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Relatos Ardientes

El postre que mi compañera de piso me pidió a solas

Me pone muchísimo Marina, mi compañera de piso. No es ningún bellezón de portada, pero sabe jugar sus cartas y siempre consigue parecer mucho más atractiva de lo que diría una foto suya. Su lencería tendida en el balcón interior es una tentación constante. Cuando me quedo solo, me siento en la salita donde también está el tendedero y dejo volar la imaginación a la espera de que vuele algo más que la imaginación.

Alguna vez he llegado a coger una de sus prendas para potenciar el placer y luego la dejo tal cual estaba, sin que ella sospeche nada. Su sujetador azul, sus braguitas de encaje, ese conjunto granate que apenas le he visto puesto… todas esas prendas me han hecho más favores de los que ella imagina. Y lo mejor es que los desconoce por completo.

Su ropa interior delata una coquetería que después no exhibe demasiado. Aunque algo había empezado a cambiar. Era verano, hacía calor, de acuerdo. Pero por primera vez en dos años conviviendo, Marina empezó a moverse en bikini por las zonas comunes.

La cocina del piso es pequeña, y si coincidíamos ya no esperaba a que yo terminara. Cocinábamos los dos a la vez, no se preocupaba por evitar roces, se agachaba sin pudor a buscar algo en los cajones de abajo, dejándome a la altura de los ojos ese culo prieto embutido en el triangulito de tela. Si hacía calor, ella subía la temperatura todavía más. Y no solo la del piso: la suya propia.

El fin de semana anterior pasó algo que no entendí hasta un par de días después. Salí de mi cuarto a beber un buen trago de agua fría y, de paso, a tirar una botella vacía que tenía por allí. La aplasté casi llegando a la cocina y noté que ella se sobresaltaba. Empezó a cerrar todas las pestañas del móvil a toda prisa, como si estuviera viendo algo de lo que yo no debía enterarme. Estaba un poco roja. Supuse que sería algún ligue y no le di importancia.

No era eso. Pasado el momento incómodo, Marina volvió a su nueva normalidad y, entre roce y roce, fue acariciándome el brazo, el pecho, elogiando cómo cocinaba. Parecía que estuviera a punto de pedirme un favor. Pero no dijo nada y nos sentamos a comer en el sofá, como hacíamos esos días en que ambos teníamos teletrabajo. Yo en bañador, ella en bikini.

Es lo más incómodo que hacemos. Tengo ganas de mirarla, pero al estar uno al lado del otro cualquier vistazo me obliga a girar la cabeza a propósito. Ahí no hay casualidades que valgan. Aquel día, sin embargo, ella terminó antes y se recostó en el sofá mientras yo acababa mi plato. Levantó un pie y empezó a acariciarme con él.

Está claro que quiere algo, pensé, y se me empezó a marcar la polla en el bañador de solo notar cómo su pie subía y bajaba por mi muslo.

Terminé lo más rápido que pude sin parecer ansioso, le agarré el pie y se lo empecé a acariciar. En un momento dado estornudó, levantó la pierna por la sacudida y yo aproveché para fingir que esquivaba un golpe que en realidad estaba deseando recibir. Le cogí el pie, le di un beso suave y solté:

—¡Que me pegas! Jajaja.

—Pero te llevas algo mejor, ¿eh? —respondió ella con una risita.

El otro pie fue directo al bulto del bañador, apretando la polla dura contra mi propio vientre y frotando arriba y abajo. Le dije que prefería los besos a la violencia, ella contestó que vaya peligro tenía y se incorporó.

—¿Nos hacemos un postre? —propuso.

—Claro —respondí.

***

Yo siempre tiro de helado. Aquella tarde tenía una tarrina de chocolate en el congelador. Marina es más deportista y volvió con un bol de cereales que me extrañó como postre, pero me callé. Nos sentamos de nuevo y ella devolvió los pies a mi regazo y la sonrisa a la boca.

—Están muy buenos, aunque un poco secos —dijo, masticando.

Lo primero que se me ocurrió fue ofrecerle helado, y le puse unas cucharadas en el bol. Mientras me inclinaba hacia ella, no relajó el pie ni un segundo: lo dejó bien colocado, haciendo presión justo donde más me afectaba. Su ataque venía ahora, lo intuí.

—Está muy bien el chocolate. Pero seguro que lleva azúcar. Sería mejor algo de leche natural —soltó, y acompañó las palabras con un buen torneo de pies entre mis piernas que acabó con el pie derecho a la altura de mis labios, pidiendo otro beso.

—¿Te traigo leche? ¿O…?

—No, quédate —dijo, con la mayor naturalidad del mundo, sin ningún tono especial, pero poniéndome a mil.

Los dos teníamos ya claro lo que iba a pasar. Así que, por fin, me contó lo que había estado viendo en el móvil aquel día.

