Mi confesión: aquel viaje a la costa con mi jefe
Cariño, antes de que digas nada, déjame terminar. Sé que te prometí no volver a tocar este tema, pero la otra noche, cuando me preguntaste por qué a veces me quedaba callada mirando el techo, no pude seguir mintiendo. Sírvete algo, siéntate y escúchame hasta el final. Te lo debo.
Tenía diecinueve años cuando entré a trabajar en aquella oficina del centro. Era mi primer empleo serio, no el de medio tiempo en la cafetería, sino uno con escritorio, computadora y tarjeta de presentación. Me sentía adulta por primera vez en mi vida. Mi mamá lloró el día que me entregaron la credencial.
Mi jefe se llamaba Andrés. Tenía treinta y ocho años, una panza incipiente que asomaba bajo la camisa y siempre, siempre, llevaba el primer botón abierto. Hablaba bajito, te miraba a los ojos cuando le contabas algo y nunca se le notaba apurado. Yo pensé, durante meses, que era el hombre más tranquilo que había conocido en mi vida.
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El viaje se anunció un martes por la mañana, sin preámbulos. Había que cerrar un contrato con una distribuidora en Cartagena y la persona que solía acompañarlo estaba con licencia médica. «Necesito a alguien que sepa tomar acta y que no se asuste con clientes difíciles», me dijo. «¿Te animas?». Acepté con la boca seca, pensando en el viático, en que era mi gran oportunidad, en lo que te iba a contar cuando volviera.
A ti te mentí. Te dije que también iba la contadora. No sé por qué lo hice; supongo que en algún rincón ya intuía que sola con él iba a ser distinto. Pero me convencí de que era profesional, de que él era profesional, y de que mi intuición eran nervios de novata.
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Llegamos al hotel pasadas las ocho de la noche. Estaba cansada, despeinada y con esa sensación rara del aire húmedo del Caribe pegándose a la piel. Andrés se acercó al mostrador y, después de hablar dos minutos con la recepcionista, volvió con la expresión calmada de siempre.
—Daniela, hubo una confusión con la reserva —me dijo, encogiéndose de hombros—. Solo quedan habitaciones dobles, con dos camas separadas. ¿Te incomoda? Si quieres, intento mover cielo y tierra, pero el evento empieza temprano y…
Le dije que no había problema. Mi cara debió ponerse del color de las flores del lobby, porque él se rió bajito y me palmeó el hombro como un tío bonachón. Es solo una noche, Daniela. No seas estúpida. Eso me repetí mientras subía en el ascensor con la maleta temblando en la mano.
La habitación era amplia, con vista al mar y dos camas tamaño matrimonial separadas por una mesita de noche. Cortinas pesadas, aire acondicionado a tope, ese olor a desinfectante que tienen todos los hoteles del mundo. Pensé que con la luz prendida todo iba a estar bien.
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Esa tarde no, esa noche tampoco. Pero la mañana siguiente fuimos a la playa antes de la reunión, porque él insistió en que me iba a relajar y a llegar fresca a presentar las cifras. Me puse el bikini negro que había comprado para estrenar contigo, ¿te acuerdas? El que nunca llegué a usar en la piscina del club porque te dije que me daba vergüenza. Sí, ese.
Andrés se portó como un caballero. Me contó de su divorcio, de su hija que vivía en otro país, de cómo había empezado a trabajar a los catorce. Me hizo reír. Me hizo sentir que mi opinión sobre el negocio le importaba. Mientras hablábamos, yo lo miraba de reojo y pensaba en lo distinto que era de los chicos de mi edad, en lo seguro que parecía, en cómo bebía el agua del coco sin que se le derramara una gota.
La reunión salió bien. Cerramos el contrato. Él me presentó como «mi asistente, indispensable», y los clientes me felicitaron por una observación que hice sobre los plazos de entrega. Volví al hotel sintiéndome importante por primera vez en mi vida. Quería llamarte y contarte todo, pero el teléfono no tenía señal.
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Cenamos en el restaurante del hotel. Él pidió vino. Yo nunca tomaba vino, tú lo sabes, pero esa noche dije que sí porque me daba vergüenza decir que no. Una copa. Después otra. La tercera ya no la conté.
Cuando subimos eran cerca de las once. Me metí al baño, me lavé los dientes con la mano temblando un poco, y me puse el camisón. No el camisón viejo de algodón, sino el de seda color crema que mi tía me había regalado para el cumpleaños, ese que es corto y se transparenta con la luz de frente. ¿Por qué me lo llevé al viaje? No tengo respuesta. Te juro que no la tengo. Quizás porque me sentía bonita esa noche, quizás porque quería, sin admitirlo, sentirme deseada por alguien que no fueras tú. Esa parte es la que más me cuesta decirte.
