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Relatos Ardientes

La hermana de mi mejor amigo me besó en aquel bar

El mensaje llegó un martes a las cuatro de la tarde, justo cuando estaba por cerrar la oficina. Era Camila, la hermana de Joaquín, uno de mis mejores amigos desde la secundaria. «¿Estás libre esta noche? Necesito salir, mi novio se fue de viaje y me estoy volviendo loca sola en casa». La leí dos veces, asegurándome de no estar imaginando cosas.

Conocía a Camila desde que tenía dieciséis años. Había crecido frente a mí, de chica tímida con frenillos a una mujer de veintitrés que cualquiera giraría a mirar en la calle. Morena, alta, delgada, con un cuerpo que se notaba trabajado en el gimnasio y una sonrisa que siempre parecía a punto de pedir disculpas por algo.

—Está bien, paso a buscarte —respondí, con la voz de Joaquín resonando en algún rincón de mi cabeza.

Es solo una salida. Una amiga, una vuelta, una cena. Nada más.

Eso me repetí mientras manejaba hacia su edificio. Eso me repetí también cuando bajó vestida con un pantalón ajustado y una blusa blanca semitransparente. Eso me repetí cuando me dio dos besos y el perfume se me quedó pegado al cuello durante el resto de la noche.

Fuimos a comer a un lugar tranquilo, un restaurante pequeño en un barrio que ella eligió porque «aquí no nos conoce nadie». Esa frase debió haberme alertado, pero me hice el distraído. Pidió vino tinto, yo pedí lo mismo. Hablamos de cualquier cosa: del trabajo de ella en una galería de arte, de mis viajes recientes, de Joaquín y su nueva novia, de la familia. Todo muy correcto, todo muy de amigos.

—¿Vamos a tomar algo después? —preguntó cuando llegó la cuenta—. Todavía no me quiero ir a casa.

Acepté sin pensar. Acepté porque ya era tarde para no aceptar.

El bar era uno de esos lugares con luz baja y música tenue, donde la gente se inclina hacia adelante para hablar y las distancias se acortan sin que uno se dé cuenta. Pidió un trago dulce. Yo un whisky. Para el tercer vaso ya tenía la mano apoyada sobre la mía y la conversación había bajado dos tonos.

—Te confieso algo —me dijo, mordiéndose el labio—. Hace mucho que quería salir así contigo. Sola.

No alcancé a responder. Se inclinó sobre la mesa y me besó. No fue un beso suave ni titubeante. Fue un beso decidido, de alguien que llevaba semanas, quizás meses, ensayándolo en la cabeza.

—¿Y tu novio? —pregunté cuando logré separarme.

—Ahora no quiero saber de él —respondió, y volvió a besarme. Esta vez con más hambre.

—¿Y Joaquín?

—Joaquín no se va a enterar.

***

Pedí un Uber sin saber muy bien qué le iba a decir cuando llegáramos a mi departamento. En el asiento de atrás, ella se acomodó pegada a mí, con una pierna sobre la mía y la cara escondida en mi cuello. Yo intentaba mantener una conversación civilizada con el conductor, mientras la mano de Camila avanzaba lentamente por encima de mi pantalón.

A pocas cuadras del edificio, me animé. Le metí la mano por debajo del pantalón, por encima de la ropa interior, y sentí el calor a través de la tela. Ella respiró fuerte y se apretó contra mí, pero algo me hizo dudar. Por un segundo me miró con una mezcla de sorpresa y reproche, como si le hubiera apurado un movimiento que ella tenía pensado de otra manera.

Saqué la mano. Espera. No la asustes.

Bajamos en silencio. Subimos los seis pisos en el ascensor sin decir nada, ella mirando el espejo, yo mirándola a ella mirar el espejo. Abrí la puerta del departamento y, antes de que pudiera prender la luz, me empujó contra la pared y me besó de nuevo, con una intensidad que no tenía nada que ver con la chica vergonzosa del Uber.

Entonces entendí. No le había molestado el manoseo. Le había molestado el lugar.

Nos fuimos quitando la ropa entre besos, en ese forcejeo urgente que precede a lo inevitable. Le abrí la blusa y encontré un sostén de encaje negro que claramente no se había puesto por casualidad. Tenía los pechos firmes, redondos, no muy grandes, pero perfectos. Le mordí un pezón sobre la tela y la sentí arquearse.

—Espera —dijo. Se separó un segundo, me miró con los ojos vidriosos y, sin dejar de mirarme, se desabrochó el pantalón ella misma. Se lo bajó hasta los tobillos y se quedó delante de mí solo con la ropa interior roja, también de encaje.

—Tú también —ordenó.

Me saqué la camisa de un tirón. El cinturón me costó más. Cuando me quedé en bóxer, ella se acercó, me metió la mano por dentro y agarró todo lo que había para agarrar.

—Mmm. Joaquín te describiría muy distinto si supiera —susurró.

—No nombres a tu hermano ahora.

Se rió. Una risa baja, ronca, completamente nueva para mí. La que yo conocía era la risa luminosa de la mesa familiar; esta otra era la risa de alguien a punto de hacer algo que no debía y le encantaba.

La llevé al dormitorio sosteniéndola por la cintura. La acosté en la cama, le bajé la ropa interior despacio y me arrodillé entre sus piernas. Antes de tocarla con la boca, levantó la cabeza.

