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Relatos Ardientes

Mi amante me presentó al hombre que sería mi marido

Voy a contarles algo que todavía me cuesta creer, aunque lo viví yo misma. Es de esas cosas que una no planea, que simplemente pasan, y que después de los años entiende que fueron el principio de todo. Si están leyendo esto buscando una historia real, se las dejo tal cual la recuerdo.

Después de aquel trío con Renata, Mateo cambió. Ya no se escondía para besarme cuando estaba en su casa; bueno, solo se cuidaba de los niños. Me preparaban el cuarto de huéspedes y, cuando los chicos se dormían, yo me pasaba a la habitación de ellos. Cogíamos sin freno los tres hasta quedar rendidos: Mateo hundiéndome la polla hasta el fondo mientras Renata me chupaba las tetas o me montaba la cara con su coño empapado, y después nos corríamos entre gemidos ahogados con la almohada. Terminábamos dormidos abrazados, pegajosos de semen y saliva, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

Una mañana, mientras desayunábamos, Renata me miró con una sonrisa rara y me dijo que Mateo quería hablar conmigo de algo. Que ella ya estaba enterada, que no debía decir que no. Me dio curiosidad, pero también un poco de miedo. A esas alturas ya no sabía de qué eran capaces esos dos, y eso, lo confieso, me encendía más de lo que quería admitir. Se me humedecieron las bragas solo de imaginarlo.

Mateo me alcanzó en la cocina y me habló al oído.

—Oye, mi chula, hoy nos toca ir juntos al departamento de soltero, ¿va? Paso por ti a las cuatro, cuando vuelvas del colegio con los niños.

—Está bien, mi amor —le respondí—. ¿Algo que tenga que preparar?

—Esa es mi niña inteligente. Sí: ponte el vestido y los tacones que te va a dar Renata. Arréglate bonita, pero no te maquilles demasiado. Quiero que te veas natural, ¿sí? Y depílate ese coño rico, que te quiero comestible.

—Listo, te espero a las cuatro.

Nos besamos y sentí ese beso con una desesperación nueva, como si él tampoco pudiera aguantar más. Me metió la lengua hasta la garganta y me apretó una teta por encima de la ropa antes de soltarme. No me dijo de qué se trataba y yo, tonta, no pregunté. Me gustaba esa sensación de no saber, de entregarme a lo que viniera.

***

Dieron las cuatro y salí de mi casa con el vestido puesto, esos tacones que me hacían las piernas eternas y el corazón latiéndome en la garganta. Mateo paró frente al portal y, cuando me iba a subir adelante, vi que ya había alguien en el asiento del copiloto. Un hombre que no conocía. Me subí atrás, confundida.

—Eh… ¿hola? —dije.

—Hola, chulita —contestó Mateo por el espejo—. Él es Bruno, un socio del trabajo y muy buen amigo mío. Anda buscando a alguien para no estar tan solo, y yo le dije que tenía una amiga preciosa que valía la pena presentarle.

El hombre se giró hacia mí y me tendió la mano.

—Hola, Camila. Eres muy linda. Un gusto.

Cuando lo vi de frente, me quedé fascinada. Era guapo de verdad: cabello corto, ojos color miel, manos firmes pero suaves al tacto, y olía delicioso, a una mezcla de madera y algo cítrico. Eso sí, se notaba que era mayor que yo. Yo tenía veintidós, estaba por cumplir veintitrés. Me animé a preguntar.

—Un gusto, Bruno. ¿Y por qué un hombre tan guapo como tú anda soltero? ¿O eres divorciado? ¿Puedo saber tu edad?

—Ja, no, no estoy divorciado —rió—. Nunca me casé porque quería juntar dinero primero, tener estabilidad antes de formar algo serio. Tengo treinta y uno; en marzo cumplo treinta y dos.

—Ay, no me llevas tanto —dije, aliviada—. Y qué casualidad: yo también soy de marzo.

—Sabía que se iban a llevar bien —intervino Mateo, satisfecho—. Te lo dije, Bruno. Camila es una joya: dulce, trabajadora, complaciente y preciosa. Y chupa polla como los ángeles, te lo garantizo.

—Ya lo noté —respondió él, mirándome con descaro—. Y eso de complaciente me gusta. Suena… rico. Se me está poniendo dura solo de imaginarla arrodillada.

Yo todavía no terminaba de entender. No sabía si Mateo pretendía que me follara con Bruno delante de él, ni si Bruno aceptaría que su posible novia se metiera con otro en su cara. Así que decidí preguntar directo.

