Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El amante que solo vivía en mi imaginación

Olvidé cómo se besa.

Olvidé lo que se siente ser deseada por alguien a quien amas, esa forma en que una mirada te recorre la piel antes de que ninguna mano lo haga. Olvidé el roce, los labios contra los labios, el aliento ajeno mezclándose con el mío. Hace tanto que no me tocan que a veces dudo de seguir teniendo cuerpo.

Soy una fiera encerrada en una jaula que construí yo misma. Una jaula hecha de miedo: miedo a mostrarme, a pedir lo que quiero, a decir en voz alta que ardo. Por fuera parezco tranquila. Por dentro hay un incendio que nadie ha visto nunca.

Llego a casa empapada. Tengo el departamento para mí durante un rato, antes de que mi compañero vuelva de su turno. Afuera la lluvia golpea los vidrios con esa insistencia de las noches que no terminan nunca.

El ambiente está helado. Me meto a la ducha y abro el agua caliente hasta que el vapor lo cubre todo. El primer chorro me golpea la espalda y bajo la cabeza, dejo que el calor me afloje los hombros. Cuando el agua me resbala por el pecho, mis pezones se endurecen al instante, y me sorprendo conteniendo el aliento.

Contrólate.

Me lo digo como si sirviera de algo. Cierro el agua, me envuelvo en una toalla y me visto con lo primero que encuentro: una camiseta vieja, nada debajo. Me tumbo en el sofá. El silencio es tan denso que escucho mi propia respiración. Y entonces, como siempre, te pienso.

***

Te imagino libre. Sin prejuicios, sin distancias, sin todas esas razones que en la vida real nos mantienen separados. Te imagino apareciendo en mi sala como si fuera lo más natural del mundo, como si llevaras años teniendo derecho a estar aquí.

Te miro a los ojos. Tienes esos ojos verdes que me desarman, y me los devuelves sin pestañear, como si hubieras venido solo a esto. Levanto las manos, tomo tu cabeza entre las dos y te acerco hasta que alcanzo tus labios.

Me correspondes. Me besas despacio, con una calma que me deshace, y yo siento que algo dentro de mí, algo que llevaba meses apretado, por fin se suelta. Estoy feliz. Tan estúpidamente feliz que me dan ganas de llorar en medio del beso.

Me tomas de la cintura. Sonríes contra mi boca, me miras con una ternura que parece decir al fin eres mía, y a mí se me corta el aire. Tus manos suben y bajan por mi espalda mientras me besas, y de pronto te detienes solo para mirarme, como si quisieras grabarme.

Acaricias mi rostro. Bajas por el cuello, por los hombros, por el pecho, por el vientre, con una lentitud que es casi una tortura. Me recuestas con cuidado y sigues, sin dejar de tocarme, metiendo la mano por debajo de la camiseta para rozar mis senos con la yema de los dedos.

Puedo sentirte temblar. Puedo verte enrojecer, como si tú también llevaras demasiado tiempo esperando esto.

Vuelves a besarme, pero esta vez no hay nada delicado. Es un beso salvaje, hambriento, primitivo. Me quitas la camiseta de un tirón y me quedo desnuda junto a ti. Me siento a horcajadas sobre tu cuerpo y dejo que me mires, que me devores con la vista.

Sei bellissima —me dices en ese idioma tuyo que apenas entiendo, y de tu boca suena a oración.

Con las manos en mis caderas me enloqueces. Me inclino sobre ti, pego mi cuerpo al tuyo y empiezo a besarte despacio, recuperando el tiempo que nunca tuvimos. Te quito la ropa para sentirte entero. Beso tu pecho, tu vientre, bajo hasta la cadera mientras tú aprietas los dientes.

Te veo a punto de reventar. Te acaricio por encima de la tela, primero apenas, y siento cómo tu respiración se vuelve corta y entrecortada. Te libero, te tomo entre las manos, te acaricio con suavidad. Después te beso, te lamo, hago círculos con la lengua, te recorro de arriba abajo como si memorizara cada centímetro. Sabes a ti, y yo estoy completamente perdida.

