La confesión que nunca le hice a mi novio
Hay confesiones que una guarda para siempre, y luego hay confesiones que pesan tanto que necesitan salir aunque sea así, escritas, sin nombre, sin cara. Esta es de las segundas. Nunca se la conté a Andrés, y ya nunca podré, porque hace años que no sé nada de él. Pero la cargo conmigo como se carga una vieja cicatriz: ya no duele, pero está, y a veces la toco para acordarme de quién fui.
Andrés me dio una segunda oportunidad cuando no la merecía. Yo le había fallado una vez, y él, en lugar de cerrar la puerta, me la dejó abierta. Me prometí a mí misma que esta vez sería diferente. Que aprendería. Que la mujer fiel que él imaginaba cuando me miraba dormir podía existir de verdad.
Lo cumplí tres semanas. Tres semanas exactas.
Yo sabía que no iba a poder. Lo supe desde el día en que se lo prometí.
Por aquel entonces yo no soportaba la rutina. Andrés era bueno, atento, previsible. Me llevaba al trabajo por las mañanas y me recogía por las noches, y en ese trayecto de ida y vuelta él creía tener controlado el mundo entero. Pensaba que si me veía subir al coche y bajar del coche, no había espacio para que pasara nada. La fidelidad, para él, era una cuestión de logística.
El problema es que entre que él me dejaba y él me recogía había horas. Y en esas horas yo era otra.
***
Empecé a trabajar en un bar de copas en el centro, uno de esos locales con luz ámbar y música baja donde la gente va a fingir que su vida es más interesante de lo que es. Mi turno arrancaba a las ocho. Entraba yo sola a limpiar, a reponer la barra, a dejarlo todo listo antes de que abriéramos. Andrés me dejaba en la puerta a las ocho menos cinco, me daba un beso en la frente y se iba tranquilo a casa, a su sofá y a sus partidas hasta la madrugada.
A las nueve llegaba el portero. Se llamaba Bakari.
La primera vez que lo vi pensé que el local le quedaba pequeño. Era un hombre enorme, de hombros anchos y manos que parecían poder rodearte la cintura entera. Tenía una calma que no encajaba con su tamaño, una manera lenta de moverse, como si nunca tuviera prisa por nada. Hablaba poco. Cuando hablaba, lo hacía mirándote a los ojos, y eso a mí me ponía nerviosa de una forma que no quería admitir.
Durante esas tres semanas no pasó nada. Me decía que no iba a pasar. Me lo repetía mientras lo veía cruzar la sala, mientras lo veía levantar una caja de botellas como si fuera de plumas, mientras notaba que sus ojos se quedaban en mí un segundo más de lo necesario. Y mientras me lo repetía, me metía en el baño del bar y me tocaba el coño pensando en él, apretándome los pezones por encima de la camiseta, corriéndome rápido y en silencio con dos dedos metidos hasta el fondo, mordiéndome el labio para que no se me escapara el nombre.
—¿Necesitas algo de arriba? —me preguntaba a veces, señalando los estantes altos del almacén.
—No, ya llego yo —contestaba siempre.
Mentía. No llegaba. Pero prefería subirme a una escalera tambaleante antes que pedirle que me alcanzara nada, porque sabía que en el momento en que él se acercara, yo dejaría de fingir. Sabía que si él me ponía una mano en la cadera, yo le abría la bragueta ahí mismo.
***
Fue un martes. Un martes de poca gente, de esos en los que el bar respira despacio.
Esa noche Bakari llegó antes de tiempo. No a las nueve: a las ocho y veinte, cuando yo todavía estaba sola, subida a la dichosa escalera intentando bajar una caja de copas del estante más alto. La caja se inclinó, yo perdí el equilibrio, y antes de caer noté sus manos en mi cintura, firmes, sosteniéndome el peso entero sin esfuerzo.
—Te dije que me pidieras ayuda —murmuró.
No me bajó enseguida. Me dejó ahí, suspendida entre la escalera y él, con sus manos calientes a través de la tela fina de mi camiseta. Yo podía haberme soltado. Podía haber dicho cualquier cosa, una broma, un «gracias», y romper el momento.
No dije nada.
Me giré despacio entre sus brazos hasta quedar de frente, y la caja de copas terminó en el suelo, olvidada. Él me miró como si llevara tres semanas esperando exactamente ese silencio. Y yo lo besé. O él me besó. Esa parte nunca la tuve clara, y tampoco importa, porque lo que vino después lo decidimos los dos sin decir una palabra.
