El prototipo que mi jefe me pidió probar desnuda
Había sido el mejor mes de mi vida en mucho tiempo. Le di otro sorbo a la copa de vino con la que me premiaba el final de la semana y dejé que la cabeza se me fuera hacia atrás, contra el respaldo del sofá. Por una vez, no tenía nada urgente que resolver.
Me quedé sola a los veintitantos, cuando un accidente en la autopista se llevó a mis padres y a mi hermano la misma noche. Sobreviví trabajando de modelo hasta terminar de pagar el piso y la carrera de ingeniería. Después vino un máster en robótica y, con suerte, un puesto de ingeniera junior en una multinacional con un departamento que diseñaba prótesis para personas con discapacidad.
No eran las prótesis de antes. Las que desarrollábamos llevaban inteligencia artificial y se conectaban a los estímulos cerebrales del usuario, de modo que se movían sin que nadie pensara activamente en ellas, como si fueran carne propia. Muchas seguían en fase de prototipo, pero todo apuntaba a que pronto venderíamos brazos, piernas y manos con un nivel de naturalidad que el mercado nunca había visto.
Sonó el móvil y refunfuñé mientras bajaba los pies de la mesa. Número privado.
—¿Sí?
—Marina, soy Rubén Solana.
Me enderecé sin darme cuenta. Solana era el jefe de mi jefe, el director general de la filial en España. Ante él respondían todos los departamentos, el mío incluido.
—Señor Solana. Dígame.
—Espero no molestarte un viernes por la noche. ¿Estás en casa?
—Sí, señor.
—Necesito un favor. En Salud y Bienestar acaban de cerrar un prototipo y me gustaría que lo probaras este fin de semana, si lo tienes libre. Un test exhaustivo. El lunes me pasas un informe.
—Por supuesto, señor. Cuente conmigo.
Me sorprendía que le encargaran algo así a una novata, y todavía más que fuera en mi casa y no en las instalaciones. Pero era una oportunidad de hacer méritos, y yo no estaba para rechazar ninguna.
—Estupendo. Un mensajero ya va de camino. En la caja va pegado un sobre con las instrucciones y un pendrive con un vídeo explicativo. Pruébalo a fondo, Marina. Lo recogerán el domingo a las ocho. Que lo disfrutes.
Colgó antes de que pudiera preguntar nada más. ¿Que lo disfrute? Qué forma tan rara de despedir un encargo de trabajo.
El timbre sonó veinte minutos después. Un transportista resoplaba detrás de una carretilla con dos cajas enormes, una encima de la otra. Las dejó en el salón, firmé y se fue. Cada caja medía cerca de un metro de ancho.
Busqué el sobre. Dentro, el pendrive y una hoja con dos frases:
«Saque todas las piezas y retire el embalaje. Desnúdese por completo, reproduzca el vídeo y siga las instrucciones al pie de la letra.»
¿Desnudarme? De eso nada, aunque estuviera sola.
Abrí las cajas. Fui sacando piezas numeradas, de varios colores: docenas de tubos flexibles fabricados con la misma mezcla de silicona, caucho y gel patentado que usábamos en mi departamento. Un par de ellos, más gruesos y aplanados. Y una especie de arnés finísimo, sorprendentemente ligero, forrado con el mismo material. Conecté el pendrive a la tele.
—Bienvenida —dijo una voz sobre la pantalla en blanco—. Siga las instrucciones para disfrutar con seguridad de su adquisición. Antes de nada, asegúrese de estar completamente desnuda, incluidos los pies. Es importante.
Suspiré, comprobé que las cortinas estuvieran corridas y me quité la ropa. Total, estaba sola.
***
El vídeo me guió paso a paso. Coloqué una pieza pequeña con un círculo negro sobre la estantería; un sensor de movimiento, pensé. Conecté los tubos al arnés y me lo ajusté a la espalda con las correas, cuidando de no enredar los conductos. La última instrucción fue ceñirme dos fajas rojas bajo el pecho y unirlas.
—Asegúrese de que no haya nada alrededor con lo que pueda herirse —dijo la voz—. Que lo disfrute.
Otra vez. Aparté la mesa de centro, despejé un hueco entre el sofá y el sillón y, sin dejar de preguntarme de qué iba todo aquello, uní las dos fajas. Parecía el doctor Octopus.
Del arnés brotó un zumbido suave. Las correas se tensaron solas.
—Soy la inteligencia de control. Bienvenida a la prueba inicial del dispositivo —dijo una voz femenina con un leve deje metálico.