Me empujas con dulzura hasta tumbarme de espaldas. Tu boca baja a mis pechos: acaricias, aprietas, besas. Siento tu lengua en el pezón, a veces presionando, a veces mordiendo apenas, lo justo para arrancarme un gemido. Mientras tanto tu otra mano desciende lenta por mi vientre.

No paro de gemir. Recorres con un dedo mi sexo, suave, demorándote en los pliegues, acercándote a ese punto que ya está hinchado y palpitando. Te chupas el dedo y empiezas a acariciarlo en círculos, y yo me retuerzo, arqueo la espalda, busco más. Entonces bajas la cara y me besas ahí, y siento tu lengua diestra explorando, hundiéndose, perdiéndose en mí.

—Por favor —te suplico—, hazme el amor.

Te incorporas. Te colocas sobre mí, me abres las piernas con las rodillas, y siento el calor de tu sexo acercándose al mío antes de tocarme siquiera.

Ti amo —murmuras.

Me tomas las dos manos, una a cada lado de la cabeza, y entonces te fundes en mí de una vez. Gimo. Gimes conmigo. Empezamos ese vaivén lento que enseguida se vuelve urgente, deseo y lujuria mezclados, y tú me repites una y otra vez que soy hermosa. Me incorporo, me siento sobre ti, dejo que me admires, que me toques, que me poseas a tu antojo.

Te cabalgo. Me abrazas, embistes fuerte desde abajo, y cuando te veo a punto acelero, te cabalgo más rápido, hasta que siento la descarga caliente dentro de mí. Me recuesto a tu lado. Te disculpas en un susurro, y yo te abrazo, te digo que te amo, que está bien, que todo está bien.

Nos besamos. Nos acariciamos sin prisa. Me haces cucharita, sigues hablándome al oído, y siento cómo vuelves a crecer contra mí, listo para empezar de nuevo. Estoy tan mojada que entras sin esfuerzo. Una mano en mi sexo, la otra en mi pecho, me llevas de nuevo al borde mientras me susurras que soy todo lo que esperabas, que me vaya contigo, que me corra para ti.

Estallo. El corazón se me dispara, late tan fuerte que lo siento en la garganta.

Abro los ojos.

***

Fue todo una fantasía.

Nunca fueron tus manos. Fueron las mías. Nunca fue tu sexo: fueron mis dedos, dos, tres, moviéndose solos en la oscuridad. Nunca te cabalgué; la única testigo de mis locuras fue la almohada que aprieto entre las piernas cada noche.

Me queda esa melancolía profunda de saber que no estás en mi vida. Que tal vez ni siquiera existes como te imagino, que sos una mezcla de personas reales y de todo lo que me falta. Me limpio el rostro con el dorso de la mano y trato de respirar despacio.

Me arrastro hasta la cama y me hago un ovillo bajo las cobijas, intentando no caer en ese bucle de pensamientos tristes que conozco de memoria. Cierro los ojos. La lluvia sigue. Poco a poco el cansancio gana, y me quedo dormida.

No sé cuánto pasa. Despierto a medias cuando siento que alguien se sienta en el borde de mi cama. Es Mateo, mi compañero de departamento. Reconozco su peso, su olor a noche y a calle mojada.

Me hago la dormida cuando me llama en voz baja. No respondo. Lo escucho dudar un segundo, y después se acuesta a mi lado, muy cerca, y pega su pelvis contra mi cuerpo.

Puedo sentir que está duro.

Empieza a acariciarme por debajo de las cobijas, sin rodeos. Pellizca mis pezones por encima de la tela, baja la mano hasta mi sexo, me toca a través de la camiseta. Moriría porque fueran tus manos, pienso, pero estoy tan excitada que ya no sé negarme.

Me volteo de lado, fingiendo que sigo durmiendo, y apoyo la cola contra él. Me levanta la camiseta despacio, me muerde una nalga, me baja la ropa interior. Lo oigo humedecerse los dedos y volver a mi sexo, dibujando círculos lentos.

