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Relatos Ardientes

Ella perfumó su ropa interior antes de dármela

Llegué a casa todavía con el pulso acelerado, como si el cuerpo no terminara de creerse lo que había pasado un rato antes. Dejé las llaves del coche en el cajoncito de la entrada, junto al manojo del portal y un par de monedas sueltas, y colgué la chaqueta en el perchero. Era un gesto automático, de todas las noches, pero esa noche mis manos sabían que no estaban manejando una rutina cualquiera.

En la bolsa que traía estaba la camisa nueva que me había comprado por la tarde, todavía con la etiqueta puesta. Y junto a la camisa, envueltas casi con disimulo, las bragas de aquella mujer del cine. Me gusta lavar la ropa recién comprada antes de estrenarla, así que llevé la bolsa directamente al cuarto de la lavadora. La camisa, de todos modos, no iba a meterse sola en el tambor.

Saqué la camisa primero, le arranqué la etiqueta y la dejé sobre la repisa. Después metí la mano y rocé la tela fina de la prenda de ella. La saqué despacio, casi con respeto, y me quedé un momento de pie, en silencio, con esa cosa entre las manos.

Las observé de nuevo bajo la luz blanca del cuarto. Eran de un azul oscuro, casi marino, con un tejido que transparentaba tanto por detrás como por delante. No eran pequeñas; ella tampoco era una mujer menuda. Pero lo que me llamó la atención fueron las marcas: unos cercos blanquecinos y algunos tonos amarillentos por la parte de adelante, justo donde el tejido había estado pegado a su coño toda la tarde. Era el rastro de todo lo que había soltado, de cuánto se había mojado antes incluso de que la cosa empezara de verdad. Un mapa entero de su calentura dibujado sobre la tela.

Nunca había tenido unas bragas así delante. Quiero decir, así, para mirarlas con calma y entender lo que tenía entre los dedos. Y reconozco que el simple hecho de sostenerlas me devolvió de golpe a la sala oscura del cine, a su mano buscando la mía sobre el reposabrazos, a su forma de mirar al frente como si en la pantalla estuviera pasando algo que en realidad estaba pasando entre nuestras piernas.

No me lo inventé. Pasó. Y esto que tengo en la mano lo demuestra.

Mi cuerpo empezó a reaccionar antes que mi cabeza. Lo noté en los bajos, esa primera señal tibia que avisa de lo que viene, la polla empujando contra el pantalón, engordando de a poco.

Me las acerqué a la nariz casi sin pensarlo. La verdad es que no desprendían un olor que pudiera identificar claramente con el flujo, ni con ese olor a sexo que tiene una mujer cuando se moja del todo. Lo que me sorprendió fue otra cosa: olían a perfume. Un perfume dulce, denso, exactamente el mismo que había percibido cuando ella volvió del baño del cine y se sentó de nuevo a mi lado.

Tardé un segundo en entenderlo y, cuando lo hice, sonreí solo, ahí parado.

Se las perfumó. En el baño. Antes de dármelas.

Lo había planeado. Tenía claro que iba a dejarme esa prenda y, más todavía, que yo iba a olerla en algún momento de la noche. Por eso se molestó en rociarlas, en convertir una cosa usada en una especie de regalo perfumado pensado para mí. Qué lista había sido. Me quedé negando con la cabeza, medio incrédulo, con una mezcla de admiración y de calentón que me subía despacio.

Me la había encontrado en la última sesión, esa que casi nadie elige entre semana. La sala estaba prácticamente vacía y ella se sentó dos butacas más allá de la mía, aunque había una fila entera libre. No fue casualidad. A los diez minutos de empezar la película, sin mirarme, dejó el bolso en el suelo y movió la mano hasta el reposabrazos que compartíamos.