Apagué la luz y me acosté de costado, mirando hacia la pared. Lo escuchaba moverse del otro lado: sacándose los zapatos, dejando las llaves sobre la mesa. Pensé que se iba a dormir. Cerré los ojos.
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El primer sonido fue una respiración más larga, más pesada. Lo confundí con un suspiro de cansancio. Después vino otro, y otro, y un crujido leve del colchón. Abrí los ojos en la oscuridad y los giré apenas para mirar por encima del hombro.
Andrés estaba sentado en el borde de su cama, de cara hacia mí. La luz que entraba por la rendija de la cortina le iluminaba medio cuerpo. Tenía la camisa desabrochada, los pantalones a la altura de las rodillas, y la mano se le movía con un ritmo lento y firme entre las piernas. Los ojos cerrados, la cabeza apenas inclinada hacia atrás, la boca entreabierta.
No me estaba mirando. O eso quise creer al principio.
Tendría que haber hecho mil cosas. Tendría que haberme parado, gritado, encerrado en el baño, llamado a la recepción. No hice ninguna. Me quedé quieta, con la respiración cortada, sintiendo cómo el corazón se me subía a la garganta y cómo, abajo, algo que nunca había sentido con esa fuerza empezaba a despertarse.
Nunca había visto a un hombre así, amor. A ti te he visto, claro, pero entre nosotros las cosas siempre fueron rápidas, apuradas, casi clandestinas. Esto era distinto. Él estaba completamente entregado a su propio cuerpo, sin vergüenza, sin pedir permiso, sin ofrecer explicaciones. Era ancho, peludo, nada glamoroso, y a la vez no podía dejar de mirarlo.
Lo miré por la rendija de las pestañas, fingiendo dormir. Pero la respiración me delató. La mía, no la suya. Empecé a respirar más rápido, más profundo, y supe en ese momento que él sabía que yo lo estaba mirando.
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Se levantó sin terminar. Caminó descalzo los cuatro pasos que separaban las camas. Yo cerré los ojos del todo, como una niña escondiéndose debajo de las sábanas. Sentí el peso del colchón hundirse a mi lado.
—Daniela —susurró, muy cerca de mi oreja—. ¿Estás despierta?
Podría haber dicho que no. Podría haber roncado falso, haberlo empujado, haberme reído nerviosa, haber pedido dormir. Cualquier cosa. En vez de eso, abrí los ojos y lo miré.
—Sí.
Una sola palabra. La palabra que me persigue desde hace años.
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No fue brusco, cariño. Eso es lo peor de todo. Fue paciente. Empezó por el cuello, con la boca apenas rozándome la piel. Después la oreja. Después la curva del hombro donde el camisón ya se había deslizado solo. Mientras me besaba, una mano me dibujaba el borde del muslo por encima de la seda, sin meterse, sin apurar nada, como si tuviera todo el tiempo del mundo y supiera exactamente cuánto tardaba mi cuerpo en pedir lo que él ya sabía que iba a pedir.
Cuando me bajó el tirante del camisón, no le dije que no. Cuando me deslizó la seda hasta la cintura, tampoco. Cuando puso la mano entre mis piernas, tampoco. Y cuando preguntó, con la voz ronca contra mi pelo, si quería, le dije que sí. Le dije que sí, amor. No me forzó, no me drogó, no me amenazó. Yo accedí. Esa es la confesión que te debía y la que más me duele hacerte.
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Me hizo cosas que yo no sabía que se podían hacer. Y me las hizo despacio, mirándome a la cara, esperando ver el momento exacto en que yo dejaba de pensar. Esperando ver cómo me rompía y me rendía. Esa noche descubrí lo que era perder el control del propio cuerpo, lo que era no querer que algo se acabara, lo que era pedir más con la mirada cuando la voz ya no me salía.
Después dormí. Dormí profundo, como hacía años no dormía. Cuando desperté, él ya estaba duchado, vestido, tomando café junto a la ventana. Me miró y sonrió como si nada hubiera pasado. Bajamos a desayunar, tomamos el vuelo de regreso y, en el aeropuerto, me agradeció el trabajo con un apretón de manos como cualquier jefe a cualquier empleada. No volvió a tocarme nunca. No volvió a mencionarlo. Dos meses después renuncié, sin dar explicaciones, y nunca más supe nada de él.
***
Volví a ti. Volví a nuestra cama, a nuestros planes, a nuestras tardes de sábado. Y me callé. Me callé durante todos estos años, cariño, porque pensaba que si te lo decía te iba a perder. Y porque, en el fondo, no me arrepentía del todo, y eso era lo más difícil de cargar sola.
Te dije al principio que me dejaras terminar. Ya terminé. Ahora haz lo que tengas que hacer. Pero no me pidas, por favor, que te diga que fue un error que no entendí. Lo entendí perfectamente. Y por eso, esta noche, te lo cuento.