubo alguna caricia de más que nadie quiso nombrar. Cerca de las once cada uno se fue retirando: Tomás con Carla, Lucía con Diego, hasta que en el salón quedamos Bruno y yo, terminando la última cerveza.

—Te traigo unas sábanas para el sofá —le dije, medio en broma.

Me miró un segundo de más.

—No voy a pegar ojo oyendo a esos dos —respondió, señalando hacia las habitaciones, de donde salían risas y murmullos que no dejaban dudas.

Fui a mi cuarto a buscar las sábanas y dejé la puerta abierta. No fue un descuido. Él me siguió.

***

Cuando salí del baño con el camisón puesto, Bruno ya estaba en mi cama, con el torso desnudo y la sábana cubriéndole de la cintura para abajo. Bueno, ya está, pensé. No hay marcha atrás.

—Es una cama grande —dijo—. Cabemos los dos.

Me metí bajo la sábana y de inmediato se pegó a mi espalda, pasándome un brazo por encima y besándome el cuello. Sentí su erección apretada contra mí, y en lugar de apartarme moví las caderas para acomodarla entre mis muslos. Su mano subió hasta mi pecho y empezó a moverse despacio, deslizándose contra la tela fina de mi ropa interior, que ya estaba húmeda. Me quiso girar para mirarme de frente, pero no le dejé.

—Quédate así —murmuró, y me bajó la prenda hasta los tobillos.

Me penetró desde atrás, despacio al principio y después con ganas, sujetándome la cadera con una mano y el pecho con la otra. No hablamos. Solo el sonido de nuestra respiración y el roce de la sábana. Cuando terminó, nos quedamos quietos, encajados, hasta que el sueño nos venció a los dos. Fue la primera grieta de un fin de semana que se desbordó.

***

Por la mañana fui al baño medio dormida y, al abrir la puerta, escuché risas bajo el agua. Eran Carla y Tomás, duchándose juntos, las siluetas borrosas tras el cristal empañado. Carla giró la cabeza al sentirme.

—¿Qué haces, tía? —preguntó, sin la menor incomodidad.

—Me estaba meando y estaba abierto —contesté, y me senté a hacer pis como si nada, viendo de reojo la sombra de Tomás moviéndose detrás de ella.

Salí enseguida, con la cara ardiendo y una idea clara metida en la cabeza: ese fin de semana ninguno de nosotros iba a fingir.

***

Salimos hacia la costa después de desayunar. Hora y media de carretera cantando con las ventanillas bajas, Diego al volante, Lucía de copiloto, y atrás Tomás, Bruno y yo apretados. Carla se había quedado en la ciudad, fiel a su turno de trabajo. Al llegar a Peñarroja no encontramos hotel —era temporada alta—, pero Diego había reservado un cámping a veinte minutos del pueblo. Dejamos las cosas y nos fuimos directos a la playa.

Había poca gente. Cogimos un sitio cerca del agua, extendimos las toallas y clavamos la sombrilla. Me quité el vestido y me quedé en bikini blanco; los demás hicieron lo mismo. Lucía se sentó, se soltó la parte de arriba y empezó a untarse crema en topless, ante la mirada atenta de los chicos.

—¿Te ayudo con la espalda? —se ofreció Diego, riéndose.

Ella se tumbó boca abajo sin contestar, lo cual ya era una respuesta. Bruno se ofreció a ponerme la crema a mí, y me eché también boca abajo, desabrochándome la parte de arriba para no marcarme. Sentí sus manos extenderse por mi espalda con una lentitud que tenía poco de funcional. Más que protegerme del sol, me estaba acariciando, y yo cerré los ojos y le dejé hacer.

Al abrirlos, me encontré con la mirada de Tomás, tumbado de costado a mi lado, recorriéndome el cuerpo sin disimulo, con una mano apoyada sobre el bañador donde se notaba que la cosa iba en serio. Se levantó de golpe.

—Voy al agua —dijo, acomodándose como pudo.

