Confieso lo que sueño con un taxista cuarentón
Llevo cuatro años durmiendo sola y, durante todo ese tiempo, hay una escena que se me repite en la cabeza cada vez que me meto la mano debajo de las sábanas. No es un recuerdo. Nunca me pasó. Es algo que invento con los ojos cerrados, una y otra vez, cambiándole detalles, alargándola, terminándola antes de tiempo y volviendo a empezarla desde el principio.
Me llamo Camila, tengo treinta y tres años y me separé justo después de cumplir veintinueve. No fue dramático. Un domingo cualquiera nos miramos, los dos en pijama frente al café, y entendimos que ya no quedaba nada. Él se llevó la cafetera y yo me quedé con el departamento. Desde entonces he tenido encuentros. Algunos buenos, casi todos olvidables. Pero ninguno se acercó a lo que imagino cuando estoy sola.
Mido un metro cincuenta y seis. Soy de caderas anchas, de tetas chicas pero firmes, de pezones que se me ponen duros con cualquier roce. Y soy una mujer que sabe lo que le gusta. Por eso me da rabia no encontrarlo.
Lo que me gusta —lo que me obsesiona, en realidad— es la idea de un hombre cuarentón. Un tipo casado, aburrido de su esposa, con manos grandes y voz grave, que me trate como si yo fuera el premio que se rifó esa noche. Que no me pida permiso. Que se lo tome.
Y todo, todo, dentro de un taxi.
***
La fantasía siempre arranca igual. Salgo de una fiesta a las tres de la mañana, demasiado bebida, con un vestido negro corto que se me sube cada vez que cruzo las piernas. Levanto la mano en una calle vacía. El que se detiene no es uno de esos taxis de aplicación con olor a pino. Es un taxi viejo, de los de antes, con asientos de cuero gastado y una virgencita pegada al tablero.
El conductor tiene unos cuarenta y cinco años. Pelo entrecano, barba de varios días, una camisa con dos botones abiertos que deja ver el pecho. Me mira por el espejo retrovisor antes de arrancar y yo sé, sé en ese instante, que algo va a pasar.
—¿A dónde la llevo? —pregunta, con una voz que parece raspar.
Le doy la dirección. Mientras hablamos, sus ojos se cuelan por el escote, bajan a mis piernas, vuelven a mi cara sin disimular. Yo no me acomodo el vestido. Lo dejo donde está, un poco más arriba de lo decente.
Avanzamos diez minutos en silencio. La ciudad está vacía. Cada semáforo en rojo se siente eterno. Cada vez que él cambia la velocidad, su mano queda cerca de mi rodilla. Yo finjo mirar el celular, pero en realidad lo estoy oliendo. A tabaco frío, a colonia barata, a hombre que trabaja.
Cuando faltan pocas cuadras para mi casa, abro la cartera y descubro lo que ya sabía: no llevo efectivo y el datáfono del taxi está «descompuesto». Siempre, en mi fantasía, el datáfono está descompuesto.
—Disculpe —le digo, y la voz me sale más baja de lo que esperaba—. Creo que tengo un problema.
Él me mira por el espejo. No dice nada. Espera.
—No traigo cómo pagarle.
Un silencio largo. Detiene el taxi a media cuadra de un parque oscuro, ni siquiera frente a mi edificio. Apaga el motor.
—¿Y cómo me piensa pagar, señorita?
Yo respiro hondo. Esto es lo que llevo cuatro años ensayando.
—Lo que usted quiera.
***
Él sonríe sin sonreír. Es una mueca de costado, como si ya hubiera escuchado eso antes y supiera exactamente qué hacer con una mujer que le contesta así.
—Pásese para atrás conmigo —dice.
Yo obedezco. Salgo del asiento del copiloto, abro la puerta trasera y me siento en el medio. Él se baja, da la vuelta y se acomoda a mi lado. Cierra las cuatro puertas con el botón del control. El clic se escucha en todo el coche, seco y definitivo.
