Lo crucé de nuevo dos años después de aquel viaje
Hola, soy Renata otra vez. A pesar de todo lo que llevo vivido, todavía me sorprende de lo que una es capaz cuando el deseo aprieta. Y, sobre todo, me sorprende disfrutarlo sin culpa. Una de las cosas buenas de mi vida es que la llevo en voz baja: perfil bajo, pocas palabras, ninguna explicación. Lo que pasa en cada viaje se queda en cada viaje.
Tengo treinta y dos años y trabajo desde muy joven. Recorro el país de punta a punta, de obra en obra, durmiendo en hoteles de paso y conociendo gente que nunca volveré a ver. Eso, justamente, me da una libertad que me costaría explicarle a cualquiera. Nadie me espera, nadie me pregunta. Y entre todas esas caras anónimas hay una que nunca terminé de borrar.
La primera vez fue en un paraje perdido del norte, dos años atrás. Un pueblo de tierra colorada y siestas eternas donde había ido a supervisar una obra menor. Allí lo conocí. Lo llamaban Tincho, y era un muchacho de pocas luces para la malicia y mucho cuerpo para lo demás. Tenía algo desarmante: una mezcla de timidez y entrega que no encontrás en los hombres que se creen expertos. Y tenía, además, la verga más grande que probé en mi vida. No exagero: una polla gruesa, larga, con las venas marcadas y unos huevos pesados que le colgaban tensos entre las piernas. Aquella noche me la clavó hasta el fondo, me hizo gritar boca abajo contra la almohada y terminó vaciándome adentro tres veces seguidas, dejándome el coño hinchado y chorreando semen hasta el amanecer. Me dejé llevar de un modo que después me costó sacarme de la cabeza.
Con el tiempo lo archivé como una de esas anécdotas que una guarda para sonreír sola en un avión. Nada más. Hasta que el destino se puso caprichoso.
***
Meses después me mandaron al sur, a una ciudad ventosa cerca de la costa, a coordinar una edificación grande. Yo ya estaba más curtida, con más responsabilidades y más mundo encima. Manejaba el auto de la empresa rumbo a la obra, distraída, repasando planos mentalmente, cuando frené en un semáforo y lo vi cruzar.
Era él. No tenía ninguna duda. La misma manera de caminar mirando el piso, los mismos hombros anchos, la misma cara de no entender del todo lo que el mundo esperaba de él. Cruzó delante de mi capó cargando unas bolsas y entró a un pequeño almacén de barrio. Se me secó la boca de golpe y sentí, al mismo tiempo, cómo se me humedecía la bombacha nada más de acordarme del tamaño de esa polla.
No puede ser, justo él, justo acá.
Esa misma tarde, cuando terminé la jornada, en lugar de volver al hotel me senté en un café que estaba enfrente del almacén. Pedí algo cualquiera y me quedé mirando. Quería entender con quién estaba, cómo vivía, si seguía siendo el mismo. Lo vi atender el mostrador, acomodar cajones, saludar a los vecinos por el nombre. Resultó que vivía atrás del local, en una pieza que le prestaba su hermano mayor, el dueño. De noche también lo cuidaba. Le traían la comida de una rotisería a un par de cuadras. La gente del barrio lo quería; eso se notaba.
Me retiré sin que me viera y volví al día siguiente. Por las dudas, entré caminando por el pasaje de atrás. Él venía justo de buscar su cena, y cuando me reconoció se le iluminó la cara entera. Soltó las bolsas, vino casi corriendo y me abrazó como si fuéramos viejos amigos que se reencuentran después de una guerra.
—¡Viniste! —dijo, y lo repitió tres veces, sin soltarme.
En cinco minutos me contó media vida: cómo había terminado en esa ciudad, lo bien que lo trataba su hermano, lo orgulloso que estaba de su trabajo en el almacén. Me hizo pasar a su pieza y me sorprendió la prolijidad. Tenía lo justo y necesario, todo limpio, todo en su lugar. Una cama, una mesa, una repisa con dos o tres adornos. Olía a jabón.
