Mi amiga me convenció de probar algo por primera vez
Hola otra vez a quienes me siguen leyendo. Soy Marina, tengo veintiséis años y, si llegaron hasta acá, es porque algo de lo que cuento les resuena. Esta es la segunda confesión que escribo, y tengo que admitir que me cuesta más que la primera, porque esta vez no fue una casualidad: lo busqué yo, aunque al principio no quisiera reconocerlo.
Unas semanas atrás había vivido mi primera experiencia de verdad con un hombre. Fue con Damián, un amigo de toda la vida, y aunque me había gustado, todavía no terminaba de entender por qué me había excitado tanto, por qué le había pedido a él justamente que me enseñara a coger. Cada vez que nos cruzábamos me ponía colorada y bajaba la mirada, como si él pudiera leerme en la cara todo lo que me había hecho, cómo me había abierto de piernas, cómo me había llenado el coño hasta hacerme temblar.
Con el tiempo logramos volver a tratarnos con normalidad. Una tarde le pedí que dejáramos las cosas como antes, que lo del sexo había sido una vez y nada más, y él lo tomó bien. Se despidió con un abrazo largo y se fue. Pensé que ese capítulo estaba cerrado.
Pero no lo estaba. Porque unos días después, tomando un café con Carolina, una de mis mejores amigas, terminé contándole todo con lujo de detalles. Ella me escuchaba con los ojos muy abiertos, sonriendo, haciéndome preguntas que yo respondía cada vez más roja.
—¿Y no se la chupaste? —soltó de repente, como si fuera lo más natural del mundo.
—No —contesté—. Damián dijo que eso me lo iba a enseñar después. Y después ya no hubo.
—Entonces no fue una primera vez completa —dijo ella, muy seria—. Te quedó pendiente lo mejor. No sabés lo que es tener una polla dura en la boca, Marina. Sentirla latir contra la lengua, cómo se pone más gruesa cuando la chupás bien.
—Tampoco es para tanto —murmuré, aunque por dentro algo se removía y sentí que las bragas se me humedecían debajo del jean.
—¿Te gustaría probar? —preguntó, bajando la voz.
Me quedé callada un momento. Tenía curiosidad, sí, pero también un poco de aprensión.
—No sé —dije al fin—. Me da algo de impresión, la verdad. Como cosa.
—Eso es al principio —se rió—. Después te encanta. Yo no puedo coger sin antes tragarme la verga de Sebastián enterita hasta la garganta. Si querés, te animás con mi hermano.
¿Con su hermano? ¿Estaba hablando en serio?
—Estás loca —le dije—. ¿Cómo me voy a meter con tu hermano?
—Él me comentó una vez que le encantaría metértela en la boca. Y vos tenés ganas de aprender a mamar. Sería perfecto: la primera vez que se la chupás a alguien, con un tipo de confianza, sin compromiso. Solo eso y listo.
—¿Y qué va a pensar de mí? Va a creer que soy cualquiera.
—Para nada. Yo le explico que es para que sepas cómo es tener una polla en la boca. Si después no querés nada más, no pasa nada. Solo eso.
No supe qué responder. Lo único que atiné a decir fue que lo iba a pensar, que si lo convencía a él primero, tal vez me animara. Lo dije casi segura de que la cosa quedaría ahí.
***
Me equivoqué. Unos días más tarde, cuando ya casi me había olvidado del asunto, Carolina me llamó por teléfono, emocionadísima. Tomás —así se llama su hermano— había dicho que sí. Me preguntó cuándo quería que lo arregláramos.
Me quedé muda. Una parte de mí quería echarse atrás; otra, más fuerte, sentía una mezcla de nervios y excitación que no me dejaba pensar con claridad. Terminé aceptando. Solo faltaba elegir el día.
Las semanas siguientes fueron una tortura deliciosa. Por mi cabeza pasaba mil veces la misma escena: cómo sería tener su verga en la boca, si sabría feo, si me daría arcadas, si me cabría toda hasta la garganta, si se correría dentro de mí. Me sorprendía a mí misma pensando en eso a cualquier hora, metiéndome dos dedos en el coño en la ducha, imaginando que era su polla la que me entraba, y después me regañaba por estar tan obsesionada.
El plan fue de Carolina, que para esas cosas era una experta. Pasaríamos la tarde en lo de su novio, Sebastián. Ella se quedaría cogiendo con él en una habitación, y Tomás y yo en otra. Antes de entrar, le hice prometer que esto no lo sabría nadie, ni siquiera Lucía, nuestra otra amiga inseparable. Carolina me lo juró con la mano en el pecho, aguantándose la risa.
Cuando llegamos, los nervios me tenían las manos heladas. Tomás resultó ser bastante más simpático de lo que recordaba de las pocas veces que lo había visto. Tenía una sonrisa tranquila, sin nada de prepotencia, y eso me relajó un poco. Carolina y Sebastián desaparecieron por el pasillo entre risas, y a los pocos minutos empezamos a escuchar cómo ella gemía del otro lado de la pared, cómo le pedía a Sebastián que se la metiera más fuerte. Se me subieron los colores a la cara. Tomás sonrió y me tomó de la mano.
