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Relatos Ardientes

Esa madrugada busqué a los dos hombres de la calle

Esta confesión ocurrió hace casi quince años. Hoy tengo treinta y cuatro, estoy casada y tengo una hija. Pero en aquel entonces tenía diecinueve y trabajaba por las tardes detrás de la barra de un café-bar para pagarme la carrera. El local cerraba a las once y media, aunque yo casi nunca salía antes de la una de la mañana: me tocaba hacer el cierre de caja, el inventario y dejar el reporte listo para el encargado.

El bar estaba en una calle privada llena de negocios nocturnos: otros bares, dos hoteles y un par de restaurantes. No era una calle larga, pero sí muy ancha, con un camellón enorme en el centro, lleno de arbustos y árboles bien cuidados. De día parecía un jardín. De madrugada era un sitio solitario y oscuro, y por eso varios hombres sin techo solían dormir entre la vegetación. En general no molestaban a nadie. Dormían y se marchaban al amanecer. Pero alguna vez se sabía que incomodaban a las mujeres que salían solas.

Una noche salí mucho más tarde de lo normal, casi a las dos. El encargado se había ido antes por un asunto suyo y me dejó parte de sus tareas. Cuando por fin terminé, me despedí del vigilante, encendí un cigarro y eché a andar. Era principio de semana, así que los bares estaban cerrados y los hoteles solo mantenían encendida la luz de recepción. Mientras caminaba hacia la avenida principal para tomar un taxi, vi a dos tipos entrar en la calle privada. Los conocía de vista, de tantas madrugadas. Por su forma de caminar se notaba que estaban drogados, pero no les di importancia y seguí.

Unos metros más adelante me cerraron el paso y me pidieron un cigarro. Para evitar problemas, accedí. Metí la mano en el bolso a buscar la cajetilla mientras uno de ellos me rodeaba por la espalda. Me miraban de arriba abajo. Debo confesar que me gustaba vestir coqueta, que era guapa y que en aquel entonces tenía un cuerpo todavía mejor que ahora. De los nervios no conseguía sacar el encendedor. De repente, el que tenía detrás me agarró la falda, que no era larga, y me la subió. Grité al instante y ellos salieron corriendo hacia el camellón. Yo eché a correr hacia la avenida. Por suerte pasaba un taxi y lo paré de inmediato.

Al llegar a casa me eché a llorar sin saber muy bien por qué. Y entonces me di cuenta de algo: no solo me habían asustado. No había sentido únicamente miedo. Aquello me había excitado de una forma terrible. Tenía la ropa interior completamente empapada.

***

Los días pasaron y yo no podía dejar de pensar en aquel momento. Lo recordaba a todas horas y mi ropa interior terminaba siempre igual. Por las noches lo soñaba. Empecé a fantasear con que se repitiera, a desearlo. Cuando salía del trabajo, a veces los veía. Me decían cosas obscenas o me sonreían. Yo los ignoraba, pero eso solo conseguía que mi deseo creciera, que quisiera que la cosa se repitiera y que llegara más lejos. Mucho más lejos.

Pasaron casi dos semanas hasta que no pude contener más esa idea y decidí llevar a cabo mi fantasía. La planeé con cuidado durante unos días. Me vestía aún más sugerente que de costumbre. A propósito salía más tarde, para coincidir con ellos. Quería que me vieran. Quería que me desearan. Quería, como me imaginaba cada noche, que me tomaran como si fuera suya.

Por fin llegó el momento: un domingo por la noche. Era el día ideal, porque el bar arrastraba mucho trabajo y yo podía entretenerme y salir tarde sin que nadie sospechara. Desde que empezó a oscurecer los estuve observando. Los veía entrar y salir de la calle privada. Vi cómo se metían en su escondrijo de siempre, entre los arbustos. Un poco antes de la una de la mañana, cuando los descubrí sentados en la banqueta, decidí que era el instante perfecto. Me apresuré a entregar el cierre, agarré el bolso, me despedí y salí rápido.

Pero en ese corto lapso se esfumaron. Los busqué hasta en el camellón y no tuve suerte. Me senté un momento justo donde ellos solían dormir, encendí un cigarro y lo fumé despacio. No aparecieron. Salí de ahí y caminé hacia la avenida para irme a casa. Y entonces los vi, como la primera vez, doblando hacia la calle privada.

Estaba a punto de subir las escaleras que daban a la avenida. Las piernas me empezaron a temblar y me corrió un sudor frío por la espalda. Aun así seguí mi camino. No hice nada por llamarlos: simplemente subí los escalones despacio. Entonces uno de ellos, bastante alto, con una voz ronca y entrecortada, me habló.

—Hola, preciosa. ¿Me regalas un cigarro?