Yo no respiraba. Tenía los ojos clavados en la pantalla sin entender una sola escena, pendiente solo de esos dedos que se acercaban a los míos milímetro a milímetro. Cuando por fin se tocaron, ninguno de los dos retiró la mano. Ella la giró despacio, entrelazó los dedos con los míos y apretó, como diciéndome que sabía exactamente lo que hacía y que no pensaba parar.

Lo que pasó después en esa penumbra fue mucho más de lo que cualquiera esperaría de una butaca de cine. Bajó mi mano de un tirón hasta ponérmela entre los muslos, por encima de la falda, y me hizo apretar. Ahí notaba el calor húmedo saliéndole del coño incluso a través de la tela. Empujé los dedos hacia arriba y ella abrió más las piernas, corriéndose ligeramente en la butaca para dejarme espacio. Le subí la falda hasta la cintura sin que se resistiera. Al llegar a las bragas descubrí lo empapadas que las tenía: la tela pegada, escurriéndose de flujo, un charco tibio en la entrepierna.

Aparté el elástico con dos dedos y se los metí de golpe. Estaba tan mojada que entraron enteros hasta los nudillos sin la menor resistencia. Ella se mordió el puño para no gritar y su coño se cerró alrededor de mis dedos con una fuerza que no me esperaba. Empecé a bombeársela ahí mismo, en silencio, escuchando el ruido húmedo que hacían sus jugos cada vez que sacaba y volvía a meter. Con el pulgar le buscaba el clítoris, lo encontraba hinchado y duro como un botoncito, y le daba vueltas mientras seguía follándola con dos dedos.

—Más adentro —me pidió al oído, con la voz rota, sin levantar el tono ni un milímetro—. Métemelos hasta el fondo.

Le metí un tercero. Se le escapó un gemido pequeño que ahogó contra mi hombro, mordiéndome la camisa. Con la otra mano me buscó el bulto por encima del pantalón, me lo apretó fuerte, y sin pedir permiso me bajó la cremallera y me sacó la polla ahí, en plena butaca. La agarró con los dedos todavía fríos y empezó a hacérmela despacio, marcándome un ritmo largo, apretando la piel arriba y abajo, descubriéndome el glande y volviéndolo a tapar. Yo seguía metiéndosela con los dedos y ella seguía meneándomela, los dos mirando al frente como si en la pantalla estuviéramos viendo algo más que ese partido a oscuras que nos estábamos jugando.

En un momento se inclinó, se agachó hacia mi regazo con la cara pegada a mi entrepierna, y me la metió en la boca. No sé cómo se las arregló para que no la viera nadie, pero se puso a mamármela con una calma de vieja experta, tragando entera la polla, chupando fuerte al subir, dando vueltas con la lengua en la punta cada vez que llegaba arriba. Yo apretaba los dientes para no soltar un ruido. Le enredé la mano en el pelo y la dejé mandar. Cuando notó que iba a correrme se apartó de golpe, se enderezó y me apretó la base con dos dedos para cortarme el orgasmo en seco.

—Todavía no —me susurró, con los labios brillantes—. Aguántatelo.

Volvió a agarrarme la polla y empezó a pelármela otra vez, muy despacio, mientras yo le hundía tres dedos en el coño y le buscaba el punto de dentro con la yema. La sentí temblar entera. Cuando se corrió lo hizo callada, aplastándose contra el respaldo, apretando los muslos contra mi mano, empapándome la palma hasta la muñeca. Se estuvo así un rato largo, latiendo alrededor de mis dedos, respirando por la boca sin hacer ruido.

Antes de irse, ese gesto rápido bajo el abrigo, las bragas dobladas que me puso en la mano sin decir nada, sacadas debajo de la falda con una habilidad que solo tiene quien ya lo tenía pensado, y una sonrisa de medio lado.

Sin soltar las bragas, todavía con el recuerdo entero del polvo de esa tarde, lo que se había encendido en mí terminó de crecer. La polla se me puso tiesa en el pantalón, la punta empujando la tela, marcando el bulto. Pasé la mano por encima varias veces, comprobando lo evidente, manteniéndolo, alargando esa tensión sin prisa.