Entramos a la habitación. Cerré la puerta detrás de mí y, cuando me di vuelta, lo tenía de frente, mirándome con calma.
—¿Estás lista? —preguntó.
—Creo que sí —respondí, con la voz más fina de lo que hubiera querido—. Nunca hice esto. Nunca chupé una.
—Tranquila —dijo—. Yo te voy guiando. No hay apuro. Vas a aprender a mamármela como te guste a vos.
—Está bien.
Me empezó a besar de una manera tan suave y tan paciente que, para mi sorpresa, los nervios se fueron disolviendo. Le devolví el beso con las mismas ganas, metiéndole la lengua sin vergüenza. Sus manos recorrían mi espalda, mi cintura, mi nuca, y yo sentía que el cuerpo se me iba aflojando, que el coño se me humedecía cada vez más. Me sacó la blusa despacio, sin brusquedad, y después el corpiño, dejándome con las tetas al aire y solo con mis jeans negros. No me dio vergüenza. Al contrario, me gustó cómo me miraba, cómo se le clavaban los ojos en los pezones que se me habían puesto duros como piedras. Se agachó y me chupó uno, después el otro, mordisqueándolos apenas, y yo sentí una corriente que me bajó directo entre las piernas. Se me escapó un gemido tonto que no supe disimular.
—Arrodillate —me dijo en voz baja, cuando ya me tenía respirando agitada.
Lo hice. Él se desabrochó el pantalón, bajó el cierre y se lo deslizó junto con el bóxer. La verga le saltó afuera, ya medio dura, más grande de lo que había imaginado, con la cabeza roja y brillante. La tenía ahí, frente a mi cara, a un palmo de mi boca, y aunque al principio me intimidó un poco, también sentí una curiosidad enorme, una necesidad de tocarla, de olerla, de probarla. Era distinta a lo que esperaba, más gruesa, con las venas marcadas a lo largo del tronco, y algo en mí, algo que no sabía que tenía, quería llenarse la boca con eso.
—Tomala con la mano —me indicó—. Suave.
La rodeé con los dedos y empecé a acariciarla despacio, tal como había visto en algún video que miré la noche anterior justamente para no quedar tan perdida. Sentí cómo se ponía más dura entre mis dedos, cómo crecía de largo y de ancho hasta apuntarme a la cara. Abrí la boca, pero él me frenó con dulzura.
—Espera. Primero dame besitos acá, sin apuro. En la cabeza, en los huevos, por toda ella.
Cerré los ojos y le di pequeños besos, casi tímidos, que no me supieron a nada. Después saqué la lengua y la pasé despacio por toda la punta, probando por primera vez ese sabor. No era desagradable, para nada lo que me había imaginado. Era apenas salado, tibio, con un gusto a piel limpia, y eso me dio confianza para seguir. Lamí desde la base hasta la punta, en un movimiento largo, como si fuera un helado, y él soltó un suspiro que me hizo sentir poderosa. Le chupé los huevos, uno por uno, metiéndomelos en la boca con cuidado, y después volví a subir por el tronco con la lengua bien plana.
—Así, muy bien —murmuró él, acariciándome el pelo—. Ahora metétela en la boca, hasta donde puedas.
Abrí más la boca y me la metí. Al principio solo la cabeza, sintiendo cómo me llenaba, cómo me estiraba los labios. La chupé con fuerza, envolviéndola con la lengua, y él soltó un gruñido bajo que me erizó la piel. Fui bajando de a poco, tragándome un poquito más cada vez, hasta que sentí el tope. Entonces fue él quien tomó las riendas. Me agarró de la nuca y empujó con cuidado, y al llegar al fondo me provocó una arcada y algo de tos. Se retiró enseguida, con un hilo de saliva colgándome del labio hasta la punta de la verga.
—Respira —dijo, con calma—. No tenés que apurarte. Cuando ya no puedas, me avisás y paro.
Asentí, con la boca todavía abierta y el mentón mojado. Tomé aire y volvimos a intentarlo. Lo hizo lento, dándome tiempo, dejándome resbalar la boca por su verga a mi ritmo, retirándose apenas notaba que me costaba. Lo intentamos varias veces y nunca lograba avanzar más allá de cierto punto sin marearme. Me empezaba a frustrar. La saliva me chorreaba por la barbilla, me caía sobre las tetas, y yo la usaba para que la polla resbalara mejor entre mis labios.
Pero hay algo que tengo que confesar de mí: nunca me gustó darme por vencida. Cuanto más difícil parecía, más empeño le ponía. Le pedí que lo intentáramos una vez más. Cuando llegué a mi límite, en lugar de pedirle que se retirara, lo tomé de las caderas y lo atraje hacia mí con fuerza. Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no por dolor: era el cuerpo reaccionando solo. Por un par de segundos sentí que lo había conseguido, que la tenía enterita en la garganta, con él sosteniéndome la nuca y yo tirando hacia mi cara, la nariz pegada contra su pubis, los huevos rozándome el mentón.
Volvió la arcada y se apartó. Tosí, respiré hondo, con toda la cara mojada de saliva y lágrimas, y me reí sin poder evitarlo.
