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Relatos Ardientes

El amigo de mi esposa llegó la noche que ella me dejó

Un relámpago iluminó las nubes lejanas, más allá del cerro, sin que el trueno alcanzara la casa. La llovizna amainó y dejó la madrugada quieta, fría, mojada. Esteban Mariano apoyó las palmas en el barandal de la terraza y sintió cómo el aire le mordía la espalda a través de la camisa.

—Diga lo que diga, fue inesperado —murmuró, sin volverse hacia el invitado.

Rodrigo aspiró su cigarrillo con calma y la brasa brilló como un punto rojo en la penumbra. Era amigo de Camila, el único que se había aparecido sin avisar la noche en que ella hizo las maletas. Llevaba dos horas escuchando, sin apurarlo, sin interrumpirlo más que para servirse vodka.

—¿Inesperado? —repitió, con esa voz grave que se le instalaba en el pecho a quien la oía—. Después de lo que me ha contado, hombre, ¿qué le queda por sorprender? Camila, Valeria, la del gimnasio, todas en su cama. Cualquiera diría que a usted ya nada lo impacta.

Esteban exhaló una bocanada del humo dulce de la pipa. El humo flotó entre ellos como una niebla espesa que tardó en disolverse. La mirada del invitado no pedía permiso para entrar; entraba sola y buscaba.

—No fue la orgía lo inesperado —dijo Esteban, y se aclaró la garganta—. La orgía la cocinó ella, hasta el último detalle. Lo inesperado fue darme cuenta de que aquello no le iba a alcanzar.

—Cuénteme desde el principio —pidió Rodrigo, y apoyó el vaso sobre la mesa de hierro con un tintineo discreto.

—Llegaron las tres juntas, riéndose, ya con media botella de aguardiente de Mompox encima. La habitación se llenó en menos de un minuto con telas que cayeron sin ruido sobre la alfombra. Camila le colgó a Valeria el corpiño negro en mi lámpara de noche, del lado donde duermo yo. Antonella, la del gimnasio, hizo lo mismo con un culotte rojo cereza, empapado en la entrepierna, y lo dejó goteando sobre el buró. Como si marcaran territorio.

—Una declaración de intenciones —apuntó Rodrigo, con la sonrisa ladeada.

—Las tres parecían distintas en penumbra. Mi mujer, los muslos gruesos y la cintura corta, todo morenez, con los pezones oscuros ya duros de puro roce. Valeria, blanca como la crema, los senos en forma de gota, el vello del pubis recortado en una franja finita. Antonella, larga y angosta, con un piercing que le brillaba en el ombligo y otro, más pequeño, atravesándole el capuchón del clítoris. Yo me quedé sentado en el borde de la cama sin saber qué hacer con las manos, y con la verga ya tensándome el pantalón hasta doler.

—¿Y quién dirigió la coreografía? —preguntó Rodrigo, inclinándose un poco.

—Camila. Como siempre. Se sentó a mi lado, me metió la mano por la bragueta y me sacó la polla al aire con la misma naturalidad con que uno destapa una botella. Me dijo, casi al oído, que aquello no era del todo para mí. Había perdido una apuesta tonta con las amigas: Antonella, según ella, jamás había tenido un orgasmo vaginal con ninguno de sus noviecitos, y mi mujer había jurado que yo podía resolver eso. La apuesta era yo.

—«Hacelo por mí, monito» —me dijo, mientras me la pajeaba despacio con el puño cerrado, mirándome a los ojos—. «Dejale bien lleno ese coño, cogétela hasta que grite, y guardame también un cachito de leche para más tarde». Lo soltó riéndose, como quien encarga un favor entre amigas.

Rodrigo dejó el vaso sobre la mesa y, por un segundo, abandonó su pose de observador. Soltó un silbido bajo, casi de admiración.

—Carajo. Qué estratega.

—Esa es la palabra. Y yo, el peón. Pero no me importó. Lo hice. Antonella se arrodilló primero entre mis piernas, sin decir una palabra, y se metió mi verga en la boca hasta la mitad. Tenía una lengua entrenada, esa que solo tienen las mujeres que mamaron mucho y bien. Me la chupaba con los cachetes hundidos, sacando saliva a propósito, dejando que le chorreara por el mentón hasta las tetas chicas. Camila la agarró del pelo y le hundió la cabeza más abajo, hasta que Antonella tuvo arcadas y se retiró tosiendo, con hilos espesos colgándole de los labios. «Así, puta, así te la comés» —le decía mi mujer, riéndose—. «Que se te marque en la garganta».

—Camila metiendo a la otra en el ritmo —susurró Rodrigo.

