Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que pasó cuando mi padre entró sin tocar la puerta

Aquella madrugada el calor no dejaba dormir a nadie en la casa. El aire estaba quieto, espeso, como si alguien hubiera apagado el mundo y se hubiera olvidado de volver a encenderlo. Yo tenía veinticuatro años y seguía viviendo en la casa de mis padres mientras terminaba la carrera, en mi cuarto de siempre, al final del pasillo.

Estaba despierta porque era imposible no estarlo. Tenía los auriculares puestos y la música tan baja que apenas la escuchaba, más para acompañarme que para oírla. No quería hacer ruido. Mis padres dormían del otro lado del pasillo y las paredes de esa casa nunca habían sabido guardar un secreto.

Hacía tanto calor que me había quitado todo. Estaba tumbada sobre las sábanas, desnuda, con la ventana abierta de par en par y ni siquiera así corría una brisa. Mi cuerpo brillaba con una capa fina de sudor, en el cuello, entre los pechos, en la curva del vientre. Unos minutos antes me había tocado, despacio, sin prisa, y todavía sentía el eco tibio de ese orgasmo recorriéndome por dentro.

Tenía las piernas abiertas y los ojos entrecerrados cuando escuché pasos en el pasillo. Alguien se había levantado para ir al baño. Pensé vagamente en taparme, en buscar la camiseta que tenía hecha un bollo a los pies de la cama, pero nadie entraba nunca a mi cuarto con la puerta cerrada. Esa era la regla de la casa desde que yo era una niña. Así que no me moví.

Fue un error de cálculo.

Los pasos no se alejaron hacia el baño. Se acercaron a mi puerta. Se detuvieron apenas un segundo, lo suficiente para que yo pensara no, no va a entrar, y entonces el picaporte giró y la puerta se abrió.

No tuve tiempo de nada. La lámpara del velador estaba encendida sobre la mesita y me iluminaba entera. Mis pechos, herencia exacta de los de mi madre, redondos y pesados sobre el torso. El vientre húmedo. Las piernas abiertas. Todo a la vista, sin un solo centímetro de tela que me cubriera.

Era mi padre.

Se quedó congelado en el umbral. Tenía cincuenta y dos años, medía algo más de un metro setenta y ocho, el pelo castaño oscuro con algunas canas que le habían ido ganando terreno en las sienes. No era un hombre musculoso, pero salía a correr tres veces por semana y tenía el cuerpo firme, de líneas duras. Esa noche estaba solo en bóxer, también vencido por el calor.

Sus ojos, de un gris muy claro, se abrieron tanto que por un instante pensé que se le iban a salir de la cara. Y yo, en lugar de taparme, me quedé tan quieta como él, atrapada en ese segundo que no terminaba nunca.

Fue entonces cuando lo vi. La forma de su erección empezando a marcarse contra la tela del bóxer, creciendo despacio mientras él intentaba apartar la mirada y no lo conseguía.

—Hija, perdona por entrar así —dijo por fin, con la voz ronca, sin moverse del umbral.

—No te preocupes, papá —respondí, y mi propia voz me sonó extraña, demasiado suave.

Yo seguía sin cubrirme. No sé por qué. Solo cerré las piernas, despacio, casi con pereza, y vi cómo sus ojos bajaron a seguir ese movimiento un segundo antes de volver a subir a mi cara. No fue una mirada de padre. Eso lo supe enseguida, en el cuerpo antes que en la cabeza.

—Venía a ver si habías traído el ventilador que estaba en la sala —dijo, y mientras hablaba la mirada se le escapó otra vez hacia mis pechos.

—Se me olvidó —contesté. Era mentira a medias: me había dado pereza ir a buscarlo más temprano.

—Voy yo, si quieres —ofreció, y esta vez ni siquiera disimuló que me estaba mirando.

—Bueno, papá.

Cuando se dio la vuelta para ir a buscarlo, recién entonces fui consciente de cómo tenía los pezones, duros como dos piedras, y de que mi respiración se había vuelto pesada y entrecortada. Estaba excitada otra vez. Excitada por haberlo visto así, en bóxer, con esa erección que él no había podido esconder.

Aproveché esos segundos para agarrar la camiseta blanca que usaba para dormir y pasármela por la cabeza. Era una prenda vieja, holgada en los hombros pero ajustada en el pecho de tantos años de uso, y la tela se había vuelto tan fina que apenas tapaba nada. Bajé la vista y me di cuenta de que se me marcaban los pezones con total claridad.

Lo escuché volver. Entró con el ventilador en la mano, lo dejó sobre la cómoda y se agachó a enchufarlo. Las aspas empezaron a girar y por fin entró algo de aire al cuarto. Cuando se incorporó y se giró hacia mí, el gesto de su cara cambió. No supe descifrar si lo que veía en él era decepción o alivio al encontrarme vestida.

—Gracias, papá —dije, y me levanté de la cama.

