El viudo que me desnudó con la mirada
Desde que me separé, los domingos se volvieron raros. Ya no había horarios ajenos que cumplir, ni reclamos, ni ese silencio pesado de vivir con alguien que ya no te toca pero tampoco te suelta. Tenía mi negocio, mis cuentas al día y una paz que me había costado cara, así que empecé a disfrutarla con una mezcla de libertad y hambre atrasada.
Esa mañana me quedé en la cama más de la cuenta. Pedí desayuno, me di un baño largo y, cuando por fin salí del vapor, me vi en el espejo con esa clase de ánimo que te hace arreglarte aunque no tengas ningún plan importante. Elegí un vestido verde con flores pequeñas, unas plataformas cómodas y me alisé el cabello hasta dejarlo cayendo recto sobre los hombros.
No iba a buscar a nadie. Iba a comprar un par de cosas para la casa, caminar un rato y matar el aburrimiento. Pero a veces una sale sin intención de nada y termina metida en una historia que le deja las piernas temblando.
En la plaza compré un helado apenas llegué. Me senté en una banca, crucé las piernas y empecé a comerlo despacio, saboreando el frío y dejando que el domingo se estirara sin prisa. No sé por qué me vino a la cabeza el recuerdo de un ex que me lamía los pezones después de ponerles helado y chocolate; tal vez por eso me distraje tanto que una gota se me escurrió por el muslo.
Solté una risa cuando vi la mancha y la limpié con una servilleta. Entonces noté al hombre que estaba frente a mí, unos metros más allá, mirándome con una sonrisa tranquila, no burlona, casi cómplice. Yo también me reí, como cuando dos desconocidos comparten una torpeza mínima y por un segundo parecen conocerse de antes.
No era un muchacho. Eso fue lo primero que me gustó. Se veía adulto de verdad, seguro, arreglado sin exagerar, con ese tipo de presencia que no necesita alzar la voz para ocupar espacio. Pensé en él solo un par de minutos más, lo suficiente para seguir con mi vuelta y entrar a la tienda departamental donde iba a comprar almohadas.
Las almohadas quedaron olvidadas apenas vi el área de ropa. Me probé varias cosas que no me convencieron hasta que encontré un vestido tipo polo que me marcaba la cintura sin apretarme. Cuando salí del probador para mirarme mejor en el espejo, levanté un poco el mentón y me di una vuelta lenta, evaluándome con sinceridad.
Seguía teniendo buen cuerpo. No el de una muchacha, sino el de una mujer que se conoce bien y sabe dónde mirar para gustarse. El vestido me quedaba ceñido en los lugares correctos, enseñaba bastante pierna al sentarme y, por primera vez en semanas, me sentí otra vez deseable.
Fue entonces cuando lo vi de nuevo. El mismo hombre del helado estaba cerca de los probadores, sosteniendo una caja de tenis como excusa torpe. Me miró a través del espejo y levantó un dedo pulgar, aprobando el vestido con una naturalidad que me hizo sonreír.
—Te queda muy bien —dijo cuando salí.
—Gracias —le respondí, y en lugar de seguir de largo me quedé ahí.
Se llamaba Ramiro. Yo le dije que me llamaba Nadia. En cinco minutos ya habíamos pasado de la cortesía a esa conversación inesperadamente fácil que solo se da cuando dos personas tienen ganas de seguir viéndose la cara. Él era viudo y vivía solo. Yo estaba atorada en un divorcio largo, de esos que uno no sostiene por amor sino por desgaste.
Lo acompañé al área deportiva mientras elegía unos tenis. Me senté a esperarlo, crucé las piernas y me dejé caer en el respaldo con comodidad. Había espejos frente a él, espejos a un lado, vitrinas que devolvían reflejos desde ángulos tontos. No pensé en nada de eso; estaba mirando el celular cuando una empleada pasó el trapeador y me pidió que alzara un poco los pies.
Lo hice sin levantarme, descruzando y volviendo a cruzar las piernas. Ramiro tardó demasiado en decidirse, pero no me incomodó. De hecho, cuando por fin vino hacia mí con dos cajas distintas y me pidió opinión, me sorprendió descubrir que yo también había disfrutado su demora.
Terminamos comiendo en el restaurante de la tienda. Ahí, entre platos simples y aire acondicionado, la conversación se puso más personal. Le hablé de mi ex, de la traición que terminó de romper lo que ya venía podrido, de su costumbre de llegar tarde, borracho y sin ganas de nada. Ramiro me escuchó con atención real, no fingida.
Luego me miró fijo, apoyó los codos en la mesa y dijo algo que cualquier otro hombre habría dicho mal.
