Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que llevé a un cliente del bar a mi cama

Acababa de terminar la carrera. Después de cinco años, había aprobado la última asignatura y por fin era licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Valencia. Tenía por delante un verano entero, sin exámenes ni horarios, y unas ganas enormes de respirar antes de empezar a preocuparme por mi futuro.

El problema era el dinero. En mi casa nunca sobró, así que durante toda la carrera me había buscado la vida limpiando portales, cuidando niños y, sobre todo, sirviendo copas. Sabía que, por mucho que quisiera descansar, necesitaba ahorrar algo para los primeros meses tras el verano. Así que decidí buscar un trabajo que me dejara, al menos, alguna noche libre.

Mi mejor amiga, Bea, tenía un apartamento heredado en Peñíscola, en plena costa de Castellón. Un fin de semana de junio bajé a visitarla y salimos a cenar y a tomar algo a un local del paseo. Allí me encontré con un antiguo compañero de facultad que trabajaba de camarero en el sitio. Estuvimos charlando un buen rato y, como todavía no había mucha clientela, nos presentó a su jefe.

El hombre se llamaba Dani, era el dueño del bar y resultó encantador. Nos sentó en una mesa tranquila, nos invitó a la primera ronda y, cuando le conté que andaba buscando algo para el verano, no se lo pensó dos veces.

—Necesito gente de jueves a domingo —me dijo—. Las noches fuertes. Si te interesa, el puesto es tuyo.

—Déjame pensarlo —respondí.

—Tienes hasta el cierre de esta noche —contestó con una sonrisa, y volvió a la barra.

Bea me empujó toda la noche. Que aceptara, que me quedara en su apartamento, que en verano estaba casi siempre vacío, que así me ahorraba el alojamiento. Tenía razón en todo. Antes de irnos, le dije a Dani que empezaba esa misma semana.

***

El primer jueves me presenté arreglada pero sin pasarme: vaqueros, una camisa blanca, cuña baja y poco maquillaje. Para qué más, si el sol de la playa ya me había dejado buen color. Dani se alegró de verme. Me confesó que temía que me hubiera echado atrás en el último momento.

Fue una noche tranquila dentro de lo que cabe. Mucho trabajo, pero sin sustos. Me llevé bien con el dj y con una de las chicas de barra. Cerramos a las cuatro y media y, aunque algunos compañeros siguieron la fiesta en una discoteca, yo estaba reventada y preferí irme a dormir. Del bar al apartamento había apenas quinientos metros, un paseo corto.

Iba con la llave ya en la mano cuando una voz tranquila me habló desde atrás.

—Buenas noches, Nora.

Me giré sobresaltada. No reconocí a nadie. Frente a mí había un hombre moreno, de pelo corto, muy alto, de esos que te obligan a levantar la barbilla para mirarlos. No lo había visto en mi vida.

—¿Hola? —dije, sin más.

—¿No te acuerdas de mí?

—¿Debería?

—Es normal que no. Había muchísima gente en el bar.

—Perdona… ¿y cómo sabes mi nombre?

—Oí a tu compañera llamarte. Me quedé con el detalle, disculpa.

—Pues encantada, entonces. ¿Y tú eres…?

—Hugo. Y no me trates de usted, por favor.

—Es la costumbre. Además…

—Ya, ya, la edad —se rió—. Eres muy joven, ¿no?

—Tengo veintitrés.

—Justo lo que decía.

—¿Y tú?

—Yo tengo ya demasiados.

—Venga, sinceridad. ¿Cuántos?

—Cuarenta y cuatro.

—No son tantos —dije, y no sé por qué lo dije.

Nos despedimos en el portal. Subí, me desmaquillé y caí rendida en cuestión de minutos. Ni me acordé de él hasta la noche siguiente.

***

Hugo volvió al bar, como había prometido. Esta vez no pasó desapercibido. Nos saludamos, bromeamos sobre el encuentro de la madrugada anterior y me pidió una copa. Tuve que atender a otros clientes y no pude volver con él hasta un par de horas más tarde, cuando aprovechó para desahogarse casi en forma de monólogo.

—Mira, Nora, yo soy de Albacete. Estoy aquí solo porque me acabo de divorciar y necesito no pensar, ¿sabes? Tengo dos hijos y su madre no me deja verlos hasta dentro de dos semanas. Al menos aquí desconecto un poco.

—Vaya… lo siento.

—No quiero amargarte la noche, solo te lo cuento para que no pienses mal de mí. Soy buena gente, te lo aseguro.

—No he pensado mal de ti en ningún momento.

—¿Seguro?

—Bueno, anoche un poco. Me diste algo de susto al principio —admití—. Pero solo ese primer instante.

—Puedes confiar en mí. ¿Te tomas una copa conmigo?

—Estoy trabajando.

—Cuando termines, digo.

—Hoy he quedado con los compañeros. Pero otro día, quizá.

—¿Mañana?

—Déjame pensarlo —dije, devolviéndole su propia frase.

—Vale. Pero no te lo pienses mucho.

