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Relatos Ardientes

Su escote me persiguió hasta que pude tenerla

Hay confesiones que uno arrastra durante meses, sin contárselas a nadie, porque suenan demasiado tontas o demasiado animales si las dices en voz alta. La mía empezó un sábado por la tarde, en una salida de esas en las que un grupo de amigos invita a otro grupo y todos terminan compartiendo mesa sin haberse visto antes.

Renata llegó tarde, con dos amigas y una sonrisa que la hacía verse más joven de lo que era. Tenía el pelo castaño, casi negro a contraluz, recogido a un lado. La piel tirando a morena, cálida, sin maquillaje pesado. La clase de cara que te obliga a sostener la mirada un segundo más de lo cortés, porque hay algo en ella que parece pedirte permiso para deslumbrarte.

Y entonces se inclinó hacia la mesa y se le abrió un poco la chaqueta.

El escote no era escandaloso. Era un escote decente, de blusa de domingo, ligeramente abierto, lo suficiente para insinuar sin enseñar. Pero lo que vi me golpeó como una bofetada silenciosa. Los pechos eran grandes, redondos, generosos, y se acomodaban en la tela como si la prenda hubiera sido diseñada para contenerlos a duras penas. Tragué saliva y aparté la vista, porque en la mesa éramos nueve y yo era el único que se había quedado pasmado.

Compórtate, idiota.

Inventé cualquier pretexto para sentarme cerca de ella. Le pregunté por su trabajo, por la película que había visto la semana anterior, por la cerveza que estaba pidiendo. Ella respondió con esa naturalidad de quien no sospecha de su propio efecto. No coqueteaba, no se ponía interesante, no actuaba: hablaba. Y cada vez que se reía, los pechos subían apenas un milímetro contra la tela, y yo me obligaba a mirarle los ojos para no perderme el resto de la conversación.

Hablamos de música, de su barrio, de las amigas con las que había venido. Descubrí que era sencilla, sin pretensiones, que se reía de chistes flojos y que tenía una manera tímida de comerse las uñas cuando escuchaba con atención. Eso último me desarmó más que el escote. Una mujer así de bonita no debería tener vergüenza de nada, y sin embargo Renata parecía no haberse enterado todavía de su belleza.

La tarde se estiró en noche. Pidieron postres, alguien sacó una guitarra, alguien más propuso ir a otro bar. Y en algún momento, sin avisar, ella se levantó con sus amigas, me dio un beso en la mejilla y dijo que se iba.

—Espero que coincidamos pronto —dije, esforzándome por sonar casual.

—Yo también —respondió. Y se fue.

Me quedé en la mesa un rato más, fingiendo que escuchaba a mis amigos. La verdad es que no escuchaba nada. Tenía una sensación rara en el pecho, mezcla de alegría boba y frustración. Acababa de conocer a una mujer y ya la extrañaba. Eso, y la imagen del escote, que se me había quedado pegada a la retina como una marca de hierro.

***

Volví a casa caminando, con el aire fresco metiéndoseme por el cuello. Pensé en ella todo el trayecto. Pensé en su risa, en cómo se mordía las uñas, en la curva del cuello cuando ladeaba la cabeza. Pero sobre todo pensé en el escote. En lo que había debajo del escote. En lo que adivinaba sin haber visto.

Llegué al departamento, me serví un vaso de agua y me senté en la cama. Sabía exactamente lo que iba a hacer. No me dieron ganas de fingir lo contrario.

Cerré los ojos y la imaginé. Primero vestida, como la había visto esa noche, sentada frente a mí en la mesa. Después la imaginé soltándose el pelo y desabotonándose la blusa, lentamente, sin dejar de mirarme. Imaginé los pechos saliendo del sostén con esa pesadez generosa de los pechos grandes de verdad, no operados, no maquillados, simplemente pesados y suaves y mucho más grandes de lo que la blusa dejaba imaginar.

Me la imaginé encima de mí, apoyando una rodilla a cada lado de mi cintura, ofreciéndomelos. Me imaginé acariciándolos con las dos manos, sintiendo el peso, hundiendo los dedos despacio para ver cuánto se hundían. Me imaginé pasándole la lengua por los pezones y oyendo cómo se le escapaba el primer gemido contenido. Me imaginé chupándolos con hambre, mordisqueando con suavidad las puntas, soltándolos para verlos rebotar y volviendo a buscarlos con la boca.

Terminé masturbándome con una intensidad que me dio vergüenza al día siguiente. No por la fantasía, sino por la entrega. Como si fuera un adolescente, no un adulto que ya había estado con varias mujeres. Pero algo en Renata me había desordenado el cableado, y esa noche supe que iba a perseguirla hasta tenerla.

***

Las semanas siguientes fueron una pequeña guerra de paciencia. Le escribí un par de días después con una excusa decente. Le propuse un café. Aceptó. Hablamos durante dos horas y la acompañé hasta la parada del bus. No la besé. Me pareció demasiado rápido y, sobre todo, no quería arruinarlo.

Hubo un segundo encuentro, después un tercero. Una cena, una caminata por el parque, una película un domingo por la tarde. La iba conociendo a ella, no solo al escote, y eso lo hacía todo más peligroso. Porque ya no la deseaba únicamente por sus pechos. La deseaba por la manera en que doblaba las servilletas en cuatro antes de usarlas, por cómo se reía con la mano sobre la boca, por su costumbre de pedirme que le tradujera las canciones en inglés aunque ella entendía perfectamente.