No sé qué me empujó a hacer lo que hice después. Me acerqué y lo abracé. Lo sentí tensarse de golpe, como si no supiera qué hacer con los brazos, y después me rodeó la espalda y me apretó fuerte contra él.

Fue una pésima idea. Sentir su pecho duro contra mis pezones, sensibles como estaban, me mandó una corriente eléctrica por toda la columna. Y más abajo, contra el vientre, sentí su erección, firme, inconfundible, separada de mi piel solo por la tela del bóxer.

En lugar de soltarlo, lo abracé más fuerte.

—De nada, cariño —murmuró, y sus manos bajaron despacio hasta apretarme las caderas.

Ninguno de los dos dijo que aquello había dejado de ser un abrazo. No hizo falta. Sentí sus dedos hundirse apenas en mi carne, una presión que pedía permiso sin palabras, y yo respondí del único modo que mi cuerpo conocía esa madrugada: apoyando la frente en su hombro y dejando escapar un suspiro que lo decía todo.

***

El silencio de la casa se volvió otra cosa. Ya no era el silencio del sueño de los demás, sino el de dos personas conteniendo la respiración. Yo notaba el latido de mi padre contra mi mejilla, rápido, descontrolado, igual que el mío.

—Esto no… —empezó a decir, y su voz se quebró a la mitad.

—Lo sé —contesté, sin levantar la cabeza—. Lo sé, papá.

Pero ninguno de los dos se apartó. Sus manos seguían en mis caderas y las mías habían encontrado el camino hasta su espalda baja, palpando el músculo firme bajo la piel cálida. Cada centímetro de contacto era una pregunta y una respuesta al mismo tiempo.

Levanté la cara y lo miré. De cerca, sus ojos grises parecían a punto de rendirse a algo que llevaba mucho tiempo conteniendo. Me di cuenta de que aquello no había nacido esa noche. Había estado ahí, agazapado, en cada mirada que duraba un segundo de más, en cada silencio incómodo de los últimos meses.

—No tendría que haber entrado —dijo, casi para sí mismo.

—Pero entraste —susurré.

Y eso fue todo. Su mano subió desde mi cadera, lenta, rozando la tela fina de la camiseta hasta detenerse justo bajo mi pecho. Se quedó ahí, temblando, dándome la última oportunidad de echarme atrás. No la tomé. Apoyé mi mano sobre la suya y la guié el resto del camino.

Cuando su palma se cerró sobre mi pecho por encima de la tela, los dos soltamos el aire al mismo tiempo, como si hubiéramos estado aguantándolo durante años. El pezón duro se apretó contra el centro de su mano y yo arqueé la espalda casi sin querer, buscando más.

—Tienes la piel ardiendo —murmuró contra mi pelo.

—Es el calor —mentí, y los dos sabíamos que no era el calor.

Me llevó despacio hacia la cama, sin dejar de mirarme, como si temiera que el hechizo se rompiera en cuanto cualquiera de los dos hablara demasiado fuerte. Me senté en el borde del colchón y él se quedó de pie frente a mí. Desde ahí, su erección estaba justo a la altura de mis ojos, todavía atrapada en el bóxer, marcando la tela.

Levanté las manos y le tomé las caderas, igual que él había hecho conmigo minutos antes. Sentí cómo se estremecía bajo mis dedos. Estábamos cruzando una línea que no tenía vuelta atrás, y aun así, en ese momento, lo único que existía era el calor de la madrugada, el zumbido del ventilador y la respiración entrecortada de los dos.

—Si seguimos —dijo, con la voz hecha un hilo—, no hay forma de deshacerlo.

Lo miré desde abajo, con la camiseta pegada al cuerpo por el sudor y los pezones marcándose en la tela transparente.

—No quiero deshacerlo —respondí.

Sus dedos se hundieron en mi pelo y por primera vez en toda la noche dejó de mirarme la boca y me la besó, despacio al principio, como si todavía dudara, y después con un hambre que llevaba demasiado tiempo guardada. Me dejé caer hacia atrás sobre la cama y lo arrastré conmigo, y el resto de aquella madrugada calurosa dejó de pertenecerle a nadie más que a nosotros dos.

A la mañana siguiente, cuando bajé a la cocina y lo encontré preparando café como cualquier otro día, ninguno mencionó lo que había pasado. Pero él me sirvió una taza, rozó mis dedos un segundo de más al pasármela, y en ese roce estaba toda la promesa de que aquel sábado por la mañana no iba a ser, ni de lejos, el último.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (5)

Vera_Baires

Tremendo relato!!! me dejaste sin palabras

Nochelio23

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber que paso despues de ese momento

Klaus_87

Me puse muy tenso leyendo la escena inicial jajaja, esa incomodidad bien narrada es lo que lo hace tan bueno

LectoraDelNorte

Se nota que sabes escribir, la tensión que genera desde el principio es increible. Felicitaciones!

Curiosa_BA

Que morboso y que bien contado!! Las fantasias de este estilo son las que mas engancha leer

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.