El viernes se llenó de gente y no volví a cruzar más de dos palabras con él. Al cerrar, me fui de nuevo con los compañeros a despejarme. Llegué a casa pasadas las siete, sabiendo que el sábado sería la noche más dura.

***

El sábado el bar estaba a reventar desde que abrimos. Barra y terraza llenas, sin un respiro. Cuando por fin cerramos, agotada y de mal humor, caí en la cuenta de que no había visto a Hugo en toda la noche. Me despedí de los compañeros y enfilé hacia el apartamento. Eran casi las cinco.

Justo antes de girar hacia mi calle, lo vi salir de entre la gente. Caminó hacia mí y me saludó con una sonrisa amplia. Le resumí la noche con una cara que él entendió enseguida. Nos reímos. Me preguntó si tenía ánimo para esa copa pendiente. Intenté escaquearme con lo del cansancio, pero insistió tanto que terminé cediendo, con la condición de no quedarme mucho rato.

Fue atento de verdad. Pagó la entrada de la discoteca, me invitó a la copa y me habló de su divorcio con más detalle, como si necesitara que alguien lo escuchara. Se le quebró la voz un par de veces. Me enterneció. A pesar de lo molida que estaba y de las pocas ganas con las que había aceptado, el tiempo se me pasó volando. Cuando quise darme cuenta, eran más de las seis.

—Te acompaño a casa —dijo.

—Es tardísimo, vete tú a dormir.

—Hasta el portal y me quedo tranquilo.

Sonreí. Hugo era de los que no se rinden. Fuimos paseando despacio, riéndonos de cualquier tontería. A mitad de camino me ofreció el brazo y yo me agarré a él. Aunque era verano, la madrugada estaba fresca y su cuerpo daba calor.

Llegamos al portal. Le agradecí la invitación y la compañía, y le reconocí que al principio no me apetecía nada, pero que me alegraba haber perdido un par de horas de sueño por una conversación así. Él me dijo que el placer había sido suyo.

Me giré hacia la puerta. Entonces me tomó del brazo, con firmeza pero sin brusquedad, y al volverme noté cómo su mirada me recorría entera, despacio, como si llevara toda la noche conteniéndose.

Esa noche había ido a trabajar con un vestido blanco corto y ceñido, escote pronunciado, y unos tacones finos y negros. Nadie me obligaba, pero en el bar valoraban la buena presencia. Me miró a los ojos y dijo:

—Nunca había visto a una mujer tan guapa como tú.

Me ruboricé. Solo me salió decir su nombre.

—Hugo…

—No digas nada. Es lo que siento.

—Eres encantador. Me has sorprendido, de verdad. Para bien.

Volví a girarme hacia la puerta y él volvió a detenerme, pero esta vez se acercó y me besó. Un beso suave, casi tímido. No puedo decir que se lo devolviera, pero tampoco me aparté. Nos miramos, sonreímos y, sin mediar palabra, nos besamos otra vez, ahora más despacio. Un escalofrío me recorrió la espalda. Era agradable. Sentí su pecho contra el mío, su respiración, lo grande que era a mi lado. El sueño y el cansancio se evaporaron de golpe.

Nos separamos y, esta vez, fui yo la que habló.

—Sé que es tarde, pero… ¿quieres subir?

***

No contestó. Me rodeó la cintura con el brazo y entramos al portal. Abrí la puerta del apartamento, encendí la luz del recibidor y nos volvimos a besar, esta vez con ganas. Sus manos buscaban mi cintura mientras yo apoyaba las mías en sus hombros. Lo llevé de la mano hasta el dormitorio.

Hugo iba con un pantalón corto vaquero, sandalias y una camisa de lino blanca. Tenía un cuerpo atlético, la barba bien perfilada. A pesar de los años que nos separaban, me parecía un hombre muy atractivo.

Me besaba con suavidad mientras sus manos decían otra cosa. Daba igual dónde las posara —los brazos, la espalda, las caderas—, todo transmitía una urgencia contenida. Yo apenas conseguía rodearle la cintura; otras veces le entrelazaba los dedos en la nuca mientras nos besábamos.

Poco a poco dejó de ser suave. Su boca bajó de mis labios al cuello, y del cuello a los hombros. Respiré hondo, dejándome llevar, sintiendo cómo cada roce me erizaba la piel. Sus manos subieron a mis pechos. Yo intentaba desabrocharle los botones de la camisa, pero los nervios me ganaban y los dedos no me obedecían.

Me bajó el corpiño del vestido con una habilidad que casi me dio vergüenza. Tomó mis pechos, los besó, los apretó, los mordió con cuidado. Ya no había vuelta atrás, y yo no quería que la hubiera. Quería más, y se lo demostré besándole el pecho y el abdomen mientras le terminaba de quitar la camisa.

Me susurró algo al oído. Lo entendí. Me arrodillé, le solté el cinturón y el botón del pantalón, y se lo bajé despacio. Tomé su sexo con la mano y empecé a acariciarlo. Noté enseguida cómo respondía. Lo recorrí primero con la lengua y luego me lo llevé a la boca, marcando un ritmo cada vez más rápido, hasta que me detuvo riéndose y tirándome con suavidad del pelo, dándome a entender que, de seguir así, no aguantaría.

