Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Le ofrecí cien pesos y aceptó venir a mi casa

Hay confesiones que uno carga durante meses sin atreverse a decirlas en voz alta. Esta es una de las mías, y todavía no sé si contarla me alivia o me condena. Me mudé a Villahermosa por trabajo hace un par de años, dejando atrás el frío de Pachuca y la rutina de siempre. Lo que no dejé fue esa costumbre mía de mirar más de la cuenta a las mujeres que se cruzan en mi camino.

La vi por primera vez en el semáforo de la avenida principal, lavando parabrisas con un trapo deshilachado y una sonrisa que no terminaba de creerse. Era una mujer negra, de origen haitiano, con el pelo recogido en un afro generoso y un cuerpo que parecía no caber en su ropa. Andaba con una camiseta escotada y un short de mezclilla, porque en esa ciudad el calor no perdona y nadie va de otra forma. Llevaba semanas observándola desde el auto sin decirle nada, y cada vez que se agachaba a mojar el trapo se me iban los ojos al culo respingón, redondo, que le tensaba la mezclilla hasta la costura.

Soy un hombre común. Treinta y cuatro años, oficinista en una dependencia de gobierno, sueldo justo y un jefe ingrato como casi todos. Nada en mí llama la atención, salvo quizá la insistencia con la que persigo lo que deseo. Y esa mujer se había convertido en lo que deseaba: en la protagonista de cada paja nocturna, de cada fantasía en la ducha, de cada erección incómoda al volante.

Una tarde salí temprano, a la una en punto, y el semáforo me regaló la oportunidad. Ella se acercó con su botella de agua y su trapo.

—Hola. ¿Cómo te llamas? —pregunté antes de pensarlo.

—Naïma —respondió, con un acento suave, afrancesado, que enredaba las palabras de una manera preciosa.

—Bonito nombre. Mira, tengo una mejor oferta que el parabrisas. Te doy cien pesos si me lavas el auto completo en mi casa. Está aquí cerca.

—Yo solo trabajo en el semáforo —dijo, desconfiada—. No lo conozco.

—Lo sé, no eres de aquí. Para que no temas, sígueme a pie. ¿Ves el portón verde de allá? Ahí vivo. Dejo abierto. Son cien pesos por media hora y te invito de comer. Algo me dice que tienes hambre.

Dudó un instante, miró la fila de autos detenidos y luego asintió.

—Lo sigo.

Manejé despacio, revisando por el espejo cómo recogía sus cosas y caminaba detrás. Cuando terminé de estacionar, ella ya entraba por el portón. Saqué la cubeta, el jabón y un par de sillas mientras le explicaba que los autolavados de la ciudad cobraban cincuenta pesos, así que mi oferta era el triple. Quería que se sintiera tranquila, no comprada.

—¿Es aquí su casa? —preguntó, mirando alrededor.

—Rentada, pero aquí vivo. Y no me hables de usted, no estoy tan viejo. ¿Dónde me ves el anillo?

—Perdón, joven —se rió, tapándose la boca—. ¿Y cómo se llama?

—Mateo.

—Mateo —repitió, como probando el sonido—. Wi, joven Mateo.

Le acerqué una silla y un plato de comida que había comprado de más. Comió con un hambre que me partió algo por dentro: rápido, sin pausa, disculpándose entre bocados. Al agacharse por el vaso, la camiseta se le abría y dejaba ver el peso de sus tetas oscuras, sin sostén, los pezones marcados debajo de la tela fina. Aparté la mirada por respeto, pero volví a ella enseguida. No soy tan caballero, y ya se me había puesto dura debajo del pantalón.

—¿Y tu familia? —pregunté.

—Mis dos hijas, con mi hermana, en el refugio de la terminal. Mi marido murió hace meses, en el camino. La verdad no era un buen hombre. No lo extraño.

Lo dijo sin dramatismo, como quien menciona el clima. Había en ella una fuerza tranquila, de mujer que ha sobrevivido a demasiado y ya no se permite el lujo de quejarse.

—Eres muy fuerte —dije, y lo pensaba de verdad.

Merci. La gente de aquí no suele ser amable. Por eso, en una semana, nos vamos al norte. A Estados Unidos. Mi marido pagó el paso antes de morir.

—Una semana —repetí, y sentí una urgencia tonta, como si el tiempo se me escapara entre los dedos.

