La fantasía que ella me dejó al despertar
Me despierto antes de que suene la alarma, desnudo y duro, con la sábana enredada entre las piernas como si hubiera peleado con ella toda la noche. La habitación todavía está en penumbra. Por la rendija de la persiana entra una línea fina de luz gris que cruza la cama y se detiene justo donde su cuerpo estuvo apoyado hace unas horas.
Lo primero que vuelve no es una imagen, es un sabor. El sabor de ella en mi boca, su olor todavía prendido en la almohada de al lado. Cierro los ojos y la tengo otra vez encima de mí, riéndose bajito, susurrándome cosas que ningún otro me había dicho nunca.
Mariana se fue temprano. Lo sé porque su lado de la cama está frío y porque dejó una nota en el espejo del baño que vi de reojo cuando me levanté a beber agua en mitad de la noche. Sigue pensando en mí. Eso decía. Como si hiciera falta pedírmelo.
No me muevo. Me quedo así, boca arriba, escuchando mi propia respiración y dejando que la memoria haga el resto. Tengo la piel sensible, alerta, como si todo lo de anoche hubiera dejado una marca invisible que solo yo puedo sentir.
***
Giro la cabeza hacia la mesita y ahí está. El plug, apoyado sobre un pañuelo de papel, brillando apenas con la poca luz que entra. No lo guardé. Lo dejé a la vista, casi a propósito, sabiendo que sería lo primero que iba a ver al despertar.
Verlo me devuelve la escena entera. Mariana arrodillada entre mis piernas, con esa sonrisa que tiene cuando descubre algo que le gusta. Sus manos, sus dedos explorándome con una paciencia que me volvía loco. La forma en que me miraba a los ojos mientras lo hacía, comprobando cada gesto de mi cara, midiendo hasta dónde podía llevarme.
Soy hetero. Lo he sido siempre, sin dudas ni preguntas. Pero ella entendió antes que yo que el placer no tiene tantas reglas como uno cree. Que el cuerpo entero está hecho para disfrutar, no solo la parte que uno espera. Y esa noche me lo demostró sin prisa, sin pedir permiso más que con la mirada.
—¿Confías en mí? —me había preguntado, con la voz baja, casi contra mi oído.
—Sí —dije, y era verdad.
Confiaba. En ella confiaba más que en nadie.
***
Mi mano derecha empieza a moverse sola. Baja por el pecho, por el vientre, despacio, mientras la otra sigue apoyada detrás de la nuca. La tengo dura desde que abrí los ojos, pero no quiero ir rápido. Quiero alargar esto. Quiero que dure lo que duró anoche.
Me rodeo con los dedos y aprieto sin moverme, solo para sentir el latido. El recuerdo de su boca llega como una ola: cómo me tomó entera, sin asco, sin teatro, con un hambre que me dejó sin aire. Subía y bajaba mirándome, y cada vez que yo cerraba los ojos ella se detenía y esperaba a que volviera a mirarla.
—No te escondas —me dijo una de esas veces—. Quiero verte.
Y yo no me escondí. Le sostuve la mirada hasta el final, hasta que sentí que no iba a poder aguantar mucho más.
Pero anoche no me dejó terminar tan pronto. Tenía otros planes.
***
Me incorporo un poco, apoyo la espalda en el respaldo y estiro el brazo hacia la mesita. Junto al plug hay un frasco de lubricante, también a la vista, también olvidado a propósito. No es casualidad que las dos cosas estén ahí, esperándome. Anoche lo planeé sin admitírmelo, mientras la veía vestirse y prometer que volvería el fin de semana.
Abro el frasco. El sonido del tapón rompe el silencio de la habitación y me eriza la piel. Me pongo un poco en los dedos, lo caliento frotándolos, y vuelvo a recostarme.
Mi mano izquierda sigue ocupada arriba, acariciándome con un ritmo lento, mientras la derecha baja más allá, entre mis piernas, hacia ese punto que durante años creí que no me pertenecía. Lo rozo apenas con la yema de un dedo y todo el cuerpo me responde. Un escalofrío me sube por la espalda y se me corta la respiración un segundo.
Es ridículo cuánto me gusta. Cuánto me costó admitir que me gusta.
***
La primera vez que Mariana me lo propuso, me reí. No de ella, sino de mí, de la incomodidad, de no saber qué hacer con esa propuesta. Ella no insistió. Solo me dijo que lo pensara, que no había nada de malo, que el cuerpo es del que lo habita y de nadie más.
Tardé semanas en animarme. Y cuando lo hice, fue como abrir una puerta que llevaba toda la vida pintada en la pared, una puerta que yo juraba que era solo decoración. Detrás había una habitación entera que no conocía.
Ahora la conozco bien. Demasiado bien, diría alguno. Pero a mí me da igual lo que diga nadie.
Presiono con un dedo y entra con facilidad. Estoy más que acostumbrado. Lo muevo despacio, en círculos, buscando el ángulo exacto, ese que me hace ver puntos de luz detrás de los párpados. Lo encuentro y se me escapa un gemido que rompe el silencio. Me sorprende mi propia voz, ronca, todavía pastosa de sueño.