—Para mí vos sos mi novia —me soltó de repente, con una sinceridad que me dejó muda—. Me peleé con los del pueblo por vos. Decían cosas feas de cómo había sido. No me gustó.
Sentí una punzada rara, mezcla de ternura y otra cosa menos noble. El abrazo de despedida lo dijo todo: me apretó fuerte, y al hacerlo sentí contra mi cadera ese bulto inconfundible, esa polla ya media dura empujando dentro del pantalón, buscando lugar. Me erizó la piel entera y me puso el coño mojado en dos segundos. Tuve que cortar el momento antes de arrodillarme ahí mismo a bajarle el cierre con los dientes.
—Tengo que irme —le dije—. Pero me quedan unos días acá. Te vengo a ver, ¿sí?
Asintió como un chico al que le prometen volver a la plaza. Y yo me fui con las piernas flojas, la bombacha empapada y la cabeza en otra parte.
***
Mi hotel quedaba a pocas cuadras, así que no aguanté demasiado. Al día siguiente me lo crucé de nuevo, casi a propósito, y le avisé que esa noche pasaría. A las nueve en punto golpeé su puerta. Estaba recién bañado, perfumado, con la ropa más linda que tenía. Yo venía preparada de antes, prolija hasta el último detalle, decidida a no dejar nada librado al azar: bombacha nueva, medias hasta el muslo, y el coño depilado prolijo esperando que me lo destrozara.
Entré, cerré con traba y no perdí tiempo en charlas. Me acerqué y empecé a desabrocharle la camisa.
—Quedate quieto —le pedí, y obedeció al instante.
Esa obediencia, esa manera de entregarse sin maquinar nada, me prendía más que cualquier técnica. Le saqué la camisa, después el cinturón, y cuando le bajé el pantalón junto con el calzoncillo la polla saltó afuera con un rebote pesado, ya duradísima, apuntándome a la cara. Se me escapó un suspiro. Seguía siendo enorme: gruesa como mi muñeca, larga, con la cabeza brillante y venosa, y los huevos apretados contra la base pidiendo guerra. Me desvestí yo también, sin apuro, dejando que el aire frío me recorriera la espalda y le mostrara despacio las tetas duras, la cintura, el coño ya brillante entre los muslos.
Me arrodillé frente a él. Ya estaba durísimo antes de que lo tocara, palpitándole contra el vientre y goteando un hilo transparente de la punta. Lo tomé con las dos manos —una sola no me alcanzaba para agarrarlo entero— y lo besé en la cabeza, chupé despacio ese líquido salado, jugué con la lengua alrededor de la corona hasta que se le escapó un gemido ronco. Se lo lamí de arriba abajo, marcando cada vena con la punta de la lengua, y después le bajé la boca hasta los huevos y me los metí uno por uno, chupándoselos suave, sintiéndolos tensarse contra mi lengua. Volví a subir y esta vez me la metí en la boca todo lo que pude. Ni la mitad me entraba. Me lo cogí a la boca despacio, ayudándome con las dos manos, escupiendo saliva para que resbalara, hasta que le empapé toda la verga y le corría por los huevos. Me encantaba sentir cuánto le costaba quedarse quieto, cómo se aferraba al borde de la mesa para no moverse, cómo se le tensaban los muslos cada vez que le tragaba un poquito más al fondo.
Después lo recosté en la cama y me tendí a su lado.
—Besame como te enseñé la otra vez —le dije—. Empezá por acá.
Y empezó por mis pechos, con esa lengua suya rápida y sin vergüenza. Me chupó los pezones uno tras otro, los mordisqueó, los dejó duros y brillantes de saliva. Mientras me besaba, yo no podía evitar preguntarle cosas, en voz baja, casi al oído.
—¿Estuviste con otra mujer en este tiempo?
