Cumplimos la fantasía de mi novia con cinco hombres
La escena que tenía delante de mis ojos la había visto cientos de veces en la pantalla del teléfono, siempre a escondidas, siempre con el sonido bajo. La diferencia, esa noche, era enorme: la protagonista no era una actriz desconocida con un nombre falso. Era Renata, mi novia, la chica con la que dormía cada noche.
Estaba arrodillada en medio de mi habitación, sin una sola prenda encima. Rubia, delgada, con esa espalda larga que siempre me había vuelto loco. A su alrededor, cinco hombres igual de desnudos formaban un círculo cerrado. Yo me había sentado en el sillón, en un costado, un poco en la penumbra, justo donde habíamos acordado que estaría.
Lo habíamos hablado tantas veces que ya parecía un cuento que nunca íbamos a vivir. Una fantasía que repetíamos en la cama, en voz baja, mientras nos tocábamos. Y ahora estaba ocurriendo de verdad, a un metro de mí, y no sabría decir quién de los dos lo estaba disfrutando más.
—¿Estás bien? —me había preguntado ella una hora antes, mientras se ataba el pelo frente al espejo.
—Mejor que bien —le respondí—. ¿Y vos?
—Tengo miedo y ganas a la vez —dijo, y sonrió de un modo que nunca le había visto.
Ese miedo con ganas era exactamente lo que yo también sentía.
***
Sus manos, pequeñas y finas, sostenían dos vergas a la vez. Las iba pasando de una a la otra, llevándose primero una a la boca y después la siguiente, sin perder el ritmo. Mientras tanto, un montón de manos le recorrían los pechos, le pellizcaban los pezones y se los estiraban con suavidad. Renata tenía los ojos entrecerrados y la respiración pesada.
Lo más increíble era cómo se las arreglaba para atender a todos teniendo solo dos manos. Soltaba una y agarraba otra. Si alguno le acercaba la suya a la cara, abría la boca y se la metía sin pensarlo. Pajeaba a dos mientras chupaba a un tercero, y aun así parecía querer más.
Yo me había bajado los pantalones y me tocaba despacio, como un adolescente espiando algo que no debería estar viendo. No quería terminar pronto. Quería que durara, grabarme cada detalle en la memoria.
Lo extraño era lo que sentía por dentro. No eran celos, aunque había temido que aparecieran. Era algo más difícil de nombrar: orgullo, deseo y una ternura rara, todo mezclado. La conocía mejor que nadie en esa habitación y, sin embargo, esa noche descubría una versión de ella que jamás había visto.
Me fijé en los detalles pequeños. En cómo se le marcaban los músculos de la espalda cada vez que se inclinaba. En las gotas de sudor que le bajaban por la nuca. En la manera en que arqueaba los pies contra el piso cuando algo le gustaba de verdad. Eran gestos que yo conocía de memoria de nuestras noches a solas, y verlos ahí, multiplicados, me dejaba sin aire.
El sonido era, quizás, lo mejor de todo. Mejor incluso que la imagen. En aquella habitación se escuchaba con una claridad absoluta el ruido húmedo que hacía ella al tener una verga en la boca. Un sonido mojado, ronco, que se distorsionaba cada vez que alguno la sujetaba de la nuca y empujaba un poco más adentro.
Ellos le agarraban la cabeza y la mantenían así durante varios segundos. O se movían hacia adelante y hacia atrás, marcando un compás lento. Y estaba la urgencia de Renata, que cambiaba de uno a otro cada pocos segundos, como si tuviera miedo de que alguno se sintiera dejado de lado. Estaba completamente entregada.
***
Después de un rato, uno de ellos —un tipo alto, de barba corta, al que los demás llamaban Dami— le tendió la mano y la ayudó a levantarse del piso. La llevó hasta mi propia cama, esa donde dormíamos los dos cada noche, y se acostó boca arriba con las piernas abiertas.
Renata se acomodó en cuatro patas entre sus piernas y empezó a chupársela, despacio al principio, tomándose su tiempo. Y como tenía el culo libre y levantado, otro de los hombres se le acercó por detrás.
Le abrió las nalgas con las dos manos, como quien aparta una cortina, y hundió la cara entera contra ella. Empezó a lamerle el sexo ante mi mirada y la de los otros tres que esperaban su turno. Yo apreté los dientes. Era una imagen que iba a recordar el resto de mi vida.
Ahora Renata ya no atendía a cinco a la vez, sino a uno solo, mientras el de atrás le comía el coño con un hambre que daba envidia. Y daba envidia de verdad: ese tipo se convirtió en el más afortunado de la noche. Levantó la cabeza un segundo, se relamió y soltó una frase que nos dejó a todos en silencio.
—Está empapada. No tiene sentido que ustedes esperen.
