El chico del gym que cité en el motel esa misma tarde
Pasaba lo mismo cada vez que abría aquella aplicación. Empezaba mirando por curiosidad y terminaba con el teléfono en la mano, una hora después, decidiendo a quién escribirle. Aquella tarde el algoritmo me puso delante a un chico moreno, joven, con el cuerpo marcado por el gimnasio. Sus fotos no dejaban margen a dudas: pecho trabajado, brazos definidos, una espalda ancha que se notaba aunque la camiseta fuera blanca y holgada. Tenía esa piel oscura que a mí siempre me sacaba del eje.
Le escribí un mensaje sencillo, sin rodeos. Lo único que me daba miedo era la espera, esa sensación de leer «en línea» y no recibir respuesta. Pero respondió rápido, mucho más rápido de lo que yo esperaba. En diez minutos ya teníamos su número directo y la conversación se había pasado a otra aplicación, una donde podíamos hablar sin censura.
Le pedí una foto íntima. No para presumir, sino porque cuando uno cita a un desconocido necesita saber que no va a perder la tarde. Lo que recibí fue mejor que cualquier foto: un video corto, grabado de pie, en el que su mano subía y bajaba por una verga larga, oscura, de venas marcadas, hasta que terminaba sobre su propio vientre. Lo vi tres veces antes de responder. Le dije que nos viéramos esa misma tarde, en un café cerca de un motel pequeño que yo conocía bien.
Aceptó sin negociar.
***
Me cambié dos veces antes de salir. Es ridículo, pero yo me ponía nervioso como un adolescente cada vez que iba a encontrarme con alguien nuevo. Tenía treinta y siete años, una oficina propia, una rutina más o menos estable, y aun así seguía buscando estos encuentros como quien busca aire. Llevaba años diciéndome que iba a parar y otros tantos contradiciéndome cada semana. Lo llamaba afición; en el fondo sabía que era otra cosa. Algunos se hunden en el juego, otros en el alcohol. A mí me había tocado esto.
Lo reconocí en cuanto entró al café. Era más joven de lo que había imaginado. Las fotos lo hacían parecer un hombre hecho; en persona conservaba algo de adolescente que se le notaba en la forma de caminar y en la sonrisa torcida que me dedicó al cruzar la puerta. Iba con ropa deportiva, una sudadera negra y un pantalón ajustado que le marcaba los muslos.
—Iván —dijo, tendiéndome la mano como si no estuviéramos a punto de hacer lo que íbamos a hacer.
—Encantado.
Le propuse caminar dos calles. Le expliqué cómo funcionaba el asunto: yo entraba primero al motel, le pasaba el número de la habitación por el chat y él aparecía cinco minutos después. Nadie se cruzaba con nadie en la recepción. Asintió sin hacer preguntas. Pagué la habitación más pequeña, subí, encendí el televisor y empecé a saltar canales hasta encontrar uno donde estuvieran pasando algo decente.
Esto es lo que me hace sentir vivo, pensé mientras esperaba. Esto y solo esto.
***
Iván tocó la puerta poco después. Entró con la sudadera ya a medio quitar, como si no quisiera perder un segundo. Sin mirarme demasiado, fue directo al baño y desde allí me preguntó si podía orinar antes de empezar. Le dije que claro. Volvió descalzo, ya sin pantalón, con una camiseta interior que se quitó por encima de la cabeza cuando llegó a la cama.
Me quedé mirándolo un momento de más. Tenía dos piercings, uno en cada tetilla, pequeños, plateados. No los había visto en las fotos. El pecho lo tenía completamente liso, y el abdomen marcado con esa precisión que solo se consigue con disciplina. Se acostó boca arriba y, sin esperarme, deslizó la mano por encima de su ropa interior.
—¿Vienes? —preguntó, casi en un susurro.
Terminé de desnudarme y me acosté a su lado. Cuando bajé el elástico del bóxer, comprobé que el video no había mentido. La tenía larga, oscura, gruesa en la base. Le pasé la lengua por el costado para no entrar de golpe. Él suspiró y dejó la mano descansando en mi nuca.
—Chúpamela —pidió.
No me cabía entera. Era de esas que se te quedan en la garganta antes de tiempo. Me concentré en la parte superior, en el ritmo, en el sabor a piel limpia y a algo más salado que iba apareciendo a medida que se ponía más dura. Le pasé la lengua por los testículos, le besé el bajo vientre, le mordí con cuidado uno de los piercings. Él arqueó la espalda. No hablaba, pero respiraba cada vez más fuerte.
Le besé el cuello en algún momento y giró la cara. Lo intenté de nuevo y volvió a esquivarme con suavidad, sin decir nada. Era de los que no besaban en la boca. Lo entendí enseguida y no insistí. Volví abajo y seguí con lo mío.
***
Saqué un condón del bolsillo del pantalón, que había dejado a un lado de la cama. Iván lo abrió con los dientes y se lo puso sin mirar. Yo me senté en el borde, me eché lubricante en los dedos y empecé a prepararme con paciencia. Sabía que con esa medida no podía permitirme apuro.
—Quiero ponerme arriba —le dije.