—Camila metiéndola en el ritmo. Después la acostó boca arriba en la cama, le abrió las piernas de par en par y le mostró a Valeria dónde tenía que ir. Valeria se le tiró encima de cabeza, la barbilla clavada en el pubis de Antonella, y empezó a lamerle el coño con una minuciosidad de gato. Le abría los labios con dos dedos, le sacaba la lengua entera y le repasaba desde el ano hasta el clítoris con el piercing, chupándolo despacio, tironeando de la bolita con los dientes hasta que Antonella arqueaba la espalda del colchón. Yo miraba con la polla en la mano, sin moverme, hasta que Camila me empujó por los hombros y me dijo: «Ahora, monito. Metésela toda de una».

—¿Y usted se la metió?

—De una. Sin preámbulo. Antonella estaba tan mojada que la verga entró sola, hasta los huevos, con un ruido líquido que hizo reír a las tres. La cogí duro, con las manos en sus caderas huesudas, mirando cómo mi polla entraba y salía brillante, embadurnada, mientras Valeria le seguía chupando el clítoris justo encima del sitio donde yo la penetraba. La lengua de Valeria a veces rozaba mi tronco y ese roce me erizaba la espalda. Mi mujer, en cuclillas al lado, con los dos dedos metidos en su propio coño y el pulgar sobre el clítoris, se pajeaba viéndonos, jadeando bajito, comentando cada embestida como una entrenadora. «Más adentro, monito, dale con la cadera, sacale ruido».

—¿Y los jadeos?

—Los tres jadeos eran distintos. Eso es lo que más recuerdo. Cómo no se parecía un jadeo a otro. Valeria gemía con la boca ocupada, un zumbido húmedo que hacía vibrar el coño de Antonella y me hacía vibrar la punta a mí. Antonella soltaba unos gritos secos, como ladridos, cada vez que le golpeaba el fondo. Y Camila, a un costado, respiraba como si estuviera corriendo, jurando en voz baja, murmurando: «Vení acá, dámela un ratito, dámela».

—¿Y consiguió lo que su esposa había apostado?

—Antonella terminó dos veces. La primera en silencio, con los ojos cerrados y las piernas temblándome sobre las caderas; sentí clarito cómo se le cerraba el coño alrededor de mi polla, apretándome en oleadas, mientras Valeria le seguía lamiendo el clítoris sin parar. Le di vuelta, la puse en cuatro y le hundí la verga desde atrás, agarrándola del pelo con una mano y de la cadera con la otra. Valeria se metió debajo, boca arriba, y le chupaba el clítoris con la lengua estirada mientras yo la seguía cogiendo. La segunda vez Antonella se corrió con un grito que despertó al perro del vecino, con un chorro caliente que le manchó la cara a Valeria de la frente al cuello. Camila aplaudió. Aplaudió de verdad, con las dos manos, desnuda y satisfecha, como si estuviera en un teatro. Y después vino la parte suya. Se tiró en la cama boca arriba, abrió las piernas y me dijo: «Ahora sí, monito, veníte acá adentro que estoy hirviendo». Le clavé la polla mojada del coño de la otra, y ella dio un grito de puro gusto. Se corrió tres veces seguidas, mordiéndome el hombro, hasta que me sacó la leche de un tirón y me la tragó a besos, pasándole después la boca llena a Valeria para que la compartieran. Terminamos las cuatro pieles pegadas de sudor y semen, con las sábanas hechas un trapo.

Rodrigo se rio, esta vez sin sarcasmo. Tomó otro sorbo del vodka y se acomodó mejor en la silla de mimbre.

—Le voy a confesar algo, hombre. Hasta acá la historia tenía sentido. Suena a una noche que cualquiera quisiera vivir una vez. Pero usted dijo que lo inesperado vino después. Ahí todavía no le creo.

Esteban se sentó en la mecedora frente a él. La pipa se le había apagado. La dejó sobre el cenicero, como si renunciara a ella. El cielo, hacia el oriente, empezaba a perder negrura.

***

—Volvió a la carga dos meses después. Una noche, en la cama, mientras me hacía una mamada lenta, de esas que ella se tomaba su tiempo, con la lengua enroscada en el frenillo y los ojos fijos en los míos. Me lo soltó como si me pidiera un café sin azúcar, con la polla todavía en la boca y hablando con esa voz mojada. Que la próxima vez le gustaría probar conmigo y otro hombre. Que en lugar de una mujer más, fuera un tipo. Que quería sentir dos vergas al mismo tiempo, una en el coño y otra en el culo, o una en la boca y otra por atrás, no le importaba el orden. Una orgía de película, me dijo, riéndose con el semen mío entre los dientes, porque justo en ese momento me hizo terminar y se lo tragó despacio, sin dejar de mirarme, como si fuera una travesura nueva.

