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Relatos Ardientes

La desconocida del bar despertó lo que yo callaba

Hay deseos que una guarda tanto tiempo que dejan de parecer reales. Se vuelven una especie de historia que te contás a vos misma para dormirte, un guion que repetís en la oscuridad mientras tu marido respira tranquilo del otro lado de la cama. Durante años, ese fue mi caso. Tenía treinta y un años, llevaba seis casada con Damián y, por fuera, mi vida era exactamente lo que cualquiera esperaría: ordenada, cómoda, sin grietas visibles.

Por dentro era otra cosa.

Me llamo Renata, aunque eso ahora importa poco. Lo que importa es lo que descubrí de mí misma esa noche en Rosario, lejos de mi ciudad, lejos de mi casa, en un hotel donde nadie sabía quién era.

Damián siempre supo que yo era una mujer de apetito. Desde el principio fue parte de lo nuestro, de lo que nos mantenía encendidos cuando otras parejas ya dormían de espaldas. Él me dejaba estar con otros hombres; lo habíamos hablado, lo habíamos hecho, y funcionaba porque siempre volvíamos el uno al otro con más ganas. Lo que Damián no sabía —lo que nadie sabía— era que mi cabeza se iba con frecuencia hacia un lado que jamás había confesado.

Me gustaban las mujeres.

No era una idea pasajera ni una curiosidad de adolescente. Era una corriente constante, callada, que aparecía cuando menos la esperaba: en el gimnasio, mirando cómo una chica se ataba el pelo antes de empezar; en la cola del supermercado, atrapada por el perfil de una desconocida. Lo sentía y lo apagaba enseguida, como quien tapa una vela con la mano. Nunca había hecho nada al respecto. Era mi fantasía más privada, la que me tocaba a solas cuando la casa estaba en silencio y mi mano bajaba despacio sin que tuviera que pensarlo.

***

El viaje a Rosario fue por trabajo. Una capacitación de tres días, un hotel decente cerca del río, cenas largas con gente que apenas conocía. La primera noche me retiré temprano, agotada. La segunda, en cambio, no tenía sueño y bajé al bar del hotel a tomar algo sola, solo para no quedarme encerrada mirando el techo.

El lugar era tranquilo. Luz cálida, baja, una música que casi no se escuchaba. Me senté en la barra, pedí una copa de vino tinto y saqué el teléfono por costumbre, más por tener las manos ocupadas que por otra cosa.

Fue entonces cuando la vi.

Estaba sentada tres taburetes más allá, sola también. Tendría unos treinta y pocos, el pelo oscuro recogido de cualquier manera, un vestido negro simple que no buscaba llamar la atención y que justamente por eso la llamaba toda. Tenía una forma de sostener la copa, con dos dedos en el tallo, que me hizo olvidar lo que estaba leyendo en la pantalla.

Levanté la vista y ella ya me estaba mirando.

No apartó los ojos. Yo tampoco, aunque cada célula de mi cuerpo me pedía que lo hiciera, que volviera al teléfono, que fingiera. Sostuvo la mirada un segundo de más, lo suficiente para que dejara de ser casualidad, y después sonrió apenas, con un lado de la boca, como si supiera algo que yo todavía no me animaba a admitir.

No estoy haciendo nada malo, me dije. Solo es una mirada.

Pero la mirada ya había hecho su trabajo. Sentí ese calor que conocía tan bien subiéndome por el pecho, el mismo que aparecía en mis noches a solas, solo que esta vez no era una fantasía. Estaba ahí, a tres taburetes de distancia, con nombre y olor y voz que yo todavía no había escuchado.

—¿Te molesta la compañía? —preguntó, y antes de que respondiera ya había tomado su copa y se acercaba.

—Para nada —dije, y mi voz salió más firme de lo que esperaba.

Se llamaba Lucía. Estaba de paso, como yo, por motivos que mencionó sin detalle y que a ninguna de las dos le interesaban demasiado. Hablamos de cosas sin importancia durante un rato: el frío de la ciudad, lo mala que era la música del bar, lo cansador que es viajar sola. Pero por debajo de cada frase corría otra conversación, una que no necesitaba palabras, hecha de pausas un poco largas y de la manera en que ella inclinaba el cuerpo hacia mí cuando yo hablaba.

En un momento, su rodilla rozó la mía bajo la barra. No la retiró. Yo tampoco.

—Estás nerviosa —dijo, y no era una pregunta.

—No suelo hacer esto —admití, sin aclarar qué era «esto», porque ni yo lo tenía claro del todo.

—Nadie suele —respondió, y su mano se posó un instante sobre la mía, ligera, antes de retirarse—. Por eso es interesante.

***

Subimos juntas en el ascensor sin decir mucho. El espejo del fondo nos devolvía a las dos, una al lado de la otra, y yo me miraba como si fuera otra mujer la que estaba ahí, una versión mía que llevaba años esperando del otro lado de una puerta cerrada. Lucía me observaba a través del reflejo. Cuando las puertas se abrieron en mi piso, yo ya había decidido, aunque mis manos temblaban al buscar la tarjeta de la habitación.

Entramos. Encendí solo la lámpara del rincón, esa luz tenue que perdona y esconde. No llegué a decir nada más porque Lucía me tomó del rostro con las dos manos y me besó.

El primer beso de una mujer no se parece a nada que yo hubiera imaginado, y eso que lo había imaginado mil veces. Era más suave y más decidido a la vez. Sus labios sabían lo que buscaban, no preguntaban, no tanteaban como hacían los hombres. Me besó despacio, con paciencia, dejando que yo me acostumbrara, y cuando sintió que dejaba de temblar, fue cuando empezó a tomarse su tiempo de verdad.