Le aparté la mano a Bruno con suavidad.

—Creo que ya hay crema de sobra. Vamos a nadar.

***

Nadamos hasta donde estaba Tomás, donde el agua le cubría los hombros. Hicimos una carrera, nos alejamos bastante de la orilla, y cuando paramos a recuperar el aliento vi una isla recortada en el horizonte.

—¿Qué es esa isla? —pregunté.

Bruno se acercó por un lado, con la mano en mi cintura.

—La isla del Cormorán. Es reserva natural, está prohibido vivir allí, pero se puede ir a nadar. Hay una cala donde no llega nadie. Igual vamos mañana.

Mientras hablaba se fue pegando más a mí, dejándome sentir lo dura que la tenía bajo el agua. Me besó, y entonces Tomás se acercó por detrás, pegando su cuerpo al mío, su erección encajándose entre mis muslos.

—Tranquilos, que nos pueden ver —dije, aunque no había nadie.

—Estamos solos —respondió Bruno, llevándome la mano hasta su bulto.

Apreté un segundo, empujé a Tomás con la cadera y me solté de los dos para volver nadando a la orilla, riéndome, con ellos detrás. Estaba jugando, y los tres lo sabíamos.

***

Al día siguiente alquilamos kayaks y rodeamos la isla hasta encontrar una parte sin vigilancia y sin gente. Desembarcamos, montamos la sombrilla a la sombra de una roca y estuvimos un rato jugando con una pelota dentro del agua. Los guardias pasaron un par de veces y después dejaron de hacerlo. Lucía volvió a quitarse la parte de arriba; en España el nudismo discreto se tolera en cualquier playa, y allí, sin testigos, las reglas se aflojaron del todo.

Diego propuso bañarnos desnudos para no mojar los trajes, porque después tocaba volver en coche al cámping. Todos me miraron esperando mi reacción. La excitación me venía arrastrando desde los roces del día anterior, así que me encogí de hombros, fingiendo indiferencia.

—Por mí, mientras los guardias no aparezcan, bien.

Se desnudaron y entramos al mar. Nadamos, jugamos, hicimos bucitos, y en cada uno aprovechábamos para tocarnos sin ningún pudor. En la orilla, Lucía se dejó caer sobre la arena mojada y atrajo a Diego hacia ella. Yo me quedé en el agua, con Bruno besándome los pechos y Tomás detrás, sus manos abriéndome paso. La postura era imposible con el oleaje y los pies hundiéndose en la arena, así que nos rendimos entre risas y salimos a las toallas, donde la cosa siguió bajo la sombrilla con más calma y menos público que nunca.

***

El cámping estaba en una zona de cascadas y piscinas naturales, los saltos de la Hoya, a veinte minutos del pueblo. Esa noche, Tomás y Lucía se volvían a la ciudad, así que improvisamos una última cena en la tienda de campaña, espaciosa y bastante privada, con su mesita y sus sillas. Tomás puso música, abrimos cervezas, y Lucía se levantó a bailar moviendo las caderas de una forma que no dejaba a nadie indiferente.

Tomás se acercó a bailar con ella, y los arrimones subieron de tono enseguida. Diego se sumó, los tres pegados, y Bruno y yo nos quedamos mirándolos desde la colchoneta, su mano subiendo por mi muslo, la mía buscándolo a él. Cuando Lucía soltó un gemido que se oyó por todo el cámping, ya nadie disimulaba. Bruno me tumbó, me quitó el short y bajó con la boca hasta abrirme las piernas.

Lamía despacio, concentrándose en mi clítoris hasta hacerme arquear la espalda. Le pedí que se girara, y me lo metí en la boca mientras él seguía con su lengua entre mis piernas, los dos perdidos en el otro, con los sonidos del resto de fondo encendiéndonos más. Cuando ya no aguanté, se colocó entre mis piernas, me las levantó sobre sus hombros y me penetró hondo, embistiendo con un vigor que me dejó sin aire. Terminé con un orgasmo que sentí subir desde el vientre hasta la nuca, temblando, agarrada a las sábanas. Él aguantó hasta vaciarse dentro de mí, y nos quedamos abrazados, sudando, oyendo cómo los otros tres llegaban también a su final.