Lo dijo sin dejar de mirarla, y volvió a bajar la cabeza. Estaba bebiéndose todo lo que el cuerpo de ella empezaba a soltar. Ninguno de nosotros tuvo oportunidad de hacer lo mismo, porque cuando se cansó de lamerla no le cedió el lugar a nadie. Se incorporó, se acomodó detrás de ella y se la metió de una sola vez.
***
Renata pegó un grito corto, un «ahhh» ahogado, y enseguida volvió a llevarse a la boca la verga del hombre que tenía delante. El de atrás empezó despacio, midiendo, y fue acelerando de a poco. Llegó un momento en que las embestidas eran tan fuertes que se escuchaba el golpe seco de su cuerpo contra el de ella, una y otra vez, sin pausa.
Dos de los tres que aún esperaban se subieron a la cama, uno a cada lado de su cara. Entonces Renata, que un segundo antes chupaba a uno solo, pasó a tener tres vergas alrededor de la boca, alternando entre las tres con una desesperación que me volvía loco.
Mi pene estaba a punto de explotar. Lo que veía era lo más intenso que había presenciado en mi vida. Se estaban cogiendo a mi novia y yo lo vivía como si fuera yo el que estaba ahí, dentro de ella. Me gustaba todo. Quería más.
Nunca pensé que ver a otra persona con ella podría unirnos en lugar de separarnos.
Empezaron a turnarse. Cada uno fue pasando por su boca y por el resto de su cuerpo, como si llevaran un orden silencioso que solo ellos conocían. Renata se dejaba acomodar, levantar, girar. No protestaba por nada. Solo pedía, con los ojos y con la voz ronca, que siguieran.
***
Y entonces llegó el momento que más recuerdo. Tres de ellos la penetraron al mismo tiempo. Uno se recostó debajo y ella se sentó encima. Otro se acomodó detrás. Y el tercero, de pie frente a su cara, le ofreció la verga para que la chupara.
Los tres se movían a la vez, empujando con un ritmo que parecía imposible de coordinar y, sin embargo, funcionaba. Incluso el que tenía la verga en su boca se sostenía de su cabeza para marcar el compás. Renata gemía entre cada empuje, con los ojos cerrados, perdida en algo que yo apenas alcanzaba a imaginar desde mi sillón.
—Mirame —le dije en voz baja, casi sin pensarlo.
Ella abrió los ojos y, en medio de todo eso, me buscó. Me encontró en la penumbra y me sostuvo la mirada un segundo entero. Fue lo más íntimo de toda la noche. Ella, rodeada de cinco hombres, eligiendo mirarme a mí.
No quedó parte de su cuerpo sin atender aquella noche. Hubo manos en todas partes, bocas en todos lados, y un ruido constante de piel contra piel que llenaba el cuarto.
***
Después de un largo rato —tanto que perdí la noción del tiempo— los cinco empezaron a cansarse. La acomodaron de nuevo en el centro de la habitación, arrodillada sobre el piso, igual que al principio. Como si la noche se cerrara en círculo.
Entonces los cinco hombres, más yo, nos pusimos a su alrededor. Cada uno se tocaba mirándola, y la respiración de todos se fue volviendo más rápida y ronca. Renata levantó la cara, cerró los ojos y esperó, con esa misma sonrisa de antes, la de miedo y ganas a la vez.
Cuando el primero empezó a acabar, los demás lo seguimos casi al mismo tiempo. Le terminamos encima, sobre el pecho, sobre la cara, sobre el pelo rubio que tanto me gustaba. Ella se quedó quieta, recibiéndolo todo, sin apartarse.
Cuando terminamos, el cuarto quedó en silencio. Solo se escuchaba el sonido de todos tratando de recuperar el aire. Renata abrió los ojos, me buscó otra vez entre los cuerpos y me sonrió.
—¿Te gustó? —me preguntó, con la voz hecha un hilo.
—No tenés idea —le contesté.
Los hombres se fueron vistiendo de a poco, en silencio, casi con respeto. Uno a uno fueron saliendo, y al final quedamos los dos solos en la habitación, ella todavía en el piso y yo arrodillándome a su lado.
La abracé sin que me importara nada. Renata se apoyó en mi pecho y se quedó así, temblando un poco, riéndose por lo bajo.
—Pasé el mejor día de mi vida —murmuró contra mi cuello.
—Yo también —le dije, y era verdad—. Y eso que solo miré.
La levanté en brazos, la llevé hasta la cama deshecha y la metí bajo las sábanas. Nos quedamos abrazados un rato largo, sin hablar, hasta que la respiración de los dos se acompasó. Habíamos cumplido la fantasía que tantas noches nos había acompañado en susurros, y, contra todo lo que la gente diría, no nos había alejado. Nos había acercado más que nunca.