La deuda de mi marido la terminé pagando yo
Esa mañana Nora tenía un nudo en el estómago que no se le iba con nada. Llevaba dos semanas temiendo este día, y ahora que había llegado le pesaba el cuerpo como si fuera de plomo. Miró el reloj de la cocina. Media mañana ya. Sabía que vendrían a buscarla dentro de una hora, a lo sumo.
No podía pensar en otra cosa que en esos tipos que le habían prestado a su marido el dinero que debía. Doce mil dólares. Una cifra que ni siquiera sabía pronunciar sin que le temblara la voz.
Mateo tuvo que estar fuera de sus cabales la noche que pidió prestada semejante cantidad, pensó.
Él siempre había tenido un problema con el juego, pero nunca había gastado tanto antes de cruzarse con esos prestamistas, los que se hacían llamar «Los Halcones». Un grupo que se movía por los barrios del norte de la ciudad, lejos de donde vivían ellos, en una zona en la que nadie sensato se metía de noche. Allí te podían robar, o algo peor, si te agarraban sin compañía. Nora no entendía cómo Mateo había terminado mezclado con gente así.
A su marido le gustaba pasar por los casinos del centro, pero nunca jugaba mucho. Cada viernes por la noche se ponía un tope de veinte dólares, y rara vez lo rompía. Esa era la costumbre, y durante años había funcionado.
Una noche, hacía cosa de un mes, Mateo estaba en la mesa de blackjack cuando una rubia muy llamativa se le acercó y empezó a coquetear con él. Le invitó una copa, siguió jugando, y de repente la suerte se le puso de cara. Sus veinte dólares se convirtieron en mil en menos de una hora. La mujer, que se llamaba Lena, desapareció un rato y volvió con su novio.
El tipo, al que llamaban Bruno, era una montaña de hombre, ancho como una puerta y más alto que cualquiera en el local. Lena le había contado lo bien que le estaba yendo a Mateo, y Bruno se acercó con curiosidad, sonriendo, palmeándole el hombro como si fueran amigos de toda la vida. Le invitó un par de tragos. Mateo, envalentonado por el alcohol y la racha, se sintió importante.
Poco después, Bruno empezó a poner su propio dinero sobre la mesa para que Mateo jugara por él. Ganaron unas cuantas manos. Bruno seguía soltando billetes, cada vez más, confiado en la suerte ajena. Hasta que la suerte se dio vuelta y Mateo lo perdió todo de golpe.
Ahí se torció la noche. Bruno exigió que Mateo le devolviera el dinero perdido, alegando que había sido culpa suya por jugar mal. Discutieron. Y cuando Mateo quiso subirse al coche para irse a casa, Bruno y dos de sus amigos lo estaban esperando en el estacionamiento.
Lo amenazaron, le quitaron la billetera y la registraron buscando efectivo. Lo obligaron a manejar hasta el cajero más cercano y a sacar todo lo que pudiera. Mil quinientos dólares, y todavía querían más. Antes de soltarlo, Bruno usó su teléfono para fotografiar el documento de Mateo, la dirección y una foto de Nora que él llevaba en la billetera.
Al día siguiente, mientras Mateo estaba en el trabajo, Bruno y dos de sus hombres se presentaron en la puerta de la casa.
Nora estaba muerta de miedo cuando los dejó entrar. No tenía idea de qué pretendían. La conversación fue corta. Bruno solo quería su dinero, dijo, y dejó muy claro que lo iba a conseguir de un modo u otro.
Ella le ofreció sus joyas, pero a él no le interesaron. Fue hasta su bolso y sacó cien dólares que tenía guardados para emergencias. Bruno los tomó sin dejar de mirarla.
—Date la vuelta —le ordenó—. Despacio.
Nora obedeció, temblando, mientras él la examinaba de arriba abajo. Era una mujer atractiva y lo sabía: pelo largo y rubio, cintura estrecha, figura cuidada pese a los años. Tendría unos treinta y cuatro, calculó Bruno, y le sostuvo la mirada hasta que ella tuvo que bajar la suya.
Estaba clarísimo lo que el hombre estaba pensando, y eso le revolvió el estómago. Llevaba unos vaqueros ajustados y una camiseta oscura, nada provocador, pero igual se sintió desnuda bajo esos ojos. Después de lo que a ella le parecieron horas, Bruno por fin habló.
—Mira —dijo—, olvidamos toda la deuda de tu marido si aceptas una condición.
Nora miró al hombre enorme plantado en el medio de su sala y, con la voz quebrada, preguntó:
—¿Qué condición?
—Quiero que pases un fin de semana con nosotros, en nuestro club. Después de eso, tu marido no me debe nada. ¿Estamos?
Ella abrió la boca pero no le salieron las palabras. Las manos le temblaban. Pensó en sus hijos, en la casa, en el agujero sin fondo en el que Mateo los había metido. Pensó en esos tipos volviendo de noche. Finalmente, con un hilo de voz, respondió:
—Está bien. Haré lo que quieras. Y después de esto mi marido no te debe nada.
—Nada —confirmó Bruno, y los dos hombres detrás de él se rieron por lo bajo.