Su mano se posa primero en mi rodilla. No la mueve. Solo la deja ahí, pesada, sintiendo. Luego sube despacio, milímetro a milímetro, mientras me mira a la cara como diciéndome «¿hasta dónde me dejas llegar?». Yo no respondo. Abro las piernas un poco más.
—Mire nomás lo que tenemos —murmura cuando sus dedos comprueban que no llevo ropa interior.
No la dejé en casa por descuido. La dejé porque sabía que esto iba a pasar. Porque siempre, en la fantasía, pasa.
Sus dedos me recorren entera, sin entrar todavía. Solo presionando, reconociendo, separando. Yo cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás contra el asiento. Él se ríe bajito, casi para sí mismo.
—Está usted toda mojada, señorita. Y yo recién la conozco.
—Cállese y siga.
Eso le encanta. Lo veo en cómo se le tensa la mandíbula. Le encanta que una mujer chica, de voz baja y aspecto correcto, le dé una orden dentro de su propio taxi.
—No —responde—. Aquí mando yo. Vamos a otra parte.
***
Arranca sin decirme adónde. Yo me quedo atrás, con las piernas todavía abiertas y mi propio jugo en los dedos de él, que ahora maneja con la otra mano. Cada vez que dobla en una esquina, se mete los dedos en la boca y los chupa despacio, mirándome por el espejo. Me está saboreando antes de comerme, pienso, y tengo que apretar los muslos para no gemir.
Después de quince minutos entramos en una calle sin alumbrado. Una urbanización a medio construir, con casas sin techo y ningún testigo. Apaga las luces del taxi. Apaga el motor. Apaga la radio. Solo se escucha el cric-crac del metal enfriándose y mi respiración, que no termina de calmarse.
—Bájese al piso —me ordena.
—¿Cómo?
—De rodillas. En el piso del taxi. Aquí, entre los asientos.
El espacio entre el asiento delantero y el trasero es estrecho. Me deslizo hasta quedar arrodillada frente a él, con las rodillas dobladas contra la base de su asiento. Él se desabrocha el cinturón, el botón del pantalón, baja el cierre.
Cuando saca la verga, entiendo por qué llevo años imaginándome exactamente esto. Es gruesa, pesada, con una vena que le sube por el costado. No es la verga de un hombre joven. Es la verga de un cuarentón que sabe exactamente cómo usarla y a cuántas mujeres se las ha metido.
—Abre la boca.
Lo hago. Él me agarra de la nuca con una mano y me la mete hasta el fondo de un solo movimiento. Me ahogo. Se me llenan los ojos de lágrimas. Él no afloja. Me sujeta ahí cinco, seis, siete segundos, hasta que se me escapa un ruido que ni yo sé si es queja o gusto. Recién entonces me suelta.
—Buena chica.
Sigo. Lo chupo despacio, mojándole los huevos con la saliva que se me cae, mirándolo desde abajo. Él me agarra del pelo y marca el ritmo. A veces me frena. A veces me empuja. Cada vez que se le tensa el cuerpo, baja la velocidad, me obliga a sacarla, a respirar, a empezar de nuevo. Quiere durar. Quiere usarme un buen rato.
***
Cuando ya no aguanta, me tira al asiento trasero. Caigo de espaldas y él se acomoda sobre mí. Pero antes de meterse, vuelve un instante adelante, abre la guantera y saca dos cables de los que se usan para pasarle corriente a una batería: dos cables gruesos, con pinzas rojas y negras en los extremos.
—Las manos.
Yo le doy las muñecas. Él me las amarra al apoyacabezas del asiento del copiloto, una a cada lado, con un nudo apretado pero no doloroso. Me deja las pinzas sueltas, balanceándose contra mi pecho. El metal frío me eriza la piel.
