Una espera que se convirtió en mi mayor fantasía
Era una mañana fresca de finales de verano cuando la familia de Marina se preparó para subir a la montaña. Ella estaba entusiasmada: no había nada que le gustara más que pasar el día al aire libre con los suyos. La furgoneta iba cargada de mochilas, agua, bocadillos y bastones de senderismo. Sus padres, su hermana pequeña Noa y su hermano mayor Adrián compartían la misma ilusión. La ruta que habían elegido prometía vistas espectaculares y un lago escondido como recompensa al final del recorrido.
Llegaron al punto de partida y, tras unos estiramientos rápidos, empezaron a ascender. El aire limpio les daba energía y las risas de Noa animaban al grupo. Marina, que siempre había sido la más aventurera, caminaba al frente con ganas de comerse el mundo.
A mitad de camino, al cruzar un tramo de rocas sueltas, resbaló. Sintió un pinchazo agudo en el tobillo nada más caer. Intentó levantarse como si no hubiera pasado nada, pero al apoyar el pie el dolor se intensificó. Su padre, que sabía algo de primeros auxilios, se acercó preocupado y le revisó la articulación.
—Creo que te has torcido el tobillo, hija. No es grave, pero deberías descansar y no forzarlo más —dijo con voz tranquila.
Marina intentó esconder su decepción, aunque estaba claro que no podría seguir. El resto de la familia dudaba entre continuar o volver, pero ella, siempre pendiente de los demás, insistió en que siguieran sin ella. No quería arruinarles el día a todos.
—Seguid vosotros, en serio. Yo puedo bajar despacio a la furgoneta y esperar ahí —sugirió con una sonrisa forzada.
Tras una breve discusión, acordaron que Adrián la acompañaría hasta un punto cercano desde donde ella podría llegar sola al aparcamiento. Con cuidado descendieron juntos hasta divisar la furgoneta a lo lejos. Él la ayudó a acomodarse, se aseguró de que estaba bien y volvió a reunirse con los demás.
Marina se instaló dentro con el pie en alto sobre un cojín improvisado. Picoteó algo de su mochila, pero no le quitó la inquietud. El aburrimiento se fue haciendo cada vez más pesado. Miró el reloj varias veces y cada minuto se le hacía eterno. Intentó leer un libro que había en el coche, pero su mente no se concentraba y las páginas pasaban sin enterarse de nada.
Entonces cogió el teléfono. Sin cobertura en aquel valle, se puso a trastear entre los archivos y recordó una conversación con un amigo del chat que le había pasado unos relatos eróticos escritos por él mismo. Los tenía descargados. Los encontró rápido por el título y empezó a leer. El texto era denso, pero le dio una oportunidad: no tenía nada mejor que hacer. O quizá sí.
Mientras leía, se recostó en el asiento corrido de la furgoneta. Deslizó la mano por la goma de las mallas y rozó los primeros vellos del pubis, que apenas empezaban a despuntar después de unas semanas depilada. Imaginó que ella era la protagonista del relato. Sus dedos acabaron entre los labios de su sexo, recorriéndolo de arriba abajo, hundiéndose todo lo profundo que podía, provocándose un placer que la hacía olvidarse del tobillo.
El calor empezó a acumularse dentro del vehículo a pesar de tener todas las ventanas abiertas. La lectura le había subido el fuego más de la cuenta, el sudor le perlaba la frente y no quería ahogarse ahí dentro. Decidió abrir la puerta lateral. No había nadie en el aparcamiento y tendría tiempo de recomponerse si aparecía alguien. Notó un golpe de aire fresco al volver a la postura que tanto placer le daba.
Justo en el momento más cómodo e intenso, una camper de esas preparadas para pasar días perdida en la montaña apareció por el camino de acceso. Marina detuvo la mano y observó sus movimientos a través de los cristales tintados. El conductor dudó, hasta que finalmente se decidió a aparcar al lado de su furgoneta. Ella sacó la mano de las mallas a toda prisa.
Al ver las dificultades del conductor con la maniobra, educada y con ganas de ayudar, asomó la cabeza por la puerta.
—¡Hola! ¿Necesitas que te eche una mano? —preguntó.
—Hola, sí, la verdad es que me vendría genial. No estoy acostumbrado a hacerlo solo —respondió él.
—Tranquilo. ¿Qué quieres que haga?
—Solo asegurarme de que no me subo al bordillo y de que quedo recto.
—Claro, yo te voy diciendo. Ahora.
Siguiendo sus señas, el conductor empezó a retroceder despacio.
—¿Un poco más? —preguntó él.
—Sí, perfecto. Ahora gira un poco el volante a la derecha.
—¿Así?
—Exacto. Sigue retrocediendo, tienes espacio de sobra, no te apures.
