Confieso lo que me pasa en los vestuarios del gimnasio
Hay cosas que una nunca dice en voz alta, y sin embargo necesita escribirlas para que dejen de pesar. Esta es una de ellas. La cuento tal como pasó, sin adornarla, porque la verdad de lo que soy y de lo que deseo no necesita maquillaje.
Desde muy joven entendí que mi cuerpo no encajaba en las casillas que los demás insistían en marcar. Crecí con una piel que se broncea sola, caderas anchas, una boca que la gente miraba demasiado tiempo antes de apartar los ojos. Soy andrógina, y durante años eso fue una herida. Hoy es lo que más me gusta de mí.
Aprendí tarde a disfrutarlo. Tuve que dejar atrás a mucha gente que me quería de mentira y descubrir, una noche cualquiera, que el deseo ajeno también es un espejo. Que cuando alguien me mira con hambre, yo me veo entera por primera vez.
Durante mucho tiempo creí que tenía que elegir. Que debía borrar una parte de mí para que la otra fuera aceptable, como si el deseo se pudiera podar igual que una planta. Tardé años en entender que mi cuerpo no es una contradicción, sino una invitación. Que hay hombres que pasan la vida entera buscando exactamente lo que yo soy sin animarse a nombrarlo: una tía con tetas firmes, culo alto y una polla dura entre las piernas.
Las mujeres me gustaron primero, cuando todavía no sabía leerme. Después llegaron ellos, los que no temen lo que sienten, los que se acercan con las manos firmes y la mirada limpia. Esos son los que me buscan ahora. Y yo aprendí a reconocerlos a primera vista, por la forma en que respiran cuando entro a una habitación, por cómo se les marca el bulto en el pantalón antes incluso de saludarme.
Por eso voy al gimnasio. No por la salud, aunque esa sea la excusa que doy. Voy porque ese lugar, a ciertas horas, es un territorio de cuerpos sinceros. Allí nadie finge demasiado tiempo. Las pollas hablan antes que las bocas.
***
Llego siempre cerca de las nueve de la noche, cuando el turno de oficinistas ya se fue y solo quedan los que entrenan en serio. La sala huele a metal y a sudor limpio. Me gusta esa hora porque la luz se vuelve más cálida y las conversaciones se apagan.
Me pongo unas calzas que no dejan mucho a la imaginación —se me marca todo, el coño no lo tengo, pero la polla dibujada de lado se lee perfecta a través de la lycra— y una camiseta vieja que deja adivinar que no llevo sujetador. Camino entre las máquinas con una calma que ensayé durante meses. Sé exactamente lo que provoco. Lo siento en la nuca, en esa cosquilla que aparece cuando varios pares de ojos te siguen al mismo tiempo.
Hay un chico nuevo desde hace dos semanas. Alto, de hombros anchos, con una barba corta que le da un aire serio. Lo bauticé Tomás en mi cabeza, aunque nunca le pregunté el nombre. Tomás entrena con auriculares y la mirada fija en el suelo, como si concentrarse en las pesas pudiera salvarlo de algo.
Esa noche elegí la máquina de al lado. No hacía falta, había diez libres, pero la elegí igual. Empecé mi serie despacio, controlando cada movimiento, sabiendo que cada vez que me inclinaba él perdía el ritmo de su respiración.
—¿Te molesta si comparto? —pregunté, señalando el banco que él tenía a medio usar.
Se quitó un auricular. Tardó en contestar, como si la voz no le saliera del todo.
—No, claro. Todo tuyo.
Todo tuyo. Me reí por dentro de lo bien que sonaba esa frase en su boca.
Nos turnamos en silencio durante un rato. Yo me sentaba, él esperaba de pie, los brazos cruzados, fingiendo que miraba su teléfono. Pero cada vez que me levantaba lo encontraba mirándome, y cada vez tardaba un poco menos en apartar la vista. La distancia entre los dos se fue acortando sin que ninguno la moviera a propósito.
—Llevas un buen ritmo —dijo al fin, por decir algo.
—Llevo años practicando —respondí, y dejé que la frase tuviera dos sentidos.
Se le escapó una sonrisa nerviosa. Bajó la mirada hacia mis manos, hacia mis piernas, hacia el lugar exacto donde la tela se me tensaba, y vi cómo tragaba saliva. Los hombres como Tomás creen que disimulan, pero el cuerpo siempre habla antes que la boca. El suyo gritaba. Y la polla que se le empezaba a marcar bajo el pantalón corto gritaba todavía más fuerte.