Terminó de comer y se levantó para cumplir con su parte del trato. Se ató el trapo a la mano y empezó por el cofre. Yo me senté a mirar, fingiendo revisar el teléfono.

***

No hay forma elegante de contar lo que vino después. Cada vez que se inclinaba sobre el auto, el short se le tensaba de una manera que me secaba la boca. Sus caderas dibujaban una curva imposible, el culo partido en dos por la costura, y ella lo sabía, porque cada tanto se enderezaba para acomodarse la blusa y me sorprendía mirándola. No apartaba los ojos. Sonreía. La verga se me marcaba en el pantalón y no me molestaba en disimularlo.

—Mateo —dijo, sin dejar de frotar la puerta—, usted me mira mucho.

—Perdón —contesté, y no estaba arrepentido—. Eres difícil de no mirar.

—Otros me dicen cosas feas por cómo me veo. Usted no.

—Porque a mí me gusta decir las cosas de otra forma —me levanté y caminé hacia ella, despacio, dándole tiempo de detenerme—. Me gustas, Naïma. Desde hace semanas, en ese semáforo. Y tengo la polla dura de mirarte el culo agacharte sobre mi auto.

Se quedó quieta, el trapo goteando entre sus dedos. Esperaba un rechazo, una broma, cualquier excusa para retroceder. En cambio, dejó caer el trapo en la cubeta y se giró por completo hacia mí. Los ojos le bajaron sin disimulo hasta el bulto que se me marcaba.

—Hace mucho que nadie me toca por querer, no por aprovecharse —dijo en voz baja—. ¿Usted qué es, Mateo?

—Alguien que te lo está pidiendo. Y que se detiene si dices que no.

No dijo que no. Cerró la distancia ella misma y me besó, con una urgencia que no esperaba, las manos todavía húmedas aferrándose a mi camisa. Su boca sabía a agua y a sal, y su lengua se metió entera en la mía, buscándome con hambre. Me apretó las tetas contra el pecho y bajó una mano hasta agarrarme la verga por encima del pantalón, sopesándola, sin vergüenza.

—Adentro —murmuré contra su cuello—. No aquí, donde puedan vernos.

La guié hasta la sala, sin soltarla, tropezando los dos con las sillas. La luz de la tarde entraba filtrada por las persianas y le pintaba la piel de un dorado que no le había notado afuera. Le quité la camiseta despacio, y las tetas cayeron pesadas, oscuras, con los pezones grandes y erectos apuntando hacia arriba. Me llené las manos con ellas, las apreté, las levanté, y me agaché a chuparle un pezón sin preámbulo. Se lo mordí con cuidado y ella soltó un gemido gutural.

—Despacio —pidió, y obedecí, pasando la lengua por la aureola gruesa, jalando el pezón hasta hacerlo estirar, chupándoselo entero hasta que el pecho entero se me metió en la boca.

Tenía ese cuerpo que uno solo ve en revistas, pero de verdad, sin retoques ni mentiras: caderas anchas, cintura marcada, una piel tibia que olía a sol y a jabón barato. La besé sin prisa, en el cuello, en los hombros, en el valle entre las tetas, y cada beso le arrancaba un suspiro distinto. Le desabroché el short y se lo bajé por las piernas, y debajo llevaba una tanga blanca, mojada, pegada al coño, el vello negro asomando por los costados. Me arrodillé frente a ella y le olí el sexo por encima de la tela. Olía a hembra caliente, ácido y dulce a la vez.

—Ay, Mateo —murmuró, poniéndome una mano en la cabeza—, hace tanto que no…

Le aparté la tanga con dos dedos y le di el primer lengüetazo, largo, desde el perineo hasta el clítoris. El coño le brillaba de humedad, gordo, oscuro, los labios abiertos como una fruta madura. Le clavé la lengua adentro y ella se estremeció entera, agarrándome del pelo. La recosté en el sillón y le abrí las piernas hasta que quedó completamente expuesta, el culo un poco levantado, el clítoris hinchado esperándome.

—Chúpamelo —pidió, sin vergüenza ya—. Chúpamelo, Mateo, por favor.

Le hundí la boca en el coño y me perdí ahí un rato largo. Le pasé la lengua en círculos por el clítoris, se lo succioné entre los labios, le metí dos dedos hasta el fondo y los curvé buscando ese punto que la hacía arquear la espalda. Ella se movía contra mi cara, gimiendo en francés y en español, agarrándome la cabeza para que no me separara. Sabía a sal, a mujer, a semanas de deseo acumulado. Cuando le noté el primer temblor de piernas, no la dejé venirse todavía. Levanté la cabeza y le sonreí con la boca empapada.

