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Relatos Ardientes

La noche que salí a la calle vestida de mujer

Lo voy a contar tal como pasó, sin adornos ni mentiras, porque hace meses que no se lo cuento a nadie y necesito sacarlo de adentro. Tengo veinticuatro años, vivo con mi novia desde hace dos y, para cualquiera que me conozca, soy un tipo común: gimnasio tres veces por semana, trabajo de oficina, partido con los amigos los domingos. Nadie sospecharía lo que hice aquella noche de viernes en la que me quedé solo en el departamento.

Camila se había ido a dormir a casa de sus padres porque su madre estaba enferma y necesitaba ayuda con las medicaciones. Yo le dije que tranquila, que aprovecharía para ordenar el placard, mirar alguna serie y descansar. Ella me dio un beso en la frente, agarró el bolso y me dejó las llaves sobre la mesa de la cocina. Eran las nueve cuando cerró la puerta.

A las once estaba tirado en el sillón con el celular en la mano, pasando videos sin rumbo. No buscaba nada en particular, pero el algoritmo, que conoce a uno mejor que uno mismo, me fue arrastrando hacia clips de mujeres caminando con tacones, sacándose la ropa frente al espejo, ajustándose una media de red sobre el muslo. No era la primera vez que esos videos me producían algo distinto al deseo común. No las quería: las envidiaba. Quería estar en su lugar, sentir lo que sienten cuando un hombre las mira y se le seca la boca.

¿Y si lo hago?

El pensamiento llegó así, sin aviso. Camila no volvía hasta el domingo. Yo tenía la casa entera para mí, su ropa colgada en el armario, su maquillaje sobre el tocador. Nadie tenía por qué enterarse nunca. Me levanté del sillón antes de que la cabeza pudiera frenarme.

***

Me desnudé en el medio del dormitorio. Camila mide un metro cincuenta y cinco; yo, casi treinta centímetros más. Sus prendas no me iban a entrar, pero quería intentarlo igual. Abrí el primer cajón y saqué un corpiño negro de encaje, uno que ella se ponía cuando salíamos a cenar. Camila tiene pecho grande, así que las copas me sobraron por todos lados. Por suerte, en otro cajón guardaba unos rellenos de silicona con forma de gota, esos que se pegan a la piel para sumar volumen bajo un vestido escotado. Los puse adentro de las copas y, cuando me miré al espejo, ya no era yo del todo.

La bombacha negra me costó un poco más. Es difícil esconder lo que uno tiene cuando el género de la ropa interior fue diseñado para no esconder nada. Logré acomodar todo hacia atrás, entre las piernas, y la tela se me hundió en la separación de las nalgas de un modo que me hizo respirar profundo. Sentí un cosquilleo nuevo, distinto al de cualquier otra noche con Camila. No era el deseo de un hombre por una mujer: era el deseo de ser deseado.

Saqué una falda de jean negra, corta, que ella usaba para salir. Me llegaba más arriba de lo que le llegaba a ella, lo cual, lejos de molestarme, me gustó. Levanté la vista al espejo del placard y vi una espalda más ancha de lo normal pero con cintura, con piernas largas, con un culo que el gimnasio me había puesto firme y que ahora, embutido en una falda ajena, parecía pedir algo. Me quedé un rato largo mirándome desde varios ángulos.

Encima me puse un sweater fino, también negro, de cuello bote, que dejaba al descubierto las clavículas y el contorno del corpiño relleno. Me senté frente al tocador. Camila me había enseñado de chiste, una noche de cuarentena, a usar el corrector y la base. Lo hice en serio. Me cubrí el principio de barba con dos capas de maquillaje, me marqué los pómulos, me delineé los ojos con un trazo grueso hacia afuera y me pinté los labios de un rojo oscuro, casi vino. Después agarré la máscara de pestañas y me apliqué tres pasadas. Cuando me peiné el flequillo hacia un costado, dejé caer un mechón sobre el ojo derecho.

