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Relatos Ardientes

Mi nueva amiga quiso conocer todos mis secretos

A Greta la conocí en el vuelo de regreso de Miami. Veníamos las dos en la misma fila y, entre escala y escala, se soltó a platicar conmigo con una confianza que no es común entre desconocidas. Para cuando aterrizamos en la ciudad ya sabía que era alemana, que trabajaba para una editorial y que viajaba sola. Lo que no imaginaba es que, dos días después, terminaría durmiendo en mi casa y metiéndose, casi sin darse cuenta, en la parte de mi vida que casi nadie conoce.

—¿Tienes muchas amigas? —me preguntó esa primera tarde, mientras la llevaba en el coche hacia el lugar donde pensaba quedarse.

—Varias —le dije—. Casi todas son compañeras de trabajo. Nos reunimos los martes, después de salir de nuestras oficinas. Las que vamos teniendo tiempo, claro. Cinco, contándome a mí.

—¿Y de qué hablan?

—De lo que vamos encontrando como novedad —contesté, midiendo cada palabra—. Somos discretas. En el medio en el que nos movemos, una tiene que serlo.

Greta se quedó callada un momento, mordiéndose el labio. Cuando la conocí la había clasificado como una de esas mujeres reservadas, de las que no se entregan fácil. Me equivoqué.

—¿Alguna de ustedes es lesbiana? —soltó de pronto, con una curiosidad que ya no disimulaba.

—No lo creo —reí—. Aunque entre amigas que se quieren mucho, a veces las etiquetas estorban.

Se rio fuerte, como si la hubiera descubierto en algo. Y entonces hizo lo que en realidad quería desde el principio.

—¿Me dejarías ir un martes con ustedes? —preguntó—. Te prometo que sería la invitada más discreta del mundo.

—No me iré a Miami todavía. Mejor me quedo, te oigo contar, y voy con ustedes el martes. —Lo dijo de corrido, decidida.

—¿Tienes dónde quedarte?

—Pensaba ir a un departamento que renté la vez pasada.

—¿Por qué no te quedas en mi casa? —me oí decir—. En la mañana le pido al chofer de la empresa que te lleve a tus citas, y en la tarde nos vemos. El martes ya irías conmigo a la reunión.

—¿De veras? Con mucho gusto —contestó, y algo en su sonrisa me dijo que aquel fin de semana no iba a ser tranquilo.

***

Llegamos a mi casa y lo primero que hizo, después de admirar un cuadro mío que pinté en Florencia, fue sentarse en la cama de visitas como si llevara años viviendo ahí. Cenamos algo ligero con un par de cervezas y nos pusimos a desempacar. Ella revisaba mis prendas una por una, con esa curiosidad de quien quiere conocer a la otra hasta en los detalles.

—¿No usas pijama? —preguntó al ver mi camiseta larga.

—Solo esto, calientita, me sirve de camisón.

—Muy práctico para que te metan la mano por debajo —dijo, y, riendo, me lo demostró: subió la tela hasta rozar el elástico de mi ropa interior. Sus dedos se quedaron ahí un instante de más, y un escalofrío me recorrió la espalda.

—Tú traes un camisón lindo, de seda, como los de mi abuela —le devolví la broma, esperando ofenderla. Pero solo volvió a reír.

—¿Y debajo? Enséñame —pidió.

Le subí despacio la falda. Cuando su pubis quedó frente a mí, le di un beso suave, apenas un roce, y me quedé quieta esperando su reacción. Insistía tanto en que no era lesbiana que temí que lo tomara como una ofensa. Para mi sorpresa, me jaló de la nuca, pidiendo más, y todo el aire de la habitación cambió.

—¡Oh, qué barbaridad! —murmuró cuando la solté, con las rodillas temblándole—. ¿Me dejas a mí?

Y me dejé. La dejé que me bajara la ropa, que me lamiera con una desesperación que no cuadraba con su discurso, que me llevara con la boca hasta donde yo quería ir. Lo disfruté pensando, divertida, que esa mujer juraba no ser lesbiana mientras me daba uno de los mejores ratos en mucho tiempo.

—¿Con tus amigas haces esto mismo? —preguntó después, recuperando el aliento.

—Esto y más. Pero no somos lesbianas —contesté, y las dos nos carcajeamos hasta quedarnos sin fuerzas.

***

Al día siguiente, en la noche, llegó Mara, mi secretaria. Es bastante bonita y de las personas que mejor me conocen, todita, todita. La había llamado para que conociera a Greta y se sumara al martes. Se encontraron en la puerta y me gustó cómo se miraron, midiéndose como dos gatas curiosas antes de saludarse con cariño.