Meto un segundo dedo. Me sabe a poco. Anoche fue mucho más y mi cuerpo lo recuerda, lo reclama. Vuelvo a mirar el plug sobre la mesita.
***
Lo agarro. Pesa más de lo que parece, frío contra la palma de la mano. Es de tamaño considerable, casi cinco centímetros en la parte más ancha. La primera vez me pareció imposible. Hoy es casi una costumbre, aunque nunca deja de imponerme un poco de respeto, y ese respeto es parte de lo que me gusta.
Le pongo lubricante con calma, sin apuro, girándolo entre los dedos como ella lo hacía. Recuerdo sus manos haciendo exactamente esto, su voz diciéndome que respirara, que me relajara, que ella se ocupaba de todo.
—Despacio —decía—. No tenemos prisa. Tenemos toda la noche.
Me acomodo. Levanto las rodillas, apoyo bien los pies en el colchón y llevo el plug hacia atrás. Respiro hondo, como me enseñó, y empiezo a empujar.
La primera resistencia siempre está ahí. Ese instante en que el cuerpo duda, en que se cierra antes de ceder. Pero no es dolor. Es otra cosa, una presión que se transforma, que me obliga a concentrarme en cada milímetro. Empujo un poco más y siento cómo se va abriendo paso, lento, firme, hasta que de golpe el cuerpo cede y la parte más ancha pasa.
El esfínter se cierra alrededor de la base. Listo. Adentro.
Me quedo quieto, jadeando, con los ojos clavados en el techo. Por dentro todo está tenso y al mismo tiempo entregado. Siento su peso, su presión constante, ese roce que no se va, que late con mi propio pulso.
***
Y ahora sí, vuelvo a mi polla.
La tomo con la mano resbalosa todavía de lubricante y empiezo a moverla, lento al principio, con fuerza desde el primer momento. La combinación es brutal. Por delante el placer conocido de siempre, por detrás esa plenitud que me llena, que me hace sentir cada terminación nerviosa encendida a la vez.
Cierro los ojos y ahí vuelve ella. Mariana encima de mí, moviéndose, controlándolo todo, susurrándome al oído lo bien que lo hacía, lo mucho que le gustaba verme así, abierto, sin defensas, sin la coraza con la que ando por el mundo el resto del día.
—Mírate —me decía—. Mira lo que eres capaz de sentir.
Y yo me dejaba mirar. Por primera vez en mi vida me dejaba mirar de verdad.
***
El ritmo de mi mano se acelera. No puedo evitarlo. Cada vez que contraigo el cuerpo, el plug responde, me devuelve la presión, me empuja hacia un borde que se acerca demasiado rápido. Quiero aguantar. Quiero estirar este momento robado de un martes cualquiera, esta media hora antes de tener que ser otra vez el de siempre.
Pero no voy a poder.
Aprieto los dientes, arqueo la espalda. La almohada de al lado todavía huele a ella y respiro ese olor como si fuera oxígeno. Mi mano vuela ya, sin control, y por dentro siento que algo se acumula, que sube desde muy abajo, desde un lugar que ella me enseñó a habitar.
Pienso en su sonrisa. En sus dedos. En la nota del espejo. Sigue pensando en mí.
No estoy pensando en otra cosa. No puedo.
***
Cuando llego, llego entero. El cuerpo se me tensa de pies a cabeza, el esfínter se cierra con fuerza alrededor del plug y eso multiplica todo, lo lleva a un lugar que ninguna otra cosa me da. Me corro con un gemido largo, sostenido, que no me molesto en disimular porque estoy solo y porque me da igual quién pueda oírme.
Son varios segundos en los que no existe nada más. Ni el trabajo, ni la alarma que está por sonar, ni la vida ordenada que me espera al otro lado de la puerta. Solo este temblor, este vacío que se llena, este placer que durante años me negué sin saber siquiera lo que me estaba perdiendo.
Después, el silencio.
***
Me quedo tendido, respirando hondo, con la mano todavía sobre el pecho que sube y baja. El plug sigue dentro, recordándome lo que acaba de pasar, lo que pasó anoche, lo que va a volver a pasar el fin de semana cuando ella regrese.
Me río solo, en voz baja, mirando el techo. Pienso en el hombre que era hace un año, el que se reía incómodo ante una simple propuesta, el que creía que su cuerpo tenía zonas con cartel de prohibido. Ese hombre no sabía nada.
Estiro el brazo, agarro el teléfono de la mesita y le escribo un mensaje corto. Acabo de pensar en ti. Mucho. Lo envío sin pensarlo dos veces.
La respuesta llega casi al instante, como si ella también estuviera despierta, esperando.
—Demuéstramelo el sábado —dice.
Sonrío. Suelto el teléfono y me quedo un rato más en la cama, sin ganas de moverme, dejando que el cuerpo baje despacio de las nubes. Afuera el día empieza, indiferente. Pero yo ya gané la mañana, y eso nadie me lo va a quitar.
Faltan cinco días para el sábado. Voy a contarlos uno por uno.