Me quedaba por terminar lo de las piernas. Saqué unas medias de red, las subí despacio para no romperlas, y noté que cambiaban todo. Los gemelos del gimnasio dejaron de parecer de hombre. Eran piernas largas, de mujer alta, de mujer que sale a una fiesta. Me calcé unos taco aguja que Camila casi no usaba, porque le quedaban grandes a propósito —los había heredado de una amiga—, y por una vez ese «grandes» era para mí.

Me paré frente al espejo de cuerpo entero. La luz cálida del velador me favorecía. No me reconocí. Sentí miedo, sentí orgullo y sentí, sobre todo, unas ganas enormes de que alguien me viera.

***

Al principio iba a quedarme dentro de la casa. Caminar un poco por el living, hacerme fotos, sentir los tacones contra el parqué y volver a guardarlo todo antes de que amaneciera. Pero el departamento se me hizo chico. Las paredes no me devolvían lo que yo necesitaba. Necesitaba ojos. Necesitaba la calle.

Eran cerca de las dos de la mañana. Me puse un sobretodo largo encima, agarré las llaves, el celular, un billete por si acaso y un preservativo que estaba en mi mesa de luz —no pensaba usarlo, me dije, pero qué sabía yo lo que estaba por pasar—. Cerré con doble vuelta y bajé los seis pisos por el ascensor, atenta, por primera vez en años, a no apoyar el peso en el talón para no hacer ruido.

La calle estaba casi vacía. Vivimos en un barrio tranquilo, un poco apartado del centro. Los pocos autos que pasaban iban rápido, como si supieran que a esa hora no se anda paseando. Caminé media cuadra hasta una esquina donde había una luz mejor. Me saqué el sobretodo, lo doblé en el brazo y me quedé ahí, parada como si esperara un taxi que nunca llamé.

El primer auto que me vio fue un Corolla blanco. El conductor giró la cabeza tan rápido que casi se sube al cordón. No frenó, pero a la cuadra siguiente vi cómo se detenía y empezaba a dar la vuelta a la manzana. No me animé a esperarlo. Me corrí dos esquinas más adelante.

Pasó una familia en una camioneta. El padre miraba al frente, pero la madre me clavó los ojos por la ventanilla y supe, con una claridad rara, que ella había entendido más de lo que yo había mostrado. Bajé la cabeza, me toqué el flequillo y seguí caminando.

Después pasaron dos pibes en una moto. Uno de ellos me gritó algo desde atrás, una grosería de manual, y los dos se rieron y aceleraron. No me lastimó. Me prendió.

A media cuadra había un guardia de seguridad parado frente a un edificio de oficinas. Lo había visto desde lejos pero pensé que no me iba a animar. Caminé despacio hacia su vereda, sintiendo cada paso, sintiendo la tela de la falda rozarme la piel de los muslos. Cuando llegué a su altura, hice como si buscara algo en la cartera —no tenía cartera— y me agaché. Él tenía la radio en la mano y no se la llevó nunca a la boca. Vi de reojo cómo se acomodaba el bulto del pantalón con la palma. No me dijo nada, pero no dejó de mirarme hasta que doblé la esquina.

***

El auto que se detuvo era un sedán gris oscuro, con vidrios polarizados parciales. Bajó la ventanilla del acompañante. El conductor se inclinó un poco sobre el asiento.

—¿Cuánto? —preguntó, sin saludo.

Me quedé muda. No había pensado en ese guion. No había pensado en ningún guion. Tartamudeé algo que ni yo entendí. Él se rio, una risa baja, paciente, y abrió la puerta desde adentro.

—Subí —dijo—. Después vemos.

Subí.

Olía a perfume de hombre, mezclado con cuero del tapizado y algo de tabaco viejo. Tendría unos cuarenta años, barba corta, alianza puesta. Apoyó la mano en mi muslo apenas arrancó. La subió un par de centímetros y la dejó ahí, sin apretar, esperando a ver si me corría.

No me corrí.

—Estás temblando —dijo.

—Es el frío.

—No es el frío. —Sonrió sin mirarme—. ¿Es la primera vez que te subís a un auto?

Asentí. Para qué iba a mentir. Después me arrepentí de haber asentido tan rápido, pero ya estaba hecho.