—¿Y entonces a qué viene esta cita? ¿Qué vamos a hacer?

—Bruno ya sabe todo, preciosa —dijo Mateo sin titubear—. Vio tus fotos, le conté cómo somos, cómo te gusta que te la metan por los dos lados. Y resulta que tiene los mismos gustos que yo: le encantan las mujeres y no le molesta compartirlas, siempre y cuando le den lo que busca.

—Así es, princesa —agregó Bruno, girándose de nuevo—. No soy celoso. Quiero a alguien a mi lado que no le tenga miedo a probar cosas nuevas, a dejarse compartir y a compartirme también. Pero algo formal. Quiero casarme, quizá tener hijos, y disfrutar del sexo como me gusta: sin límites, sin culpas, con una mujer que sepa gozar de una buena verga.

Todo eso me llenó de una mezcla de lujuria y ternura difícil de explicar. Era guapo, sí, pero además me aceptaba tal como era, sin pedirme que fingiera ser otra. Sentí que los pezones se me endurecían bajo el encaje y que el coño empezaba a palpitarme.

—Entonces creo que vamos a llevarnos muy bien, guapo —le dije—. ¿Y hoy es nuestra primera cita?

—¿Por qué crees que vamos al departamento, mi chula? —contestó Mateo—. Los dos tienen que saber si se gustan de verdad, darse el visto bueno. Y yo no puedo dejar que mi niña se vaya con cualquier patán. Así que vamos a comprobarlo. Quiero verte abrirte de piernas para él, ver si te hace gemir como me haces gemir a mí.

***

Llegamos al edificio y Bruno bajó primero para abrirme la puerta y ayudarme a salir del coche. De pie me gustó todavía más: era alto, de piel apenas tostada, con una camisa negra de vestir, pantalón a juego y unos zapatos impecables. Se inclinó y me dio un beso suave, tierno y sexy al mismo tiempo. En cuanto sentí su lengua rozar la mía me mojé por completo, sentí cómo la humedad me bajaba por el muslo bajo el vestido.

Me tomó de la mano y subimos. Adentro seguimos besándonos despacio, sin prisa, midiéndonos. Bruno me apretaba el culo por encima de la tela mientras me chupaba el labio inferior. Me bajó el cierre del vestido y la tela cayó al suelo. Quedé en ropa interior, un conjunto negro de encaje que Renata había elegido para mí. Me desabrochó el sostén y lo dejó caer también. Se agachó y me atrapó un pezón entre los labios, chupándolo con hambre, mordisqueándolo hasta hacerme gemir, mientras con la otra mano me pellizcaba el otro pezón hasta ponerlo duro como una piedra.

—Qué tetas más ricas tienes, princesa —murmuró—. Podría chupártelas horas.

Me recostó sobre la cama y siguió besándomelas con una lentitud que me desesperaba, dándome pequeñas mordidas que me arrancaban suspiros. Bajaba con la lengua por el esternón, por el ombligo, dibujándome círculos húmedos sobre la piel.

Sentí su mano subir por el interior de mis muslos. Me deslizó la última prenda y se quedó mirándome, abriéndome las piernas del todo con las palmas.

—Estás deliciosa, princesa —murmuró—. Tienes un cuerpo perfecto. Y ese coñito rosado te chorrea, mírate.

Bajó la cabeza y me besó entre las piernas, lento pero hambriento, como quien saborea algo prohibido. Empezó a lamerme de abajo hacia arriba, largo y plano, recogiéndome toda la humedad, y después me chupó el clítoris entre los labios succionándolo con un ritmo que me hizo arquear la espalda de golpe. Cuando metió dos dedos y empezó a moverlos hacia arriba, buscándome ese punto de adentro, gemí sin poder contenerme y me apreté las tetas con las manos, pellizcándome los pezones para aguantar la ola que venía. Él aceleraba la lengua contra mi clítoris al mismo compás que los dedos, sin darme respiro.

—Ay, Bruno, así, no pares —le rogué agarrándolo del pelo—. Voy a correrme en tu boca, así, así…

—Vente, mamacita, quiero tragarme todo —dijo contra mi piel, y volvió a hundir la lengua—. Te comería toda la vida. Estás riquísima.

Me corrí con un temblor que me sacudió las piernas contra sus orejas, empapándole la cara. Él siguió lamiéndome despacio, limpiando cada gota, mientras yo me deshacía en la cama.