***
El gimnasio fue vaciándose. Cuando terminé mi última serie quedábamos los dos y un encargado que ordenaba las mancuernas al otro lado de la sala. Me sequé el cuello con la toalla y caminé hacia los vestuarios sin mirar atrás, porque sabía que no hacía falta. Los pasos detrás de mí llegaron tres segundos después.
Los vestuarios a esa hora son míos. Conozco el eco de las baldosas, el zumbido de los focos, el olor a jabón barato que se mezcla con el vapor de las duchas. Entré, dejé la toalla en un banco y me giré justo cuando él cruzaba la puerta.
—Perdona —dijo Tomás, y se frenó en seco al verme—. Me equivoqué de…
—No te equivocaste.
Las palabras quedaron flotando entre los dos. Él miró hacia la salida, después hacia mí, y algo en su pecho decidió quedarse. Di un paso. Dio otro. La distancia se rindió por fin.
—No sé si yo… —empezó, y la voz se le rompió a la mitad.
—No tienes que saberlo —le dije, poniéndole una mano en el pecho. Su corazón golpeaba como un puño contra una puerta—. Solo tienes que dejar de pensar.
Lo besé despacio, dándole tiempo a huir si quería. No quiso. Su boca respondió con un hambre torpe, contenida durante demasiado tiempo, y cuando sus manos encontraron mis caderas las apretó como quien por fin se permite tocar algo que llevaba semanas mirando. Bajé una mano entre nosotros y la apoyé sobre el bulto duro que se le formaba bajo el pantalón. Gimió dentro de mi boca. Le apreté más fuerte, marcando la forma de su polla a través de la tela, sintiéndola crecer con cada roce.
—Eres… —murmuró contra mi cuello, descubriéndome, mientras su mano bajaba tímida por mi vientre hasta topar con lo que él todavía no se atrevía a nombrar.
—Soy lo que quieras que sea esta noche —contesté, guiándole los dedos hasta que envolvió con la palma mi polla erguida contra la lycra—. Y tú vas a dejar que lo decida yo.
Sentí cómo se le cortaba el aire. Cómo la mano se le quedaba unos segundos quieta, como memorizando el peso, el grosor, la manera en que yo palpitaba contra sus dedos. Después cerró el puño y me apretó despacio, y fui yo la que gemí esta vez.
—Joder —susurró—. Joder, joder.
—Eso, exactamente eso —le dije—. Vas a follar. Y te va a gustar más de lo que crees.
Sentí cómo se rendía. Cómo toda esa rigidez de hombre serio que carga pesas para no pensar se deshacía bajo mis dedos. Le arranqué la camiseta sudada, recorrí con la lengua la línea de su clavícula, le mordí un pezón hasta que soltó un jadeo grave que rebotó contra las baldosas. Le bajé el pantalón corto de un tirón. La polla le saltó dura, gruesa, con la punta ya brillante de líquido, curvada hacia arriba como si me buscara sola.
—Mírala —le dije, envolviéndosela con la mano—. Mira cómo te la tengo. Y todavía no te he tocado en serio.
***
Lo empujé con suavidad hasta el banco y me arrodillé entre sus piernas. Él me miraba con los ojos muy abiertos, a medio camino entre el deseo y el miedo a desearme, esa frontera que tantos hombres no se atreven a cruzar de día y cruzan corriendo de noche.
—Mírame —le pedí—. Quiero que veas quién te la chupa.
Lo tomé entre mis manos primero, sin prisa. Le pasé la lengua por toda la longitud, desde la base hasta la punta, en un lametón lento que le arrancó un temblor de las caderas. Le lamí los huevos, uno y otro, chupándoselos con cuidado, sintiendo cómo se le tensaban contra mi lengua. Después subí otra vez, y esta vez sí, abrí la boca y me lo tragué entero de una sola vez, hasta que la punta me chocó contra la garganta y me obligó a cerrar los ojos.
—Ay Dios —jadeó Tomás—. Ay Dios, tía, ay Dios.
Se la mamé despacio, con ganas, ensalivándola bien para que se viera brillante entre mis labios cada vez que la sacaba. Le rodeaba la base con el puño y bombeaba al mismo ritmo que la boca, subiendo y bajando, apretando la lengua contra el frenillo, haciendo círculos alrededor del glande hinchado. Cada vez que llegaba abajo, tragaba, y cuando tragaba mi garganta se cerraba en torno a él y Tomás dejaba caer la cabeza hacia atrás con un gemido animal.