—¿Es ella tu mejor amiga, de la que me hablaste? —quiso saber Greta.

—Sí, y es la que mejor me conoce —dije.

—Yo vengo a que me cuente sus andanzas de estos días en Miami —aclaró Mara, soltando la risa—. Sé que no anduvo sola.

Nos acomodamos en la sala. Greta se moría de curiosidad por mi viaje, así que empecé a contar de a poco. Les hablé de Daniela, una compañera que viajó conmigo y que durante años había insistido en que su pasado era distinto, en que ya no le interesaban los hombres. Esa coartada le duró exactamente hasta la segunda noche.

—Conoció a un hombre del que yo ya les había hablado —dije—. Gabriel. Es muy serio, muy cuidadoso. De los que enseñan en lugar de apurarse. Daniela le tenía miedo al principio, no se atrevía, pero él la dejó tomarse su tiempo. Y cuando por fin se decidió, ya no hubo quien la bajara. Aprovechaba cada hueco para volver con él. Lo que descubrió esa semana le borró de un plumazo todo lo que creía saber de sí misma.

—¿Así nomás? ¿De repente? —preguntó Mara, con las manos apretadas sobre las rodillas sin darse cuenta.

—No de repente. Pero una vez que perdió el miedo, fue ella la que mandaba. Descubrió que le gustaba estar arriba, marcar el ritmo, y se quedaba así durante largos minutos, cabalgándolo despacio hasta rendirlo. Me robó al amante, la condenada, y me dio gusto verla tan feliz.

Greta escuchaba con los ojos brillantes. Hablábamos en inglés para que ella siguiera el hilo, aunque a veces me faltaban palabras y completaba con gestos. Las dos comprendían perfectamente, y las dos estaban cada vez más inquietas en sus asientos.

—Manita —dijo Mara al fin, abanicándose con la mano—, de lo que cuentas yo ya llegué a mi límite. Necesito que alguien me calme y lo necesito ya.

—¿A ti no te pasa, Greta? —pregunté—. Dicen que las alemanas son más templadas.

—¿Cómo crees? —contestó, riéndose de sí misma—. Estoy igual o peor que ustedes. ¿No tendrán por ahí tres amigos que nos quieran hacer el favor?

***

La idea de salir de caza un lunes parecía descabellada, pero entre risas y manoseos en el coche —porque empezamos antes incluso de arrancar, con Greta colando los dedos bajo la falda de Mara mientras esta jadeaba que nunca había hecho algo así— terminamos llamando a Tomás. Es un viejo conocido, de toda confianza, de esos que entienden las cosas a la primera.

—Somos tres y muy animadas —le dije por teléfono—. Si puedes, trae a Bruno y a alguien más de fiar. Una copa, un poco de baile. ¿Cómo lo ves?

—Voy para allá —contestó al instante.

Nos pasó a recoger y nos llevó al bar de Vera, una amiga que nos guarda siempre un reservado discreto. Llegó con Bruno, al que yo ya conocía, y con Ariel, un chico más joven, delgado y de sonrisa amable, buen bailarín y mejor conversador. Pedimos las primeras copas y salimos a la pista. Los tres se peleaban por bailar con Greta, y ella los iba turnando, repartiendo atención con la habilidad de quien sabe exactamente lo que provoca.

—Mírenla —les dije a las otras dos, muertas de risa—, parece la reina de la noche y ellos no saben ni qué hacer para gustarle.

—Me parecen lindos los tres —respondió Greta, encantada—. Podríamos escoger.

—La que elige eres tú —le dijo Mara—. Tú eres la invitada.

Bailó primero con Bruno, después con Ariel, y para cuando le tocó el turno a Tomás ya no quedaba rastro de la mujer reservada del avión.

—Ya no lo dudo más —dijo al volver a la mesa, acalorada—. Los de aquí saben cómo convencerla a una. ¡Ay, chicas, qué noche!

***

Terminamos en mi casa, donde Vera nos había regalado un par de botellas. Apenas cruzamos la puerta, los tres volvieron a rodear a Greta, y nos costó organizarnos para que cada quien encontrara su lugar. Tomás se fue con Mara, que desde antes le había echado el ojo. Bruno se quedó con Greta. Y a mí me tocó Ariel, el más joven, al que disfruté de una manera que no esperaba.