Se incorporó con la boca brillante y se desabrochó el pantalón. Se lo quitó y vi su miembro marcado bajo el bóxer. No lo digo porque hoy sea mi marido, pero lo que ese hombre escondía ahí era espectacular: grande, grueso, con las venas marcadas y el glande hinchado y morado de tan duro. Se lo bajó y aquella verga rebotó frente a mí, dura como un fierro. Me incliné, se la agarré con las dos manos y le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, saboreando el pre-semen que ya le brotaba. Empecé a chupársela mientras le acariciaba los testículos con la otra mano. Apenas me cabía en la boca; se me llenaban los ojos de lágrimas y la saliva me escurría por la barbilla hasta las tetas, pero no quería parar. La sacaba entera para pasarme la punta por los labios, escupirle encima y volver a metérmela hasta la garganta, hasta arcadear.

—Ay, princesa, qué rico lo haces —jadeó, sosteniéndome la nuca—. Trágamela toda, así, mírame mientras me la chupas. Qué puta rica eres, mamacita.

Él movía las caderas follándome la boca con embestidas cortas, y yo lo dejaba, con las manos apoyadas en sus muslos. Le lamí los huevos uno por uno, se los metí en la boca mientras le pajeaba la polla toda babeada, y él gemía tirándome del pelo.

—Basta, basta, ya quiero hacerte mía —jadeó, apartándome de un tirón suave—. Me voy a correr y quiero hacerlo en tu coño.

Me levantó en vilo, agarrándome del culo, y me clavó contra la pared. Sentí la punta de su verga buscándome la entrada, restregándose contra mis labios empapados. Me penetró despacio, abriéndome, y grité contra su cuello del gusto de sentir cómo me llenaba centímetro a centímetro. Cuando llegó al fondo se quedó quieto un segundo, dejándome sentirlo entero, y después empezó a moverse.

—Qué apretadita estás, princesa —gruñó—. Me estás ordeñando la polla.

Empezó suave, casi tierno, pero a medida que me escuchaba gemir se fue volviendo más firme, más profundo, hasta que me sostenía contra la pared dándome con todo. Cada embestida me hacía rebotar las tetas contra su cara, y él aprovechaba para atraparme un pezón entre los dientes. El primer orgasmo con su verga adentro me llegó como una ola que no vi venir, apretándomelo por dentro.

—Por Dios, qué bien lo haces, guapo —alcancé a decir con la voz temblorosa—. Me encantas, no pares.

Me bajó de la pared y me giró de espaldas, doblándome sobre la cama. Me abrió las nalgas con las dos manos y volvió a metérmela por atrás de una estocada. Empezó a follarme a cuatro patas, con los dedos hundidos en mi cadera, sacándomela casi entera para volver a clavármela hasta el fondo. El sonido de sus caderas chocando contra mi culo llenaba toda la habitación, y yo me agarraba de las sábanas gritándole que siguiera.

—Así, así, dámela toda, rómpeme —le pedía sin vergüenza—. Métemela más fuerte, guapo.

—Mira cómo te la meto, princesa —gruñía él, dándome un azote que me hizo temblar—. Mira qué bien te entra. Este coño ya es mío.

Me dio la vuelta, me acostó boca arriba en el borde de la cama y me subió las piernas a sus hombros. Se hundió en mí otra vez, casi doblándome en dos, y desde ese ángulo llegaba todavía más adentro. Me besaba los pechos y después la boca, mordiéndome el labio, alternando ternura y dureza. Empezó lento y de pronto cambió a un vaivén rapidísimo; sentía el golpe de su cuerpo contra el mío, el ruido húmedo de mi coño chorreado recibiéndolo, y aquello me volvía loca. Me llevé una mano al clítoris y empecé a masajearme mientras él me follaba, y me vine por segunda vez con un grito ronco que él me tapó con un beso.

—Quiero venirme contigo, princesa, pero tú eliges dónde —me dijo entre jadeos, mirándome a los ojos—. En las tetas, en la boca, en la cara, en el culo, donde tú quieras. Es tuya, mi corrida.

—Adentro —le pedí sin dudar, apretándole las nalgas para que no se saliera—. Quiero sentirte adentro, quiero que me llenes.

—¿Segura, mamacita? ¿Quieres mi leche en tu coñito?

—Sí, sí, ven adentro —le rogué—. Termina conmigo, lléname toda.