—¿Y si me la pelo? —dije en voz baja, a nadie.

Me respondí solo, también en voz baja.

—No. Me la voy a pelar.

Había una silla vieja en un rincón del cuarto, de esas en las que uno se sienta para atarse los zapatos. La acerqué, me senté y me bajé el pantalón hasta las rodillas. Después me bajé también los calzoncillos y la polla saltó fuera de golpe, dando un latigazo contra el abdomen. No estaba tan dura como lo había estado en la oscuridad del cine, cuando ella me la tuvo en la boca. Aquello había sido otra cosa, brutal, de las que no se repiten fácil. Ahora la tenía algo más blanda, más manejable, y lo miré por el lado bueno: así iba a sentir cada pasada con más detalle.

Me llevé la mano a la boca, junté un buen buche de saliva y me la escupí directamente en el glande. Escurrió despacio por toda la longitud. La deslicé por la punta para que resbalara bien, cerré el puño alrededor y le di la primera pasada larga, de la base al capullo, apretando fuerte. Un escalofrío me recorrió de las pelotas al ombligo.

Con la otra mano sostenía las bragas, que volví a acercar a la nariz. Respiré hondo. El perfume de ella me llenó otra vez la cabeza, y por debajo del perfume, ahí, si respiraba más profundo, aparecía otro olor, el que había estado buscando: un fondo a coño, a mujer mojada, a lo que había soltado toda la tarde en esa butaca. Ahí estaba. Escondido pero presente. Empecé a moverme más rápido.

Como no estoy operado de fimosis, la piel me cubre el glande, así que veía perfectamente cómo se descubría y se volvía a esconder con cada movimiento. Iba marcando un ritmo regular, la mano cerrada bien apretada en la base, subiendo despacio hasta que el capullo asomaba brillante y morado, y bajando otra vez con la palma bien pegada. De tanto en tanto lo aceleraba un par de pasadas y volvía a frenar. Cada vez que sentía que subía un grado más, me pegaba la tela a la nariz y aspiraba con fuerza, como si quisiera meterme el recuerdo entero por dentro.

En un par de ocasiones llegué a sacar la punta de la lengua y rozar el tejido para sentir su textura. Busqué con la lengua justo en la parte más marcada, en los cercos amarillentos, y noté el gusto salado del flujo seco por debajo del perfume. Se me escapó un jadeo. Cerré los ojos y me imaginé que esa tela seguía puesta en ella, que se la estaba lamiendo por encima, con el coño empapado latiendo contra mi boca. La polla me dio un tirón fuerte, se me puso durísima, las venas perfectamente dibujadas, el glande hinchado y morado. Tuve que parar para volver a escupirme en la mano y seguir con la mano bien resbalada.

Seguí. La tela pegada a la cara, la mano marcando un ritmo más cerrado, más urgente, apretando debajo del capullo en cada subida, ahí donde más se siente. Cerré los ojos y dejé de mirar la prenda para verla a ella: su perfil iluminado por la pantalla, su manera de morderse el labio cuando subía la tensión, el momento en que se inclinó y me metió la polla en la boca en la penumbra, la mamada larga y silenciosa, sus dedos apretándome la base cuando ya me iba a correr. La imaginé arrodillada delante de mí ahí mismo, en ese cuarto, con esa misma boca alrededor de mi polla, tragándome hasta el fondo, mirándome desde abajo.

Aceleré la mano. Con la otra me bajé y me sujeté las pelotas, apretándomelas suavemente, tirándomelas hacia abajo para retrasarlo un poco. Volví a llevarme las bragas a la nariz, aspiré una última vez, y ahí ya no aguanté. Cuando noté que aquello empezaba a subir, ese cosquilleo que arranca abajo, en el perineo, y avisa con segundos de adelanto, ese calor que te sube por las pelotas y se te clava en la punta, bajé las bragas y las puse justo debajo, abiertas sobre mis muslos. Quería que todo fuera a parar exactamente sobre las marcas que ella había dejado esa tarde. Que mi corrida se mezclara con su flujo. Que lo mío quedara encima de lo suyo.