El calor que traíamos no daba tregua. Mientras yo me dejaba descubrir entera por Ariel, que parecía conocer mi cuerpo mejor que yo misma, veía a Greta entre Bruno y Tomás, besándolos por turnos, riéndose, gimiendo cosas en alemán que ninguno entendía pero todos celebraban. Mara la abrazaba por detrás, le acariciaba el pecho, le murmuraba al oído.

—¿Estás bien? —le preguntó en un descanso.

—Muy bien —contestó Greta, con la voz quebrada—. Muy, muy bien.

A ratos nos juntábamos las tres mujeres en medio de todo aquello, nos dábamos un beso largo, nos reíamos de nuestra propia desvergüenza, y volvíamos a perdernos. Cuando por fin nos relajamos sobre la alfombra, agotadas y satisfechas, Greta tenía una sonrisa que no se le borraba.

—¿Y ustedes no son lesbianas? —preguntó, repitiendo su chiste de siempre.

—Que yo sepa, no —le dije—. Solo somos mujeres muy curiosas que se quieren en las emergencias.

Los hombres se despidieron agradecidos y con mucha cortesía. Cuando se cerró la puerta, las tres nos quedamos un rato más abrazadas, sin ganas de dormir todavía.

***

El martes, antes de la reunión, pasamos a cenar al restaurante donde trabaja Lucía, una amiga a la que Greta aún no conocía. Hice que entrara sola, para ver la reacción de las dos cuando se encontraran. Y vaya que las vi: desde el primer saludo, entre Lucía y Greta empezó a tejerse una atracción tan evidente que durante toda la cena no dejaron de buscarse con la mirada.

Cuando estábamos por irnos, apareció Mara acompañada de Daniela, que había regresado antes de lo previsto. Hubo gritos, aplausos, abrazos. La reunión completa, por fin.

—¡Qué linda, se animó a venir! —celebró Greta, que ya había oído tanto de ella que sentía conocerla.

Uno de los colegas de Lucía la animó a dejar el turno y unirse a nosotras. Llegamos a la suite que rentamos siempre para estos martes, un lugar discreto y precioso que dejó a Greta sin palabras. Entró del brazo de Lucía.

—¿Es aquí donde se reúnen siempre? —preguntó.

—Aquí nos resguardamos —le dijo Daniela, lanzando los zapatos por el aire—. Aquí soltamos todo lo que afuera tenemos que guardar.

Las demás fuimos desvistiéndonos poco a poco, con la naturalidad de la costumbre, hasta que sobre un sillón se formó una pequeña montaña de ropa. Greta nos miraba entre asombrada y encantada, y terminó imitándonos. Llegaron las bebidas, brindamos con unas copas dulces que nos supieron a gloria, y la noche se fue por su cuenta.

—¿Todo esto se paga? —preguntó Greta, todavía sin creerlo.

—Está pagado, y tú eres mi invitada —le dije—. Es para que lo recuerdes.

—Va a ser difícil olvidarlo —contestó.

Lucía y ella ya no se separaron en toda la noche. Las vi perderse en su propio mundo, en su atracción recién descubierta, mientras las demás nos buscábamos entre nosotras sin prisa, riéndonos bajito, cómplices de una rutina que ninguna confesaría jamás afuera de aquellas paredes.

Esa madrugada, cuando dejé a Greta en el aeropuerto para su vuelo de regreso, me abrazó largo rato.

—Vine pensando que solo iba a oír historias —me dijo al oído—. Y me llevo una propia. Sigo sin ser lesbiana, ¿eh?

—Claro que no, amiga —le dije, y la vi cruzar la puerta de embarque sin dejar de reír.

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Comentarios(7)

Dieguitomza

Increible!!! no me puedo quedar asi, quiero la segunda parte ya

Caro_Mdq

Que tension la que fuiste armando de a poco... me quede con muchas ganas de saber que paso despues. Por favor continua!

Marcos_72

jajaja "no soy lesbiana" claro que no... buenisimo el relato

InsomnioTotal

Lo que mas me gusto es como describis esa conexion que se va dando sin que ninguna la quiera admitir. Se siente muy real, nada forzado. Espero la continuacion con ansias!

RosaDelSur23

Jajaja esto me recordo a una situacion parecida con una amiga mia. Las sorpresas de la vida... muy bueno

Curiosa_Baires

Y despues de esa noche se volvieron a ver? No podes dejarlo ahi asi, quiero saber como termino todo entre las dos

LeituraLibre

buenisimo!!! segui escribiendo por favor

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