Mi última fantasía fue masturbarme frente a ti
¿Por qué me miras así, Adrián? ¿Acaso nunca viste a una mujer desnuda? ¿O es que ya olvidaste las noches en que te mecías entre mis pechos y te hundías en mi carne hasta llenarme entera? No pongas esa cara de sorpresa. Soy yo, la misma de siempre, solo que ahora me basto sola.
Sí, me estoy masturbando frente a ti. Mírame. Disfruta de lo que tienes delante, porque es lo último que vas a llevarte de mí. Esta soy yo: mi sexo, mi intimidad, mi placer a solas, mis ganas bañadas de fantasías que me hacen gemir sin pedirle permiso a nadie.
Es nuestra última noche bajo el mismo techo. Mañana al mediodía firmamos los papeles en la notaría de la calle Olivares y tú te irás con tus dos maletas y tu cara de derrota. Pero esta noche todavía estamos aquí, en la cama que compartimos siete años, y yo decidí que ibas a recordarme así.
Ven. Acércate, no tengas miedo. Siéntate en el borde, en esa esquina que siempre fue tuya, y clava los ojos en el ir y venir de mis dedos. Mira con hambre mis pechos apretados por mis propias manos, los pezones duros que se levantan desafiando tu hombría. Pero no me toques. No te está permitido. Solo te dejo mirar, para tu tormento y mi deleite.
—Déjame al menos rozarte —dijiste hace un rato, con esa voz ronca que conozco de memoria.
—No —respondí, y la palabra me supo a poder—. Esta noche solo miras.
Puedes imitarme, si quieres. Nada tengo en contra. Al contrario, me gusta ver tu mano subir y bajar por tu carne, despacio, mientras me observas. Acompáñame al cielo entre quejidos contenidos, pero quédate en tu sitio. Mirar a discreción: eso, y solo eso, es lo que te concedo.
***
Abro las piernas para tu mirada. Mi pubis se expande únicamente para tus ojos, no para tus manos. Me llevo dos dedos a la boca, los humedezco con saliva y los bajo despacio hasta el clítoris, que ya está duro y latiendo. Lo rodeo en círculos lentos. Mi boca se abre buscando aire mientras siento la yema deslizarse sobre él. Me estremezco entera, y sé que lo notas, porque tu respiración cambió.
¿Te acuerdas de cuando me amabas en aquellas noches largas que no terminaban nunca? Yo sí me acuerdo. Quizás sea lo único que me quede de ti, de nosotros, de lo que fuimos antes de que todo se rompiera. Hoy los dos somos libres, Adrián. Libres y desnudos, mirándonos como dos extraños que se conocen demasiado.
No he olvidado la dureza de tu carne vaciando mi boca de saliva, empujando hasta el fondo, sin contemplaciones, buscando con egoísmo el orgasmo que me ahogaba en oleadas tibias bajando por mi garganta. No voy a mentirme ni a hacerme la mártir a estas alturas: me encantaba sentirte así, rendido y brutal al mismo tiempo. Lo recuerdo y mis dedos aprietan más fuerte.
Tampoco he olvidado tu jadeo junto a mi oído, esa amenaza ronca de destrozarme entera mientras me sujetabas las muñecas contra la almohada. Me excita recordarlo. Me excita tanto que mis dedos buscan entrar en mí, despacio primero, luego sin paciencia.
—Estás temblando —murmuraste, y di gracias a la penumbra porque no quería que vieras cuánto.
—Cállate y mira —te dije.
***
Deja caer la cabeza en mi hombro, si quieres. Tu cercanía de hombre en celo, tan pegado a mi piel y al mismo tiempo tan prohibido, aumenta la lascivia que esta noche me devora. Siento el calor de tu cuerpo a un palmo del mío y eso me enloquece más que cualquier caricia. Aprieto mi muslo para marcarme la carne, igual que tú lo hacías cuando el deseo te volvía bestia. Mi piel todavía está firme. ¿La reconoces?
No olvido aquella vez que, de espaldas, hundiste la cara entre mis nalgas y llegaste hasta lo más hondo. Aquella lengua curiosa rebuscando donde nunca nadie, colmándome de saliva caliente, y aquel dedo que se coló sin permiso en mis entrañas. La sensación extraña de un lugar distinto al de costumbre, el pudor y el placer peleándose dentro de mí. Mira, me estoy mojando más solo de recordarlo.
Cuántos placeres me regalaste con esa boca mientras yo hundía la cara en la almohada para que no me oyeran los vecinos. Cuántas mañanas amanecimos pegados, sin saber dónde terminaba uno y empezaba el otro. Y cuántas noches, al final, dormimos de espaldas, fingiendo que el silencio no pesaba. Las dos cosas son verdad, Adrián. Por eso esto duele tanto.
