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Relatos Ardientes

Lo que escuché a través de la pared del hotel

Había sido un día largo, de esos que se te clavan en los hombros. Una reunión tras otra, kilómetros de carretera y una agenda que no me dio tregua hasta pasadas las nueve. Lo único que quería al terminar la jornada era llegar al hotel donde tenía la reserva, dejarme caer en la cama y dormir lo suficiente para volver a casa al día siguiente.

Reconozco que me gusta darme mis alegrías de vez en cuando. Soy soltero, y eso me permite ciertos deslices, algún flirteo, alguna insinuación picarona con la mujer equivocada. No soy de los que dan media vuelta cuando descubren que ella lleva anillo. Pero esa noche no tenía la cabeza para nada de eso. El cansancio me había vaciado.

Cuando entré al hotel, me dirigí directo al mostrador y pedí la tarjeta de mi habitación. La recepcionista era una chica que podría calificarse de normal, ni guapa ni fea, vestida con un traje azul marino de pantalón. El escote era lo bastante pronunciado para insinuar que su pecho, sin ser voluminoso, prometía algo. Tuve tiempo de mirarla bien porque se giró y se agachó a buscar un papel para que yo firmara, y entonces noté que su trasero marcaba la línea de un tanga bajo la tela.

En otro momento quizá habría jugado mis cartas. Esa noche apenas le sostuve la mirada. Le di las gracias, cogí la tarjeta y me fui hacia el ascensor pensando solo en la ducha.

Subí, dejé la maleta en un rincón y no lo dudé: me metí bajo el agua caliente y me quedé ahí más de diez minutos, dejando que el chorro me deshiciera los nudos de la espalda. Cuando salí, me sequé a medias y me enrollé la toalla a la cintura. La habitación tenía la temperatura perfecta, ese punto tibio que invita a no moverse. Me tumbé en la cama dispuesto a ver algo de televisión antes de dormir.

Fui pasando canales hasta que paré en una película ya empezada que parecía intrigante. Dejé el mando a un lado, respiré hondo y presté atención. Diálogos, una persecución, y en mitad de todo una escena erótica: la chica se insinuaba, la cámara terminaba en un pecho bonito que él acariciaba con la mano antes de darle la vuelta y ponerse a la faena. Nada que no hubiera visto antes, pero tampoco me disgustó. Algo se removió perezosamente bajo la toalla.

Y fue entonces, durante esa escena, cuando empecé a oír unos ruidos que no venían de la televisión. Llegaban de la habitación de al lado. Eran golpecitos rítmicos, secos, inconfundibles: el tipo de golpe que da una cama cuando alguien está follando encima.

¿Y qué hice? Exactamente lo que estás pensando. Bajé el volumen del televisor y pegué la oreja a la pared.

No me había equivocado. El colchón y el cabecero contra el muro daban buena cuenta del polvo que se estaban echando. Entre golpe y golpe llegaban voces, sobre todo la de ella, gemidos que paraban y volvían como una marea. Se me empezó a poner dura sin que yo hiciera nada, y la mano se me fue sola hacia abajo, acariciando por encima de la toalla algo que crecía a toda prisa.

Los mmmm y los aaahhh eran de manual, lo de siempre. Pero hubo un momento que me hizo abrir los ojos de golpe.

—No te corras, cariño —dijo ella, con una voz baja y mandona—. No te corras todavía.

Me quedé esperando la respuesta, conteniendo hasta la respiración para no perderme una palabra.

—Estoy casi a punto —contestó él, con la voz tensa.

Y se hizo el silencio. Un crujido del colchón rompió el ritmo, y deduje que ella se la había sacado para frenarle el orgasmo. O para que se corriera en otro sitio. Mi imaginación ya iba por libre.

—Shhh —volvió a susurrar ella—. No te corras. No dejes de apretar.

—Como sigas así te voy a llenar entera —respondió él—. ¿Notas cómo está?

—Sí —dijo ella, y se le escapó una risa baja—. Está deseando soltar lastre.

Lo entendí todo de golpe. Ella le había agarrado la polla y se la estaba apretando con la mano para no dejarle terminar. Esa forma susurrante de hablar, esa manera de mandar sin levantar la voz, me empalmó del todo. Aparté la toalla y me quedé desnudo sobre la cama, con la oreja clavada en la pared y la otra mano ya rodeándome.

—Quiero que me comas el coño —le dijo ella— y vaciarme en tu boca mientras te la masturbo.

Ya no hubo más palabras. El colchón volvió a sonar y los movimientos arrancaron otra vez, más fuertes, más rápidos. Los gemidos corrían en paralelo a cada golpe. Yo me escupí en la mano y empecé a meneármela despacio, midiéndome, como si estuviera dentro de aquella habitación, a un palmo de ellos, viéndolo todo.

