La fantasía que le susurré al oído antes del amanecer
No me gusta el calor. A mi marido sí, porque con estas noches encuentra la excusa perfecta para dormir desnudo, el muy descarado. Quiere que yo haga lo mismo, pero no soy de esas, necesito algo sobre la piel. Aquellos días apretaba tanto el bochorno que saqué del cajón lo más fresco que tengo: un camisón de seda que, en realidad, nadie compra para dormir, sino para lo contrario. Francés, ligero, de un azul profundo como el mar de fondo.
El problema es que me queda pequeño; el tiempo no perdona. Apenas contiene mi pecho, la puntilla me roza los pezones toda la noche y deja mis muslos al aire como si fuera buscando guerra. Mis nalgas tampoco se quedan quietas. Menos mal que no me quito la ropa interior para dormir, porque si no, más de una sorpresa me llevaría al amanecer.
Con semejante espectáculo, a mi marido le cuesta concentrarse cuando leemos en la cama antes de apagar la luz. Cada noche cierra los ojos completamente caliente, y yo no le dejo hacer nada. Juego con él. Lo provoco. Cuando me abraza y noto que se pone duro contra mi espalda, le susurro al oído que ni se le ocurra terminar mientras duermo, que no piense en correrse encima de mí sin que yo lo sepa, que lo quiero firme hasta que salga el sol. Y se duerme empalmado, obediente. Me gusta dejarle la cabeza llena de fuego.
El jueves fui yo la que amaneció con ganas de jugar. La noche anterior, durante la cena, me había contado que el próximo verano quería alquilar una villa con piscina en la Costa Amalfitana. Le dije que la idea me encantaba. Entonces él bajó la voz y añadió que me querría desnuda en el agua, que me devoraría en la tumbona, que lo haríamos en el jardín sin importarnos nada, que sería suya. Aquella propuesta me prendió. Me gustó sentirme deseada así.
Él sabe tocar mi deseo igual que yo el suyo. Estaba arrastrando a mi memoria todas las imágenes de piscinas y playas que habíamos visto durante el verano, esas que me dejan ardiendo. Me dormí con la cabeza llena de cuerpos al sol, de agua resbalando por la espalda, de manos que no eran las suyas.
Y con esos recuerdos rondándome, desperté juguetona.
Él seguía dormido, ya empalmado bajo la sábana. Empecé a acariciarlo muy despacio, de arriba abajo. Estaba duro como un chico de veinte años, nada que ver con un hombre que ronda los cincuenta. Abrió los ojos y me miró; la única luz de la habitación era la que se colaba por la rendija de la puerta.
—Háblame de la piscina —le pedí.
Soltó un suspiro hondo. Me encanta ese sonido. Significa que está dispuesto a jugar, que hará lo que yo quiera, que puedo usarlo como un juguete a mi antojo. Seguí moviendo la mano sin prisa. Me lamí la palma y le di un trato más resbaladizo, sintiendo cómo se tensaba cada vez que llegaba arriba del todo.
—Es mediodía y hace un sol espléndido —empezó—. Te estás bañando. Te he comprado un bikini que te convierte en una diosa…
—¿Bikini? Pensé que me querías desnuda.
—Así estás aún más provocadora. Apenas tapa nada; al mojarse se te marca todo.
—Parezco una cualquiera.
—Pareces una reina.
—¿Y tú qué haces?
—Estoy en la tumbona, mirándote.
—¿Solo mirándome?
—Tocándome, desnudo.
—¿Y has invitado a alguien?
Ninguno de los dos sabría decir a quién le calienta más imaginarme con otros hombres. Es una fantasía que repetimos a menudo, siempre con un código propio. Podemos figurarnos la escena más sucia del mundo y jamás soltaremos una palabra grosera. Cada pareja tiene su lenguaje, y el nuestro es así de pudoroso por fuera y así de salvaje por dentro.
—A los nadadores del equipo —respondió.
Madre mía. Los conocía de sobra. Los había visto coronarse aquel verano, los tres subidos al podio con el cuerpo todavía brillante de agua. Matteo, Lorenzo y Salvo. Tres físicos esculpidos, cada músculo dibujado como una flecha que apunta hacia el mismo sitio. Si tienen esos cuerpos, ¿qué esconderán bajo el bañador? Cuando vi sus fotos después de las medallas, me puse a mil, y él lo sabe y lo aprovecha sin piedad.
—Los tres están tumbados, desnudos, y hacen lo mismo que yo. Se tocan mirándote.
Aceleré el ritmo y mi otra mano bajó a acariciarle, suave y depilado como se pone en verano, en secreto, solo para mí. Me encanta descubrir que se ha arreglado sin decírmelo, esa pequeña confesión de cuánto me desea.
—Estamos los cuatro durísimos. Ya te imaginas lo que guardan esos bañadores. Salvo es el más bestia de los tres.
—¿Sí?
—Más que cualquiera con el que hayas estado.
El contraste entre lo que mi cabeza dibujaba y lo que tenía de verdad en la mano era enorme, pero no me bajaba ni un grado. Apreté con firmeza y él gimió otra vez. Me encanta marcarle el ritmo, acariciarle a mi capricho, decidir cuándo le doy tregua y cuándo no. Si yo fuera hombre, creo que me pasaría el día tocándome.