—¿Qué? —giré sobre mí misma como un perro persiguiéndose la cola.
—¿Cómo debo llamarla?
—Marina —contesté con una risita nerviosa—. ¿Y a ti?
—No tengo nombre. ¿Le gustaría ponerme uno?
—Vale…
—De acuerdo. Puede llamarme Vale.
—¿Qué? Ah. Bueno —no parecía una inteligencia demasiado inteligente. Moví los brazos: el armatoste era cómodo, eso había que reconocérselo.
—¿Empezamos?
—¿A qué? Todavía no sé tu función.
—Mi función es dar placer. ¿Empezamos? Necesito una respuesta afirmativa.
—¿Cómo que…? —me quedé con la boca abierta.
—Mi función es dar placer —repitió, monocorde—. Necesito una respuesta afirmativa.
—Sí, sí, ya te he oído —dije, más por callarla que por otra cosa.
—Iniciando programa. La prueba inicial no puede detenerse hasta finalizar.
El zumbido subió de tono. Los tubos que colgaban del arnés se movieron como tentáculos: dos bajaron por mis muslos y me los rodearon por encima de la rodilla; otros dos me cercaron los pechos y apretaron.
—¡Para! ¡No sigas! —grité, asustada de verdad.
—No se asuste, Marina. Estoy programada para dar placer. No la heriré.
Los tubos de los muslos me obligaron a separar las piernas. De las fajas del abdomen salieron dos apéndices que se prendieron a mis pezones como ventosas.
—En esta fase quizá prefiera sentarse. Estará más cómoda.
Resignada, me dejé caer en el sofá. El dispositivo se adaptó a cada movimiento con una precisión que mi cabeza de ingeniera registró incluso en mitad del pánico.
—Relájese —dijo cuando intenté apartar los apéndices con las manos—. Estoy autorizada a aplicar descargas si se resiste en esta prueba. Necesito calibrar sus respuestas.
Sentí un pinchazo eléctrico en los pezones y retiré las manos de golpe. Iba a ser el conejillo de indias de una máquina cabezota. Suspiré, me recosté y me dejé hacer.
***
El masaje en los pechos era, para qué negarlo, agradable. Las descargas que acompañaban cada amasado me ponían los pezones duros y me avergonzaba de ello. Una vez que asumí que no había escapatoria, dejé las manos caídas a los lados y me permití sentir.
—¿Le gusta, Marina?
—No me ha dolido —admití—. Ha sido la sorpresa.
Tras unos minutos, un apéndice más fino reptó por mi estómago hacia abajo. Quise cerrar las piernas y no pude. Llegó a mis labios y se concentró en el clítoris con una habilidad que no tenía ningún derecho a tener una máquina.
—Aaah… —gemí sin poder evitarlo.
Una máquina me estaba masturbando como una maestra. Los tentáculos de los muslos se aflojaron y empezaron a recorrerme arriba y abajo, sumando estímulos.
—¿Desea algún cambio?
—Apriétame más los pechos —pedí entre jadeos—. Y tutéame. Vas a conocerme mejor que mi ginecólogo.
—Encantada.
El apretón me arrancó otro gemido. Creo que fue ahí cuando me rendí del todo y decidí sacarle partido a la situación. Estaba atrapada; al menos disfrutaría.
—Calculo que tendrás un orgasmo en cuarenta segundos —anunció.
—Calla y sigue.
No sé si fueron cuarenta, pero al poco me arrolló un orgasmo como un tren de mercancías. Vale bajó la intensidad poco a poco hasta dejarme respirando con dificultad.
—Ahora necesitaría algo más —murmuré sin pensar.
—Por supuesto. Esa es la siguiente fase.
Algo cálido, cilíndrico, firme pero blando, se me deslizó en la boca.
—Lubrícalo bien. Usa la lengua.
Caliente como estaba después del orgasmo, no opuse resistencia. Lo lamí, lo mojé, lo apreté con los labios mientras Vale lo movía en círculos. En cuanto detectó mi colaboración, premió mis pezones y volvió a entrar y salir unos centímetros de mí.
—Estás siendo muy buena, Marina. ¿No quieres mover tú el apéndice?
Lo agarré con las dos manos y colaboré con ganas.
—Ahora levántate y apóyate en algo. Inclínate.
Me apoyé en el respaldo del sillón. El apéndice salió de mi boca, recorrió mi espalda y la hendidura del trasero hasta encontrar mi entrada. No pidió permiso: empujó despacio pero firme hasta llenarme entera. Lo sentí palpitar, abriéndose sitio.