—No pares, no pares, no pares —repetía, y yo aceleraba solo para castigarlo y frenarlo un segundo después, dejándosela fuera de la boca, palpitando en el aire, brillante de mi saliva.
—Te la voy a chupar hasta que me lo supliques —le dije, mirándolo desde abajo, con los labios rojos y la barbilla mojada—. Y cuando me lo supliques, la voy a dejar a medio camino. Porque esta noche te la trabajas.
Volví a tragármela. Esta vez le metí una mano entre las piernas y le acaricié detrás de los huevos, apretando ese punto que él no sabía que tenía, mientras seguía chupando con la boca. Tomás se retorcía en el banco, arqueaba la espalda, buscaba con las manos algo a lo que sujetarse y solo me encontraba a mí, mi pelo, mi nuca, la curva de mi hombro. El frío de las baldosas contra mis rodillas y el calor de su polla contra mi paladar eran dos verdades al mismo tiempo, y yo vivía justo en el cruce de las dos.
—Voy a correrme —dijo entre dientes, y le aparté la boca con la mano, dejándosela dura y solitaria contra el vientre.
—Vas a correrte cuando yo diga —contesté, y vi cómo esa orden, en lugar de asustarlo, le hacía gotear otra vez—. Ahora te toca a ti.
Me levanté, me bajé las calzas hasta las rodillas y mi polla saltó también, dura, hinchada, apuntándole a la cara. Tomás se quedó mirándola desde el banco, con la boca entreabierta, sin decir nada. Le tomé la barbilla con dos dedos.
—Ábrela —le dije—. Como yo hice contigo.
Dudó medio segundo. Después abrió la boca y yo le empujé la polla adentro despacio, sintiendo el calor húmedo de su lengua torpe, virgen de esto, aprendiendo a base de instinto. Le agarré la cabeza con las dos manos y marqué el ritmo. Entraba hasta el fondo, salía, volvía a entrar, sintiendo cómo se atragantaba y respiraba por la nariz, cómo se acomodaba, cómo empezaba a chupar de verdad, con hambre.
—Así, precioso, así —le decía, apretándole el pelo—. Chúpamela como te la chuparías a ti mismo si pudieras. Bien profundo.
Sus manos me buscaron el culo, me lo apretaron, me lo separaron. Sentí un dedo curioso deslizarse entre mis nalgas, tanteando, y le solté un gemido de aprobación contra el cráneo.
—Eso también es mío —le dije—. Pero después. Primero otra cosa.
***
Le saqué la polla de la boca. Lo hice ponerse de pie y apoyarse contra los azulejos fríos, de espaldas a mí primero. Me pegué a su espalda, dejé que sintiera todo mi cuerpo contra el suyo, mi polla dura marcándose contra la raja de su culo, mientras le mordía el cuello y le pellizcaba los pezones con las dos manos.
—¿Sigo? —le pregunté al oído, mordiéndole el lóbulo, restregándome contra él.
—No pares —jadeó—. No te atrevas a parar.
Lo giré. Le levanté una pierna, se la enganché a mi cadera y lo empujé contra los azulejos. Escupí en mi mano, me embadurné bien la polla, y con la otra le busqué el culo. Le metí un dedo primero, despacio, sintiendo cómo se le cerraba el anillo y después cedía. Metí un segundo. Tomás gemía contra mi hombro, mordiéndome para no gritar.
—Nunca —susurró—, nunca me habían…
—Ya lo sé —le contesté—. Aguántame. Voy despacio.
Le apoyé la punta y empujé. La cabeza entró apretada, forzando, y él soltó un jadeo largo, entre dolor y placer, esa mezcla que solo se conoce la primera vez. Me quedé quieta unos segundos, dejando que se acostumbrara, besándole el cuello mientras su cuerpo aprendía a recibirme. Después empujé un poco más. Y otro poco. Hasta que estuve dentro entera y los dos temblábamos.
—Joder, tía —gemía—. Joder, cómo me llenas.
Empecé a moverme. Lento al principio, saliendo casi entera y volviendo a hundirme, mientras con la mano le trabajaba la polla al mismo ritmo. Cada embestida le arrancaba un gemido más grave, más rendido. Los azulejos se le pegaban a la espalda húmeda, mi cadera chocaba contra la suya, el vestuario entero se llenó del sonido de la carne contra la carne y del eco mojado de nuestras respiraciones.