Me apoyó contra la pared. Sus manos bajaron por mis costados, reconociendo, sin apuro, como quien lee algo en braille. Me corrió el pelo a un lado y su boca encontró mi cuello, justo debajo de la oreja, y un sonido se me escapó que no reconocí como mío.

—Tranquila —murmuró contra mi piel—. No hay apuro. Tenemos toda la noche.

Esa frase me deshizo más que cualquier caricia. Toda la noche. Tantos años apagando la vela con la mano, y ahora alguien me decía que podía dejarla arder.

Me llevó hasta la cama. Me sentó en el borde y se arrodilló frente a mí, mirándome desde abajo con una calma que era casi insoportable. Me sacó la blusa botón por botón, besando cada centímetro que iba quedando descubierto. Cuando llegó a mi vientre, se detuvo, apoyó la frente ahí un segundo, como tomando aire, y después siguió.

Yo, que siempre había sido la que llevaba el ritmo con los hombres, la que dirigía, me encontré por primera vez entregada, sin querer controlar nada. Dejé que me recostara. Dejé que me sacara la ropa que quedaba con esa lentitud deliberada que parecía hecha solo para volverme loca. Cuando estuve desnuda frente a ella, no sentí vergüenza, sentí algo parecido al alivio, como si por fin estuviera mostrándome entera.

—Sos preciosa —dijo, y lo dijo de un modo en que le creí.

***

Sus manos eran distintas. Eso fue lo primero que entendí. Sabían exactamente dónde y cómo, porque tenían el mismo mapa que el mío. Cuando su mano bajó entre mis piernas, no fue un avance torpe ni una conquista; fue un reconocimiento, dedos que entendían el terreno porque era el suyo también.

Me tocó despacio al principio, dibujando, leyendo mis reacciones, ajustando la presión según cómo respiraba yo. Encontró el ritmo casi de inmediato, ese ritmo que yo había perfeccionado a solas durante años y que ningún hombre se había molestado en aprender. Arqueé la espalda. Cerré los ojos.

—Mirame —pidió—. Quiero verte.

Abrí los ojos. Sostenerle la mirada mientras su mano se movía entre mis piernas fue lo más íntimo que había hecho en mi vida, más que cualquier acto. No había dónde esconderse. Ella me veía, me veía de verdad, esa parte de mí que había mantenido bajo llave incluso con Damián.

Cuando bajó su boca, dejé de pensar del todo. La sensación me recorrió entera, distinta a todo, y tuve que morderme el dorso de la mano para no despertar al hotel completo. Ella no tenía prisa. Subía y bajaba el ritmo a propósito, me llevaba hasta el borde y me dejaba ahí, suspendida, temblando, para volver a empezar. Mi cuerpo no me pertenecía. Le pertenecía a ella, a esa fantasía que dejaba de serlo en sus manos.

—No aguanto más —le susurré, y no era un pedido sino una rendición.

—Entonces no aguantes —dijo.

Y dejé de aguantar.

El clímax me sacudió de una manera que no había conocido antes, no porque fuera más fuerte, sino porque era completo, sin ninguna parte de mí mirando desde afuera, juzgando, conteniendo. Por primera vez estuve toda ahí, en ese cuarto, en esa cama, en ese cuerpo que finalmente había dejado de pedir permiso.

***

Después nos quedamos un largo rato en silencio, su pierna enredada con la mía, su mano dibujando círculos lentos sobre mi cadera. No sentí culpa, y eso fue lo que más me sorprendió. Esperaba la culpa como se espera la resaca después de una buena noche, inevitable. Pero no llegó. Solo había una sensación rara de estar, por fin, en paz con algo.

—¿Era tu primera vez? —preguntó Lucía, sin reproche, casi con ternura.

—Con una mujer, sí.

—Se notaba. —Sonrió en la penumbra—. Pero no de la manera en que pensás. Se notaba en las ganas.

Hablamos un poco más, esas cosas que se dicen cuando dos extrañas ya no son del todo extrañas. No intercambiamos teléfonos ni promesas. Las dos sabíamos que lo que había pasado funcionaba precisamente porque no tenía continuación, porque era una puerta que se abría una sola vez para que yo viera lo que había detrás.

Se vistió antes de que amaneciera. En la puerta, se dio vuelta.

—Ahora ya lo sabés —dijo—. Ya no es una fantasía. Es algo que sos.

Y se fue.

***

Volví a casa dos días después. Damián me recibió con un abrazo largo y la pregunta de siempre sobre cómo había estado el viaje. Le dije que bien, que aburrido, que lo de siempre. No le conté nada, y no por miedo, sino porque entendí esa noche que hay deseos que son enteramente nuestros, que no necesitan ser confesados para ser verdad.

Esa misma noche, cuando él se durmió, me quedé despierta mirando el techo, como tantas otras veces. Pero algo había cambiado. Ya no me contaba una historia para dormirme. Ya tenía un recuerdo real, con olor y voz y manos, esperándome del lado donde antes solo había una vela apagada.

Ahora sé cómo encenderla. Y sé que, tarde o temprano, voy a volver a hacerlo.

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Comentarios (4)

Pame_lectora

tremendo relato, uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

CarlosViajero

Que bien narrado, se siente que quien escribe lo vivio de verdad. El ambiente del bar de hotel es muy real, me metio de lleno en la historia

lunaviajera21

Me recordo a un viaje que hize sola hace años. Cosas que uno guarda sin contarselo a nadie... muy bien logrado, de verdad

Rosita_BA

jajaja me dejo pensando un rato largo, muy bueno!!

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