Confieso que mi lengua tiene hambre de ella
Voy a confesar algo que nunca le conté a nadie, ni siquiera a Mariela, que es la protagonista de todo esto. Mi lugar favorito del mundo no es una playa, ni una ciudad lejana, ni la cama de ningún hotel de esos que reservamos para los aniversarios. Mi lugar favorito está exactamente entre sus piernas. Y no como la mayoría imagina cuando lee una frase así.
No hablo de penetrarla. Hablo de quedarme ahí, con la lengua, durante el tiempo que ella me deje. A veces me da vergüenza admitir cuánto lo deseo, porque parece poco varonil reconocer que prefiero dar antes que recibir. Pero es la verdad más honesta que tengo. Y si estoy escribiendo esto es porque hace tiempo que necesitaba sacarlo de adentro.
La conocí en una cena de amigos en común, una de esas reuniones aburridas donde uno va por compromiso y termina quedándose hasta las tres de la mañana. Ella estaba sentada enfrente y se mordía el labio cuando escuchaba con atención. Esa noche no pasó nada, pero algo se me quedó pegado.
***
Tardamos meses en llegar a la intimidad. Mariela no era de las que se entregaban rápido, y a mí esa demora me gustaba, porque me daba tiempo de aprenderla. Aprendí cómo respiraba cuando le rozaba la nuca, cómo se le tensaban los hombros cuando le hablaba bajito al oído, cómo cambiaba el ritmo de su voz cuando empezaba a desearme.
Recuerdo que durante esos primeros meses ella solía preguntarme qué buscaba en realidad. Venía de una relación larga donde, según me contó, todo se había vuelto mecánico y apurado, una rutina sin sorpresas. Le costaba creer que alguien quisiera tomarse el tiempo de conocerla así, sin un reloj corriendo de fondo. Yo no sabía cómo explicarle que esa lentitud no era un sacrificio para mí, sino exactamente lo que más me gustaba.
—¿Y vos qué ganás? —me preguntó una noche, con sinceridad, mientras le acariciaba la espalda.
—Te miro disfrutar —le contesté—. Eso me alcanza y me sobra.
No me creyó del todo, pero algo en su mirada se ablandó. Creo que fue la primera vez que dejó de defenderse.
La primera vez que me dejó bajar entre sus piernas, recuerdo que estaba nerviosa. Me apartó la cabeza con suavidad, como pidiendo permiso para confiar.
—No hace falta que hagas eso —me dijo, casi como una disculpa.
—Lo sé —le respondí—. No lo hago porque haga falta. Lo hago porque quiero.
Y creo que ahí entendió que iba en serio.
***
Lo que casi nadie sabe es que la lengua siente mucho más que cualquier otra parte del cuerpo. Es ridículamente sensible. Cada textura, cada cambio de temperatura, cada milímetro de piel se percibe con una claridad que las manos jamás alcanzan. Por eso, cuando la punta de mi lengua toca por primera vez sus labios todavía cerrados, yo siento tanto como ella. Tal vez más.
Me gusta empezar cuando todavía no está mojada. Suena extraño, lo sé, pero ese es justamente el momento que más disfruto. Significa que hay un camino por recorrer, un trabajo lento por delante, una transformación que voy a provocar con paciencia. No hay nada más adictivo que sentir cómo el cuerpo de alguien pasa de la calma a la urgencia gracias a lo que uno hace.
Así que voy despacio. Recorro la cara interna de sus muslos primero, sin tocar el centro, dibujando círculos con los labios cerca pero nunca encima. Mariela odia y ama esa parte por igual. Se queja, mueve las caderas buscándome, intenta acercarme con la mano apoyada en mi pelo.
—No me hagas esperar tanto —murmura.
Pero yo sé que esa espera es la mitad del placer. Cuanto más la hago esperar, más fuerte termina todo, pienso, mientras sigo evitando el lugar exacto donde ella me quiere.
***
Cuando finalmente la punta de mi lengua se abre paso, lo hace con cuidado, como quien aparta una cortina. Subo despacio hasta encontrar ese pequeño punto que lo cambia todo. La primera vez que lo rozo, su respiración se corta un segundo. Lo conozco de memoria. Es el instante en que su cuerpo decide rendirse.
Entonces dejo de tener cuidado. Empiezo a lamerla con toda la superficie de la lengua, ancho y plano, sin precisión, porque ahora no busco delicadeza sino abundancia. Quiero que todo ahí abajo se humedezca, que ya no haya frontera entre su piel y mi boca. Mariela suelta el primer gemido de verdad, ese que no es actuado, ese que le sale desde el fondo del pecho.
Después me concentro en ese punto que ya está despierto. Lo atrapo entre los labios, cierro la boca con suavidad y empiezo a succionar. Lo siento crecer, ponerse más firme, más caliente contra mi lengua. Mientras lo tengo así, prisionero, lo trabajo por dentro con movimientos cortos. Ella empuja mi cabeza con las dos manos, hundiéndome más, y a mí esa presión me vuelve loco. Que me use de esa manera es lo más cerca que conozco de sentirme imprescindible.
***
Ahora empiezo a recoger lo que sembré. Con la paciencia anterior la convertí en pura humedad, y ese es mi premio. Vuelvo a recorrerla entera, de abajo hacia arriba, lento, saboreando lo que ella misma no puede ver. Cada pasada le arranca un temblor distinto. Su sabor cambia cuando está al borde, se vuelve más intenso, y yo aprendí a leer en eso lo cerca que está.
Sin dejar de usar la boca, deslizo dos dedos dentro de ella. No para reemplazar nada, sino para acompañar. Siento cómo sus músculos me aprietan, cómo se cierran y se abren al ritmo de mi lengua. Todo entre sus piernas está caliente y resbaladizo, y yo ya no sé dónde termino yo y dónde empieza ella.
—No pares —me pide, y la voz le sale rota—. Por favor, no pares ahora.
No tengo ninguna intención de hacerlo.
***
Un temblor le sube por las piernas y le recorre toda la espalda. Lo noto en mis dedos, en mi boca, en la manera en que sus caderas dejan de tener control. Está a punto. Lo conozco como conozco mi propio nombre. Bajo apenas el ritmo, le doy un respiro de un segundo, y enseguida vuelvo con más fuerza, porque sé que ese contraste es lo que la empuja al borde.
Cuando finalmente se deja ir, todo su cuerpo se arquea contra mi cara. Me aprieta entre sus muslos, me sostiene ahí, atrapado, y yo no me resistiría aunque pudiera. Siento las contracciones contra mi lengua, una tras otra, cada vez más espaciadas, hasta que el último temblor se apaga.
Me quedo un rato más, suave, casi sin moverme, dándole pequeños besos donde antes había urgencia. Ella todavía respira agitada y, con una risa cansada, me empuja la cabeza para que me detenga, porque ya no aguanta ni una caricia más.
—Sos imposible —me dice, con el brazo sobre los ojos.
Y yo, la verdad, me quedaría ahí para siempre.
***
Esa es mi confesión, la que nunca dije en voz alta. Que mi mayor placer no está en lo que el mundo entero considera el centro del sexo, sino en ese rincón silencioso donde solo importa el otro. Que disfruto más de la paciencia que de la prisa, más de la entrega que de la conquista.
Mariela todavía no sabe que escribí esto. Tal vez algún día se lo muestre, una de esas noches en que las luces ya están apagadas y ella, medio dormida, deja caer una pierna fuera de la sábana. Una invitación que, después de tantos años, sigo aceptando como si fuera la primera vez.
Porque hay hambres que no se sacian. Y la mía, lo confieso, tiene su nombre.