—Una sola —murmuró sin dejar de besarme—. Hace meses. Pero las demás dicen que les hago doler, que no les entra.
—¿Y te acordabas de mí?
—Todas las noches —contestó—. Me hago la paja pensando en tu culo.
Se me escapó una risa ronca y le empujé la cabeza para abajo. Cuando su boca bajó entre mis piernas dejé de preguntar. Me abrió los labios del coño con los dedos, sin delicadezas, y me clavó la lengua adentro como si tuviera hambre atrasada. Tenía una lengua incansable, sin trucos pero con una insistencia bruta. Me lamía de abajo hacia arriba, larguísimo, terminando siempre en el clítoris, chupándomelo entre los labios hasta hacerme retorcer. Le agarré la cabeza con las dos manos y le refregué la cara contra el coño, sin vergüenza, marcándole el ritmo. Me fue subiendo de a poco, ola tras ola, hasta que me arqueé contra su cara y me vine con un grito ahogado contra mi propia mano, apretándole la cabeza entre los muslos hasta casi asfixiarlo. Cuando me soltó tenía toda la boca y el mentón brillando de mis jugos. Tardé unos segundos en volver a respirar normal.
Le pedí que se acostara boca arriba. Quería devolverle algo. Me acomodé entre sus piernas y le agarré la polla con las dos manos otra vez. Estaba más hinchada que antes, roja, palpitando. Le escupí encima y empecé a chupársela en serio, subiendo y bajando con ritmo, ayudándome con la mano en la base y masajeándole los huevos con la otra. Le clavé los ojos mientras se la mamaba, para que viera cómo se me estiraban los labios alrededor de esa verga. Estaba tan cargado, tan ansioso, que aguantó poquísimo: le sentí los huevos apretarse, la polla ponerse todavía más dura, y de repente empezó a chorros gruesos y calientes en el fondo de mi garganta. Me lo tragué todo sin soltarlo, sintiendo cómo le temblaban los muslos y cómo cada chorro me llenaba la boca. Le lamí la punta hasta la última gota y le mostré la lengua limpia.
Pensé que ahí se terminaba. No lo conocía bien todavía.
***
Lo monté sin darle tregua. Seguía durísimo, como si nada hubiera pasado, y eso era exactamente lo que recordaba de él: una resistencia que no tenía lógica. Le agarré la verga, me la acomodé en la entrada del coño y me hundí despacio, centímetro por centímetro, sintiendo cómo me abría por dentro. Solté un quejido largo cuando me llegó al fondo. Me llenaba entera, me tocaba lugares que ni sabía que tenía. Le pedí que me volviera a chupar los pechos mientras me movía, y él me agarró las tetas con las dos manos y se prendió a un pezón como un ternero. Me mecí encima de él un buen rato, marcando yo el ritmo, subiendo hasta la punta y dejándome caer de golpe, hasta que mis nalgas chocaban contra sus muslos con un ruido húmedo. La cama crujía, la pieza olía a sexo, y cada vez que bajaba le sentía los huevos golpearme el culo. Me apoyé con las manos en su pecho, cerré los ojos y me cogí sola encima de él, más rápido, más fuerte, hasta que el placer me alcanzó de nuevo y me derrumbé sobre su pecho, agitada, con el coño apretándose en espasmos alrededor de su polla.
Pero él todavía no. Cambiamos de posición y se puso encima de mí. Me abrió las piernas de par en par, me las levantó apoyándomelas en sus hombros, y me la volvió a meter de una sola estocada que me hizo abrir los ojos y gritar. Empezó a cogerme fuerte, con embestidas profundas, sacándomela casi entera y volviéndola a clavar hasta el fondo. Yo lo agarré de las caderas, clavándole los dedos, pidiéndole que no se contuviera, que me la metiera toda, que me rompiera. Le sentía la verga golpearme adentro, contra un punto que me hacía ver luces, y las bolas chocarme el culo con cada envión. Lo besé en la boca, algo que casi nunca hago, le mordí el labio, le llené la lengua con la mía, justo cuando lo sentí ponerse todavía más duro y terminar adentro con un estremecimiento largo. Sentí cada chorro caliente vaciarse contra el fondo de mi coño y me vine otra vez, apretada a él, gimiendo dentro de su boca.