—Voy a ser directo contigo —murmuró—. Desde que te vi con el helado no he dejado de imaginarte. Y cuando te sentaste en la zapatería... te vi más de la cuenta.
Yo levanté una ceja, divertida.
—¿Más de la cuenta cómo?
Él no apartó la mirada.
—Te vi las piernas enteras. Vi tu ropa interior negra en el reflejo. Moví un espejo para seguir viéndote y que los demás no lo hicieran. No me siento orgulloso de la trampa, pero tampoco te voy a mentir: me dejaste loco.
Sentí un calor muy concreto entre los muslos. No por la vulgaridad del comentario, sino por la calma con que me lo dijo. Sin tartamudear, sin posar de galán, sin disculparse de más. Como si supiera que yo prefería la verdad antes que el coqueteo barato.
—Entonces no tardaste tanto por los tenis —le dije.
—No. Tardé porque me estaba dando un banquete con tus piernas.
Me reí, pero no por nervios. Me gustó oírlo. Me gustó imaginarlo mirándome desde el espejo, tratando de robarme un ángulo más. Y me gustó todavía más reconocer, sin hacerme la santa, que si me hubiera molestado de verdad me habría levantado de esa mesa.
Nos despedimos con la promesa floja de vernos otro día. Pensé que quedaría en eso, un encuentro agradable con un extraño atrevido. Pero al día siguiente me llamó antes de que cerrara el negocio y me dijo que quería pasar por mí. Su tono era tranquilo, aunque por debajo se le sentían las ganas.
Acepté.
Cuando salí, esperaba ver un coche. En cambio, vi un autobús pequeño detenerse frente a la banqueta y tocar el claxon. Me reí antes de acercarme. Era suyo: un vehículo de transporte privado, limpio, con aire acondicionado, asientos reclinables y esa sensación absurda de espacio prestado que tienen los lugares públicos vacíos.
Subí, me senté detrás de él y seguimos hablando como si no hubiera nada extraño en que un hombre me recogiera en un autobús para salir a dar una vuelta. Esa rareza, precisamente, me excitó. Había algo descarado en aceptar aquella invitación y algo todavía más descarado en disfrutarla.
Paramos en un local para que yo comprara una michelada. Él pidió agua porque iba manejando. Volvimos al camino, abrí una ventana para que saliera el olor a cerveza y me dediqué a beber mientras anochecía. Entre el alcohol, el viento y la compañía, empecé a sentirme suelta, risueña, ligeramente mareada.
Ramiro se dio cuenta. A pocas cuadras de mi casa se orilló en una calle oscura, apagó el motor y dejó sonando música baja. Luego se levantó del asiento del conductor y vino a sentarse junto a mí.
—Estás preciosa —me dijo, tomándome las manos—. Pero así, relajada, te ves todavía más rica.
—¿Rica? —le pregunté, acercándome apenas.
—Sí. Con ese vestido pegado, esas piernas y esa cara de que ya no te importa portarte bien.
No le respondí con palabras. Lo agarré de la nuca y lo besé. El primer beso fue lento, húmedo, medido; nada torpe, nada atropellado. Nuestras bocas se probaron con hambre creciente, como si ambos quisiéramos confirmar que la tensión del día anterior no había sido inventada.
Su lengua entró en mi boca con firmeza y yo abrí más los labios para recibirla. Me apretó una rodilla con la mano grande, subiendo despacio por el muslo hasta sentir la tela del vestido enrollarse bajo sus dedos. Yo gemí contra su boca, no muy fuerte, apenas un sonido que bastó para que él entendiera que podía seguir.
—Dime si quieres que pare —susurró.
—No pares.
Desabotonó mi vestido con paciencia, uno por uno, hasta dejar al descubierto el sostén. Me miró los pechos como si ya los hubiera imaginado demasiadas veces y ahora por fin estuviera cobrando algo pendiente. Metió la mano por dentro de la copa, atrapó un pezón entre los dedos y lo apretó justo lo suficiente para hacerme arquear la espalda.
Le abrí más espacio separando las piernas. Su palma bajó a mi entrepierna y me sobó por encima de la tanga, encontrándome caliente de inmediato. No necesitó comprobar nada dos veces; yo ya estaba mojada, y cuando deslizó dos dedos apretando sobre el clítoris tuve que morderme el labio para no gemir más alto.
—Mierda, Nadia —murmuró—. Estás empapada.
—Desde hace rato —le contesté.
Me bajó una copa del sostén y atrapó mi pezón con la boca. Chupó despacio al principio, rodeándolo con la lengua, y luego más fuerte, jalándolo entre los labios mientras su mano seguía trabajándome entre las piernas. Ese contraste me deshizo. Sentía el tirón húmedo en el pecho y la presión exacta de sus dedos abajo, frotando donde más lo necesitaba.