Damián —no me lo dijo entonces; me lo dijo después, recostado sobre el respaldo—, se manejaba en aquel auto como en su propia cama. Conducía con una sola mano y con la otra me iba conociendo. Me corrió la falda hacia arriba sin pedir permiso, me pasó dos dedos por sobre la bombacha, y se detuvo un segundo cuando entendió lo que había debajo.

—Mirá vos —murmuró, casi para él—. No me lo esperaba.

Me quedé tiesa, segura de que el viaje terminaba ahí, de que iba a frenar de golpe y a echarme. Pero no. Damián volvió a apretar, esta vez con la palma entera, y se rio de nuevo.

—Igual sos un bombón. Vamos a ver si trabajás con la boca igual de bien que con la cara.

Empujó dos dedos contra mis labios y los dejé entrar. Le chupé las puntas y los saqué con la lengua, dejándole un hilo brillante de saliva entre el índice y el mayor. Él los volvió al volante sin secárselos.

Manejó unas diez cuadras hacia una zona industrial que yo conocía de día, llena de galpones cerrados y un único kiosco fuera de servicio. Estacionó contra una pared sin ventanas, donde la única luz era una farola amarilla a media cuadra. Apagó el motor.

—Vamos atrás —dijo.

***

El asiento trasero era de cuero, frío al principio. Damián se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones hasta los tobillos y se acomodó contra el respaldo. Yo me arrodillé en el espacio del suelo, con la falda subida y las medias de red marcándome aros en los muslos. Lo tenía a la altura justa.

No era enorme, pero tampoco era poco. Era grueso, y la forma curvada hacia arriba la sentí antes con los dedos que con la boca. Empecé despacio, lamiéndolo por el costado, desde la base hasta la punta, como había visto que Camila me hacía a mí. Quería ser para él lo que Camila era para mí cuando se ponía de buen humor: paciente, atenta, sin apuro.

—Mirame —dijo.

Levanté los ojos. Tenía el pelo despeinado, el cuello de la camisa abierto, una vena marcada en la sien. Cuando me vio el rouge corrido y el delineador empezando a temblar, soltó un suspiro que valió más que cualquier elogio.

—Sos una puta —dijo, sin desprecio, casi con asombro—. Y ni siquiera sabés cuánto.

Me la metí entera. Hasta donde pude. Se me llenaron los ojos de agua, tosí, volví a intentarlo. Damián me tomó del pelo y me empezó a guiar él. No con violencia: con ritmo. Como si me estuviera enseñando a bailar. Yo seguía, me ahogaba, lo escupía, lo volvía a tomar. La saliva me bajaba por el mentón y caía sobre el sweater de Camila. Iba a tener que tirar ese sweater. No me importó.

De pronto me sacó de la boca, se inclinó hacia adelante y me agarró la mandíbula con la mano.

—Date vuelta —ordenó.

Me di vuelta. Quedé de rodillas sobre el asiento, las manos contra el vidrio empañado, el sobretodo en el suelo, la falda sobre la espalda baja. Sentí la bombacha negra correrse hacia un costado y los dedos de él, ahora sin saliva sino con algo más, recorrer el lugar exacto que ninguna persona había tocado nunca, ni siquiera yo del modo en que lo hizo él esa noche.

Pensé en el preservativo del bolsillo. Pensé en Camila, dormida a cuarenta cuadras de ahí, en una cama de su infancia, sin saber. Pensé en que mañana iba a tener que lavar todo, planchar la falda, devolver los tacones a su caja, borrarme la cara, volver a ser ese tipo común que va al gimnasio tres veces por semana.

Pero faltaba todavía mucho para mañana.

—¿Trajiste algo? —preguntó él, con una calma que me sorprendió, sin sacar la mano.

—En el bolsillo del sobretodo —dije, y la voz me salió más aguda de lo que esperaba.

Él se estiró, palpó el piso, sacó el sobretodo y revolvió. Encontró el preservativo. Lo abrió con los dientes. No le pregunté el nombre todavía. No me preguntó el mío.

Hay cosas, descubrí esa noche, que se cuentan mejor sin nombres.

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