***

El domingo, después de dejar a Tomás y a Lucía en la estación, cambiamos la tienda por una más pequeña. Esa noche dormimos los tres juntos, Diego, Bruno y yo, pero solo hubo caricias: estábamos rendidos, y por una vez bastó con eso.

El lunes, ya descansados, nos fuimos a las cascadas. El paisaje era precioso, lleno de vegetación, con piscinas de un azul verdoso que parecía pintado. Buscamos una más solitaria, montamos el mantel y la sombrilla y nos metimos al agua. Empezamos a jugar a pasar buceando entre las piernas del otro, separándolas cada vez más, hasta que el juego dejó de ser inocente: cada vez que me tocaba pasar, sentía sus manos en las nalgas, y yo protestaba sabiendo que me gustaba.

Cuando Bruno no alcanzó a pasar por debajo de mí y salió antes, me besó largo, con las manos bajándome hasta la cadera. Diego se acercó por detrás y me desató la parte de arriba del bikini, lanzándola a la orilla.

—¿Qué haces? —pregunté, girándome.

—No hay nadie. Estaremos más cómodos —dijo, y me mostró su propio bañador en la mano antes de tirarlo también.

Salimos del agua a las toallas. Bruno se tumbó boca arriba; me senté sobre él y lo fui metiendo en mí hasta quedar pegada a su cuerpo. Empecé a moverme despacio, y Diego, detrás, me hizo inclinarme. Lo que vino después lo recuerdo como una sola sensación continua: los dos a la vez, encontrando un ritmo en el que cuando uno entraba el otro salía, hasta dejarme sin pensamiento, con un orgasmo largo que grité sin importarme nada. Después fueron turnándose, sin prisa, hasta que el cansancio nos tumbó a los tres bajo la sombrilla, mirando el agua caer.

***

Esa última tarde, en el bar del cámping, Diego se sentó a mi lado mientras Bruno se mantenía a cierta distancia, como si entendiera algo que yo todavía no.

—Quiero estar a solas contigo —me dijo Diego al oído—. ¿Aceptas?

Por toda respuesta apoyé la cabeza en su hombro, y él me rodeó la cintura y me llevó a la tienda. Allí sus caricias fueron distintas a las del resto del fin de semana: más lentas, más atentas, recorriéndome entero antes de desnudarme. Nos tomamos nuestro tiempo. Lo besé, lo probé, lo hice esperar, y cuando por fin me penetró lo hizo mirándome a los ojos, despacio, hasta que la lentitud se convirtió en algo intenso y desesperado a la vez. Terminamos abrazados, sin hablar, y nos dormimos así, encajados como dos cucharas.

***

Al amanecer recogimos las cosas y volvimos. Me dejaron en mi piso, y al quedarme sola me tumbé en la cama y dormí hasta la hora de comer, con el cuerpo dolorido y una sonrisa que no se me iba.

Tres semanas después me subí a un avión y crucé el océano. De todo lo que dejé atrás, hay un fin de semana que nunca le he contado a nadie. Lo escribo ahora porque, a veces, una despedida es la única forma honesta de querer a tus amigos. Y aquella, desde luego, lo fue.

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Comentarios (5)

ValentinaSur

Que relato!!! Me quedé con ganas de saber todo, no nos dejes así por favor jajaja

Miriam_cba

Increible como lo contaste. Se nota que es de verdad, tiene ese sabor de cosa que realmente pasó. Muy bueno

FabianNoche

Me recordó algo que pasó en una escapada a la costa con mis amigos hace unos años. Estas cosas pasan más seguido de lo que uno cree... Muy buen relato

NachoCosta

Y después cómo quedaron los cinco? Siguieron siendo amigos igual?

SilvinaP

Ay que intriga!!! Conta todo, no seas maldada jajaja

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