El invitado parpadeó. Por primera vez en la noche, parpadeó dos veces seguidas.

—No le contesté lo que pensaba. Le dije que sí, claro, cuando quieras, y le apreté las nalgas como si la idea me hubiera entusiasmado. Por dentro me prometí evitarlo a toda costa. Que se acostara conmigo con quien quisiera, vaya y pase. Pero ¿yo mirando cómo otra polla se le hundía hasta las bolas? ¿Yo aceptando que otro la abriera de piernas frente a mí y le llenara el coño de leche ajena? No.

—¿Y ella aceptó esa negativa silenciosa? —preguntó Rodrigo, con cuidado.

—Camila no acepta negativas. Las espera. Le toca esperar el momento. Y el momento llegó un viernes a la noche. Volví de un viaje de trabajo, tarde, y antes de meter la llave en la cerradura ya las escuché desde el pasillo. Música de vallenato, risas, vasos, y un gemido femenino largo, larguísimo, que se coló por debajo de la puerta. Cuando abrí, estaban en la sala. Camila y Valeria, bailando pegadas. Tan pegadas que al principio creí que se sostenían para no caerse.

—Y no se sostenían —murmuró Rodrigo.

—No se sostenían. Camila tenía la mano metida debajo de la minifalda de Valeria, hasta la muñeca, moviéndose adentro con un ritmo lento; los dedos le chapoteaban ahí adentro y se oía. Valeria, con la cabeza tirada para atrás, le mordía el cuello a mi mujer y le apretaba una teta por encima de la blusa con la mano libre. Camila me miró desde ahí, por encima del hombro de su amiga, con dos dedos manchados hasta los nudillos, y supe que yo no iba a ser invitado. Se los sacó del coño de Valeria muy despacio, muy a propósito, y se los llevó a la boca uno por uno, chupándolos con los ojos clavados en los míos. Esperé un rato, parado como un imbécil con la maleta en la mano. Cuando intenté acercarme, ella me apartó. Con dos dedos, los mismos que acababa de chupar. Suave, pero me apartó.

—«Andate a dormir, monito» —me dijo—. «Esta noche es de despedida; Valeria se va a Turquía y le toca su despedida. Mañana nos vamos los dos para una finca, yo te aviso cuando suba». Las vi irse de la mano hacia la habitación de huéspedes. Antes de cerrar la puerta, Camila se levantó la falda y me mostró que no llevaba nada abajo, el coño depilado y ya brillante. Apagué las luces. Me acosté solo. Pegué la oreja a la pared, hombre. Como un adolescente. Y escuché. Escuché las bocas, las lenguas, el chapaleo. Escuché a Valeria pedir que le metiera más dedos, cuatro, todos, el puño. Escuché a mi mujer gritarle cosas que nunca me había gritado a mí: «Correte, puta, correte en mi cara, dale, dale». Escuché a Valeria correrse dos veces, tres. Con la polla en la mano, me pajeé de rabia y me vine sobre el vientre sin darme placer.

Rodrigo bajó la mirada al vaso. Esta vez no había sonrisa. Solo el ruido de los hielos derritiéndose.

—Camila volvió a las cinco. Me besó la frente, todavía con el olor del coño de Valeria en el pelo, se arrunchó contra mi espalda, y no dijo nada. Yo tampoco. A las diez salimos para esa finca. Un lugar para parejas con problemas, según ella. Una convención, lo llamó. Yo entendí enseguida qué clase de finca era.

—Un club de intercambio —dijo Rodrigo, casi sin voz.

—Una casona enorme, con piscina de borde infinito, sauna, mesa de billar, hamacas dobles en los balcones. Y reglas. Camila me las recitó en el carro, como quien lee la lista del mercado. «Si vos no querés con nadie, no pasa nada. Pero yo sí quiero, monito mío. Vos sabés que necesito esto». Cuarenta minutos manejando con esa frase rebotándome en la cabeza.

—¿Y cedió?

—Cedí. Cedí a mirar, porque negarme habría significado bajarme del carro a media carretera. Cedí a tomarme dos copas de vino en el bar de madera tallada mientras ella jugaba póker con dos parejas a las que conocía y yo no. Cedí a verla salir del salón del brazo de un tipo más joven que yo, con la camisa abierta y la sonrisa de quien ya tiene todo arreglado. Cedí, Rodrigo. Cedí a quedarme en una hamaca del balcón mientras escuchaba la cama del cuarto vecino quejarse durante una hora larga. Los muelles crujiendo a un ritmo sostenido. Los golpes de un pubis contra unas nalgas. Y la voz de Camila —esa voz que yo conocía nota por nota— pidiéndole al tipo que se la metiera más adentro, que no parara, que se la clavara hasta el fondo, y después, más grave, más ronca, pidiéndole que se la metiera también por el culo, que la abriera, que no le tuviera miedo. Escuché el grito con que se corrió por atrás, un grito que yo nunca le había arrancado en veinte años. Después el silencio. Después la risa de ella. Después el sonido inconfundible de una polla resbalando fuera de un cuerpo y de un chorro de semen cayendo en un vientre. Y supe, mientras escuchaba, que Camila no necesitaba que yo participara. Necesitaba que yo estuviera. Necesitaba un público. Eso fue lo inesperado.