—Tranquila —dijo, sonriendo, mientras me limpiaba la cara con el pulgar—. Lo hiciste increíble. La tuviste toda adentro. No hace falta más que eso.
***
A partir de ahí me solté. Ya no lo hacía por demostrar nada, sino porque me estaba gustando de verdad, porque tenía el coño mojado hasta las rodillas y sentía que si me tocaba me corría en dos segundos. Lo besaba, lo lamía, lo tomaba con la mano y marcaba mi propio ritmo. Me la metía hasta la mitad y la sacaba con un chasquido, la volvía a chupar por los costados, le pasaba la lengua por debajo, por esa venita gruesa que la recorría. Por momentos él me guiaba, agarrándome del pelo y marcando el vaivén; por momentos era yo la que decidía, la que apretaba más los labios, la que jugaba con la punta contra mi paladar.
—Ahora chupame los huevos mientras me la agarrás con la mano —me pidió, con la voz ronca. Y lo hice sin pensarlo, metiéndomelos de a uno en la boca, haciéndole una paja lenta al mismo tiempo. La verga se le puso todavía más dura, más gorda, se le hinchó una gota transparente en la punta que lamí con ganas.
Verlo respirar agitado, escucharlo gemir sin disimulo, sentir que estaba completamente entregado a lo que yo le hacía con la boca, me excitó más de lo que esperaba. Esa sensación de poder, de tener a un tipo así de grande temblando por lo que le hacía mi lengua, era nueva para mí y me encantó. Sin darme cuenta empecé a apretar los muslos, a frotarlos, buscando alivio para el coño que me palpitaba. Él lo notó y sonrió.
—Sos una puta hermosa, Marina —me dijo, y yo, en vez de ofenderme, me mojé más.
Me la metí hasta el fondo con más ganas, subiendo y bajando la cabeza, dejando que se me golpeara contra la garganta. Ya no me importaba la arcada, ya no me importaba la saliva que me chorreaba. Escuchaba los ruidos que hacía mi boca al chuparlo, los gemidos de él, y a lo lejos los de Carolina que seguía cogiendo del otro lado de la pared, y todo eso me tenía loca.
Después de un rato sentí que su cuerpo empezaba a tensarse, que la respiración se le entrecortaba, que la verga se le ponía más dura todavía, casi de piedra, dentro de mi boca. Me dijo que estaba por acabar y me preguntó si podía correrse en mi boca. Le dije que no, eso todavía me daba impresión. Entonces me la sacó de golpe, se agarró la polla con la mano y se la sacudió apenas unos segundos frente a mí. Sentí los chorros calientes cayéndome sobre las tetas, uno detrás de otro, gruesos, tibios, resbalándome hasta la panza. Fueron muchos, más de los que esperaba. Me quedé un momento quieta, mirándolo, sorprendida de lo tranquila que estaba después de tanto nervio, con la cara y el pecho llenos de su leche.
La curiosidad pudo más que el pudor. Pasé los dedos despacio por mi piel, recogiendo el semen tibio y espeso, y, casi sin pensarlo, me llevé uno a la boca. Lo probé con la punta de la lengua primero, después me chupé el dedo entero. Sabía fuerte, un poco amargo, un poco salado, pero no me dio asco. Me llevé un segundo dedo a la boca, y después un tercero, hasta que me limpié casi todo lo que me había caído entre las tetas. No sé bien por qué lo hice. Supongo que quería cerrar la experiencia completa, sin dejar nada a medias, como había hecho con todo lo demás esa tarde. Tomás me miraba con la boca abierta, la verga todavía a medio bajar, sin poder creer lo que veía.
Tomás se rió bajito y me ayudó a levantarme. Me prestó una toalla, fue dulce hasta el final. Nos vestimos, hablamos un rato de cualquier cosa como si fuéramos viejos amigos, y cuando salimos de la habitación me sentí distinta. No avergonzada, como había temido. Más bien curiosa de mí misma, de hasta dónde era capaz de llegar cuando me dejaba llevar.
Carolina me esperaba con una sonrisa cómplice y, apenas Tomás se distrajo, me apretó el brazo y me preguntó con la mirada. Yo solo asentí, mordiéndome el labio para no reírme.
—Te lo dije —susurró—. Lo mejor estaba pendiente.
En el camino de vuelta no dejé de pensar en lo fácil que había sido cruzar esa línea que yo creía tan complicada. Una conversación, una promesa, una tarde, y de pronto era otra persona, una mina que se arrodillaba a chupar una verga y se relamía la leche de los dedos. O quizás siempre había sido esta y recién ahora me estaba conociendo.
Todavía no sé si volveré a verlo de esa manera. Tampoco sé si esto que estoy descubriendo de a poco es algo que debería frenar o seguir explorando. Lo que sí sé es que la curiosidad, esa que de chica me decían que era peligrosa, se convirtió en mi mejor guía.
Si tienen preguntas, ya saben dónde encontrarme. Prometo que la próxima confesión no tardará tanto. Un beso enorme a todos los que me leen hasta el final.