Aceleró aún más, embistiéndome con fuerza, y sentí cómo su verga se hinchaba dentro de mí un segundo antes de estallar. Se corrió a chorros dentro de mí mientras nos besábamos, y sentí el calor de su semen escurrir entre nosotros, gota tras gota, mientras él seguía moviéndose despacio para vaciarse del todo. Se quedó adentro un rato más, tembloroso, dándome besos en el cuello, y cuando por fin se salió sentí cómo su corrida me chorreaba entre los muslos hasta las sábanas. Nos quedamos abrazados, con la respiración entrecortada y la piel pegoteada, y solo entonces me acordé de que Mateo seguía en la habitación.

***

—Muy bien, preciosa —dijo él desde un rincón, con una sonrisa de satisfacción y un bulto evidente en el pantalón—. Creo que tendré que aprender a compartirte más seguido, ¿verdad? ¿Quieren ver cómo quedó el video de la primera cita?

Me giré y vi que tenía el teléfono en la mano. Nos había grabado todo el tiempo: los mamadas, cada embestida, mi cara cuando me corrí, la corrida escurriéndome por dentro. Después se lo agradecí; con los años, mi marido y yo volvemos a ver ese video de vez en cuando y terminamos igual de encendidos que aquella tarde, follando como si fuera la primera vez.

Nos vestimos y nos sentamos los tres en la mesa del comedor, como si nada, como viejos conocidos, aunque yo sentía el semen de Bruno todavía tibio entre las piernas.

—Gracias, hermano —le dijo Bruno a Mateo—. Me leíste la mente. Y qué coño más rico tiene, cabrón, casi me deja seco.

—Ja, sabía que te iba a gustar —respondió él—. Te dije que mi niña era fantástica, y ahora lo compruebas. Aprieta como si fuera virgen, ¿o no?

—Como si fuera virgen —confirmó Bruno riéndose.

—Y dime, Camila —Bruno se volvió hacia mí, con un tono distinto, más suave—, ¿te gustó? ¿Quieres que nos volvamos a ver?

—Claro que sí —respondí sin pensarlo—. Me encantó, y quiero verte siempre.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no me quedé con Mateo y Renata. Sabía que ellos iban a pasarla bien igual, follando entre ellos hasta el amanecer, pero yo necesitaba despedirme como correspondía de mi nuevo prospecto. Bruno me llevó hasta mi departamento y, ya en la puerta, me retuvo de la mano.

—Camila, ¿puedo quedarme contigo? De verdad la pasé increíble, y me gustaría intentar algo en serio. ¿Te parece?

Lo miré un momento antes de contestar. Había algo en él que no era solo deseo, aunque el deseo también estaba ahí, palpitándome entre las piernas otra vez.

—Quédate —le dije—. Pero si va a ser algo de verdad, quiero que sea de verdad. Podemos compartir con quien queramos, pero el amor solo entre nosotros dos. Me gustaste mucho, Bruno. Vamos a ver qué pasa.

Esa noche me lo cogí dos veces más, una en la ducha con él detrás metiéndomela mientras yo apoyaba las manos en los azulejos, y otra en mi cama, encima suyo, cabalgándole la polla despacio hasta que los dos nos deshicimos otra vez. Me dormí encima de su pecho, todavía con su semen adentro.

Casi ocho años después, seguimos juntos. Nos casamos, formamos lo que él siempre quiso, y de vez en cuando todavía vemos a Mateo y a Renata para repetir aquellos intercambios. Pero el amor, como prometí esa noche, sigue siendo solo nuestro. Ya les contaré el resto, preciosos.

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Comentarios(9)

CarlaOk

Que comienzo tan intenso!! me engancho desde la primera linea

Yessi_Cba

Por favor seguí contando, necesito saber como termino todo esto jaja

VeronicaR92

No me esperaba ese giro para nada, que relato mas sorprendente. Muy bien narrado la verdad

FrancoSB

tremendo!!!

Silvia_84

Me recordo a algo que me paso hace muchos años, esas situaciones que te cambian la vida sin que las busques. Gracias por animarte a contarlo

ElCronista_22

La forma en que esta escrito se siente muy real, como si uno estuviese ahi. Muy bueno

LectoraNocturna

Me enganché de principio a fin y se hizo corto, quiero mas!!

MarisolBA

Buenisimo, de esos relatos que te quedas pensando un rato despues de leerlos. Espero la continuacion!

Polpalpul

ufff que historia... sigue por favor

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