No sé cuánto tiempo estuve así, retorciéndome sobre el asiento, pero en un momento ya no me bastó. Le metí la mano entre las piernas, desabroché su pantalón y saqué su verga. Estaba dura, caliente y pesada en mi palma. No era enorme, pero sí de ese grosor que una siente y agradece antes de meterlo a la boca.
Me arrodillé entre los asientos y empecé a chupársela. Primero besé la punta, lenta, jugando con la lengua alrededor del glande. Luego me la metí entera todo lo que pude, dejando que me golpeara el fondo de la garganta mientras lo miraba hacia arriba. Ramiro soltó un gemido ronco y me sujetó el cabello sin brusquedad, solo para acompañar el ritmo.
Yo tenía ganas de comérmelo bien. Lo saqué despacio, lo lamí de abajo arriba, le pasé saliva por el tronco y volví a meterlo, esta vez con más velocidad. Cada vez que mi boca bajaba hasta la base, sentía sus muslos tensarse. Él respiraba por la nariz, conteniéndose, y eso me excitó todavía más.
—Despacio, joder —dijo entre dientes—. Si sigues así me corro ya.
Lo solté apenas para sonreírle.
—No quiero que te corras todavía.
Me levantó del brazo y me llevó a los asientos de atrás. Había espacio suficiente para movernos, y la sensación de estar dentro de un vehículo estacionado, con ventanas empañándose poco a poco, me puso más caliente de lo que quería admitir. Me sacó la tanga por una pierna, se agachó entre mis muslos y abrió mis piernas con las manos.
La primera lamida me hizo temblar. Pasó la lengua desde la entrada hasta el clítoris, lenta y ancha, recogiendo todo. Yo me agarré del respaldo del asiento y separé más las rodillas. Él repitió el movimiento varias veces, alternando lamidas largas con succiones breves en el clítoris, hasta que empecé a mover la cadera sin control.
—Así me gusta —dijo antes de volver a meter la cara—. Que te abras para mí.
Me chupó con hambre, metiendo la lengua dentro y volviendo arriba para presionar el clítoris con la punta. Después me metió dos dedos, curvándolos con precisión, y siguió lamiéndome mientras me abría por dentro. Yo ya no gemía bajo: resoplaba, soltaba quejidos, decía su nombre como una orden y una súplica a la vez.
El orgasmo me llegó rápido, subiéndome por el vientre como una oleada caliente. Le apreté el cabello, cerré las piernas contra sus hombros y me vine en su boca con un gemido largo que rebotó en el interior del autobús. Él no se apartó; siguió lamiéndome durante el espasmo, exprimiendo cada sacudida hasta dejarme casi sin fuerza.
Cuando abrí los ojos, lo vi mirarme desde abajo, con la boca brillante. Ese gesto por sí solo ya valía la noche.
—Ahora ponte de pie —ordenó con voz baja.
Le obedecí. Me giró, me inclinó sobre el respaldo y me separó las nalgas con ambas manos. Sentí el aire frío y después su lengua, primero rozándome entre los labios, luego subiendo más atrás. Se tomó su tiempo en chuparme el culo, húmedo, insistente, alternando eso con lamidas profundas en mi coño. Cada vez que me tocaba ahí atrás, un escalofrío me recorría la espalda entera.
—No sabía que te gustaría tanto esto —murmuré, jadeando.
—Hay muchas cosas que quiero hacerte.
Me sentó de nuevo, me alzó las piernas sobre sus hombros y se acomodó entre ellas. Agarré su verga para guiarla, frotándola un par de veces entre mis labios mojados antes de apuntarla a la entrada. Él empujó despacio al principio, abriéndome centímetro a centímetro, y yo solté el aire por la boca cuando lo sentí entrar completo.
—Joder... —se me escapó.
Se quedó quieto un segundo, hundido hasta el fondo. Yo sentía su pelvis pegada a la mía y el pulso de su verga dentro de mí. Luego empezó a embestir. Primero con ritmo medido, para dejarme adaptarme. Después más fuerte, saliendo casi por completo y volviendo a entrar con golpes firmes que hacían crujir el asiento.
Cada metida me arrancaba un sonido distinto. Me agarré a sus antebrazos, lo miré apretar la mandíbula y me dejé follar sin pudor, abriendo más las piernas para recibirlo mejor. El autobús se llenó del ruido húmedo de nuestros cuerpos y de mis gemidos, ya imposibles de esconder.
—Así te quería —dijo—. Sentarte enfrente y no poder dejar de pensar en metértela.