El almacén olía a cartón y a alcohol derramado. Había una mesa metálica donde apilábamos el inventario, y ahí terminé, con la espalda contra el frío del metal y el calor de su cuerpo encima del mío. Me besaba el cuello despacio, sin prisa, igual que se movía por la sala, como si tuviéramos toda la noche y ninguna razón para apurarnos. Me mordía el lóbulo, me lamía la clavícula, y yo sentía cómo se me endurecían los pezones contra la tela de la camiseta hasta hacerme daño.
Me arrancó la camiseta por la cabeza con una sola mano. Debajo no llevaba sujetador —nunca llevaba en el turno, se me marcaba bajo el uniforme— y él soltó un gruñido bajo cuando me vio las tetas al aire. Se agachó y me metió un pezón entero en la boca, chupándomelo hasta que se me escapó un gemido que rebotó contra las estanterías. Con la otra mano me apretaba la otra teta, me pellizcaba el pezón entre el pulgar y el índice, y yo sentía que el coño se me empapaba solo con eso.
—Estás mojada ya, ¿verdad? —me dijo contra la piel—. Se te nota en la cara.
—Compruébalo tú —le contesté, y ni yo me reconocí la voz.
Me costó respirar cuando sus manos empezaron a bajar. Tenía esa manera de tocar segura, de quien sabe que no le van a decir que no. Me levantó la falda con una calma que me volvía loca, me apartó las bragas a un lado con dos dedos y los hundió sin previo aviso. Estaba tan mojada que se le colaron hasta los nudillos de golpe. Se rio bajito, satisfecho, y empezó a moverlos dentro de mí, curvándolos, buscándome un punto que Andrés nunca había encontrado.
—Joder —murmuró—. Estás empapada de verdad. ¿Cuánto tiempo llevas así por mí?
—Tres semanas —le confesé, apretando los dientes—. Tres putas semanas.
Me sacó los dedos brillantes y me los metió en la boca. Los chupé sin dudar, mirándolo a los ojos, saboreándome yo misma en su piel, y él soltó una respiración ronca que le salió del pecho.
Se arrodilló en el suelo del almacén sin importarle el cartón ni el alcohol pegajoso. Me subió la falda hasta la cintura, me arrancó las bragas de un tirón —oí cómo se rasgaba la tela— y se me pegó la boca al coño con un hambre que no había sentido nunca. Me lamía entera, de abajo arriba, con la lengua ancha y plana, y luego me buscaba el clítoris y me lo chupaba como si fuera un caramelo. Yo tenía que agarrarme al borde de la mesa metálica para no caerme. Le clavé una mano en el pelo y le apreté la cara contra mí, y él gimió contra mi coño, y esa vibración me atravesó entera.
—Me voy a correr —le avisé, casi sin voz.
Aceleró. Me metió dos dedos otra vez mientras me chupaba el clítoris, y yo me corrí con la espalda arqueada sobre el metal, temblando, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar. Sentí cómo me chorreaba por los muslos y cómo él seguía lamiendo, limpiándome, sin dejarme un segundo para recuperarme.
Cuando se puso de pie tenía la barbilla brillante y la polla marcándose durísima bajo el pantalón. Me llevé la mano yo misma, le bajé la cremallera y se la saqué. Era enorme. Gruesa, pesada, oscura, con las venas marcadas, y me quedé un segundo mirándola como una tonta, calculando si me iba a caber. Le escupí encima y le pasé la mano de arriba abajo, y él soltó un gruñido bajo.
—Chúpamela —me dijo, y no fue una pregunta.
Me bajé de la mesa y me arrodillé yo esta vez. Le agarré la polla con las dos manos y me la metí en la boca todo lo que pude. Se me atragantó a la mitad, se me saltaron las lágrimas, y él me sujetó la nuca con las dos manos y empezó a follarme la boca despacio, hundiéndose un poco más en cada empujón. Yo babeaba, me caían hilos de saliva por la barbilla hasta las tetas, y no me importaba nada, porque cuando levanté los ojos y lo vi mirándome con esa cara de dueño, me di cuenta de que llevaba años queriendo que alguien me mirara así.
—Vas a ser una guarra para mí, ¿verdad? —me dijo, y yo asentí con la polla en la boca—. Todas las noches. Aquí. Sin decirle nada a nadie.