—No te calles —le dije—. Estamos solos.

Y dejó de callarse. Su voz, esa voz suave y enredada en acento, se quebró en gemidos que llenaron la sala. Me deshice de mi propia ropa con torpeza, sin querer perder un segundo de cómo me miraba, los ojos entornados y la respiración entrecortada. Cuando la verga me saltó libre del pantalón, dura y goteando, ella se relamió y se sentó en el borde del sillón.

—Ven aquí —dijo, y me agarró la polla con la mano, midiéndola, apretándola en la base.

Se la metió en la boca sin avisar. Los labios gruesos se cerraron alrededor de la verga y bajaron hasta la mitad, y luego un poco más, hasta que sentí la garganta apretándome la punta. Me la chupaba con ganas, sacando saliva, ensuciándose la barbilla, mirándome desde abajo con los ojos húmedos. Me agarró las bolas con una mano y me las masajeó mientras me mamaba, subiendo y bajando en un ritmo que me hizo apretar los dientes para no correrme ahí mismo.

—Espera, espera —le dije, apartándole la cabeza—. Así me acabo enseguida.

Se rió, con la boca brillante de saliva, y se recostó de nuevo, abriéndome las piernas.

—Ven —dijo, tirando de mi brazo—. Ya no aguanto. Métemela.

Entré en ella despacio, sosteniéndole la mirada, y los dos contuvimos el aliento en el mismo instante. El coño le apretaba caliente, húmedo, tragándome centímetro a centímetro hasta que quedé pegado a ella, las bolas contra su culo. Empecé a moverme adentro, primero suave, sintiendo cómo me apretaba con cada embestida, cómo las paredes internas me chupaban al salir. Ella me clavó las uñas en la espalda y me pidió más.

—Más fuerte, Mateo, más fuerte —jadeaba—, así, así.

La agarré por las caderas y empecé a follármela en serio, embistiéndola hasta el fondo, haciendo que las tetas le rebotaran con cada golpe. El sillón crujía debajo de nosotros. Me incliné y le chupé un pezón mientras seguía metiéndosela, y ella me rodeó la cintura con las piernas para que no parara. Le di la vuelta, la puse a cuatro patas sobre el sillón, y le vi el culo negro y respingón temblándome enfrente. Le pegué una nalgada de plano, dejándole la mano marcada, y ella soltó un gemido ronco.

—Sí, Mateo, así, cógeme como quieras.

La agarré de las caderas y volví a entrar por atrás, de una embestida entera. Desde ese ángulo el coño le apretaba distinto, más adentro, y cada golpe le sacaba un jadeo agudo. Le agarré el pelo en un puño y tiré con suavidad, arqueándole la espalda. Le pasé la otra mano por el frente y le froté el clítoris con dos dedos mientras la seguía embistiendo, sin bajar el ritmo, hundiéndomela hasta el nacimiento.

—Me vengo, me vengo —empezó a repetir, casi asustada, como si hiciera mucho que no le pasaba—, no pares, no pares por Dios.

La sentí tensarse entera, las paredes del coño apretándome la verga en espasmos, un temblor recorriéndola de pies a cabeza mientras repetía mi nombre como una plegaria. El líquido caliente le corrió por los muslos y me mojó las bolas. Verla deshacerse de placer fue mi propio final: la agarré fuerte de la cintura, di tres embestidas más, hondas, brutales, y me hundí hasta el fondo mientras me corría dentro de ella. Los chorros se me escapaban a espasmos, calientes, y ella los recibió gimiendo, moviendo el culo contra mí para exprimirme hasta la última gota. Me quedé quieto, con la frente apoyada en su espalda, el corazón golpeándome las costillas, la verga todavía adentro, palpitando.

***

Nos quedamos un rato así, enredados, recuperando el aire. El semen se le escurría por dentro del muslo cuando por fin salí de ella, y no me molesté en limpiárselo. Ella se acomodó a mi lado y me acariciaba el pelo con una ternura que no esperaba de alguien a quien acababa de conocer.

—Tenía miedo de que fueras como los otros —confesó—. De que esto fuera otro precio que pagar.

—No me debes nada —dije, y le di un beso en la sien—. Los cien pesos son por el auto. Esto fue aparte. Esto fue porque quise, y porque tú quisiste.