—Ponte un preservativo, por favor. No quiero quedar embarazada.

—Todavía no.

Antes de que pudiera protestar, le di un beso largo y lento ahí donde ya estaba húmeda. La sentí agarrarse de las sábanas y soltar un quejido ahogado. No la dejé acabar. Subí, le besé el ombligo, las costillas, el cuello, hasta volver a su boca.

Entonces sí, me puse el preservativo. La tenía durísima, lista, escurriendo. Le abrí las piernas, me ubiqué y entré despacio, mirándola a los ojos. Pensé, por un instante, que la mujer que tenía debajo era la misma a la que había ayudado a estudiar para un examen de geografía hacía siete años. Y eso, en lugar de frenarme, me terminó de encender.

—Más fuerte —pidió—. Más fuerte, por favor.

—¿Así te gusta?

—Esta noche soy tu puta.

La frase me cayó como un balde. Por un segundo no supe qué hacer con ella. Pero ya me estaba arañando la espalda y moviendo las caderas para encontrarme, así que decidí creerle. Le hice caso. La empecé a romper con todas las ganas acumuladas de los últimos años de mirarla de reojo en los cumpleaños familiares.

—¿Te gusta cómo te la pongo? —pregunté, con una voz que no me reconocía.

—Sí, sí, sí —respondía a cada embestida, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar.

La di vuelta. La puse en cuatro. Le agarré la cintura con las dos manos y la empecé a embestir como si quisiera dejarle una marca permanente. Le di una nalgada, después otra, y otra. Ella se reía y me pedía más.

—Pégame, dale.

—¿Quién eres?

—Soy lo que tú quieras.

Pasamos así un rato largo. Cambiamos de posición tres o cuatro veces. Ella se vino una vez en la cama, con un grito que ahogó en la almohada, y volvió a venirse cuando la senté encima de mí y le agarré las caderas para guiarla. Yo, en cambio, no acababa. No sé por qué. Quizás por la cantidad de alcohol. Quizás por la cabeza, que me iba y me venía entre el placer y el recordatorio constante de quién era ella.

Después de un rato, cuando me la saqué, ella miró el preservativo y se sorprendió.

—¿No te viniste?

—No todavía.

—¿No te gustó?

—Me encantó. No sé por qué no acabo.

Se quedó pensando un segundo. Después se incorporó, se arrodilló frente a mí en la cama y me sacó el preservativo con cuidado. Lo dejó al lado, sobre la mesa de luz.

—¿Y si lo hacemos sin? —propuso.

—¿Estás segura?

—Quiero sentirte. Sin nada en medio.

No respondí. Asentí. La acosté de nuevo, le abrí las piernas y entré sin protección, piel contra piel. La sensación fue otra. Otra completamente. Era cálido, vivo, distinto. La escuché soltar un gemido largo, profundo, distinto a todos los anteriores.

—Así, así, así.

Estuvimos toda la noche. Dormitamos un rato, después seguimos. Ella me despertó dos veces con la boca. Yo la desperté una vez metiéndomele desde atrás, mientras todavía estaba medio dormida. A las seis de la mañana habíamos terminado los dos, varias veces, y la cama estaba destruida.

***

A las once me llamó. Cuando vi su nombre en la pantalla pensé que iba a venir el arrepentimiento, las disculpas, el «no podemos volver a vernos nunca más».

Pero me dijo otra cosa.

—Mi novio vuelve el domingo. Tengo cuatro días.

—¿Cuatro días para qué?

—Para ti. Si quieres.

Quería. Por supuesto que quería. Quería aunque la cara de Joaquín me apareciera de fondo cada vez que la imaginaba.

Vino esa misma tarde y se quedó hasta el viernes. Pidió vacaciones en la galería y dejó el celular en silencio. Le dijo a su novio que estaba pasando unos días en casa de una amiga.

De eso ya hace ocho meses. Camila sigue con su novio. Yo sigo siendo el mejor amigo de Joaquín. Vamos a los cumpleaños familiares, comemos juntos en casa de sus padres, le aplaudimos los discursos a la madre cuando es su cumpleaños. Y, cada tanto, cuando su novio se va de viaje o cuando ella inventa una excusa, aparece en mi puerta con una mochila chica y una sonrisa que ya conozco.

Sé que está mal. Sé que algún día se va a terminar de la peor manera, y que probablemente pierda al mejor amigo que tengo. Pero hay algo en la clandestinidad, en el morbo de saber que lo que estamos haciendo no se puede contar, que termina enganchando. Cada visita es la última. Hasta la próxima.

Quizás un día tenga el valor de cortar. Quizás un día ella se canse antes que yo. Quizás un día Joaquín se entere y todo se vaya al carajo. Mientras tanto, sigo esperando los mensajes de las cuatro de la tarde, esos que me llegan cuando ella tiene unas horas libres y unas ganas que no se le pasan con nadie más.

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Comentarios (4)

CarlosM85

buenisimo!! me enganche desde el primer mensaje

silvia_lee

Muy bien escrito, se siente real desde el principio. Esa tension de saber que es la hermana de tu mejor amigo lo hace especial. Sigue asi!

NocheNomade

me recuerda a algo parecido que viví hace años jaja, esas situaciones te cambian la cabeza

Gordo_lector

Y despues que paso?? no nos dejes con esa intriga por favor

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