El día que fuimos juntos a comprar mi primer juguete
Hay cosas que uno descubre de sí mismo casi sin querer, y casi siempre llegan de la mano de la persona indicada. En mi caso, esa persona es Marina, mi mujer desde hace once años. Lo que voy a contar todavía me cuesta ponerlo en palabras, no por vergüenza, sino porque sigue pareciéndome increíble que algo tan simple haya cambiado tanto lo que entiendo por placer.
Todo empezó unas semanas antes, una noche en la que ella, con esa curiosidad tranquila que tiene para todo, decidió explorar un terreno que yo siempre había mirado de reojo. Después de aquella primera vez, los dos nos quedamos despiertos hablando hasta tarde, todavía agitados, repasando lo que habíamos sentido. No hubo incomodidad ni reproches. Solo una pregunta flotando en el aire: ¿y si probamos algo más?
—Deberíamos comprar algo pensado para vos —me dijo ella, apoyada en mi pecho—. Algo que no sea prestado de mi cajón.
Me reí, porque hasta entonces lo único que conocía del asunto eran los juguetes que usaba Marina, esos que ella guardaba en la mesita de noche y que yo siempre había considerado territorio exclusivamente suyo. La idea de tener algo propio, elegido para mí, me resultaba a la vez intrigante y un poco intimidante.
—¿En serio harías eso conmigo? —pregunté.
—Por supuesto. Es más, quiero ir contigo a elegirlo.
***
El viernes siguiente llegó cargado de una expectación que me costaba disimular. Habíamos quedado en ir después de cenar, cuando el centro ya estaba tranquilo y las calles empezaban a vaciarse. Mientras caminábamos hacia la primera tienda, sentía un cosquilleo nervioso en el estómago, como un adolescente que se escapa a hacer algo prohibido. Marina lo notó y me apretó la mano.
—Tranquilo —me susurró—. Es solo una tienda. Nadie nos conoce.
El primer local que encontramos prometía mucho desde la vitrina, pero en cuanto cruzamos la puerta el ambiente nos echó para atrás. Había una luz fría, un dependiente que ni levantó la vista y un par de clientes que merodeaban con una actitud que nos incomodó a los dos sin necesidad de decirnos nada. Marina me miró, arqueó una ceja y, con un gesto mínimo de la cabeza, me indicó la salida. No hizo falta hablar. A veces, después de tantos años, basta una mirada.
—No me daba buena espina —dije ya en la calle, aliviado.
—A mí tampoco. Vamos a la otra, la que vi por internet.
Caminamos un par de cuadras más, quizás doscientos metros, hasta dar con la segunda tienda. Y fue como pasar de la noche al día. El sitio era luminoso, cálido, con estanterías ordenadas y una música suave de fondo. Olía a algo limpio, casi a perfume. Nada que ver con el otro local. Allí nadie te hacía sentir un intruso; al contrario, daban ganas de quedarse.
Una chica de unos treinta y tantos años, con una sonrisa amable y nada de la solemnidad que yo temía, se acercó a preguntarnos si necesitábamos ayuda. Y por primera vez en toda la noche, no sentí ganas de salir corriendo.
—Estamos buscando algo para él —dijo Marina con una naturalidad que me dejó admirado—. Es la primera vez que compramos algo así.
La dependienta asintió como si le hubieran pedido recomendaciones de vino. Sin morbo, sin segundas intenciones, solo profesionalidad. Nos guió hasta una sección donde había una variedad que yo jamás habría imaginado. Me explicó las diferencias entre materiales, tamaños y formas con una claridad que me hizo sentir que estaba en buenas manos.
—Para empezar, lo mejor es ir de menos a más —nos dijo—. Algo de metal, por ejemplo, es firme y se limpia muy fácil. Y conviene tener dos tallas distintas para acostumbrarse poco a poco.
Marina escuchaba con atención y me consultaba con la mirada en cada elección, como si lo importante fuera que yo estuviera cómodo y no lo que ella quisiera. Terminamos eligiendo dos piezas pequeñas de metal, una talla extra pequeña y otra un punto mayor, las dos rematadas con una piedra brillante de un rojo intenso que les daba un aire casi elegante. Y, ya envalentonados, sumamos una tercera de unos once centímetros, con un extremo fino que iba ensanchándose en una sucesión de relieves crecientes.
—Para cuando estén listos para algo más —comentó la chica con una sonrisa cómplice mientras lo envolvía.
Salimos de la tienda con una bolsa discreta y una sensación rarísima: una mezcla de pudor adolescente y de excitación contenida que me aceleraba el pulso. Marina iba a mi lado, mordiéndose el labio para no reírse de mi cara.
—Estás colorado —me dijo.
—Y vos estás disfrutando demasiado de esto.