Rodrigo se quedó largo rato en silencio. La luz gris del amanecer le suavizaba las facciones.

—Eso debió dolerle mucho, Esteban —dijo al fin—. No la traición. La revelación de que la traición se podía hacer delante de usted, con su permiso firmado.

—Más que dolerme, me apagó. Volvimos el domingo. No hablamos del fin de semana. No volvimos a hablarlo nunca. Pero a partir de esa noche, Camila salía dos veces por mes, sin avisarme dónde, y volvía con marcas de dedos en la cadera, mordidas en las tetas, el pelo revuelto y a veces semen seco todavía en la comisura de la boca. Yo nunca pregunté. Hasta anoche, cuando hizo las maletas y me dijo, con la misma sonrisa, que ya no le servía ser mi pública si yo iba a fingir que no veía nada.

***

El celular vibró sobre la mesa. Esteban lo levantó con dedos lentos. Era Carolina, la hermana de Camila, preguntando si su sobrina Renata seguía durmiendo en la casa o si la pasaba a buscar más tarde. Respondió con tres líneas. Que la pasara a buscar a las once. Que él iba a estar. Que no se preocupara por nada.

Rodrigo apagó el cigarrillo en el cenicero y se puso de pie. La luz entraba ya por la sabana y dibujaba los primeros contornos del valle. Los pájaros empezaban, tímidos, en algún árbol del fondo del jardín.

—Le voy a pedir un favor, hombre —dijo, sin mirarlo—. Cuando Camila me llame, y me va a llamar, no le voy a contar nada de esto. Pero tampoco le voy a decir que vine. Si pregunta, le digo que me perdí en la carretera y dormí en un hostal.

Esteban Mariano lo miró sin entender del todo. Y entonces entendió. El amigo de su mujer había venido a despedirse, no a consolarlo. Había venido a confirmar con sus propios ojos lo que había intuido desde el principio: que Camila se iba porque ya no quedaba nada que mirar, porque el público se había acostumbrado a la función y ya no aplaudía.

—¿Usted la quiso alguna vez? —preguntó Esteban, despacio, casi en voz baja—. A ella, digo. ¿La quiso como amigo o estuvo siempre esperando un turno?

Rodrigo se demoró en responder. Se acomodó la chaqueta sobre los hombros, miró hacia el valle iluminándose y volvió la cara hacia el anfitrión.

—La quise como amigo. Pero hubo una noche, hace años, en que se me cruzó la idea. Camila se dio cuenta antes que yo. Me dijo que ni se me ocurriera, que ella había elegido a un hombre solo y que con ese le bastaba. —Hizo una pausa—. Ese hombre era usted.

Esteban no contestó. Se levantó de la mecedora, caminó hasta la cocina y volvió con la cafetera italiana en la mano y dos pocillos limpios. Sirvió en silencio. El café humeaba en el aire frío como una pequeña ofrenda.

—Cargado —dijo, antes de que Rodrigo preguntara—. Y sin azúcar. Como a ella le gusta.

Rodrigo aceptó el pocillo con las dos manos y bebió un sorbo largo. El sol asomó por el filo del cerro y, por un segundo, la terraza entera se tiñó de naranja. Los dos hombres se quedaron mirándolo sin hablar, sosteniendo cada uno su pocillo, esperando algo que ninguno de los dos sabía nombrar.

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Comentarios(8)

DarioMza

Tremendo relato, me engancho desde el primer parrafo y no pude soltar hasta el final. Hay segunda parte??

CarlosLector

que situacion... me pone en el lugar del protagonista y no se como hubiera reaccionado la verdad

FedeRosario_

Se hizo corto! por favor continuá, quede con ganas de saber como sigue

JuanMa_cba

El titulo ya te dice que va a ser bueno y el relato no defrauda para nada. Excelente

MiradaFurtiva

Me recordó algo que viví hace unos años, esa mezcla de traición y algo que no te podés explicar del todo... lo describís muy bien. Buen relato

TomaNoche

increible!! seguí así

Ignacio_MDQ

la escena inicial en la terraza esta perfecta, te mete de lleno en la historia desde el arranque

NocheLector77

De los mejores que lei en esta categoria en mucho tiempo. Gracias por compartirlo

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