—Ojalá pudiera aparcar siempre así —dijo él, sonriendo nervioso.
—Encantadísima de ayudar. Ahora endereza el volante y avanza un pelín —indicó ella con una sonrisa.
—¡Lo conseguí! Muchas gracias —suspiró aliviado.
—No hay de qué. ¿Vienes mucho por aquí? —preguntó Marina mientras él abría la puerta.
Tuvo que mirarlo dos veces. Era justo el tipo de chico que siempre le había gustado: alto, de figura delgada y una presencia desenfadada. Llevaba el pelo liso y abundante recogido en un moño deshecho, con algunos mechones sueltos cayéndole a los lados de la cara, dándole un aire bohemio. Tenía los ojos expresivos y una sonrisa que mezclaba seguridad y amabilidad. Vestía una camiseta de tirantes y unos pantalones ajustados que marcaban aún más lo alto que era. Iba descalzo. Marina se quedó prendada en el acto.
—Es la primera vez que vengo a esta zona. ¿Algo que deba saber del sitio? —preguntó él, apartándose el mechón que se le pegaba a la mejilla.
—Hay un par de senderos preciosos y un lago donde puedes bañarte. Te va a encantar —añadió ella, encantada de tener con quién hablar.
—Suena genial. ¿Tú también estás de vacaciones?
—Sí, bueno, no. Digo, sí —dudó, poniéndose nerviosa—. Estoy explorando un poco. Siempre está bien descubrir lugares nuevos.
—Totalmente de acuerdo. ¿Y qué te ha pasado en el pie?
—Ay, nada. Me torcí el tobillo a mitad de subida y he tenido que bajarme.
—¿Ibas sola? ¿Estás bien? ¿Necesitas algo? Tengo de todo aquí, soy un poco torpe y siempre acabo haciéndome daño.
La conversación fluía y Marina se sentía cada vez más cómoda. También más caliente, imaginando todo lo que podrían hacer ellos dos dentro de aquella furgoneta, viajando sin rumbo durante días. Estaba tan a gusto que sus pezones empezaron a marcarse bajo la tela fina de la camiseta. Él se fijó en ellos sin mucho disimulo, mirándolos fijamente mientras seguían charlando.
—Soy Bruno, por cierto —dijo.
A Marina se le puso esa carita de buena chica que ponía cuando algo le interesaba de verdad.
—Marina, encantada —se saludaron con un apretón de manos tímido.
Con ganas de alargar la charla, se atrevió a preguntar por el vehículo.
—¿Y duermes ahí dentro?
—En la parte de atrás. Mira —dijo él, ofreciéndole la mano para ayudarla a caminar.
Al abrir el portón trasero, Marina vio de cerca por primera vez una de esas camas de furgoneta tan bien montadas.
—Hala, qué pasada.
Mientras ella admiraba lo práctico que estaba todo, Bruno sonrió de nuevo y se colocó los mechones detrás de las orejas. Él, por su parte, parecía cada vez más hipnotizado por esos pezones que pugnaban por atravesar la camiseta.
—¿Cómo va ese pie? Tengo un aceite de árnica que va muy bien. ¿Quieres? —ofreció.
—¿Para el pie?
—Para lo que necesites.
—¿También sirve para ellas? —dijo Marina, mirando de reojo a sus pechos.
—Bueno, debería verlas antes. No es una crema que se gaste con cualquier cosa.
Marina, con una timidez repentina, se agarró la cadenita que llevaba al cuello y jugueteó con ella entre los dedos, nerviosa por la propuesta.
Sin embargo, su debilidad por el sexo era algo a lo que se entregaba sin freno. Cuando entraba en ese estado, no había vergüenza que la detuviera. La sola idea de tener una polla a su disposición la dominaba por completo, y verlo todo tan al alcance de la mano solo encendía más esa necesidad.
Para no parecer una niña que provoca y luego se acobarda, se levantó la camiseta de tirantes sin pensarlo más. Le costó poco: apenas le cubría por encima del ombligo. Le regaló a Bruno la mejor vista de todo aquel mirador de montaña. Él, sin ningún pudor, le abarcó los pechos con la mano hasta llenarla por completo.
—¿Te gustan? —preguntó ella, orgullosa de sus dos grandes tetas, sin miedo a la respuesta.
—Más que con la camiseta puesta. ¿Te ayudo a quitártela?
—¿Quieres?
No tardaron en dejarle el torso completamente desnudo. Bruno se relamía, y su erección empezaba a reclamar atención desde dentro del pantalón. Se recolocó el paquete tocándolo por encima del tejano ajustado. Estiró los brazos hacia el pecho de Marina y le acarició las tetas con una mezcla de delicadeza y deseo. Aquel masaje le arrancó los primeros suspiros.