Le dijo que Lena la llamaría esa misma semana para darle una lista de cosas que comprar y cómo debía vestirse el día que la recogieran. Cuando ya se iba, se detuvo en la puerta y se dio vuelta.
—Tienes hijos, ¿no?
—Sí. Dos. Un niño y una niña —respondió Nora.
Bruno volvió sobre sus pasos y se acercó hasta quedar a un palmo de ella. La miró fijo a los ojos.
—¿Tomas la píldora?
—Sí —contestó, con la garganta seca.
—Dámela.
Nora corrió al comedor, sacó la caja del bolso y se la llevó. Era nueva, no faltaba ninguna.
—Empiezo a tomarla de nuevo mañana —ofreció ella, casi suplicando.
Bruno se guardó la caja en el bolsillo de la chaqueta después de leer el nombre del médico que la había recetado.
—No vas a tomar más estas pastillas. ¿Entendido?
—Sí —respondió Nora, con los ojos llenos de lágrimas.
—Conozco a este médico. Si me entero de que lo llamas para que te dé otra caja, vuelvo por mi dinero. Haz exactamente lo que te digo y no le cuentes nada a tu marido sobre las pastillas. ¿Estamos?
—Sí —repitió ella, al borde del llanto.
Bruno se dio media vuelta y salió por la puerta sin decir más.
***
Lena la llamó un par de días después. Con voz amable, casi cordial, como si hablara de una salida de amigas, le dictó la lista. Zapatos de tacón con tiras alrededor del tobillo. Una falda negra corta. Una blusa oscura. Y otras prendas que a Nora le ardió la cara solo de anotar. Cerró el cuaderno y se quedó un rato sentada en la cocina, mirando la pared, sin pensar en nada.
Pasaron tres semanas. El viernes vendrían por ella. Sus hijos pasarían el fin de semana en casa de unos amigos; no verían a su madre salir vestida de una manera que no reconocerían. Esa mañana, Nora empezó a arreglarse.
Mateo daba vueltas por el salón, cabizbajo, sin atreverse a mirarla. En el dormitorio, ella se ajustó la falda negra alrededor de su cintura estrecha. Tuvo que sentarse en la cama para ponerse los tacones; le costó un par de minutos enganchar las finas tiras alrededor de sus tobillos. Las manos no le respondían bien.
En el baño se pintó los labios de rojo, como le habían indicado, y se puso una gota de perfume. Cuando se miró en el espejo de cuerpo entero, casi no se reconoció. Parecía mucho más joven que sus treinta y cuatro años. Parecía una mujer soltera lista para salir a buscar la noche, no una madre de familia a punto de pagar una deuda con el cuerpo.
Casi lo olvida. Se quitó el anillo de boda, lo dejó en el joyero y cerró la tapa con cuidado, como si guardara algo que tardaría en volver a usar.
Se miró una última vez, apagó la luz y caminó hasta el salón, donde Mateo seguía paseándose nervioso. Él levantó la vista, le dedicó una mirada larga a su mujer y soltó un suspiro que no significaba nada.
Nora tomó el bolso de la mesa y se sentó en el sofá a esperar. Mateo se acomodó a su lado y le apoyó la mano en la rodilla.
—Cariño... Lamento muchísimo que tengas que hacer esto.
Ella le apartó la mano sin mirarlo.
—Mateo. Cállate y déjame en paz, por favor.
Estaba furiosa. Furiosa porque él lo había permitido, porque si esa noche no hubiera entrado al casino, ni a ese ni a ningún otro, no estarían metidos en este pozo. Él ya le había jurado que nunca volvería a apostar. Ya se vería si cumplía.
Afuera se oyó la puerta de un coche al cerrarse, y al rato unos golpes en la entrada. Nora se levantó y abrió. Una mujer sonreía en el porche.
—Soy Lena. Tú debes de ser Nora.
Ella esbozó una sonrisa apenas perceptible y la dejó pasar. Lena miró a Mateo, todavía hundido en el sofá, y volvió a girarse hacia Nora.
—¿Estás lista?
Nora asintió y tomó el bolso, mirando a su marido por última vez. Lena posó la mano sobre el bolso.
—¿Te llevas el teléfono?
—Sí. Quiero llevarlo.
—De acuerdo —dijo Lena, mirando a Mateo con una sonrisa torcida—. Puedes llevarlo.
Luego se dirigió a él, sin borrar la sonrisa.
—Quédate cerca del teléfono. Tu mujer te va a llamar bastante seguido, para contarte con todo detalle lo que hace y lo que le hacen. Así lo sufres mejor.
En cuanto la puerta se cerró, Mateo se puso de pie y caminó hasta la ventana. Vio a su mujer subir al coche junto a Lena y se quedó mirando hasta que el vehículo se perdió al final de la calle.
Esperaría las llamadas con el estómago hecho un nudo. Sabía que cuando volviera, tendrían que traerla, porque difícilmente podría llegar por sus propios medios. Qué pasaría durante esas horas, ninguno de los dos lo decía en voz alta. Pero los dos lo imaginaban, cada uno a su manera, mientras el coche se alejaba hacia el norte de la ciudad.