—Sí… —respondí con la voz temblorosa, igual que las manos, que apenas lograban abrir el bolso.

Estaba pasando de verdad. Lo había buscado y estaba pasando.

El otro, más bajo y con una cara que aparentaba ser muy mala, se sentó en las escaleras junto a su amigo. Me miraba las piernas sin disimulo, incluso se agachaba esperando ver algo más. En ese momento volví a sentir aquella excitación tremenda. Notaba la ropa humedecerse. Estaba lista para esos dos.

Saqué los cigarros y el encendedor. Tomaron uno cada uno. Prendí la llama y se la acerqué con las manos temblando. Se rieron. El más alto me sujetó las muñecas y se inclinó para encender el suyo. El otro se levantó de golpe, se colocó a mi costado y se acercó también.

—¿Por qué estás tan nerviosa, linda? No te vamos a hacer nada —y se rieron otra vez.

Yo solo sonreí y volví a guardar mis cosas en el bolso.

El de la cara dura me dijo que, como yo había compartido mis cigarros, ellos harían lo mismo. Sacó un cigarro armado del bolsillo. Estaba claro que no era tabaco. Me lo dio, lo encendí con unos cerillos que me ofreció, y la verdad es que me relajó muchísimo. El temblor de las piernas desapareció. Me senté en el escalón. Sin darme cuenta, una de mis piernas dejó la falda demasiado arriba y se me veía la ropa interior. No la acomodé. Cuando noté que lo miraban, me excité aún más. El de la cara dura se colocó enfrente para ver todo lo que la falda dejaba escapar.

Empezaron a darme conversación. Hablaban mucho y, por sus miradas, estaban a gusto conmigo, pero no se insinuaban ni se me acercaban demasiado. Hasta que les pregunté si tenían más cigarros. Me dijeron que, si quería, podíamos fumar en el camellón, más cómodos. Accedí, contenta. El más bajo me dio la mano para levantarme y caminamos por la calle hasta el escondrijo donde yo misma había estado un rato antes.

—Siéntate —dijo el alto, tendiendo un cartón sobre el pasto.

Me senté y ellos se acomodaron de frente, mirando hacia mi falda, esperando otro descuido. Abrí el bolso, saqué los cigarros y el encendedor y los dejé sobre el cartón. Encendimos otro. Como yo no estaba acostumbrada a lo que habíamos fumado antes, me sentía muy relajada. Se me ocurrió invitarles unas cervezas. Saqué la cartera y les di dinero. El más bajo lo tomó y mandó al alto a comprar cerveza y algo de botana. El otro fue de mala gana.

Al quedarnos solos, el más bajo se sentó a mi costado y empezó a interrogarme: de dónde era, qué estudiaba, cosas así. En algún momento pasó el brazo sobre mis hombros. Su mano quedó cerca de mi pecho, sin tocarlo. Luego la bajó hasta mi cintura, como midiendo el terreno. Al ver que no lo detenía, me acarició con suavidad el trasero. Yo solo reí. Se envalentonó, subió la mano de nuevo y empezó a masajear mi pecho por encima de la blusa. Estaba tan excitada que se lo permití sin más.

Soltó un botón, metió la mano bajo el sostén y acercó la cara a mi cuello para besarme. No me importaba estar ahí, sola, a su merced, ni el olor fuerte a calle y a abandono que despedía. En ese momento el alto cruzó los arbustos de un salto y dejó las cervezas y unas bolsas de papas en el suelo.

El más bajo me soltó, abrió una cerveza para mí y bebimos un rato. Otra vez solo hablábamos. Hasta que volvió a acercarse, esta vez con la mano en mi muslo. La fue bajando despacio mientras conversábamos, y con los dedos apenas rozó mi entrepierna. Estaba empapada. Sacó la mano y, mirando al alto, sonrió. El alto se rió. Yo lo miré y le pregunté si él no quería.

***

El alto se abalanzó sobre mí y me puso las manos en los pechos por encima de la blusa. Lo detuve, lo hice retroceder, me desabroché yo misma y me quité el sostén. Le dije que volviera a tocar si quería. Se lanzó de nuevo, esta vez con la boca, y empezó a lamer y morder mis pezones. Comencé a gemir de lo rico que se sentía. Sin apartar la cara de mi pecho, metió las manos bajo la falda y me amasó las nalgas, dándome pellizcos ligeros que solo me hacían gemir más. Consciente de que estaba en plena calle, intentaba disimular, pero de vez en cuando se me escapaba uno fuerte.

Se hincó frente a mí, se desabrochó el pantalón y se sacó el sexo, de tamaño normal. Me pidió que se lo chupara. Me arrodillé, busqué en el bolso, saqué un preservativo y se lo coloqué. Lo masturbé un poco y luego me incliné y me lo metí en la boca entera, de golpe. Por alguna razón, aquel aroma que nada tenía de agradable me excitaba todavía más.