Estoy boca arriba, con las piernas abiertas, con las muñecas atadas arriba de mi cabeza, con los pezones duros como piedras y con un hombre cuarentón al que no le conozco ni el nombre acomodándose entre mis piernas. Y nunca, en mi vida, me sentí más despierta.
Se mete despacio. Sabe lo que tiene. Sabe que necesito acostumbrarme. Me abre con la punta, retrocede, vuelve a entrar un poco más, retrocede. Yo gimo bajito, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Él me agarra de la mandíbula y me obliga a abrir los ojos.
—Mírame.
Lo miro.
—Dime qué eres.
—Suya.
—Más fuerte.
—Soy suya.
—¿Qué eres para mí?
—Soy su puta.
Entonces sí me la mete entera, hasta el fondo, y empieza a embestirme con una furia que hace temblar el taxi. Cada empujón me arranca un sonido distinto. Cada vez que choca contra mí, las pinzas de los cables me golpean los pechos y eso me vuelve loca. El cuero del asiento se me pega a la espalda. El sudor me corre por el cuello.
Él me toma del cuello sin apretar, solo apoyado, marcando dónde podría apretar si quisiera. Me escupe en la boca. Me lame la cara. Me muerde la oreja, me la chupa, baja por el costado del cuello con la lengua y me deja una marca con los dientes a la altura del hombro. Yo grito, ya sin disimular, y él se ríe.
—Eso. Eso quería oír.
***
Cuando se viene, no lo hace adentro. Sale, se sube encima de mi pecho, me acaricia la cara con la punta y, cuando empieza a explotar, vuelve a agarrarme del pelo y me obliga a abrir la boca. Cae todo. La leche caliente, espesa, salada. Trago lo que puedo. El resto me chorrea por el mentón, por las tetas, por las pinzas de los cables.
Él se queda quieto un momento, con la respiración entrecortada, mirándome desde arriba. Después, con dos dedos, recoge lo que me baja por la mejilla y me lo vuelve a poner en la boca. Yo lo chupo sin dejar de mirarlo.
—Eres un sueño —dice.
—¿Me va a soltar?
—Todavía no.
***
Y ahí, normalmente, la fantasía se corta. Porque ahí es cuando me vengo yo. Sola, en mi cama, con la mano entre las piernas y los ojos cerrados, mordiendo la almohada para no gritar y despertar a la vecina del 4B.
A veces el final es otro. A veces él me suelta, me lleva hasta la puerta de mi casa y, antes de bajarme, me dice al oído: «mañana, a la misma hora, en la misma esquina». Y yo voy. Y la cosa se repite, con otros detalles, en otros lugares.
A veces hay dos taxistas. A veces el taxi se queda atascado en un control policial y él me obliga a quedarme quieta y callada con su mano debajo del vestido mientras le pasa el documento al oficial. A veces me filma con el celular y me promete que va a guardar el video para verlo cuando esté con su mujer.
Lo que nunca cambia es la sensación de estar entregada. De que un hombre que podría ser mi tío me trate como su cosa y yo se lo agradezca. De pedir y recibir. De no tener que decidir nada por una vez en la vida.
Sé que está mal escribir todo esto. Sé que una mujer de mi edad debería estar buscando algo serio, un proyecto, una pareja para envejecer juntos. Y a veces lo intento. Bajo aplicaciones. Salgo a cenar. Sonrío en los bares. Pero todos los hombres que conozco son demasiado jóvenes, o demasiado torpes, o demasiado correctos. Ninguno me agarra del pelo. Ninguno me amarra con un cable. Ninguno me dice qué soy.
Por eso escribo esto. Porque tal vez alguien me lea y entienda. Tal vez alguno de ustedes maneje un taxi viejo, tenga una barba de varios días y esté aburrido de su mujer. Tal vez una noche, a las tres de la mañana, yo levante la mano en la esquina equivocada.
Y entonces, por fin, la fantasía deje de ser fantasía.