No pasó ni medio minuto cuando ella empezó.

—Ya, ya, ya —repetía, y los golpes subían de intensidad—. Ya, ya, yaaaa.

Los golpes cesaron de repente. Y entonces mi sorpresa fue aún mayor, porque además del jadeo contenido de quien se está corriendo, oí otro sonido, uno inconfundible, el de la presión de alguien orinando. Se estaba meando y corriendo a la vez.

—¿Te gusta? —decía ella con la voz quebrada—. ¿Te gusta que te empape así?

Él no podía articular nada. Solo un gruñido ahogado.

—Abre la boca y no pares hasta que me vacíe —le ordenó.

Dios. No podía parar de tocarme, y los gestos me salían más rápidos y más bruscos de lo normal. Estaba a un paso de correrme y tuve que apretar la base para aguantar. No quería que aquello terminara todavía.

El ritmo se frenó. Ella jadeaba, exhausta, recuperando el aire. Pero la cosa no acabó ahí. Algo dijo que no llegué a entender, una frase a medias donde solo capté «...tragar entera». Lo descifré enseguida, porque un sonido gutural, denso, profundo, me indicó que se la estaba comiendo hasta el fondo de la garganta. Las pausas y las respiraciones entrecortadas lo confirmaban cada pocos segundos.

Él tuvo problemas para terminar. Se lo dijo, que no podía, supongo que por todo el vaivén de antes, por las veces que ella le había cortado el orgasmo a media subida. Pero a ella no parecía importarle lo más mínimo. Estaba demasiado cachonda para detenerse.

—Una polla tan dura tiene que darme todo lo que tenga —le dijo, y ahora sí la escuché clarísima—. Y te la voy a comer hasta sacarte la última gota. Y como quiero seguir tan caliente como estoy, también vas a decirme la guarra que parezco haciéndote esto.

Hubo un silencio breve, y luego él respondió, ronco.

—Desde luego que eres una guarra. Y te pones todavía peor cuando la chupas así. Lo único que puedo hacer es ponértela más dura para que te la tragues entera. Y eso es lo que más te gusta, ¿verdad?

Yo estaba al borde. Sentí los primeros espasmos de aviso, esa corriente que sube desde abajo y no admite marcha atrás. Unos segundos después me corrí en mi propia mano, una descarga blanca y caliente que me resbaló entre los dedos mientras seguía sujetándome la polla, dura todavía, acompañando con un jadeo contenido lo que pasaba al otro lado de la pared.

Pero ellos no habían terminado. Oí un par de cachetes secos contra la piel, contra un culo, y deduje que ahora ella estaba encima de él.

—Sigue —le dijo él tras los azotes—, que ya viene.

Ella jadeó más fuerte.

—Pásame la lengua por el coño que me corro yo también —pidió.

Él, que ya iba a explotar, debió de hacer algo más, porque ella replicó de pronto, sorprendida.

—Joder, no me esperaba ese dedo ahí —dijo, y el «mmmmm» que vino después no dejaba dudas de que se estaba corriendo de nuevo.

—Pon la boca —ordenó él, con la voz rota.

Un par de golpes más del colchón, y después el silencio. El de los dos. Y el mío.

Me quedé tumbado en la oscuridad, con el pecho subiendo y bajando, la mano pegajosa y la oreja todavía cerca de la pared, como si esperara una continuación que no iba a llegar. Al otro lado solo se oía ya alguna risa baja, el roce de unas sábanas, el murmullo de dos personas que volvían poco a poco al mundo.

Nunca supe quiénes eran. Por la mañana, en el desayuno, miré a cada pareja del comedor preguntándome si serían ellos, buscando una pista, un gesto cómplice, una manera de mirarse. No reconocí a nadie. Quizá ya se habían marchado, quizá nunca coincidimos.

El polvo lo echaron ellos, eso es verdad. Pero la paja que me hice aquella noche, escuchando a dos desconocidos a través de una pared de hotel, sin verlos, imaginándolo todo, nunca la he vuelto a sentir tan real. Y a veces, cuando viajo y me toca dormir solo en una habitación cualquiera, me sorprendo prestando atención a la pared, esperando.

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Comentarios (5)

noctambulo33

Que relato mas perturbador y excitante al mismo tiempo. Me quede pegado leyendo!!!

LauritaM

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues...

HotelFan99

Me paso algo parecido en un hotel en Mar del Plata jaja, las paredes son de carton. Muy bueno el relato!

ElenaViajera

Me pregunto si el protagonista los cruzo al dia siguiente en el pasillo. Que momento tan incomodo hubiera sido jaja

Mara_BA

Increible como lograste transmitir esa tension. No pude parar de leer hasta el final.

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