—Estás mojadísima —susurra contra mi nuca.

Empieza a masturbarme con la mano. Primero un dedo, después dos, después tres, y yo aprieto los labios para no delatarme. Estoy a punto de correrme cuando, de golpe, se detiene.

Me toma del cuello, sin brusquedad pero con firmeza, y me habla al oído.

—Ya sé que no estás dormida.

Me lleva la cabeza hacia abajo y me guía hasta su sexo. Por un instante me siento indignada, pero la excitación me puede, y termino abriendo la boca. Lo chupo y lo lamo como descubro que le gusta, mientras empino la cola en la oscuridad, ofreciéndome, pidiendo sin palabras que me siga tocando.

Cuando lo tiene a punto de estallar, me pone de lado y me penetra de una sola embestida.

Me duele. Fue inesperado, demasiado de golpe, y se me escapa un quejido. Pero él no se detiene. Empieza a cogerme rápido, sin nada de romanticismo, me tira del pelo y me coloca a cuatro patas. Me da una nalgada, y otra, y otra, hasta dejarme la piel ardiendo. Arde mucho, pero estoy como poseída, y le pido más.

—Me estás volviendo loco —jadea.

Ya a cuatro patas, siento la punta de su miembro acariciar otro lugar, uno donde nunca dejé entrar a nadie. Me pongo nerviosa y le digo que no. Intento incorporarme, pero me vuelve a tumbar y acerca mis caderas a las suyas.

Sigue presionando ahí. Lo oigo escupir, sentir la humedad, y me dice al oído:

—Tócate… te va a gustar.

Empieza a entrar despacio. Mi cuerpo está tenso, cerrado, resistiéndose.

—Relájate —murmura—, así es más fácil.

Mientras avanza, me masturba con la otra mano, y poco a poco la mezcla de dolor y placer me confunde. Siento cómo se desliza dentro de mí, milímetro a milímetro, y de pronto me descubro suplicando justo lo contrario de lo que pedía hace un momento: más fuerte, más rápido.

—Eres una zorra —gruñe—. Claro que te voy a dar duro.

Me toma de las caderas y me empuja contra él. Me consumo en ese placer extraño y nuevo mientras mis propios dedos entran y salen, mientras él dice cosas en su idioma que no entiendo y que igual me encienden por la pura agresividad de su voz.

Me arqueo. Me vengo con una fuerza que me deja temblando, y él me toma del pelo, da una última embestida profunda y se derrama dentro de mí con un gruñido ronco.

Y se va.

Y ahí quedo yo, extenuada, satisfecha, con la respiración hecha pedazos sobre las sábanas revueltas.

Y entonces, igual que antes, me dan ganas de llorar. Porque no eras tú. Porque tal vez no existes. Porque el cuerpo que acaba de usarme no es el que mi corazón espera, y aun así fue lo más cerca que estuve de ti en meses.

Tú, el de los ojos verdes y las palabras que no entiendo, seguís siendo dueño de cada uno de mis orgasmos, aunque nunca hayas tocado mi piel. Vives ahí, en mi memoria, en esa jaula que comparto contigo y con nadie más.

Y allí vivirás, hasta que un día muera de placer pensándote.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (6)

ClaraFV

Que hermoso relato!! me llego justo cuando lo necesitaba, gracias por compartirlo

romantico_nocturno

Muy bien escrito, se nota que hay sentimiento en cada parrafo. Sigue subiendo, necesitamos mas de estos!

SoledadB_lectora

Me recordo a una noche que yo tambien pase sola hace un tiempo. Muy real y a la vez muy hermoso. Gracias

Luna_Cba

increible!! me encanto

MagdalenaR

Hay segunda parte? quede con ganas de mas, se hizo corto

PacoLector

No es facil escribir sobre la soledad y el deseo sin que quede forzado, y aca lo lograste muy bien. Se nota que hay sensibilidad detras. Espero que sigas publicando, definitivamente te sigo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.