Sonrió, y por primera vez la sonrisa le llegó a los ojos. Se vistió sin prisa mientras yo preparaba café, y nos sentamos a tomarlo en la cocina como si nos conociéramos de años. Me habló de su pueblo, del mar, de las cosas que extrañaba. Yo le hablé del frío de Pachuca y de lo solo que me sentía en esa ciudad ajena. Dos desconocidos que el azar había juntado por una tarde.

—En una semana me voy —recordó, y la frase pesó entre los dos.

—Lo sé. Pero faltan siete días. Y yo necesito que alguien me cocine y me cuide la casa —mentí a medias—. Te pago bien. Por venir, no por nada más. Lo otro... lo otro será si tú quieres.

Me miró largo rato, midiéndome, buscando la trampa que no encontró.

—Vendré —dijo al fin—. Pero solo porque eres tú.

Vino los siete días. Y cada uno de ellos fue distinto del anterior, más lento, más nuestro. Aprendí la forma exacta de su risa, el mapa de su cuerpo, la manera en que decía wi cuando algo le gustaba, y también la manera en que decía oui, oui, oui apurada cuando estaba por correrse. No fue solo deseo, aunque empezó así. Fue compañía, en una ciudad que a los dos nos quedaba grande.

Cocinaba para mí platos que yo no sabía pronunciar, con especias que se había traído desde la isla, y comíamos en el suelo de la sala porque decía que así se hacía en su tierra. Después me llevaba de la mano al cuarto y se entregaba de una forma que no tenía nada que ver con la primera tarde tímida. Había perdido el miedo. Reía, mandaba, me pedía exactamente lo que quería, y yo se lo daba sin reservas. Una tarde me montó encima y se meneó despacio, cabalgándome con las tetas rebotándole en la cara, mordiéndose el labio hasta que se corrió apretándome la polla como un puño. Otra noche me pidió que me la cogiera contra la pared del pasillo, de pie, con las piernas envueltas en mi cintura, y me obligó a acabarle encima de las tetas. En la ducha me chupaba de rodillas, con el agua cayéndole en el pelo, y me tragaba la corrida entera sin quejarse. Aprendí que le gustaba que le hablara sucio al oído, que le apretara el cuello con la mano abierta —sin ahogarla, solo marcándola— cuando la penetraba por detrás, y que se venía más fuerte si le lamía el culo antes de metérsela.

Una de esas noches, mientras la abrazaba en la oscuridad, todavía con la verga húmeda contra su muslo, le pregunté si se quedaría. Sabía la respuesta antes de decirla. Tenía dos hijas, un futuro al otro lado de la frontera, un destino que no me incluía. Me puso un dedo en los labios y negó con la cabeza, sin enojo, casi con dulzura. No insistí. Hay cosas que se disfrutan precisamente porque tienen fecha de caducidad.

El último día la acompañé a la terminal. Sus hijas dormían en brazos de su hermana, ajenas a todo. Naïma me abrazó fuerte, sin lágrimas, porque las mujeres como ella ya no las gastan en despedidas.

—Gracias por tratarme como una persona —dijo.

—Gracias por dejarme —contesté.

La vi subir al autobús y perderse rumbo al norte, hacia una vida que yo no compartiría. Nunca volví a saber de ella. A veces, cuando paso por ese semáforo y veo a alguien lavando parabrisas, me detengo más de lo necesario. No por morbo. Por memoria. Porque hubo una semana, una sola, en que una desconocida me enseñó que el deseo más intenso es el que nace del respeto. Y esa, lo juro, es mi confesión más honesta.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(7)

TitoCordoba

Tremendo relato, me enganché desde el primer párrafo. Muy bien narrado!

Kike_87

Por favor que haya segunda parte... quede con muchas ganas de saber como siguio todo.

NormaT

Lo que mas me gustó es que se siente autentico, sin exagerar. Asi da gusto leer.

Guille_BA

jajaja me recordo a algo que me paso hace años en una situacion parecida. Esas cosas imprevistas son las mejores.

Rosana_76

Muy buen relato, tiene ese morbo sutil que es mucho mas rico que cuando todo es muy explicito. Gracias por compartirlo!

PatricioVR

Pregunta: esto paso de verdad? Porque se lee muy real, los detalles del semaforo y todo eso.

CarlosLect

Los cien pesos rindieron bien jajaj. Excelente relato!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.