La primera tanda salió con un latigazo, un chorro grueso que se disparó y aterrizó de lleno sobre la tela azul. La segunda cayó justo encima. La tercera fue más floja pero igual de blanca, un hilo espeso que se me escurrió por los nudillos hasta las bragas. Me seguí pelando la polla más despacio, sacándome cada gota, viendo cómo la tela azul se iba regando de blanco, una mancha sobre otra, cómo se hinchaba de mi semen empapándose. Fue mucho más de lo que esperaba. Al soltar la última gota aparté la punta, cerrándola con la piel como si escurriera lo que pudiera quedar dentro, y me eché hacia atrás en la silla para respirar hondo.

—Uf —fue lo único que conseguí decir.

Me quedé un rato así, con la polla todavía latiendo en la mano, ya blanda pero sensible, la respiración entrecortada y un cosquilleo en las piernas, ese que queda después de una buena paja. Cuando me recompuse, vi que todavía asomaba un hilo de leche colgando del glande. Recogí las bragas, empapadas y calientes, y me limpié con ellas la polla entera, pasando la tela por el capullo, por el tronco, por debajo de las pelotas. Casi con cuidado, como si limpiarme con ellas fuera la última parte del ritual que ella había empezado en el baño del cine.

***

Me subí el pantalón y me lo abroché. Recogí las bragas, ahora pesadas y húmedas de dos jugos distintos, y las solté dentro del tambor junto con la camisa nueva y un par de cosas más que tenía para lavar. Eché el detergente, cerré la tapa y giré el programa.

La máquina arrancó con su zumbido bajo y empezó a llenarse de agua. Me quedé mirándola unos segundos, como si dentro estuviera lavándose algo más que tela. En cierto modo así era. Mañana esas bragas saldrían limpias, sin marcas, sin olor, sin nada que delatara la tarde. Solo quedaría el recuerdo, y el recuerdo no se va con ningún programa de centrifugado.

Me fui a la cocina, abrí la nevera y saqué una cerveza. La destapé y le di el primer trago apoyado en la encimera, mirando hacia el cuarto de la lavadora desde lejos. Ese día tenía que terminar así, me dije: con una cerveza fría, sin prisa, y con un perfume de mujer todavía pegado a la nariz que, además de agradable, era de los que no se sueltan fácil.

Pensé en ella. En que probablemente, a esa misma hora, estaría en su casa con la mano metida entre las piernas, imaginándome exactamente lo que acababa de hacer, corriéndose otra vez pensando en su corrida mezclada con la mía sobre esa tela azul. Lo había dejado todo preparado para eso. Le di otro trago a la cerveza y sonreí en la cocina vacía.

Bien jugado. Espero que haya una próxima vez.

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Comentarios(8)

DarkReader_22

Increible!! de los mejores que lei en mucho tiempo, no pude parar hasta el final.

SandraGba

Uf, que morbo. Se siente real y eso lo hace todo mas intenso todavia.

PabloMendez_R

Por favor que haya segunda parte, quede con demasiadas ganas de saber como siguio la historia con ella.

Celeste_MDQ

jajaja la parte de la lavadora me mato. Los detalles hacen toda la diferencia en un relato.

NachoPlata

Me recordo a algo que me paso hace unos años. Esas situaciones no te las olvidás nunca.

CarlosM77

Bien narrado, se nota que hay imaginacion detras. Espero mas relatos en este estilo!

TiagomDP

La tension que construye al principio es lo mejor del relato. Muy bueno.

VickyCordoba

Excelente!! sencillo pero muy sugerente, de esos que te quedan dando vueltas en la cabeza un rato.

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