—Sí —le contesté cuando me la sacó un segundo para dejarme respirar—. Sí, todas las putas noches.
Me levantó del pelo, me giró contra la mesa y me dobló sobre el metal. Sentí la punta de la polla apoyándose en mi coño, resbalando, empapándose de mí, y yo empujé el culo hacia atrás sin ningún tipo de vergüenza. Me penetró de una embestida. De una sola. Toda entera, hasta el fondo, y yo grité contra el brazo doblado, ahogando el ruido en mi propia carne.
—Joder, joder, qué grande la tienes —jadeé.
—Aguanta —me dijo, y se quedó quieto un segundo dentro de mí, dejando que me acostumbrara, y luego empezó a follarme.
Me follaba con embestidas largas y profundas, agarrándome de las caderas con esas manos enormes, marcándome la piel con los dedos. Cada golpe me empujaba contra la mesa metálica, y las cajas de al lado temblaban, y yo temblaba, y no me reconocía en los ruidos que estaba haciendo. Le clavé las uñas en los hombros para que no se detuviera. Le pedí más. Le pedí más fuerte. Le pedí que me tratara como quisiera.
No se detuvo.
Me levantó una pierna encima de la mesa para abrirme más, y desde ese ángulo entró todavía más profundo. Yo miraba hacia abajo, entre mis piernas, y veía cómo su polla oscura entraba y salía brillante de mí, cómo me estiraba, cómo me dejaba el coño empapado y abierto. Me metió un pulgar en la boca para que lo chupara y luego bajó esa misma mano y me empezó a acariciar el clítoris al ritmo de las embestidas.
Me corrí otra vez. Más fuerte. Con un gemido largo que se me escapó entero, sin que pudiera controlarlo. Se me apretó el coño alrededor de su polla y él soltó un jadeo ronco.
—Voy a acabar —me avisó.
—Dentro no —le dije rápido—. En las tetas. Córrete en las tetas.
Me sacó, me giró, me sentó al borde de la mesa. Se pajeó rápido, con el puño cerrado sobre esa polla brillante de mí, y me disparó chorros de semen calientes por el pecho, por el cuello, por la barbilla. Yo abrí la boca y le pillé lo último con la lengua. Se me quedó pegajosa entre las tetas, resbalándome por el vientre, y él me miró desde arriba, respirando fuerte, y yo me pasé un dedo por el escote, lo llené de su corrida, y me lo lamí.
—Otra vez —le dije—. Antes de que llegue nadie.
***
Lo hicimos sobre esa mesa la primera vez, y contra la pared del fondo la segunda, antes de que abriéramos el bar. Esa segunda vez me follaba de pie, con las piernas rodeándole la cintura, mi espalda pegada a la pared de ladrillo pintado y sus manos aguantándome el culo entero. Me mordía las tetas mientras me empujaba hacia arriba a cada embestida, y yo le mordía el hombro para no gritar, y cuando me corrí me clavé tan fuerte a él que él se corrió también, dentro de mí esta vez, llenándome el coño en un momento en el que ni él ni yo pensamos en nada.
Cuando por fin llegaron los primeros clientes, yo tenía las piernas temblando, el coño lleno de su semen goteándome por dentro de las bragas nuevas, y una sonrisa que no me cabía en la cara. Bakari volvió a su puesto en la puerta como si nada, enorme e impasible, y solo de vez en cuando, entre copa y copa, cruzábamos una mirada que valía más que cualquier conversación.
Esa noche, cuando Andrés me recogió a las tres, me preguntó por qué venía tan contenta.
—Buen día de propinas —le dije.
Me creyó. Siempre me creía. Esa era la parte más fácil y la más triste.
Llegué a casa con el cuerpo todavía ardiendo, y mientras Andrés seguía despierto con su consola, me metí en la cama sin ducharme. Quería dormir así, con el semen de Bakari secándoseme entre los muslos, con el olor de él pegado a la piel, conservar unas horas más lo que había pasado en ese almacén. Me dormí dándole la espalda a mi novio, con una mano metida entre las piernas, tocándome despacio hasta correrme otra vez en silencio, sonriendo en la oscuridad como una desgraciada.
***
A partir de ese martes, Bakari empezó a llegar siempre antes. Una hora antes, a veces más. Inventaba excusas que ni hacían falta, porque los dos sabíamos a qué venía. Y se iba siempre después de cerrar, cuando ya no quedaba nadie y el bar era nuestro.