—¿Te acuerdas de cuando entraste en la cocina y empecé a cerrarlo todo a lo loco? Estaba viendo un vídeo que me pasó una amiga como algo asqueroso. Pero a mí me encantó. Bueno, no todo. —Hizo una pausa y me miró—. En el vídeo se meaban en el bol de cereales. Eso no lo quiero, ojo. Pero sí quiero que te corras en este bol para mí. Quiero cereales con leche. Con tu leche. ¿Te harías una paja delante de mí?

Lo dijo ofreciéndome el bol y pasando el pie por mi pierna hasta mi ya empalmado paquete, apretando la punta de los dedos contra el glande que se marcaba a través de la tela.

—Si me ayudas… —tanteé.

—No. Quiero que lo hagas tú solo, para mí. Conmigo aquí delante.

—No me va a costar hacerme una paja para ti…

—Eso espero. ¿Nunca lo has hecho?

—¿Por?

—No sé, es normal. Somos un chico y una chica, vivimos juntos… —dejó la frase suspendida, como una invitación a confesar.

—Tu ropa tendida es bastante sexy, la verdad.

La cara de Marina reveló unos segundos de sorpresa antes de volver al juego. Si por un instante había pensado que todo aquello era una venganza, en ese momento se me disipó la duda. Quería de verdad lo que estaba pidiendo, y mi confesión le había gustado.

—¿Te parece sexy? ¿Qué es lo que más te gusta? Igual puedo tender más cosas. O… ¿quieres que te la traiga ahora? —preguntó, mordiéndose el labio.

—Te hablé del bikini que llevabas —mentí a medias, porque no era lo que más me gustaba, solo por ver hasta dónde nos llevaba aquello.

—¿Solo el bikini? —insistió, entornando los ojos—. Venga, dime la verdad. Cada vez que tiendo, sé que andas rondando la salita. No soy tan despistada como crees.

Me quedé sin palabras un instante. Llevaba dos años convencido de que mis pequeños hurtos eran un secreto perfecto, y resultaba que ella había estado jugando conmigo todo ese tiempo. La idea de que Marina supiera lo de su sujetador azul, lo del conjunto granate, me dio más vergüenza que excitación. Pero la vergüenza, en aquel momento, también empujaba.

—Las de encaje —admití por fin, con la boca seca—. Las negras de encaje.

—Lo sabía —dijo, y la sonrisa que se le dibujó no tenía nada de inocente—. ¿Y qué hacías con ellas, guarro? ¿Te las pasabas por la polla? ¿Te corrías dentro?

—Las dos cosas —confesé con la voz ronca—. Me las envolvía en la polla y me corría con tu olor pegado a la cara.

—Joder… —murmuró, y vi cómo se le apretaban los pezones bajo la parte de arriba del bikini.

Marina se quitó el bikini sin más preámbulos y se plantó desnuda delante de mí. Las tetas le bailaron al soltarse, pequeñas pero firmes, con los pezones tan tiesos que parecían pedir una boca. Entre las piernas, el coño depilado dejaba ver unos labios hinchados y brillantes de humedad. Cogió el bol con las dos manos, como si rogara, y yo solo pude corresponder con lo que ella esperaba. Me bajé el bañador de un tirón y la polla saltó hacia arriba, dura, gorda y ya perlada de líquido preseminal en la punta.

***

Marina abrió los ojos al ver el tamaño y soltó un suspiro que me subió el ego a lo más alto. Cerré la mano alrededor del tronco y empecé a bajar el prepucio despacio, para que viera bien el glande enrojecido, brillante, chorreando desde la punta.

—Joder, qué polla tan bonita tienes —soltó, arrodillándose en el sofá delante de mí sin soltar el bol—. Y qué gorda. Nunca te la vi marcada así.

—Guárdate esas palabras, que me vas a hacer terminar ya.

—No, aguanta. Quiero verte trabajar.

Estaba tan excitado que las primeras gotas transparentes llegaron enseguida, resbalándome por el glande y lubricándome entero. La mano subía y bajaba con un ruido húmedo, obsceno, que llenaba el silencio de la salita. Probé a acercarle la mano a la boca para que me diera una lamida, aunque fuera un segundo, aunque fuera solo la punta.

—No. Ya hemos dicho que esta vez tú solo —cortó, apartando la cara pero sin dejar de mirarme la polla ni un instante.

¿Cómo que esta vez? ¿Piensa repetir? Si yo hacía esto por ella —por mucho gusto que me diera—, también quería sacar algo para mí. Pero su tono no admitía negociación, y la imagen de Marina desnuda delante de mí, con las tetas al aire y las rodillas separadas, sosteniendo el bol con los ojos clavados en mi mano, valía cualquier renuncia.