Aumenté el ritmo. Le follé más fuerte, más hondo, dándole con la cadera de manera que cada golpe le sacaba el aire. Le mordí un hombro. Le agarré una teta con la mano libre. Le puse dos dedos en la boca y él los chupó como había chupado la polla, dócil, rendido.
—Dime lo que eres —le exigí al oído, sin dejar de embestir.
—Tuyo —jadeó—. Tuyo, joder, tuyo.
—Otra vez.
—Tuyo, Sasha, tuyo, no pares, no pares.
Le pajeé más rápido, sincronizando con mis empujones. Sentí cómo se le tensaba todo, cómo se le engarrotaban los muslos, cómo empezaba a temblarle la voz. Le apreté la base de la polla, cortándole el orgasmo un segundo antes.
—Todavía no —le dije—. Córrete cuando yo me corra. Los dos.
—No aguanto, no aguanto…
—Sí que aguantas.
Le solté la polla y volví a subir el ritmo. Ya no quedaba paciencia en ninguno. Le follé el culo con todo lo que tenía, chocando contra él, arrancándole gruñidos que se le escapaban de la garganta sin permiso. Sentí la corrida subir desde los huevos, ese hormigueo caliente que ya no se para. Volví a envolverle la polla y bombeé rápido, apretando fuerte.
—Ahora —gemí—. Ahora, córrete conmigo.
Tomás explotó primero, con un gemido ronco, disparando chorros de semen espeso contra los azulejos, contra mi mano, resbalando por sus muslos. Dos embestidas más y me solté yo, vaciándome dentro de él con un espasmo largo que me dobló la espalda, gimiendo contra su nuca, sintiendo cómo mi corrida caliente lo llenaba por dentro mientras seguía apretándome con cada latido.
Nos quedamos así unos segundos, colgados el uno del otro, respirando fuerte. Salí de él despacio. Un hilo de semen le resbaló por el interior del muslo, y yo lo recogí con dos dedos y se los llevé a la boca. Los chupó sin dudarlo.
***
Nos dejamos caer en el banco, con las piernas flojas, los cuerpos brillantes de sudor y todo lo demás. El eco de los vestuarios guardó cada sonido, las baldosas estaban tibias, y Tomás temblaba como tiembla alguien que acaba de descubrir una parte de sí mismo que llevaba años escondiendo.
Nos quedamos un rato en silencio, recuperando el aire, sentados en el banco con los hombros pegados. Él miraba el suelo con una sonrisa nueva, distinta a la que traía al entrar. El vapor de las duchas se había colado hasta nosotros y nos envolvía como una manta tibia.
Le pasé una mano por la nuca, todavía húmeda, y sentí cómo se estremecía con ese gesto tonto, casi tierno, después de todo lo demás. A veces lo que más desarma a un hombre no es la follada, sino la caricia que viene después, cuando ya no hay nada que demostrar.
—No suelo hacer esto —dijo, y se rió de su propia frase, porque los dos sabíamos lo que valía.
—Nadie suele —contesté—. Hasta que lo hace.
Me vestí despacio. Él me observaba como se observa algo que uno sabe que no volverá a tener igual. Antes de salir me preguntó mi nombre, por fin, después de todo.
—Sasha —le dije desde la puerta—. Sasha Belmonte. Por si quieres soñarme.
***
Por eso escribo esto. No para presumir, sino porque durante demasiado tiempo creí que el deseo que despierto en los hombres era algo de lo que avergonzarme. Hoy sé que es un regalo. El mío y el suyo. Mi polla, mi culo, mi boca, todo lo que soy y lo que ellos no se animan a pedir hasta que se los pongo delante.
Voy a seguir yendo al gimnasio cada tarde. Voy a seguir caminando entre las taquillas con la toalla al hombro, sintiendo las miradas, eligiendo a quién dejo que me descubra. Cada cuerpo que se rinde es una confesión que el otro nunca se animó a hacer en voz alta, y yo soy la única que las escucha todas.
Soy Sasha Belmonte. Y quién sabe, si una tarde cualquiera coincidimos entre las pesas, tal vez seas tú quien deje de fingir que no me mira. Tal vez seas tú el próximo que termine contra los azulejos, aprendiendo a decir mi nombre entre gemidos.