Para cuando llegó la noche en que ocurrió, yo llevaba más de un mes acumulando ansiedad. Una mezcla rara de calma y vértigo, una alegría inquieta. Suena contradictorio, lo sé, pero no se me ocurre otra manera de describirlo.

***

Subimos a su departamento después de una cena en un restaurante italiano cerca del río. Ella vivía en un quinto piso, con balcón pequeño y una luz cálida que volvía todo más amable. Me ofreció una copa de vino tinto. Aceptó la mía cuando me arrimé al sillón y le aparté el pelo de la nuca. La besé despacio. Ella me devolvió el beso sin prisa, como si hubiera estado esperando lo mismo que yo.

Lo que vino después fue notablemente distinto a lo que había imaginado en aquella primera noche. Imaginé furia, urgencia, prisa. Lo que ocurrió fue lo opuesto.

Me arrodillé delante del sillón, le pasé las manos por las rodillas, las subí por los muslos, llegué a la cintura, le desabroché la blusa botón por botón. No iba con prisa. Quería ver. Quería que ella viera que yo veía.

Cuando le abrí la blusa, me quedé quieto un momento. El sostén era negro, sin encaje, sin adornos. Lo único que importaba era lo que sostenía. Eran exactamente como los había imaginado, pero más. Más blandos, más cálidos, más reales. La piel olía a un perfume tenue y a jabón.

—Mírate —dije, y ella se rió bajito, mitad halagada, mitad incómoda.

Le bajé los tirantes del sostén con cuidado. Le desabroché el broche por la espalda. Cuando el sostén cayó al suelo, los pechos quedaron expuestos con esa caída leve y honesta de los pechos grandes de verdad. Los pezones se le habían endurecido. Las areolas eran amplias y oscuras.

—Tenía miedo de que no te gustaran —murmuró, casi en broma.

—Renata, llevo dos meses pensando en ellos.

***

Empecé despacio, casi devoto. Le pasé los labios por encima sin chupar, soplándolos apenas, rozándolos con la barba. Le besé el esternón, el lado interno de cada uno, la curva inferior donde la piel es más suave. Subí lentamente, dibujando un círculo en espiral, hasta llegar al pezón con la punta de la lengua.

Ella se arqueó. Se le escapó un suspiro que no parecía planeado.

Cerré los labios alrededor del pezón izquierdo y empecé a chuparlo con calma, sin urgencia, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Después pasé al derecho. Después volví al izquierdo. Cada vez que cambiaba, ella respiraba diferente, y cada respiración me iba indicando el ritmo que le gustaba.

En algún momento perdí la noción del tiempo. Me detenía para mirarlos a fondo, para admirar las areolas mientras los apretaba con las dos manos, juntándolos, separándolos, sintiendo el peso. Volvía a la boca, los mordisqueaba con suavidad, los soltaba para verlos rebotar y los buscaba otra vez. Restregaba la cara entera contra ellos, perdido, como un animal que ha encontrado su lugar.

Ella se reía a veces, sorprendida.

—Estás obsesionado —dijo en voz baja.

—Llevo meses así.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Te lo estoy diciendo ahora.

Le pasé la lengua entre los dos, lento, subiendo hasta el cuello. Ella me agarró del pelo y me empujó la cabeza de vuelta hacia abajo. Esa fue la primera vez que la oí respirar de verdad fuerte, y entendí que ella también quería que yo siguiera ahí.

***

La acosté en el sillón y me senté a horcajadas sobre sus muslos. Ella tenía la blusa abierta, el sostén en el suelo y los pechos al aire, y yo no podía mirar otra cosa. Le agarré uno con cada mano, los apreté con fuerza, los junté para hundirme entre ellos. Le pasé los pulgares por los pezones en círculos y ella cerró los ojos.

—Más fuerte —pidió.

Apreté más. Le pellizqué los pezones con cuidado, pendiente de su cara para no pasarme. Su cara dijo que no me estaba pasando.

Cuando finalmente se subió encima de mí, fue como cumplir una promesa que me había hecho a mí mismo dos meses atrás. Cabalgó con fuerza, con los pechos balanceándose delante de mi cara, y yo me los llevaba a la boca uno y otro como si la mitad del placer estuviera ahí y la otra mitad en lo demás. Ella se arqueó, gimió, me mojó el abdomen con un sudor caliente, y en algún momento exclamó algo que sonó a mi nombre.

No quiero contar más. Esto era una confesión, no un manual.

***

Lo único que añado es esto: aquella obsesión que yo creía vergonzosa, la de quedarme pegado al escote de una desconocida una tarde de sábado, terminó siendo, sin querer, la mejor invitación a conocerla. La fantasía me llevó hasta la puerta. Ella, después, me hizo querer quedarme.

Y todavía hoy, cada vez que la veo abrirse un botón de la blusa, vuelvo a tener veintipico de años y a respirar mal por dos segundos.

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Comentarios (4)

NatiConf

por fin uno que sabe narrar sin apurarse jeje, excelente relato!

JorgeCba

tremendo!!! quiero continuacion ya

Valentina_RC

me gusto mucho como fue creciendo la tension entre los dos, se siente autentico de principio a fin

Seba_Noc

jajaja me identifique bastante con el protagonista, tremendo momento ese del principio

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