Le pregunté si le dolía, si quería parar. Me dijo que no con la cabeza, con una sonrisa medio tonta, medio orgullosa. Le miré la polla: seguía dura, brillante, chorreando semen y mis jugos mezclados. Y yo, que ya sabía de qué estaba hecho, no quise desperdiciarlo.
Lo recosté otra vez. Me había preparado para esto con tiempo, con lubricante y todo, así que me di vuelta, apoyé la cara contra el colchón, levanté bien el culo y le abrí las nalgas con las dos manos.
—Acá —le dije—. Metémela acá. Despacio al principio.
Le oí soltar un juramento por lo bajo. Sentí la punta de esa verga enorme apoyarse contra mi culo, empujar, resbalar, volver a empujar. Cuando la cabeza entró, apreté los dientes y respiré hondo. Empezó con cuidado, de a poco, ganando lugar de a milímetros, hasta que sentí sus muslos contra mis nalgas y supe que la tenía toda adentro. Me quedé quieta un segundo, sintiéndome partida en dos, y después le pedí que se moviera. Empezó lento, con vaivenes largos, y terminó con un ritmo brutal que me hizo aferrarme a las sábanas y morder la almohada para no despertar al barrio. Me cogió el culo como si me lo debiera, agarrándome de las caderas, hundiéndomela hasta los huevos con cada estocada. Cuando las piernas empezaron a fallarme, me puse en cuatro bien firme y le dije que siguiera él, que no parara, que me la vaciara ahí adentro. Y no paró. Me la clavó cada vez más rápido, con las manos apretándome el culo tan fuerte que me iban a dejar marcas, hasta que soltó un gruñido que se le escapó desde el fondo del pecho y me llenó por última vez, chorro tras chorro, con la polla enterrada hasta el fondo de mi culo.
Se quedó ahí adentro un rato largo, latiéndome. Cuando por fin salió, sentí el semen escurrirse tibio por la parte de atrás de los muslos. Recién entonces nos dejamos caer, uno al lado del otro, empapados y sin aire. Él me buscó la mano en la oscuridad y se quedó dormido casi al instante, abrazado a mi brazo como si tuviera miedo de que me esfumara.
***
Las tres noches que me quedaban en esa ciudad las pasé igual: terminaba la obra, cenaba algo rápido y caía en su pieza. Cada vez era la misma entrega sin cálculo, la misma intensidad sin filtro. Me la chupaba nada más entrar, me hacía cogerme de todas las formas posibles, me llenaba el coño y el culo tantas veces que ya iba al hotel escurriéndome. Hablábamos poco. No hacía falta.
La última noche, antes de irme, le pedí una sola cosa.
—No le cuentes a nadie de esto, ¿sí? A nadie.
—A nadie —repitió, serio, como quien jura algo sagrado.
—Si cumplís, te prometo que vuelvo a verte. Y te dejo hacerme lo que quieras.
Me abrazó tan fuerte que casi me deja sin aire. Y yo me fui sabiendo que iba a buscar la excusa, el viaje, el pretexto que fuera para volver a cruzar medio país por esa verga. No por amor, no me malinterpreten. Por esa cosa rara y honesta que es el deseo cuando no tiene a nadie a quien rendirle cuentas.
Al otro día, en la ruta de vuelta, paré en una farmacia. Por las dudas. Después de tantas corridas adentro y de todo lo que me dejó chorreando entre las piernas, no quería ninguna sorpresa que me atara a un lugar al que solo quiero volver cuando se me dé la gana.
Saludos. Y ya les contaré si cumplió su promesa.