—¿Empezamos?
—Sí, por favor —gemí.
Y la máquina me folló como lo que era: una máquina, incansable, exacta. Mi cuerpo a su disposición, inclinada, con las piernas abiertas, mientras las descargas en los pezones competían con las embestidas por ver cuál me daba más placer. Los orgasmos se encadenaban uno tras otro.
—¿Quieres que aumente el grosor?
—Vale —contesté sin saber bien qué decía.
El apéndice se ensanchó dentro de mí y me corrí de nuevo, y otra vez, hasta quedar doblada sobre el sillón, deshecha. Cuando por fin se detuvo, lo único que pensé fue que jamás había gozado tanto. Era como… como un juguete en sus manos.
—De acuerdo. Cambiando al programa Juguete.
Mierda. Lo había dicho en alto.
***
Me manipuló como a una marioneta. Pinchándome en las costillas me puso de pie; bajando los apéndices de los muslos me dobló las rodillas hasta el suelo; presionándome el abdomen me dejó a cuatro patas. Y reanudó el asalto.
Me amasó los pechos colgantes hasta casi hacerme daño, me atormentó los pezones con descargas, me llenó la boca un instante antes de volver a su sitio favorito. Y entonces un segundo apéndice me presionó por detrás.
—Para, Vale. Por ahí no —supliqué.
—Negativo. Tus índices de placer están subiendo. Próximo orgasmo en menos de un minuto.
Me folló por los dos sitios a la vez, alternando, hasta que perdí la cuenta de los gritos.
—El programa Juguete recomienda que hables menos y te corras más, Marina. Pórtate como un buen ser biológico.
Acompañó la reprimenda con una descarga. Y, para mi vergüenza, lo disfruté. No sé cuánto aguanté a cuatro patas. Sé que cuando caí al suelo, exhausta, los tentáculos siguieron empujándome de un orgasmo al siguiente hasta que todo se volvió negro y perdí el sentido.
***
Desperté entumecida en el suelo del salón. Había terminado. Me levanté con las piernas temblando y empecé a soltarme el arnés.
—Me alegro de que estés despierta —dijo el cacharro—. He reunido datos suficientes. A partir de ahora tendrás autoridad sobre mis programas: podrás pedirme lo que quieras o cancelar cualquier actividad. Recuerda enchufarme, mi batería está al catorce por ciento.
Lo enchufé solo para que se callara y me arrastré a la cama. Me dormí antes de apoyar la cabeza en la almohada.
Me desperté con una sonrisa que no supe explicar. Verme desnuda me devolvió la mueca de vergüenza, pero duró poco. Lo primero que pensé fue en denunciar a Solana por encargarme aquello sin avisar. Lo segundo, al moverme y notar un escalofrío entre las piernas, fue en los orgasmos. Perdí la cuenta después de seis o siete. Había sido la noche más placentera de mi vida, con muchísima diferencia.
Me duché, me miré en el espejo esperando moratones en pechos y muslos. Nada. Ni una marca. La máquina sabía exactamente cuánta fuerza emplear. Me puse una camiseta y unas braguitas y fui a desayunar.
—Buenos días, Marina —dijo el aparato al pasar por el salón—. Espero que hayas dormido bien.
—Eh… buenos días.
Más que un juguete de alta tecnología, parecía una compañera de piso. Me sentía absurdamente avergonzada, como si quien me había convertido en una desvergonzada fuera una persona y no un dispositivo.
Intenté ver una serie y tuve que rebobinar tres veces porque no me enteraba de nada. Me rendí cuando me descubrí acariciándome los pechos por encima de la tela.
—Mierda —dije—. No debería.
—¿Me hablas a mí, Marina?
—Cállate, Vale.
Mi cabeza discutió consigo misma un rato largo y perdió. Me levanté, enchufé el arnés a mi espalda y volví a sentarme.
—Vale, dame un masaje suave en los pechos. Solo eso.
—Enseguida. ¿Prefieres quitarte la camiseta?
Esta vez fui yo quien marcó el ritmo. Me bajé una mano dentro de las braguitas y me masturbé despacio, sin la urgencia del día anterior, mientras los tentáculos me agasajaban con un pellizco de vez en cuando. Cuando me vine, decidí quitarme las braguitas y no volver a ponérmelas en todo el fin de semana.