Se desnudó del todo y me quitó el vestido y la ropa interior. Cuando iba a quitarme también los tacones, me pidió que me los dejara puestos. Sonreí y volví a abrochármelos. Se acercó otra vez a mi cuello, me besó, me mordió y me tumbó en la cama, dejando caer su peso sobre mí. Sentí sus manos en las caderas y, después, cómo me penetraba: con dificultad al principio, y luego entero. Mis gemidos respondían a cada embestida. Le clavaba las uñas en la espalda y le pedía más al oído. Subí los pies, con los tacones todavía puestos, hasta apoyarlos en sus hombros para que llegara más hondo. Hubo algo de dolor, pero sobre todo placer, y un primer orgasmo que me dejó sin aire.

Paró, se tumbó de espaldas y me dejó a mí encima. Galopé despacio, con las manos sobre su pecho, mirándole los ojos entrecerrados. Cuanto más me movía, más subía mi propia excitación, y él respondía empujando desde abajo, con algún azote suelto que me arrancaba un grito. Me solté los tacones para ponerme a horcajadas y subí y bajé tan rápido como pude, hasta que llegó tan adentro que tuve que detenerme de golpe.

Me incorporé, pero él me giró y me puso a cuatro patas. Así dio rienda suelta a todo: la mayor fuerza de la noche, embestidas que sentía hasta el fondo, tirones de pelo, azotes cada vez más firmes. Yo estaba tan deseada que me corrí dos o tres veces más. Quería que no terminara nunca y, al mismo tiempo, que él también llegara. Pero en un momento, sudoroso y agotado, se detuvo. No conseguía acabar. Se tumbó boca arriba, mirándome.

No hizo falta que dijera nada. Yo quería que aquello terminara bien para los dos. Le besé y bajé por su pecho y su abdomen. Le susurré que se relajara. Lo acaricié muy despacio al principio y, poco a poco, más rápido. Acerqué la lengua, lo recorrí, sumé la otra mano. Le ofrecí mis pechos y los aceptó. Hugo resoplaba, susurraba mi nombre. No paré. Noté cómo se tensaba y, por fin, terminó con un gemido ronco, soltándolo todo, repitiendo mi nombre. No me detuve hasta estar segura de que no quedaba nada. Levanté la vista y lo encontré mirándome con una sonrisa. Había sido una locura, una de esas noches que crees que vas a recordar para siempre.

***

Los primeros rayos de sol ya se colaban por las rendijas de la persiana. Debían de ser casi las ocho. En lugar de llevar horas durmiendo, estaba en la cama con un hombre veinte años mayor que yo al que había conocido hacía dos días. Si pensaba que aquel verano me traería alguna anécdota, esta había sido la primera, y se lo iba a poner muy difícil a las demás.

Y entonces, cuando el tiempo parecía detenido y todo era magia y calma, sonó un teléfono. Era el móvil de Hugo, que se había quedado encendido en el bolsillo del pantalón. Se apartó de mí con cuidado, miró la pantalla y respondió.

—¿Sí? Dime.

No oí lo que decían al otro lado, pero sí distinguí que era una voz de mujer. Habló poco. Y entonces Hugo contestó:

—Ah, vale, vale… que llegas antes. No te preocupes, cariño. Voy para allá y nos vemos. Hasta ahora. Que sí, tranquila. Te quiero.

Intentó acercarse a explicarme algo. No le dejé. No hacía falta. Lo entendí todo de golpe: me había mentido durante esos días. El divorcio, la soledad, los hijos que no podía ver… o quizá no todo, pero desde luego no estaba tan solo como me había hecho creer. Recogí su ropa, se la puse en las manos y le ordené que se fuera y que no volviera a acercarse a mí jamás. Quiso responder. No le dejé. Se vistió a toda prisa y salió. Eché la llave en cuanto cerró la puerta.

Lo primero que hice fue llorar. Me sentía engañada, estafada, tomada por tonta. Después me metí en la ducha intentando quitarme esa sensación de suciedad. Me tumbé en la cama, pero no logré pegar ojo. No conseguía dejar de sentirme estúpida y, a la vez, tan deseada como me había hecho sentir él durante la noche.

Tendría que olvidarlo, pasar página y entender que la culpa no era mía. Yo había sido buena y confiada, de corazón. Tocaba reconstruirse otra vez. Pero quedaba mucho verano por delante, y demasiada vida como para atormentarme por un desconocido que no merecía ni una hora más de mi sueño.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (5)

DiegoNoche

Excelente!! me dejo con ganas de saber exactamente que paso cuando sonó el telefono jajaja

Maru_Baires

Por favor necesito una continuacion, no podes dejarnos asi. Las confesiones de este estilo son las mejores de la pagina

PaulaVidal

Me encanto como esta narrado, se siente completamente real. Esa mezcla de impulsivo y después arrepentido es muy humana

Carlitos_RA

buenisimo!!!

LorenaRB

jajaja me recordo a una situacion parecida que tuve hace unos años. Los clientes de bar son peligrosos, muy peligrosos

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.