—Cuando quieras.
Me senté sobre él despacio, controlando cada centímetro. Al principio se sintió como un peso enorme abriéndose camino, después como una corriente que me llegaba hasta el estómago. Iván esperó hasta que yo respiré normal otra vez. Cuando lo hice, me agarró las caderas y empezó a moverse desde abajo, con un ritmo rápido que yo no me esperaba en alguien tan joven. Tenía la fuerza concentrada en el abdomen y cada empujón sonaba en seco.
Acabé acostado boca arriba, con las piernas apoyadas en sus hombros. Él se incorporó sobre las rodillas y me embistió desde ese ángulo. La cama crujía. Las nalgas chocaban contra él con un golpe limpio que se oía con demasiada claridad para una habitación con paredes tan finas. Me pidió que gimiera y le hice caso. No tuve que fingir.
Quiso ponerme boca abajo. Probé y a los pocos minutos tuve que pedirle que parara: en esa postura me dolía el vientre cada vez que entraba hasta el fondo. Cambiamos a un lado. Él detrás, yo de costado, una pierna sobre la suya. El dolor cedió y volvió el placer en oleadas profundas, lentas, distintas a las de antes.
Duró menos de lo que parecía. Iván empujó dos veces con fuerza, se quedó muy quieto y soltó un gruñido apretado contra mi hombro. Sentí cómo se vaciaba a través del condón. Cuando salió, vi la goma colgando, llena, pesada.
—No te preocupes —dijo, tirándola al cesto—. Ahora va el segundo.
***
Se metió al baño a lavarse. Yo me quedé tirado en la cama, con la espalda mojada de sudor, mirando el techo. En la pantalla del televisor seguía pasando porno; lo había olvidado por completo durante el rato anterior. Tenía la verga dura todavía, latiéndome contra el vientre. Me toqué un poco, sin prisa, por puro reflejo.
Iván volvió y se acostó a mi lado en silencio. Era de los callados, ya lo había entendido. Empezó a acariciarme las nalgas con la yema de los dedos, despacio, como si estuviera comprobando algo. Tenía la mano caliente. Estuvimos así un buen rato, sin hablar, viendo la pantalla, él tocándose con la otra mano hasta que volvió a levantársele.
A los diez minutos giré la cabeza.
—¿Te la chupo otra vez?
—Por favor.
Esta vez sabía distinto. Más espeso, más a sexo. Me gustó más. Chupé con ganas, sin contención. Volvió a endurecerse del todo y me dijo, casi sin voz, que me pusiera de lado otra vez. Entró sin esfuerzo. Ya estaba dilatado y mi cuerpo conocía la forma exacta de la suya. Se movió más lento que la primera vez, con la cabeza apoyada en mi hombro, respirando junto a mi oreja.
Otra vez quiso intentarlo boca abajo. Apreté la almohada con los dientes y aguanté unos minutos. Era una mezcla extraña de dolor y placer; al final tuvimos que volver al costado. Iván terminó saliendo de mí, subiéndose sobre la cama, de pie, y empezó a masturbarse mirando la pantalla. Yo me quedé sentado debajo, con la boca abierta, listo para recibirlo. Le pasé la lengua por los testículos para tratar de acelerarlo.
Lo más curioso fue que terminé yo primero. No me lo esperaba. Sentí el calambre subiendo desde los pies, intenté avisarle y no me dio tiempo. Eyaculé sobre mi propio muslo, en un chorro caliente que me sorprendió a mí mismo. Iván sonrió por primera vez en toda la tarde, sin parar de moverse la mano. Tardó todavía un par de minutos. Al final soltó un quejido seco y me llenó la boca. Sabía distinto a otras veces, espeso, algo amargo. Me quedó por los labios y por la barbilla.
***
Me metí al baño primero. Me lavé la cara, la boca, las piernas. Me vestí en silencio mientras él esperaba sentado en la cama con la toalla sobre la cintura. Me sonó el celular en el bolsillo: una llamada de la oficina. Apagué la pantalla sin contestar.
—¿Te vas? —preguntó, levantando la mirada.
—Tengo que.
—Avísame si quieres repetir.
Le dije que sí, aunque sabía que probablemente no lo haría. Casi nunca repetía. La gracia, para mí, era esto: la primera vez, lo desconocido, la promesa de algo que después casi siempre se desinflaba en una segunda cita. Salí del motel mirando el reloj. Tenía la camisa por fuera del pantalón y los ojos algo enrojecidos, pero a esa hora la recepcionista miraba el televisor y no levantó la vista cuando dejé la llave en el mostrador.
Llegué a la oficina con la cabeza ligera y el cuerpo cansado. Me senté frente a la computadora y, antes de empezar con lo que me pagaban por hacer, abrí un documento en blanco y escribí esto que acabas de leer. Llevo años haciéndolo. Es la única forma que tengo de bajar la presión después; si no, me quedo dando vueltas durante días al mismo recuerdo, repasándolo escena por escena hasta que se gasta.
Mañana o pasado volveré a abrir la aplicación. Lo sé. Y volveré a decirme que es la última, mientras le escribo a alguien nuevo.