Mientras estaba inclinada, sentí las manos del otro en mis nalgas, palpándolas como si las examinara. Después noté su miembro húmedo entre ellas. Me detuve un instante, lo tomé con una mano y lo masturbé mientras con la otra buscaba otro preservativo. Se lo puse con cuidado. Volví a inclinarme sobre el alto, y el más bajo me levantó la falda sobre la espalda, hizo a un lado mi ropa interior y me penetró de golpe. Estaba tan mojada que no opuse resistencia. Solo pude ahogar el gemido contra el sexo que tenía en la boca.

Cuando empezó a embestirme, perdí el control y gemí como loca. No me importaba estar en la calle, usada como una cualquiera. El alto se molestó porque ya no podía concentrarme en él, me agarró de la nuca y empezó a moverse contra mi boca. Sentía que me ahogaba, hasta que de pronto se apartó.

Le pidió al otro que cambiaran de lugar, que él ya quería terminar dentro de mí. Se rotaron. El alto entró con suavidad, embistiendo con ritmo, menos agresivo que su amigo pero igual de intenso. De vez en cuando se detenía, salía y volvía a entrar. Después sus manos me masajearon la espalda, se recargó sobre mí y, con una mano en la cintura, dirigió su sexo hacia un lugar nuevo. Penetró despacio, con algo de dificultad al principio. No pude evitar un grito más fuerte que los anteriores, esta vez de dolor. Pero pronto el dolor se transformó en placer y volví a gemir, mordiéndome la muñeca para no ser descubierta. Un gemido suyo declaró el final. Se quedó quieto un momento y luego se apartó, se recostó y encendió un cigarro.

El más bajo pasó entonces detrás de mí y, como la primera vez, me penetró de golpe. Era más rudo, pero el placer también era mayor. Yo tenía la cara contra el pasto, mordiéndome la muñeca para no gritar. Se detuvo de pronto, me pidió que me acostara boca arriba. Me recosté sobre los cartones y abrí las piernas para él. Apartó mi ropa interior y la dejó a un lado. Se inclinó a lamerme los pechos, los pezones duros e hinchados, y volvió a entrar en mí. Solo podía taparme la boca con la mano para no gritar de placer. Continuó así varios minutos. El alto, a un costado, me acariciaba lo que se le antojaba del cuerpo.

El más bajo me tomó una pierna del tobillo, la levantó, la juntó con la otra sobre su hombro y me penetró de nuevo. A esas alturas yo había terminado varias veces; ya solo era un cuerpo entregado a su placer. No tardó mucho. Bajó mis piernas, se apartó y terminó sobre mi vientre. No hice nada. Me quedé recostada sobre los cartones, con las piernas abiertas, mientras el alto, todavía cerca, terminaba también con un gesto cansado.

***

Sin fuerzas, me acomodé recargada contra un árbol. Me sentía extrañamente feliz. No quería que terminara aquella sensación de haber sido tomada por dos desconocidos en plena calle. Encendí un cigarro y lo fumé sin vestirme, mientras ellos seguían acariciándome el cuerpo a su antojo. Entre los arbustos alcancé a distinguir la figura de un hombre mayor, también de la calle, mirándome. No me importó. Seguí tendida, fumando, completamente desnuda.

Más por el frío de la madrugada que por incomodidad, busqué mi ropa para cubrirme. Solo encontré la falda y la blusa. Al ver sus caras comprendí que se habían quedado con mi ropa interior, como un trofeo. Después de un rato charlando y bromeando, me despedí de ellos y me marché a casa, porque ya empezaba a aclarar y no quería que nadie del lugar me viera en esas condiciones.

Lo de aquella noche no se volvió a repetir. Trabajé todavía algunos meses más en ese sitio, y solo nos quedó una especie de amistad rara. A veces, al pasar, me rozaban algo por encima de la ropa, pero nunca volvieron a intentar nada. Y yo, durante mucho tiempo, no me atreví a contarle a nadie que aquello no me había pasado: que yo había vuelto a buscarlo.

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Comentarios (5)

RominaVK

me dejaste sin palabras. que relato tan honesto!!

GaboR_lector

Por favor seguila contando, quede con ganas de saber como termino todo eso.

MontserratLB

Me recordo a una noche que yo tambien me quedé parada ante algo que quería y dejé de escapar. Es raro y liberador al mismo tiempo.

Nati_Pcia

increible!!! que manera de escribir

LectoraNocturna

La forma en que lo contás da un poco de escalofríos, en el buen sentido. Se siente muy real y honesto. Gracias por compartirlo.

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