Aprendí cada centímetro de él en aquel almacén, y él aprendió de mí cosas que Andrés nunca supo, cosas que yo misma no sabía que necesitaba. Aprendí a mamársela de rodillas mientras él me sujetaba el pelo en una coleta con el puño. Aprendí a montarlo de espaldas encima de una silla del despacho, dándole caras al espejo, mirándome yo misma la cara de puta mientras me subía y bajaba en su polla. Aprendí a que me la metiera por el culo la primera vez, despacio, con lubricante robado del cajón de la barra, mordiéndome yo el brazo para aguantar el escozor hasta que se convirtió en placer y me hizo correrme como no me había corrido nunca. Aprendí a tragarme su corrida hasta la última gota y a pedirle más. Aprendí a que me follara mientras hablaba por teléfono con el jefe del bar, tapándome yo la boca con la mano para que no se me escapara nada.
Con Bakari no había culpa dentro del local. La culpa la dejaba en la puerta y la recogía después, cuando subía al coche de mi novio. Pero entre esas cuatro paredes yo era libre de una manera que nunca había sido con nadie.
Me sentía deseada. No querida: deseada, que es otra cosa. Andrés me quería, y su cariño me hacía sentir pequeña, vigilada, encerrada en la idea que él tenía de mí. Bakari me deseaba sin pedirme que fuera mejor persona, sin esperar que cumpliera ninguna promesa. Y precisamente por eso, con él, yo era la mujer más sincera del mundo.
Sé cómo suena. Sé que no tengo perdón. Pero esto es una confesión, no una disculpa.
***
Andrés terminó por sospechar, claro. No porque yo cometiera ningún error, sino porque la felicidad es difícil de disimular. Empezó a notar que volvía del trabajo distinta, demasiado relajada, demasiado entera para alguien que se había pasado seis horas detrás de una barra. Una noche me lo preguntó directamente, en el coche, sin mirarme.
—¿Hay alguien en el bar?
Tuve la oportunidad de confesarlo. La tuve ahí, servida, y la dejé pasar.
—Estoy cansada, Andrés —contesté, y apoyé la cabeza contra la ventanilla.
Esa misma noche, cuando llegamos a casa, me lo follé como no me lo había follado en meses. Le hice creer que era por él. Me subí encima, le clavé las uñas en el pecho, le monté rápido y sucio, gimiendo su nombre con los ojos cerrados y viendo la cara de Bakari por dentro de los párpados. Andrés se corrió enseguida, satisfecho, convencido de haber recuperado algo. Yo me bajé de él con el coño sin correrme, me metí en el baño y me terminé sola contra el lavabo, mordiéndome la muñeca, pensando en el portero.
No volvió a preguntar. Y yo no volví a darle motivos para creer ni para dudar. Seguí mintiendo con la misma facilidad con la que respiraba, y eso fue lo que más me asustó de todo: lo fácil que me resultaba.
***
Aquel fue el trabajo donde menos dinero gané en mi vida y el más feliz que tuve. Duró poco más de un año. Bakari no era un hombre para construir nada, y yo tampoco se lo pedí nunca. Lo nuestro vivía en ese almacén y moría cada madrugada cuando se encendían las luces del local. No nos llamábamos, no nos veíamos fuera, no sabíamos casi nada el uno del otro. Y aun así, durante doce meses, ese hombre me hizo sentir más viva que cualquier promesa que yo hubiera hecho o roto.
El bar cerró por problemas que no me incumben, y con el bar se acabó todo. No hubo despedida. La última noche cerramos como cualquier otra, me folló entre las cajas vacías con la misma calma de siempre, me llenó el coño una vez más y me dejó ahí, sentada al borde de la mesa metálica con su semen chorreándome por dentro de los muslos. Me besó la frente igual que hacía Andrés, y al día siguiente simplemente ya no había a dónde volver.
Andrés y yo duramos otro poco. Después nos separamos por las razones de siempre, las aburridas, las que nada tienen que ver con un almacén. Él nunca supo nada. Se fue creyendo que la mujer que le había prometido cambiar había cumplido al menos a medias.
Si algún día lee esto sin saber que soy yo, ojalá no se reconozca. Y si se reconoce, que sepa que aquella promesa la rompí desde el primer día, mucho antes de Bakari, en el instante mismo en que se la hice sabiendo que no podría sostenerla.
Esta es mi confesión. No pido que me entiendan. Solo necesitaba, por una vez, decir la verdad.