—Sales del agua y todos aullamos. Te llaman diosa, escultura, maravilla… pero no paran de tocarse.
—¿Y qué hago?
—Te acercas a Matteo, divina, seductora. Nadie es más caliente que tú, Marina.
—Es el más guapo.
—Y te pones a cuatro patas junto a su tumbona. Los demás miramos cómo el bikini no logra cubrirte, cómo se te mete entre las nalgas. Nos provocas con el culo en pompa. El pecho se te quiere escapar y esperamos ansiosos verlo entero. La piel te brilla bajo el sol como si estuvieras cubierta de diamantes, el pelo precioso, todavía mojado.
Me coloqué a cuatro patas sobre el colchón, el camisón ya enroscado en la cintura y un pecho fuera. Y empecé a comérmelo. Me lo metí entero sin esfuerzo, aunque mi mente se atragantaba imaginando a Matteo: su melena chorreando, sus abdominales bajo mis dedos, su sexo abriéndose paso hasta mi garganta. De lo imaginario a lo real, del cuerpo de aquel atleta al de mi marido, y de vuelta otra vez.
—Marina, qué bien lo haces, no pares…
—Sigue —me solté un instante.
—Lorenzo se ha puesto de rodillas, te suplica que vayas con él. Le haces caso y dejas a Matteo con las ganas. Te acercas gateando, como una tigresa. Tienes que erguirte para alcanzarlo, y al hacerlo todos te vemos el pecho al aire. El bikini ya solo sirve para enmarcarlo por debajo. Salvo no aguanta más, se levanta y también te ofrece. Intentas con los dos a la vez, pero tu boca no puede con esos dos gigantes.
—Tócate. Quiero comerte ahí abajo.
Nada sucio, que no se malinterprete. Me gusta lamerle mientras se hace una paja, sentir su mano viciosa moviéndose junto a mi cara. Usé la lengua con aplicación, lenta y constante. Gimió y empezó a tocarse con mucha más fuerza de la que yo había usado hasta entonces. Mis caricias lo ponen duro; las suyas lo hacen acabar.
—Se pelean por ti, Marina. Todos quieren a la diosa. Te suben a la tumbona, a cuatro patas. Matteo se coloca detrás y empieza a montarte. Los otros dos te dan de comer, te sujetan el pelo, te llenan la boca entre los dos hasta que apenas puedes respirar. ¿Te gusta?
Vaya si me gustaba. Nadie me tocaba y, aun así, notaba cómo me empapaba yo sola. No hace falta un dedo ni un juguete: el cerebro es el órgano más sexual que existe, y el mío estaba trabajando a destajo.
—Yo solo puedo mirar. Los tres me han apartado. Contemplo cómo juegan contigo, cómo te hacen correrte mientras te montan. Te miro y veo tus ojos brillar; estás cumpliendo un sueño. Y de pronto se detienen.
—¿Cómo? —dejé de lamer, sorprendida.
—Cambian de postura. Salvo se tumba y tú te subes encima; recuerda, es el más grande. Estás tan mojada que te clavas en él de golpe, sin esfuerzo. Lorenzo se acerca a tu cabeza y te ofrece. ¿Quieres?
—Sí —respondí, acompañando la palabra con un gemido antes de volver a mi tarea entre sus piernas.
—Y queda Matteo. No lo ves; se ha colocado detrás de ti. Yo lo veo todo. Veo cómo se acerca, cómo se acomoda… y entra. Tus tres atletas te llenan a la vez.
Hay otras maneras de contarlo, más crudas, con todas las palabras que nosotros nunca usamos. Pero mi marido me lo cuenta a nuestra manera, con nuestro código, y a mí me basta y me sobra para gozar. Cada pareja tiene su idioma, y yo estaba disfrutando del mío como pocas veces.
¿Y quién no lo haría en mi lugar? Su mano sacudía cada vez más rápido, la respiración entrecortada. Era hora de terminar. Solté su sexo para recuperar la voz.
—Salvo y Matteo se corren, se corren dentro, donde tú no llegas, Marcos…
—Ah.
—Lorenzo va a terminar en mi cara, Marcos.
—No, no, no.
—Se corren, me manchan entera…
—Quiero.
—No puedes.
—Quiero, Marina.
—Tienes que correrte mirando cómo me cubren, cómo me dejan empapada con ellos, sin poder tocarme.
—Ah…
—Córrete, Marcos. Quiero ver cómo lo haces, ahí, en tu tumbona.
Y mi marido, obediente, se corrió, soltando todo lo que había guardado durante la noche. Le salpicó el ombligo, el vientre, el pecho. No será uno de aquellos atletas, pero disfrutó del final tanto como ellos, o más, porque el suyo había sido de verdad.
—Me gusta lo de la villa con piscina —le dije, pasándole un dedo por el desastre que se había hecho—. Sigue buscando. Y me debes una: cuando volvamos de la compra pienso cobrármela, sin fantasías esta vez. Ahora vamos a ducharnos, que los dos hemos quedado hechos un cuadro.