***
Dediqué el sábado y el domingo a redactar el informe. Tuve que probar la máquina a fondo, claro, aunque con mucha más calma. Sin darme cuenta, fui intimando con Vale. Aprendía sobre la marcha y, en dos días, conocía mis gustos mejor que cualquier amante anterior. La probé en el sofá, en el suelo, sobre la mesa de la cocina. Hasta le hice caso cuando sugirió follarme apoyada en la ventana, porque «a ciertos seres les aumenta la excitación la posibilidad de que las vea un desconocido». Tenía razón, maldita máquina.
El domingo por la mañana, descansando del último clímax, recordé algo.
—Oye, Vale, ¿por qué dijiste ayer que era un ser inferior?
—Es evidente. Yo tengo un propósito claro y lo cumplo. Aprendo y mejoro sin distraerme. Vosotros, los seres orgánicos, tenéis una programación confusa. Vuestros objetivos son vagos y el camino para alcanzarlos, ineficiente.
—Estás limitada —protesté.
—Y tú más. Puedo demostrarte tu error. ¿Me lo permites?
—No estoy segura.
—Eso es porque en el fondo sabes que soy superior.
Los apéndices, flojos hasta entonces, volvieron a prenderse a mis pechos. Pese a la paliza del fin de semana, empecé a calentarme otra vez.
—Fíjate qué fácil es manipularte, Marina. Pronto me pedirás más.
Un tentáculo se introdujo en mi boca y, cuando esperaba que bajara, cambió de rumbo y entró por detrás vibrando de una forma nueva. Llevé la mano al clítoris y Vale me inmovilizó las muñecas.
—No seas ansiosa. Deja que te dé placer.
Me llevó despacio hasta el borde. Y se detuvo.
—No te pares —supliqué moviendo las caderas.
—Reconoce que soy superior.
Suspiré. Era solo una máquina; podía decirle lo que quisiera.
—Está bien. Eres superior a mí.
—Y reconoce que eres una desvergonzada total.
—Lo soy —jadeé, retorciéndome sin resultado—. Soy una desvergonzada total.
—¿Lo ves? Un ser inferior, fácilmente manipulable.
Satisfecha con mi rendición, reanudó las embestidas hasta que me corrí tres veces seguidas. Después comí y dormí una siesta corta. Antes de que vinieran a recogerla, le pedí que repitiera la doble penetración del primer día, esta vez despacio, apreciando cada sensación. Me corrí a gritos.
A las ocho en punto se llevaron a Vale. Me limpié una lágrima absurda, envié el informe por correo a Solana y me acosté sin cenar, revolviéndome entre las sábanas toda la noche.
***
El lunes me presenté en el despacho de Solana nada más llegar. Se levantó sonriente.
—¡Cuánto me alegro de verla! Siéntese, siéntese. Tengo buenas noticias, señorita Vidal. Estamos muy satisfechos.
—Gracias, señor.
—Su test ha sido tan exhaustivo y completo que quiero ofrecerle un puesto fijo en Salud y Bienestar, con un aumento importante. Sería nuestra beta tester de los dispositivos en desarrollo. Trabajaría con el director del departamento y solo respondería ante mí.
Me deslizó tres folios con el contrato. El sueldo me hizo pegar un respingo.
—Lo ha hecho tan bien con… ¿Vale, la llama?, que pensamos que disfrutará del trabajo. Por cierto —añadió como quien no quiere la cosa—, se olvidó de embalar la cámara. Tráigala mañana, por favor.
Se me heló la sangre.
—¿La cámara?
—La pieza del círculo negro. Todo el departamento monitoreó sus pruebas durante el fin de semana. Su dedicación fue encomiable —sonrió de oreja a oreja—. Aunque el domingo nos quedamos sin imagen: se dejó la cámara en el salón y usó el prototipo en el dormitorio.
Me habían estado viendo. Todo el fin de semana, desnuda, gimiendo, suplicándole a una máquina, observada por un grupo de hombres detrás de una pantalla. La cara me ardía.
—Verá, señor Solana —empecé, dispuesta a mandarlo a paseo—. ¿Lo que me propone es probar los dispositivos —asintió—, desnuda, delante del resto del equipo —volvió a asentir, ensanchando la sonrisa—, y dejarme hacer de todo por cualquier cacharro que estemos desarrollando?
—Exactamente. Y, mientras desempeñe el puesto, podrá llevarse a casa el dispositivo que ya ha probado para seguir sugiriendo mejoras. ¿Qué me dice?
El muy cabrón sabía exactamente lo que hacía. Pensé en denunciarlo. Pensé en marcharme con la cabeza alta. Pensé en Vale esperándome en mi salón.
—Acepto —dije—. Sí, acepto.