—Muchísimo —admitió, y me besó en plena calle.
***
Esa misma noche, de vuelta en casa, ninguno de los dos tenía intención de esperar. Apenas cerramos la puerta, la tensión que habíamos arrastrado durante todo el trayecto se desató. La excitación era máxima; yo llevaba horas pensando en el momento, anticipando la sensación de algo nuevo, y esa anticipación me tenía al borde antes incluso de empezar.
Marina se tomó su tiempo. Sabía perfectamente lo que hacía, y eso era parte de lo que me volvía loco: la seguridad con la que manejaba la situación, sin prisa, leyendo cada una de mis reacciones. Empezamos por la pieza más pequeña. Antes de nada, la deslizó dentro de sí misma, despacio, mirándome a los ojos, hasta que estuvo lista y húmeda. Solo entonces la llevó hacia mí.
—Respira —me dijo en voz baja—. No hagas fuerza. Dejate llevar.
La sensación fue distinta a todo lo que conocía. El metal firme, la frescura inicial, esa presión que no dolía sino que abría un territorio nuevo de sensaciones. Cerré los ojos. Me concentré en respirar, como ella me había pedido, y poco a poco mi cuerpo dejó de resistirse y empezó a recibir. Marina la movió con una lentitud calculada, atenta a cada gesto de mi cara, retrocediendo cuando me tensaba y avanzando cuando me relajaba.
—¿Bien? —preguntó.
—Mejor que bien —murmuré, sin reconocer del todo mi propia voz.
Después de un rato, pasamos a la pieza más grande. Esta vez hizo falta lubricante, y ella lo aplicó con una paciencia que era casi una caricia. La diferencia de tamaño se notaba, pero también la diferencia de temperatura: la sentí más fría, y ese contraste me recorrió la espalda en un escalofrío que me arrancó un gemido involuntario. No el gemido de cliché, sino algo más hondo, casi de sorpresa, como cuando el cuerpo descubre que puede sentir de una manera que no sospechaba.
Así que esto era lo que me había estado perdiendo.
Marina se dio cuenta de mi reacción y sonrió con orgullo, como quien encuentra exactamente lo que andaba buscando. Conocía mi cuerpo mejor que yo mismo, y esa noche me lo demostró sin necesidad de palabras. Cada movimiento suyo tenía una intención, cada pausa estaba pensada para alargar la tensión hasta volverla insoportable en el mejor de los sentidos.
Lo que vino después fue una de las experiencias más intensas que recuerdo. No por lo que hicimos, sino por la conexión. Por sentir que ella estaba volcada por completo en mi placer, y yo en el suyo. Cuando finalmente me dejé ir, el orgasmo me sacudió de una forma profunda, larga, completamente distinta a cualquier cosa anterior. Me quedé temblando, con la respiración entrecortada, y ella se acurrucó contra mí riéndose por lo bajo.
—Te lo dije —susurró.
—Nunca dudo de vos —contesté, todavía recuperando el aliento.
***
En las semanas siguientes, lo que había empezado como una curiosidad se convirtió en una parte natural de nuestra intimidad. Sin obsesión, sin presión, simplemente como una puerta más que habíamos decidido abrir juntos. Y lo mejor de todo era que lo vivíamos como un juego compartido, no como algo mío que ella toleraba.
Una de esas noches quise devolverle parte de lo que ella me daba. Estábamos los dos al límite, y se me ocurrió la idea de hacerle el amor con una de las piezas puesta, para que sintiéramos el doble de todo. La excitación de los dos estaba tan desbordada, sin embargo, que mi cuerpo me jugó una mala pasada en el momento menos pensado y el plan se deshizo entre risas. Nos quedamos abrazados, riéndonos de nuestra propia ansiedad, prometiéndonos que habría una próxima vez para hacerlo bien.
Todavía nos queda por estrenar la tercera pieza, la más larga, la de los relieves crecientes. La guardamos como quien guarda un regalo que sabe que va a disfrutar, sin apuro, esperando el momento justo. Y la verdad es que no hay prisa: parte del placer está en la anticipación, en saber que hay algo nuevo esperándonos.
Si algo aprendí de todo esto, es que el deseo no entiende de guiones preestablecidos. Que lo que uno cree saber sobre su propio cuerpo es apenas una fracción de lo posible. Y que tener a alguien al lado que te acompaña sin juzgarte, que te toma de la mano para entrar a una tienda y se ríe contigo cuando algo sale mal, vale infinitamente más que cualquier objeto que puedas comprar.
Marina sigue siendo, después de once años, la mejor compañera de aventuras que podría haber pedido. Y yo, que creía haberlo descubierto ya casi todo, sigo aprendiendo a su lado que siempre queda una puerta más por abrir.