No tengo juguetes a pilas en el cajón, y tampoco me hacen falta para llegar a donde voy. Me bastan mis dedos y la memoria. Me alcanza con recordar la primera vez que te vi desnudo, de pie frente a la cama, con esa arrogancia de quien se sabe bien servido por la naturaleza. Aquel sexo erguido frente a mis ojos, reclamando una caricia, una boca dispuesta a tragárselo. Mi boca.
Aquella primera noche yo apenas te conocía. Habíamos cenado en un local pequeño cerca del puerto, habíamos bebido vino de más, y subimos a tu apartamento sin decir una palabra de lo que iba a pasar. Tú lo sabías y yo también. Me besaste contra la puerta antes de cerrarla, y cuando por fin te tuve entero ante mí, entendí que no habría vuelta atrás. Lo que vino después le dio forma a siete años de mi vida.
Y ahora, mírate. El mismo cuerpo, las mismas manos que me recorrieron mil veces, y sin embargo te niego hasta el roce de un dedo. Hay algo cruel en esto, lo sé. Pero también hay algo justo. Durante meses fuiste tú quien decidió cuándo me tocaba y cuándo se daba media vuelta. Esta noche decido yo. Y decido que mires.
***
Miro descarada tu mano, que acompaña mis gemidos con su propio vaivén. Me extasía ver su grosor, su tersura, su largo. Esa dimensión imposible que me llenaba hasta sentirme clavada, sin poder moverme por miedo a partirme en dos. Tantas veces me prometí que esa noche sería la última y volví a abrirme para ti al amanecer siguiente. Hoy no. Hoy solo te miro.
Se me escapa un gemido largo de solo recordarte dentro de mí. Mi mano acelera el ritmo entre las piernas, dos dedos entrando, el pulgar arriba, sin tregua. Tu respiración se ha vuelto un jadeo que reconozco, ese que anuncia que ya no aguantas. Y me gusta. Me gusta saber que te tengo al borde sin haberte rozado siquiera.
—Por favor —pediste.
—Esta noche te está prohibido —contesté—. Ni siquiera con la punta de un dedo. El castigo de la ruptura llega hasta aquí, para ti y para mí.
Convulsiono con pequeños temblores que me recorren desde el vientre. Tú amenazas con salpicar mi cuerpo de esa calidez tan conocida, quizás anhelada, y yo quiero verlo. Quiero ver cómo te corres, quiero ver tus chorros estallar sobre mi pecho, casi rozar mi boca abierta. No puedo apartar los ojos de tu mano mientras torturo mi sexo con dedos que ya saben de memoria el camino exacto.
***
Por momentos te quiero dentro. Son destellos, imágenes clavadas en algún rincón de mí que cobran vida cuando me toco frente a ti: ecos de recuerdos que mojan las sábanas para desvanecerse en cuanto llega el orgasmo que ya se acerca. No es a ti a quien deseo, Adrián. Es a lo que fuimos. Y eso, por desgracia, ya no existe más que en mi memoria.
Aprieto un pezón casi hasta el dolor mientras profundizo en mis entrañas. Lo quiero ya, lo necesito ya. El caos se apodera de mi cabeza justo cuando te veo mirarme y dejas escapar gruesos goterones cálidos sobre mi piel, que me arquean las caderas. Sí, Adrián, yo también estoy llegando. Tiemblo. Mírame bien, porque tiemblo y me deshago, inundándome los muslos, blasfemando en voz baja en el pequeño infierno que se abrió entre mis piernas.
Me quedo quieta unos segundos, con los ojos cerrados, recuperando el aliento. Luego me incorporo despacio y te aparto con suavidad, con la mano abierta sobre tu pecho sudado. Por esta noche fue suficiente.
—Ya puedes volver a tu cuarto a dormir —te digo, y mi voz suena más serena de lo que esperaba.
No habrá reconciliación, no habrá abrazo de los que arreglan las cosas. Esto fue solo sexo a tu lado, matar el gusanillo del deseo, nada más. No te miento si te confieso que de vez en cuando necesito un hombre. Pero ese hombre, Adrián, ya no eres tú.
Te veo alejarte por el pasillo, desnudo, recortado contra la luz tenue del recibidor. Saciado pero contrariado, vaciado pero confundido. Caminas como quien no entiende qué acaba de pasar, y la verdad es que ni yo misma lo entiendo del todo.
Tú nunca vas a comprender esto que hay en mí, lo sé. Yo tampoco lo comprendo. ¿Pero qué puedo hacer si lo único que quería esta noche era sexo a tu lado, pero sin ti? Sentirte cerca una vez más sin volver a ser tuya. Recordarte mientras me despido de la idea de ti.
Mañana firmamos el acuerdo en la notaría de Olivares. Quizás mañana desaparezcas para siempre de mi vida. O quizás vuelvas a llamar a mi puerta dentro de un mes, y quizás yo vuelva a dejarte mirar. Quién sabe. Esta noche, al menos, fui dueña absoluta de mi placer. Y eso, Adrián, no podrás quitármelo nunca.