—No esperaba encontrarte aquí. Qué maravilla —murmuró él.
—Cosas del destino —respondió ella.
Con ganas de ver también su cuerpo, Marina ayudó a liberar el trozo de carne duro que vivía bajo el pantalón. Salió disparado, recto, como si quisiera atacar todo lo que ella había provocado. Sin titubear, lo agarró con prisa y se inclinó apoyándose en el colchón. Empezó un movimiento lento, coordinando la mano y la boca.
Tomó aire, adorando aquella polla grande y perfectamente circuncidada, mientras miraba nerviosa a su alrededor. No dejaba de tener una verga en la boca en pleno aparcamiento, a la intemperie.
—¿Te gusta? —preguntó él.
—Está buenísima —dijo ella con una cara que delataba puro placer.
Marina abandonó el trabajo simultáneo de la mano para dedicarse solo a la boca. Ahora se metía más polla, forzando ligeramente la garganta. Bruno se acomodó apoyando la espalda en el lateral de la furgoneta.
—¿Quieres ponerte más cómoda? —ofreció.
Sin sacársela de la boca, ella se agachó para mejorar la postura. Así tenía más estabilidad para hundírsela hasta el fondo. Le sujetaba los muslos con las manos mientras se la metía con fuerza. Bruno aprovechó la posición para manosearle las nalgas, perfectas bajo las mallas. Su mano se coló por dentro y dejó a la vista un bonito tanga negro.
—¿Me lo dejas ver? —dijo, pasando los dedos por la costura de la prenda.
Marina hizo una pausa, se levantó sonriente y, sin ningún pudor, se bajó las mallas hasta los tobillos. Bruno adoró aquellas nalgas firmes que temblaban como gelatina con cada pequeño gesto que ella hacía para lucirlas. Se incorporó de su rincón, y ella se agachó de nuevo para seguir mamando. Él, más excitado todavía, la sujetó por la barbilla y forzó la entrada de su polla en la garganta para apreciar bien lo que sabía hacer. Después ella se puso en pie, necesitada del siguiente paso.
—¿Puedo? —preguntó él, pidiendo permiso.
—Toda tuya.
Bruno se colocó detrás. Marina se acomodó para que pudiera encarar la penetración, y él separó las piernas para alcanzar el ángulo justo. A pesar del tamaño de aquellas nalgas, las manos de él las cubrían sin esfuerzo. Tras un pequeño pinchazo, los dos cuerpos quedaron unidos. Ella sentía cómo la polla la abría y sus músculos se adaptaban a cada embestida. Bruno marcaba un ritmo constante, soportable. Marina gemía y él golpeaba cada vez con más intensidad.
La postura se le hizo incómoda y movió los pies para ajustarla, con tan mala suerte que la verga se le escapó. Entonces Bruno la cogió y la subió encima del parachoques de la furgoneta. Ahora, con las piernas bien abiertas, podían verse las caras. Ella le miró la polla brillante y supo que estaba tan caliente como nunca. Él la agarró por la base y volvió a metérsela, esta vez más profundo. Marina gemía con más decibelios y más placer.
Solo con verse en aquella situación —rodeada de montañas, follada por un desconocido, una polla perforándola, sus tetas balanceándose— no aguantó más y soltó toda la presión acumulada. Sus músculos se tensaron y se agarró donde pudo para sobrellevarlo. Bruno lo vio todo, sosteniéndola con sus enormes manos rodeándole la cintura, sintiendo cómo su sexo se contraía contra él.
—Casi a la vez. Esta conexión es especial —jadeó ella.
—Dios, qué maravilla. Voy a sacarla —avisó Bruno entre embestidas cada vez más lentas.
Marina, que llevaba un buen rato forzando la posición, dejó caer las piernas al suelo. Se puso de cuclillas para no mancharse más, observando cómo las gotas resbalaban despacio entre sus labios hasta el suelo del aparcamiento.
Su entrega total a aquel impulso había vuelto a dar sus frutos. Sabía que esas decisiones la metían en un bucle del que no quería salir, pero en ese momento no le importaba lo más mínimo lo bien que se sentía. Se vistieron de nuevo, intercambiaron el contacto y cada uno volvió a su sitio como si nada.
***
Al rato vio regresar a su familia, cansados pero felices. Noa venía cargada de historias sobre el lago y las vistas. Marina los escuchaba sin poder evitar pensar que, si contara lo que acababa de vivir, la mirarían de otra manera. Se alegró por ellos y, en el fondo, agradeció el tobillo torcido.
Mientras volvían a casa con el sol cayendo en el horizonte, Marina ya sabía que pronto habría otra oportunidad de soltar esa fantasía que la perseguía. Esta vez se prometió ir un paso más allá, con el tobillo recuperado y una aventura nueva esperándola.