—Pues métela más —le solté—. Fóllame duro.
Eso bastó. Aceleró. Sus embestidas se volvieron secas, profundas, cada vez más directas, golpeándome justo donde me hacía ver luces. Yo tenía los pechos medio fuera del sostén, el vestido subido hasta la cintura y el pelo pegado a la cara. Me sentía descarada, usada de la mejor manera, y eso me encendió todavía más.
Me hizo ponerme de pie otra vez. Agarró mis manos y las colocó en los tubos del techo para sostenerme. Luego me levantó por los muslos lo suficiente para quedar a su altura y volvió a meterme la verga. Quedé prácticamente colgada de él y del tubo, con el cuerpo rebotando a cada embestida.
Esa posición me desarmó por completo. La penetración era más honda, el ángulo más brutal, y cada vez que me bajaba sobre él sentía su pubis pegarme en el clítoris. Empecé a gemir sucio, sin control, diciendo obscenidades que ni yo sabía que tenía ganas de decir.
—Sí, así, no pares... me estás reventando... —jadeé.
Él gruñó junto a mi oído y siguió dándome. Yo me vine otra vez ahí, apretándolo con todo el cuerpo, temblando contra él mientras seguía metiéndomela durante el orgasmo. Sentí cómo mi coño se cerraba en espasmos alrededor de su verga y eso lo volvió loco.
Me dejó caer en un asiento, de espaldas a él, y me inclinó hacia delante. Pensé que iba a follarme por detrás de una vez, pero primero volvió a abrirme las nalgas y a lamerme otra vez, metiendo la lengua entre mis labios hinchados, ensuciándose con mi propia humedad. Ese detalle obsceno me terminó de rendir.
—Ramiro, métela ya —le pedí, con la voz rota.
—Eso quería oír.
Entró desde atrás con una sola embestida dura que me hizo agarrarme del respaldo. Empezó a follarme así, sosteniéndome de la cintura, jalándome hacia él cada vez que empujaba. El ritmo era animal, sin delicadezas inútiles a esa altura. El asiento golpeaba mis rodillas, mis pechos se balanceaban y yo no hacía más que recibirlo, empujar la cadera hacia atrás y pedir más.
Sentí cómo su respiración cambiaba, cómo se tensaba cada vez que entraba hasta el fondo. Sacó la verga justo antes de correrse y me giró la cara tirándome apenas del mentón.
—Chúpamela.
Me arrodillé otra vez frente a él sin pensarlo. La tomé de inmediato en la boca, rápida, húmeda, trabajando con la lengua en la punta mientras una mano me sujetaba el cabello. No duró casi nada. Bastaron unos segundos de mamada intensa para que se corriera con un gemido grave.
Sentí la primera descarga caliente sobre la lengua y después más, espesas, llenándome la boca. No aparté la cara. Tragué y seguí chupando la punta, limpiándola con la lengua, pasando los labios por el glande hasta dejarlo sin una gota. Él me miraba con esa expresión medio perdida que dejan los orgasmos bien dados.
Nos quedamos unos minutos respirando fuerte, acomodándonos la ropa en silencio. El autobús olía a cerveza, sudor y sexo reciente. Me bajé el vestido, me puse bien el sostén y me coloqué la tanga sin ninguna dignidad especial. Ya no hacía falta.
Ramiro me besó una vez más antes de arrancar.
—No te voy a pedir nada que no quieras dar —me dijo—. Pero me encantaría volver a verte.
Lo miré mientras se incorporaba al asiento del conductor. Me gustó que no hablara de noviazgos ni de promesas. A esa altura de mi vida, lo último que necesitaba era otro hombre queriendo poseer más de lo que yo estaba dispuesta a ofrecer.
—Podemos vernos —le contesté—. Pero sin complicarnos.
Sonrió como si esa respuesta le pareciera perfecta.
Me dejó a unos metros de mi casa. Bajé con las piernas todavía flojas y el sabor de su corrida aún pegado en la garganta. Mientras caminaba hacia la puerta, pensé en lo absurdo del día en que lo conocí: un helado, un espejo, una mirada demasiado larga. A veces una cree que sale solo a comprar algo para la casa y termina encontrando otra clase de hambre.
Seguimos en contacto. Nos hemos visto más veces, algunas para tomar algo, otras para repetir lo que empezó en aquel autobús. Nunca le prometí ser su novia ni él me pidió exclusividad. Tal vez por eso funciona. Tal vez porque, después de tanta mentira y tanto desgaste, lo único que de verdad me apetecía era esto: un hombre adulto, directo, con ganas claras y las manos bien puestas sobre mi cuerpo.
Y yo, al fin, con ganas de disfrutar sin pedir perdón.
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