Fui más despacio a propósito, alargando el momento, cerrando bien el puño en la base y subiendo lento hasta la corona, retorciendo la muñeca en la punta como a mí me gusta. Observé cómo se le entrecortaba la respiración cada vez que aceleraba. Ella ni siquiera me tocaba. Solo miraba, con una intensidad que me ponía más que cualquier caricia. De vez en cuando se pasaba la lengua por los labios, y cada gesto suyo me empujaba un poco más cerca del final.

Entonces la muy zorra separó las piernas todavía más y se coló una mano entre los muslos, sin soltar el bol con la otra. Empezó a frotarse el clítoris en círculos, y por primera vez pude ver bien su coño abierto, rosa, brillante, con un hilo de flujo bajándole hasta el ojete. Se metió dos dedos hasta el fondo y los sacó empapados.

—Sigue, no pares —jadeó—. Imagínate que me la estás metiendo. Que me estás abriendo el coño con esa polla gorda que tienes.

—Joder, Marina…

—Dime cómo me follarías. Venga, guarro, dímelo.

—Te pondría a cuatro patas —le solté, meneándomela más rápido—, y te la clavaría hasta el fondo. Te agarraría del pelo y te la metería toda, hasta que gritaras.

—Sí… sí, así… —murmuró, con dos dedos entrando y saliendo de su coño al mismo ritmo que yo me pajeaba—. Y te correrías dentro, ¿verdad? Me llenarías el coño de semen.

—Todo, te dejaría todo dentro.

Escucharla hablar así, sucia, sin ningún filtro, me llevó al borde en segundos. La polla se me puso todavía más gorda entre los dedos y noté el cosquilleo subiendo desde los huevos.

—Avísame cuando vayas a llegar —pidió en voz baja, colocando el bol justo delante del glande.

—Ya… ya casi. Voy, voy…

En ese momento, cuando le avisé de que estaba a punto, Marina cogió la braga del bikini y me la metió en la boca de golpe. La tela aún caliente, empapada del sudor y del flujo que había ido soltando en el sofá, me llenó la lengua de su olor. Esos segundos de contención para no perder la corrida mientras ella apartaba el plato y volvía a colocarlo desembocaron en una explosión brutal. El primer chorro salió disparado y golpeó el fondo del bol con un ruido seco. El segundo fue aún más largo, un lechazo espeso y blanco que se enroscó sobre los cereales. Siguieron tres o cuatro más, más cortos, más finos, hasta que le llené casi medio bol de semen caliente. La braga en la boca ahogó el gemido que se me escapó del pecho, y con su olor pegado al paladar me corrí más fuerte de lo que recordaba en mucho tiempo, sacudiéndome entero en el sofá.

Cuando salieron las últimas gotas, todavía me regaló algo más: entonces sí se lanzó a limpiármela con la boca, chupándola despacio hasta dejarla como una patena. Notó cada resto de corrida que me quedaba en el glande, lo recogió con la punta de la lengua y se lo tragó mirándome a los ojos. Después bajó por el tronco, me lamió los huevos uno a uno, se los metió en la boca y los chupó con cariño, hasta dejarme la polla y todo el paquete limpios, brillantes de saliva. Una vez aseada, sacó un paquete de toallitas para que terminara de limpiarme y se puso a tomar tan tranquila su postre, revolviendo mi corrida con los cereales como si fuera leche del supermercado. Se llevó la primera cucharada a la boca, cerró los ojos y gimió bajito. Mi helado de chocolate, mientras tanto, se había quedado prácticamente derretido, convertido en batido.

—Oye —protesté, recuperando el aliento—. Tú tienes postre, pero el mío se ha quedado hecho un charco.

—Vale, toma… —dijo levantando de nuevo el pie hacia mi boca, mientras se llevaba la mano libre entre las piernas, dispuesta a corresponderme. Los dedos volvieron a hundírsele en el coño, esta vez sin el bol de por medio, y empezó a frotarse el clítoris con el pulgar mientras me metía el pie hasta la garganta, obligándome a chupárselo dedo a dedo.

Y entonces entendí que aquello no había sido el postre. Era el aperitivo.

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Comentarios(9)

thefloki

el titulo me atrapó desde el principio y no me defraudó jajaja

Nicky_BA

tremendo!! me quedé con ganas de mas

CarlaQ_Mdq

La forma en que describe la tension entre los dos es muy natural, no se siente inventado para nada. Muy bueno!

PabloRiver

Por favor una segunda parte! quede enganchado justo cuando mas queria saber, terminó demasiado rapido

RosauraT

Corto pero intenso, eso es lo que se agradece. Me encanto

Jorge_DF

Me recordó a cuando compartia depa con una amiga hace años... esas situaciones inesperadas que te cambian la cabeza. Excelente relato, muy bien narrado

Tonito_Baires

Buenisimo!! segui escribiendo por favor

Ines_Cba

Que bien que fluye la historia, se lee solo. Espero que escribas mas relatos de este estilo

DarkReader_ok

increible cuanta tension se logra en tan pocas lineas. Ojalá haya continuación

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